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Archivo mensual: octubre 2013

Construcción de cuatro naves para mi ganadería, en la que tuve ganado vacuno, porcino, gallinas y pollos.

El trabajo que suponían estas cuatro naves, para poder salir adelante, sería decisivo pero demasiado duro. Estas instalaciones estaban cerca de nuestra casa. Madrugaba para trabajar en ellas, antes de ir a la oficina, donde trabajaba desde las 9 de la mañana hasta la 1, para ir a comer deprisa y aprovechar este tiempo trabajando en las naves hasta las 3, hora a la que tenía que volver a la oficina. En teoría, salía a las 6 de la tarde pero siempre me tuvieron las horas que permanecieran allí los Ingenieros. Hasta las 8 o más, y sin cobrar las horas extras porque estaban prohibidas por la empresa. Allí me atormentaba esperando la salida para poder trabajar en mi obra. Después de varios años así, me lo pensé muy en serio y un día les dije a mis jefes.

-Tengo mucho trabajo que hacer para mi ganadería y no puedo por estar aquí tantas horas extras y sin cobrarlas. Lo siento mucho, pero el sueldo que me paga la empresa no meda para vivir, por ese motivo decidí montar una ganadería para que pueda defenderme económica mente.

Esto fue muy importante ya pude trabajaba desde las 6 de la tarde hasta las 12 de la noche, o lo que fuera necesario, según se me diera el trabajo. Hasta los domingos me aplicaba al máximo. Recuerdo de uno de los muchos que trabajé hasta altas horas de la madrugada del lunes, sin ir a casa ni a comer, aunque estaba muy cerca, pero no quería parar. Mi esposa venía a llamarme y le decía:

-No te preocupes, no tengo ganas de comer, ya comeré cuando termine. Vete tranquila.

Al caer la tarde volvía y le decía que hasta la cena no iría, que estaba muy apurado y solo, como casi siempre. Quería terminar lo que estaba haciendo. Sincera mente, aparte de la necesidad que tenia de terminar aquella ganadería. El trabajo a mi me divertía, era superior a mí. Ese fue uno de mis defectos, no era capaz de dejar de trabajar, nuca era bastante. Algunos que me vieron decían, ese hombre muere reventado de tanto trabajar. Pues aquí estoy sano como un pez.

Mi esposa no lo comprendía y por ese motivo la pobrecilla sufrió mucho. Se marchaba de nuevo muy a disgusto. Esperaba en casa y como no llegaba a las 10 de la noche iba con comida en una cesta. La pobre mujer lloraba porque no había comido ni cenado, y me decía:

-Por lo menos, si no vas a casa, come algo. No soporto verte trabajar tanto y sin comer.  

-Tranquila, ya me falta poco, vete con los niños, yo luego iré. Quiero terminar esta obra para mañana, me urge mucho el techar esta zona y como no sale lo bien que yo quiero se alarga el tiempo.

No quería parar, no tenía hambre, ya comería al terminar. Le rogaba que no llorara, me encontraba a gusto, me acercaba, le daba un beso y le decía que se metiera en cama, ya llegaría en cuanto terminara.  Seguía mirando durante unos instantes como trabajaba y de nuevo le decía:

-Vete a casa cariño, que los niños te necesitan.

Se marchaba más tranquila. Ya se iba acostumbrado a que si no me salían las cosas bien no paraba hasta terminarlas. Siempre tuve esa costumbre y nuca la dejé. Fueron muchos los días que pasé sin parar ni a comer y por eso no pasó nada.

El trabajar no era lo más duro, el problema más frecuente eran mis brazos que no aguantaban. Aunque mi fortaleza era dura, mis prótesis son de acero y más duras que mi piel. Me hacían heridas. Ponía vendajes y parches por aquí y por allá para aguantar. Muchas veces llegué a casa con tres y cuatro heridas en cada brazo para que mi esposa les pusiera un forro más fuerte para seguir trabajando. Ella lo pasó muy mal porque tenía miedo a que me pasara algo. Decía que un día me iba coger una infección y que sería peligroso y que me tuvieran que cortar más los brazos. Algunas veces me abrazaba llorando pidiéndome que lo dejara todo. ¿Cómo lo iba dejar sino había dinero para pagar por hacerlo? La conformaba diciéndole que se tranquilizara, que mis heridas curaban muy fácilmente. Era cierto, siempre curaban muy bien.

