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Don Herminio Rozada, estuvo muchos años dando clases en la aldea de El Vericioso, del valle La Cerezal, situado en la parte central del valle, a 548 m de altitud; a su izquierda, está La Espesura, muy bonita también; a la derecha, El Costayu y La Zorea; más abajo, otra población llamada Las Casas de Abajo, además de diversos caseríos repartidos por este bonito valle que yo conozco bien por convivir con la gente, primero en la escuela y después en los trabajos del campo y más tarde, en las minas. Pertenecen a la parroquia de Santa Bárbara, concejo de San Martín del Rey Aurelio. En toda esta zona vivíamos de la minería, y de la agricultura y ganadería. Gente seria y trabajadora de primera línea. Guardo muy buenos recuerdos de todos estos valles a donde iba a los bailes en los días de fiesta y donde aún tengo muchos amigos de la infancia.

Don Herminio Rozada, fue un hombre muy notable como maestro y, como persona, muy sociable y humano, apreciado por toda la gente. Dio clases a niños y mayores, ilustró a mucha gente, dio clase a muchos mineros para ser vigilantes. Preparó también a muchos estudiantes para capataz de minas. Desde aquí quiero recordarle con mucho afecto, porque siempre permanecerá en mí su recuerdo como buen ciudadano que fue, además de un gran profesional.

También recuerdo la última vez que lo vi antes de morir, fue en el paseo de San Martín de Sotrondio. Él venía por la acera junto al río, yo iba por la acera de la derecha. No le había visto aún porque estaba hablando con alguien y cuando esa persona reanudó su camino, él señor Rozada, me llamó y me dijo:

– Arsenio, cruza para acá que puedes mejor que yo.

Así lo hice, nos dimos un abrazo de amigos y me dijo:

– Arsenio, te felicito por tu último invento. Acabo de ver el reportaje de la prensa dode te ponen  en un alto pabellón y como te mereces. Vaya como escribe el señor Gancedo, y lo explica con todo detalle y como si te conociera de toda la vida. Me gustó mucho, pero sobre todo cuando dice "si notable es el invento, más lo es la personalidad del inventor". Es verdad, siempre has sido un hombre con agallas y lo sigues siendo. ¿Sabes que eres el primer inventor del concejo?

Pues no lo sabía, ni pensé en eso.

– A pesar de tu terrible accidente que te privó de tus manos, conseguiste seguir adelante. Eres un valiente, has luchado duramente y te convertiste en un empresario con tu propio esfuerzo y trabajo. Has conseguido también que tu hijo y las dos hijas estudiaran carrera y eso "cuesta un huevo”. Estás considerado un héroe por tu lucha y lo eres de verdad. Estoy orgulloso de que hayas sido  mi alumno. Ya eras desde niño un gran trabajador, igual que tu padre, hasta te pareces a él en casi todo.

Allí me recordó muchas cosas de mi padre que bien se conocían, habían estado juntos en la mili y fueron amigos toda la vida además de vivir en pueblos cercanos.

Así de bien se explicaba Don Herminio, así de noble fue siempre para tratar y ayudar a la gente. Tenía ese don de la inteligencia natural que siempre empleó para hacer bien y trabajar con dinamismo. Yo también me alegro de haber sido uno de sus alumnos, porque algo se copia de un buen profesor como lo fue este gran hombre, que bien se merce ser recordado. Por eso considero necesario rendirle este homenaje, que sin duda ha de alegrar a su familia y los que fueron sus alumnos y también a los que lo conocieron y convivieron con él. 

 

¡Cómo pasa el tiempo y qué brutales cambios produce!

Recuerdo a Don Aurelio, el maestro, con mucha frecuencia. Fue un destacau sindicalista y defensor de los trabayaores, además de buen profesional y muy apreciau por la xiente de nuestra zona, fue un gran cumplidor de su deber, tenía que ser duru con nusotrus, porque yérimus muy torpis, vivimos en una época un tanto asalvajada. Entoncis tous lus maestrus manexabin muy bien la regla pa poner derechu al que yera torciu y arreglarnus lis uñis con un reglazu en cada mano. Teníamos que poner los cinco deus de cada mano xuntos y parriba y soportar los golpes de esa regla pa luegu ponese de rodillis mirando a la paré con un libru pa seguir estudiando, y tovía yera poco. Pienso que los maestrus, de hoy, están un poco marginaus, no les permiten esis cosis, en mi opinión son necesarais algunis vecis, siempre que sean con prudencia y no con salvajismu. Un reglazu en lis uñis nun rompe huesus y pon firme al más pintau. Creo que nos equivocamus al exigir demasiau y cumprir poquis vecis.