Esa fue mi suerte, porque de lo contrario, no hubiera podido trabajar y hubiera sido nuestra ruina. Dicen que Dios que da la plaga también da el remedio y a mí me dio una fortaleza de hierro. Gracias a eso pude luchar y conseguir salir adelante, aunque con mucho esfuerzo y largo tiempo.

Lo cierto es que donde yo realmente lo pasaba mal era parado durante horas sin hacer nada en la oficina, mirando como corrían los aires y pensando en la cantidad de trabajo que tenía pendiente. Era ahí donde sufría de verdad, no en el trabajo. Por ese motivo cuando comenzaba, no quería parar.

Aunque había confeccionado unos aparatos fuertes y pesados para trabajar, muchas veces rompieron. De no ser que yo mismo los hacía y los reparaba, hubiera sido peor el remedio que la enfermedad. No ganaría con mi trabajo para pagar reparaciones. Casi todo era caro, la ortopedia era carísima. No siempre estaba al alcance de todos los bolsillos. Otro problema que también medio mucho que hacer fue el de las gomas de mis dedos de acero, que al calentarse con el soplete o el grupo de soldar y por los mangos de las herramientas se caían. Probé con multitud de pegamentos y todos fallaban. Sin gomas era hombre al agua. Hubo un tiempo que había un pegamento que se llamaba “Asti once”, que fue el mejor de aquellos tiempos, pero desapareció del mercado sin saber la causa, lo que fue para mí un serio problema.

De nuevo a pelear con las dichosas gomas, no podía sujetar las cosas, hubo días de ponerlas hasta tres veces. Fue un martirio el que pasé. Me costó mucho llegar a ser un hombre y salir de donde el destino me metió.

Si yo salí adelante fue porque tuve la suerte de descubrir la forma de hacer las prótesis a mi medida. Pasando días y noches en vela, sin dormir ni comer. Pensando en mi triste porvenir sino pudiera trabajar. Muy pronto me di cuenta que si no pudiera trabajar seria hombre al agua. No me da vergüenza decir lo que pasé por que fue una época dura de mi vida y por eso la describo real y como fue. Hay que ver que el que no trabaja, perdido esta.

Aquella obra me dio mucho trabajo pero no menos lata para ponerla a funcionar. Me exigieron planos, fosas asépticas, autorización del Ayuntamiento, autorización de Ganadería Provincial. Hasta publicarlo en el boletín Oficial de la Provincia Además del alta de la industria, gastos y vueltas y más vueltas. Pero funcionó. Esa ganadería nos dio mucho trabajo pero también dinero. Tengo que decir que sin esa ganadería, no hubiera podido salir adelante y mantener la economía del hogar como debe ser, ni podría estudiar a mis hijos, lo que yo considero importantísimo. 

Dado que no pude conseguir la autoclave, se me ocurrió comprar las grasas y despojos de las plazas y carnicerías para llevarlo a una fundición que había en esta región. El 124 era de asientos abatibles y cargaba un buen viaje. Lo metía en sacos y no paraba de llevar viajes. Además del poco dinero que sacaba tenía que soportar todos los días la riñas del dueño de la fundición, un señor muy mayor que además de fastidioso no me tragaba ni en pintura. Yo nunca pude saber por qué le caía tan mal. Suponía que sería porque algunos a los que compraba las grasas metían en el saco otro tipo de desperdicios. Desde luego algunas veces aparece el listo que te la arma, metiendo entre las carnes y grasas cosas que él no quería Yo eso no lo podía evitar, ¿cómo iba ponerme a revisar saco por saco? Daba mucho trabajo y pérdida de tiempo. Por más que les decía que no metieran cosas que no valían, ni caso. Lo mismo me daba explicarles el problema que tenía con el dueño que no. Solo por aumentar el peso y cobrar unos céntimos de más, me ponían ante aquel señor como un estafador, y sin culpa ninguna.

Cuando llegaba a su explotación, y como estuviera él, nada más verme ya empezaba a reñir. Cogía con energía los sacos, los basculaba en el suelo, quitaba lo que no le gustaba y me lo descontaba, además de echarme la gran bronca. Creo que para él verme era un suplicio, no sé si se comportaba con todos de aquella forma tan brutal, lo que para mí era insoportable. Me fastidiaba mucho dejar ese trabajo, era para mí una ayuda económica pequeña, pero un poco de cada lado siempre valía. ¡Cómo sería de malo el viejo que hasta el hijo sufría por verlo contra mí! Algunas veces si me veía llegar a tiempo me hacía una seña para que no entrara y él mismo lo despistaba por las naves mientras yo descargaba. Tanto como de malo tenía el padre para mí, tanto de bueno era el hijo. Eran totalmente opuestos. El hijo era un poco mayor que yo y le daba pena ver cómo me trataba su padre, que por muchas explicaciones que le daba nunca cesó en sus ataques contra mí. Hay que ver la diferencia que hay de una persona a otra, mientras que uno razonaba las cosas, el otro me maltrataba sin piedad y sin razón. Si no le servía, que me lo descontara, pero que no me echara la culpa que no tenía. Así se lo explicó multitud de veces su propio hijo pero nunca le hizo caso, fue un cascarrabias muy duro de convencer. Era un alemán muy mayor y nunca se dio cuenta de lo mal  me trato. 

Basta con decir lo que abuso de mí aquel paisano, que ni el mismo hijo no podía tolerar, aunque no le quedaba más remedio que callar. Si intentaba defenderme le echaba la gran bronca, era de los duros de verdad. Me enteré por la prensa de su muerte pero fue tarde para ir al entierro. A los dos o tres días fui con un viaje. Su hijo, que era una gran persona  y que reconocía que yo no tenía la culpa, nada mas verme dijo:

-Murió mi padre ¡cuánto te alegrarás! Fue muy malo para ti.  

-No, hombre, tanto como eso no. Pero fue demasiado lo que te atormentó.

Así de noble fue aquel chaval conmigo. Nunca me olvidé de aquel buen ciudadano que supo valorar y defender la verdad. Hay que ver la categoría de este joven que actuó con honradez y justicia aunque fuera contra su mismo padre, pero con amabilidad y respeto, intentando enseñarle a comportarse con la gente. Nunca le volví a ver, no sé qué será de él.  Me gustaría saber de él para saludarle, darle las gracias y decirle que fue un caballero conmigo.

Seguimos trabajando y nunca más hablaríamos del tema. Yo, poco más tarde, dejé ese pequeño negocio. Seguía probando fortuna por otros derroteros. Había aumentado la ganadería y ya no me quedaba tiempo libre para ese menester.

Viendo que aquello funcionaba se prepararon cuatro naves más y otro equipo de fabricación de piensos con capacidad de ochocientos quilos / hora. En esta obra, aunque toda la fontanería la había instalado yo, tuve que traer ayuda de otro soldador. Ya no podía con todo, era demasiado el trabajo que había y necesitaba apurarlo. No había sitio suficiente para tantas crías que nacían.

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No acababa de despegar mi economía, no acertaba una. Como casi siempre es muy difícil introducirse en el mundo de los negocios. Hay que ser muy hábil y tiene que pasar largo tiempo para que te conozca la gente y se fíen de ti, porque ven que eres formal y que les tratas bien y con buenos materiales. Es fundamental porque ven que trabajas con seriedad y es cuando las cosas funcionan. Si eres un trampa todo se va a la porra, por ese motivo yo pude seguir con mi trabajo y ser apreciado por mis clientes. No se puede engañar a nadie porque el engañado va a ser el que todo lo quiere para sí. Yo conocí algunos que tubieron que cerrar por no ser serios, eso es muy importante.

Pensé en un negocio que daba dinero: la fundición de grasas. Di vueltas para comprarme un autoclave, pero no me fue posible porque el terreno en el que yo pensaba ponerlo ya lo habían vendido. Y ese tipo de industria no se podía instalar más que en lugares estratégicos y lejanos de los pueblos por el mal olor que despiden algunas veces las grasas en cantidades industriales. Aquel negocio me falló y, por si fuera poco, en una tarde que venía de Gijón de negociar la autoclave. Circulaba por el alto de la madera en dirección a mi casa, llovía y ya era de noche, aunque eran solo las ocho. Al entrar en una recta, no muy larga pero si lo suficiente como para darme tiempo apartar mi coche  a un lado ya que vi un coche que al salir de la curva de arriba se le marcho. Aunque fue hábil y consiguió dominarlo por un momento, pero la marcha que traía añadido al mal  estado del suelo, le estrelló contra una roca en la parte derecha de la carretera. Yo, que lo presenciaba apartado a un lado, dije a mi hermano:

-¡Ahí viene!