Lo que nunca se vió en aquel tiempu ye el pegar o maltratar a un maestru, si que yerimus retorcius como rayus pero el respetu yera a tope, porque asina nus lo enseñarun nuestrus padres. Sinceramente, creo que hoy lus hay que lo fain al revés, protestando por casi to y sin darse cuenta de lo importante que ye el respetu a su maestru y a lus demás, claro. Como dixin en mi pueblu entre lo pocu y lo munchu hay un mediu.

Don Aurelio, el Maestru de la Peña,  así lu llamabin, por vivir en ese pueblin de Blimea, situau mismo encina de la roca de la curva del Ronzón. Este gran hombre, tuvo mala suerte  porque un día lu matarun. Yo no sé quién lo fexo, a mi corta eda de ocho añus, nun me enteré muy bien de lus hechus. Oí decir a los mayoris que lu matarun por ser sindicalista y defender a los probes trabayaoris reventaus de trabayu y fame, y que el capitalismo lu mató. Todu el pueblu lamentó aquel crimen, sobre todu nusotrus sus alumnus que lu apreciábamus. Es increíble que hayan ocurriu esis desastrosis desgracis. Terrible y triste disgusto a demás del mieu que pequeñus y grandis  pasamus. Tou nuestru pueblu estábamus aterrorizaus por la muerte del maestru de la Peña. Nun merecía tantu dañu porque yera muy güenu pa tous y buen maestru y nun facia dañu a naide, solo defendia la verdá.

Aunque dívamus muy pocu a la escuela, porque había que trabayar en el cumpu, solu podíamus dir lus dís que llobía, valiomus pa aprender  lis cuatro reglis de cunetis y a respetar a la xiente, lo que yera muy importante en aquellus tiempus.

Al faltanus el maestru, mi padre decidió mandamus a mi hermanu Constante y a mí a la escuela de Don Herminio Rozada, al pueblu La Cerezal, situau al sur de nuestru pueblu, tamien en la montaña. Y como tous sin carretera y con grandis barrizalis y charcus de agua producius por el tránsitu de lus arrierus con sus mulos, y las grandes lluvias y nevadas que se producían en aquellus tiempus. Esti pueblu de La Cerezal, era en aquel tiempu de nuestra misma parroquia de Blimea, unus añus más tarde lu pasarun a la parroquia de Santa Bárbara, nunse porqué.

Estuvi en esta escuela hasta los diez años que comencé a trabayar de arrieru, baxando el carbón de los chamizus de lis montañis hasta la carbonería de Alfredo Lamuño, el molineru de Sienrra.

 

A los ocho años comencé a ir a la escuela a San Mamés. El maestro era Don Aurelio, de La Peña, Blimea, un gran maestro y muy buena persona.

Cuando el primer día regresé a casa a comer, a mediodía, ya iba herido con un porrazo en la cabeza. A media mañana salíamos al recreo, era invierno, estaba muy frío y llovía. Ese tiempo libre lo pasábamos en un patio interior techado en forma de cobertizo, prácticamente al aire libre ya que el techo estaba sobre columnas y sin paredes en la parte de arriba por lo que pasábamos frío en cantidad. Al margen izquierdo y separado por un alto muro de unos 2,50 metros de altura, estaban las niñas también al recreo. Yo quise verlas y sin pensarlo dos veces escalé el muro que nos separaba. Una vez arriba, cuando ya me disponía a bajar, un veterano mayor que yo, en vez de ayudarme, me empujó con el mango de una escoba y me lanzó al vacío. Como resultado recibí un fuerte golpe en la frente con una herida que sangraba  en cantidad.

Don Aurelio castigó al malhechor además de darle una gran bofetada con su mano derecha que por cierto tenía lesionada desde hacía varios años, aunque bien que la manejaba para ese menester, pues éramos retorcidos y traviesos  a más no poder, aunque respetamos siempre a nuestro maestro. Supongo que este tipo no se olvidaría en largo tiempo del gran tortazo que recibió.

Si yo tenía pocas ganas de ir a la escuela, éstas menguaban aún más por el frío que pasábamos en clase, sin calefacción y con la poca ropa que llevábamos ya que tampoco teníamos abrigo, ni una simple cazadora. Lo mismo era la ropa que se vestía de verano que la del invierno y, por si el frío fuera poco, a esto se sumaba la escasa comida y el mal estado de los caminos, llenos de barro y agua para ir y venir a casa a comer y regresar a las clases de la tarde. Eran cuatro caminatas diarias para cubrir una distancia de unos dos kilómetros que hay desde San Mamés a mi pueblo en La Bobia. En aquella época no había carreteras en ningún pueblo del concejo. Las caminatas se hacían por los montes y por los malos caminos que teníamos. En aquel tiempo no había medios para construirlos mejor, al menos los que unían las aldeas del concejo.

 

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