Agarrándome al volante y frenando a tope aunque ya parado lo esperé fuera de la calzada, donde había un ancho por la construcción de un muro. En efecto, nos dio un porrazo que, de no haberme dado cuenta para frenar, hubiera lanzado al prado. El fuerte impacto me dejó el coche fuera de combate: le deshizo una rueda, la aleta delantera izquierda y parte de la defensa.

Había mucha gente circulando en ambos sentidos. El conductor, medio adormilado de los dos golpes que sufrió, no se enteraba de lo que le había pasado. Al dar a mi coche, parado fuera de la calzada, salió disparado contra el lado opuesto, pegando por tercera vez con otra roca. En el momento de auxiliarlos, mandé a su mujer y dos niños para la casa de socorro en un coche, por si tenían lesiones, aunque a la vista no se les vio nada.

Después de examinar al conductor y ver que solo eran magulladuras y que reaccionó, le dije: que si se daba cuenta de lo ocurrido. Dijo que si, y que se haría cargo su seguro.

-Le dije que no hacía falta levantar atestado, porque le podían fastidiar su carnet. La gente como siempre, se amontonó alrededor y diciendo.

-¡No se te ocurra chaval! llama a la Guardia Civil. Tú estás libre de toda responsabilidad porque le esperaste fuera de la raya de calzada. Si le pasa algo a un niño y quitas el coche de ahí ¿cómo justificas que tú no tuviste la culpa?

Era cierto, estaba situado fuera de toda responsabilidad, pero con buena voluntad todo se arregla y yo no quería perjudicar aquella familia.

Fue increíble el gallinero que allí se preparó. No me escuchaban. Todos daban su opinión pero nadie lo mismo En ese caso, aunque iban a mi favor, no conseguía controlarles para que se callaran, hasta que un señor, que vivía en una casa al borde de la carretera, les dijo:

-¡Callaos ya de una vez! Estáis como mazas, el único que sabe lo que hay que hacer es este señor, que encima de ser perjudicado, quiere ayudar al del accidente y ustedes no lo entienden. A este señor no le puede pasar nada aunque se muera un niño o quien sea, porque él no tiene la culpa de que se le haya marchado el coche al otro.

Aquel señor que supo comprender las cosas, me dijo: señor, yo vivo en aquella casa y voy con usted a decir la verdad hasta Moscú si fuera necesario. Haga lo que tenga que hacer, y si para no perjudicar a este señor es mejor no levantar atestado no lo levante, que yo le ayudaré, y alguno más habrá también.

Le di las gracias y les hablé a todos:

-Señores, les entiendo y les doy las gracias por interesarse por mí, pero si el dueño del coche se hace cargo del siniestro, no pasa nada, porque, como el señor de la casa bien dice, de lo que ocurrió alguno de ustedes también darán fe si fuera necesario, aunque pienso que no hará falta. Tomaré nota de dos testigos más y no se perjudicará a este hombre.

Varios dijeron que allí estaban para decir la verdad, que tenía mucha razón. El conductor firmó el parte, le mandé a la casa de socorro y me quedé esperando la grúa. Mi hermano había ido hasta Sama en un coche a buscarla, porque en aquel tiempo no había teléfono por esos pueblos, ni tampoco móvil.

Mientras que esperaba, entre varios curiosos que preguntan qué había pasado, un señor se bajó de su coche, me saludó y, después de ver como estaba mi coche, me preguntó lo que había pasado. Me preguntó si había levantado atestado. Le dije que no, que el conductor del otro coche fue razonable y no lo creí necesario. Este señor dijo que era Guardia Civil y que había hecho bien. Siempre que fuera posible no debía hacerse atestado. Él mismo había hecho alguno, pero no cuando el caso estaba tan claro como el mío, estando como aparcado fuera de la carretera, con indicios de no ser movido. Me comento que sabía él de otros casos en lo que se había perdido el juicio aun teniendo la razón. Estaba completamente de acuerdo con lo que aquel buen hombre dijo. Tenía corte de muy buena persona. Vi que entendía bien lo que eso era. Le di las gracias y se fue.

Aquella familia era de Bilbao y viajaban a Gijón a visitar unos familiares. Al marchar y habiéndose recuperado, me dio las gracias y me dejo su dirección en Gijón, por si precisaba de alguna cosa. Fue un señor muy razonable y atento.

No tuve que molestarles para nada, dio su parte a su seguro, repararon el coche y no hubo problema alguno. Nuca más vería al paisano de la casa ni al resto de los que se ofrecieron por si hacían falta, ni tampoco al conductor del coche, ni a su familia    

Todos estábamos expuestos a encontrarnos con este problema y, dado que en la anterior partida de ganado me robaron en el peso unos cuantos kilos, para la siguiente llamé a otro carnicero. Llegó a mi ganadería acompañado de un ayudante. Era costumbre de estos individuos el traer a uno para ayudarles a machacar al ganadero.

Les presenté los 200 cerdos, los miraron. Les puso un precio por kilo en canal muy bajo, como siempre machacando al que trabaja, le dije:

-Señor, ese precio que usted poner es muy bajo, le propongo un trato que será bueno para los dos. 

Saqué de mi bolsillo una libreta con los cálculos de los 200 cerdos y le dije:

-Aquí tengo una relación del peso de los cerdos en canal. Fui calculando el peso uno por uno de los 200 cerdos que estaban de diez en diez. Le dije al mercader: en estos cálculos no hay error, y si lo hubiera será en muy poco cosa. Le puedo asegurar que calculo mi ganado muy bien, en cambio no soy capaz de calcular los de otras ganaderías. No sé por qué razón, con los míos siempre me salió muy bien, soy buen calculador y no le engaño. Todos ellos pesan 15.425 kilos, al precio de 60 pesetas kilo canal, arrojan un total de 925.500 pesetas. Si me los lleva “a tira ramal” (esto es comprarlos todos sin pesarlos) le quito el pico de 25.500 pesetas, esas se las dejo para evitar problemas de peso. Estoy hasta la coronilla de pelear con este problema. 

El granuja, con desfachatez y descaro dijo a su compañero, agregando un “feo taco”:

-Este paisano embarca a su madre. Sabe más de gochos que el inventor.

-No le engaño le dije: nada tiene que ver el saber valorar con el engañar. Soy hombre serio, le prometo que no me equivocare en más de mil pesetas. Ya le dije que antes que no puedo valorar otros, en los míos no hay error, y si por casualidad lo hubiera, aquí estoy para subsanarlo abonándole la diferencia que hubiera, pero eso no va ocurrir se lo a seguro.

No me creyó, era un mal psicólogo, no se dio cuenta de quién tenía delante. Aunque no tardaría mucho tiempo en enterarse de que todo era cierto, tal y como se lo había pintado. Una de las cosas más importantes en un hombre a parte de ser serio, es procurar saber a quien tiene al frente. Con un margen de error, en la mayoría de los casos se puede saber con quién estás tratando y eso es importantísimo. Éste solo sabía engañar, robar, pero esta vez le salió rana. Algunas veces se encuentra con el zapato a su medida. Normal mente esta clase de individuos son torpes y de bajo entendimiento, por eso se encuentran con serios problemas. Cuando se encuentran con hombres serios y firmes en sus comportamiento, como debe ser.

Tuve que tragarme el precio que taso, no le pude sacar ni una peseta más. Pero antes de soltarlo al precio que marco le dije:

-Le doy el ganado en ese precio, pero con la condición de que voy a comprobar el peso. A medida que vayan matando el ganado. Mandaré dos hombres con una romana para ir pesando sin molestar el proceso y que no pierdan tiempo, ya que era la escusa de estos trampas para saquear al ganadero.

El individuo no dijo nada al respecto y quedamos para matarlos al lunes siguiente. Se llevaron al  matadero. Dado que yo tenía que trabajar y no podía ir, fueron un hermano y un cuñado con la romana. Al ponerse a pesarlos no les dejaron. Cuando estaban en canal los doscientos cerdos, me llamó al teléfono mi hermano y me dijo:

-Ven, porque yo no me arreglo con estos vestías, son como fieras.

Cierto, sabía que algunas veces surgían esta clase de gente y cuando iba a matar con desconocidos, siempre les tuvo miedo, pues los que eran formales estaban atascados de ganado y a todos no podían atender a la vez. Le dije a mi Jefe lo que había y me dijo que fuera tranquilo.

Era la 1 del medio día, nevaba sin cesar. Hace más de 41 años yo aun no tenía coche, saque el carnet el año próximo. Tuve que llamar a un taxi. Cuando llegué al matadero el grupo de matadores y el mismo mercader, todos a la vez, estaban protestando. Que si estaban sin comer y con frío. Formaron un gallinero para intimidarme y robar lo que querían en el peso. Les paré en seco. Con toda mi energía les dije:

-Silencio: si tienen hambre a comer, a mí no me hacen falta para nada, yo con quien tengo que hablar es con el que me compró los cerdos.

Conseguí hacerles callar y al momento. Y dirigiéndome al que me había comprado el ganado, le dije:

-Voy a hacer un trato con usted para que no haya problemas. Yo le echo los cerdos abrazados al camión y usted me echara los billetes al saco, también abrazados. ¡A ver quién gana más!

Se quedaron todos sorprendidos, pero seguí:

-Si no acepta, entonces yo pesaré a mis animales y me pagará el kilo al precio contratado de 60 pesetas kilo canal. Si no está de acuerdo llamo a la Guardia Civil y a un Notario. Levantaré un acta  notarial. No tengo más que decir.

El gran explotador como si echara fuego por su mala boca, no tuvo más salida que decir:

-Compruébelos, que no le compraré mas cerdos.

-Tranquilo eso no va ocurrir, yo tampoco se los venderé, con una ya basta.

Ese día recordé algo que se le había ocurrido un paisano de mi pueblo. Una mañana estábamos en un lugar del pueblo al que llamábamos el cantú la carretera. Era donde el vecindario paraba en algunas de sus tertulias. En casi todos los pueblos de montaña hay un sitio para este menester. Yo  acababa de llegar del hospital hacía unos días, ya sin las manos, y como era normal no podía coger nada ni comer. Allí estábamos el señor Perfecto Fernández, mi vecino y yo cuando llegó una vecina catequista que repartía cartas del Sr. Cura, que pedía 100 pesetas a los jóvenes para arreglar la iglesia. Me dijo:

-Toma la carta del Cura Arsenio.

-¿Cómo la va a acoger si no tiene manos?-Dijo Perfecto, que miraba.

La chica la metió en bolsillo de arriba de mi chaqueta y cuando se disponía a marchar este hombre, que siempre fue muy buena persona pero algo bromista, dijo:

-Eso sí que está bien, te mandan una carta y no la puedes coger. ¿Sabes lo que tienes que hacer? Ponerle en el sobre por atrás: Sr. Cura, la carta que usted me envió, no la recibí. Ya verás cómo no te mandan otra.

Nunca me olvidé del detalle de aquel buen hombre, que además de ser una buena persona se expresaba con facilidad y siempre con mucha gracia. Con una sonrisa que adornada con su bonito y gran bigote. En aquel tiempo se llevaban los bigotes muy grandes. No le gustó la cuestión, pero la razonó con su filosofía humorística, educadamente, sin molestar a nadie y con arte. Es así como hay que actuar en algunas ocasiones de la vida, con tranquilidad pero con energía para demostrar a los demás que estas allí, que sabes defender tus derechos con gallardía y serenidad sin faltar al respeto. Esas cosas dan clase y dejan fuera de combate al adversario, sin lucha y sin más vueltas que dar.

Así actué con aquel miserable que todo le abultaba poco y que, amparado por su equipo de tíos tan brutos e ignorantes como él, se creía que comía al mundo y se equivocó. Tuvo que claudicar ante la verdad de un hombre que supo defenderse y no quedarse inmovilizado como mi hermano y cuñado, a quienes metieron el miedo en el cuerpo. Se quedaron en una esquina sin saber por dónde salir para defenderse con la verdad, igual que dos niños asustados. De esta forma se creía valiente aquel grupo de miserables ladrones, manejados por el más torpe de la cuadrilla de 12 fulanos más torpes y falsos que los mulos.

Seguía nevando y estaba muy frío. Otras veces se les convidaba, pero aquel día se quedaron con el frío y sin invitación y a la altura del barro, como se merecían. Se terminó de pesar y cuando echó las cuentas dijo al que le había acompañado a mi ganadería el día que los compro:

-¿No te dije, este tío sabía más de cerdos que el inventor? Solo falló en 500 pesetas en 200 cerdos y dirigiéndose a mí, dijo:-¿me dejará las 25.500 pesetas? El pico que Vd. dijo.

– Ni hablar, suyas pudieron haber sido si me hubiera comprado a tira ramal como le pedí. No lo acepto, es su problema, no el mío. Me pagará hasta el último céntimo.

Contó el dinero, cobramos y sin palabras nos fuimos. Hasta hoy nunca más le he visto. Aquel día recibió una lección que nunca olvidaría; ni él ni sus compinches, que más bien estaban cuidando cabras que tratando con los ganaderos que trabajamos sin descanso pero con seriedad.

Después de exponer todo esto, hay que valorar, analizar como las pasábamos los ganaderos, para verme obligado a regalarle las 25.500 pesetas que le daba por apartarme de los líos que montaban aquellos miserables. Increíble pero cierto.

 

Después de terminar aquella nave, en la que la descarga eléctrica casi me manda al suelo desde aquella altura, sin más incidentes, comenzamos a meter y a cebar doscientos cerdos de cada vez, divididos en cochiqueras de diez. Se compró un equipo de fabricación de piensos. Estudié un poco de nutrición animal y empecé a fabricar pienso.

Cada vez que se terminaba de cebar a los doscientos cerdos teníamos que lavar muy bien toda la nave y desinfectarla, entre otras cosas con cal viva y esperar unos días para su secado, que precisamente nunca se sabía cuando era bastante. Una noche, a las 12 llegó de Saldaña un camión con 200 cerdos y comenzamos a descargarlos. Yo mismo los dirigía a sus cochiqueras de diez en diez. Había una fuerte helada y estaba muy frío. Estos animalitos tienen la costumbre de que al desembarcarlos del camión y meterlos en su cuadra, orinan y hacen sus deposiciones, por ese motivo mojan el suelo y se rebozan, como gochos que son. Sentí chillar a unos cuantos, me di cuenta de que había mucho vapor, cosa anormal. Me puse a examinar al ganado y con sorpresa vi que era de las quemaduras de la cal, que después de ocho días de haberlo pintado, todavía contenía el ácido propio de la cal viva. Los animalitos se habían quemado en poco tiempo. Tuve  que bañarlos con la manguera a presión y con el frío de una de las noches más frías que hubo. No tuve otra alternativa para librarles de las quemaduras. La piel de algunos salía en pedazos como una mano de grandes. También tuve que lavar el suelo hasta que conseguí quitar toda la cal. Aquella noche se murieron 12 cerdos, pero a otros los lavé a tiempo y solo sufrieron algunas quemaduras. Aquello sería una gran experiencia que me enseñó que en lo sucesivo hay que lavar antes de meter al ganado. No pude pensar que aquella cal, que parecía estar seca, nos preparara aquel desaguisado. Aparte de las bajas que mato la cal tuve que pasar casi toda la noche al cuidado de los cerditos.

No todo era criar ganado, surgían duros inconvenientes, había como en todas partes buenas y malas personas. Hubo algún mercader, que no se conformaba con lo que ganaban, todo era poco para él. Además de pagar un precio que muchas veces no cubríamos gastos, lo había que robaba en el peso. Aunque algunos tuvieron problemas seguían haciéndolo de las suyas. Un paisano de nuestra zona, ya cansado de que le robaran, un día llevó diez cerdos que había pesado antes de llegar al matadero. Cuando vio lo que le quitaron en el peso protestó. Recibió muy mal trato, además de quitarle lo que era de él, le insultaron. El paisano, muy enfadado, les dijo:

-Esto lo arreglo yo de una vez.

Sacó un cuchillo de corar cerdos y salió detrás de aquellos, que al verlo con decisión pusieron pies en polvorosa. Así mismo lo contó alguno que lo presenció. Este pobre hombre dejó de cebar, dijo que era peligroso, que prefería dedicarse a otras cosas. Tuvo la mala suerte de topar con uno de esos de aquella época, aunque había lugares serios donde respetaban lo de los demás, eso está muy claro, no todos se dedicaban a apropiarse de lo ajeno.