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Archivo mensual: octubre 2013

Me ha sorprendido mucho el impacto y lo mucho que gustó a la gente el reportaje que salió en La Nueva España y que trataba de contar un poco de cómo fue mí vida de trabajador sin manos.

Desde entonces, y aún después de pasar varios días, sigo encontrando gente que me saluda y me felicita, unos diciendo que es una vida ejemplar, otros que soy hombre como el acero de duro. La mayoría lo valoran muy positivamente y yo lo agradezco de corazón. Por ese motivo les doy las gracias desde este pequeño artículo.

Respecto a este tema quiero destacar que, aunque el camino no fue precisamente de rosas para mí porque tuve que luchar mucho para llegar a donde estoy, el mérito no es sólo mío. Al principio, cuando estaba soltero, me sirvió de acicate el cariño de mis padres y hermanos y más tarde el de mi querida esposa, el de los hijos y nietos y también el del resto de la familia. Todos juntos fueron el motor que me dio fuerzas para combatir un montón de adversidades, para seguir adelante con dinamismo y alegría, trabajando con todas mis fuerzas hasta aquel fatídico día 5 de octubre de 2009 que mi esposa murió y me quedé más triste y solo que la noche, porque yo la quería más que a mí propia vida. Fue algo maravilloso para los dos el vivir unidos y sentirnos amados uno por el otro. De la noche a la mañana me cambió la vida totalmente y ahora es como si no amaneciera para mí. Por muy fuerte y valiente que uno sea, el perder a la compañera de mi vida ha sido terrible para mí, demasiado.

Debo decir que después de toda mi dura historia, me ha resultado mucho más duro perder a mi esposa que cuando perdí las dos manos. Porque ella me ayudó mucho a combatir mi desgracia y todo aquello dejó de ser un problema ya que yo tenía sus manos que también me ayudaban con cariño. La prueba está en que trabajé como uno más y sin traumas y lo hice con ánimos y empeño en la lucha diaria, hasta que ella me dejó. Hoy me siento sin fuerzas y sin ganas de casi nada. Paso la vida escribiendo o estudiando. Sigo con las clases de mi profesora Ana Rosa Hevia, de Candás. Todavía esta mañana de hoy martes 29 de Octubre del 2013, me dio una clase, porque es para mí el estudio y la escritura como una terapia para mi dolor. Si toda mi vida fue de mucho movimiento porque nunca pude parar, hoy peor, siempre tengo que hacer algo porque no puedo ser de otra forma. La soledad es demasiado dura. Hay que ver que hasta los animales no están solos y van en pareja.

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Cuando por las mañanas abro la ventana de mi habitación y observo el bonito paisaje que tengo delante y mientras que escucho el rugir de las aguas del bravo Cantábrico que sólo esta unos 40 metros de distancia, miro como vuelan y aterrizan en el campo los pajarillos que, al rayar el alba, buscan su primer alimento del día. Van en pareja y se cuidan el uno al otro como hacemos los humanos. Eso es muy bonito, claro que lo es, porque no se sienten solos. Seguro que cuando hicieron el mundo esto ya era así y no hay quien lo cambie, porque la soledad nadie la quiere. El amor existe en el mundo y es posible que un día yo lo vuelva encontrar, porque mujeres las hay muy buenas y también necesitan del calor de un hombre como nosotros el de ellas, porque así es la vida y así la hay que entender.

Sobre el mencionado reportaje en la prensa, hay varias anécdotas muy curiosas, pero entre éstas debo destacar una.

Conozco desde hace años a un matrimonio de Oviedo que veranea aquí, en Candás. Aquella mañana pusieron la radio pero sólo pudieron oír parte de la noticia que daba la Cadena Ser, que decía: "Un minero de la cuenca del Nalón y residente en Candás, que perdió las dos manos en una explosión de dinamita el día de Santa Bárbara…"

Los dos pensaron: ese es Arsenio, ¿que le pasaría? La mujer le dijo que bajara a la tienda de informática a ver si lo buscan en internet. Como no encontraron nada, fue a donde venden los periódicos y dijo a la señora: ¿habrá algún periódico que hable de un señor que no tiene manos?

-Sí, aquí lo tiene, yo lo estoy leyendo.

-¿Le pasó algo?

-No, hombre, sólo habla de un señor que es muy valiente, trabaja y no tiene manos.

-Claro que trabaja y mucho, es amigo mío.

-Pues aquí lo tiene, mire que guapo está.

Este hombre ya se tranquilizó, cogió el periódico y lo subió a su esposa. El sábado me los encontré en Candás y me felicitaron además de contarme el susto que se llevaron.

-Muchas gracias, yo también os aprecio mucho, lo mismo que mi esposa que también os recordará con cariño desde el cielo. Me dieron un abrazo y me dijeron: no te olvidas de tu esposa ni un momento, mucho la querías.

Aquella mañana cuando iba a dar un paseo y coger el periódico, me encontré con Don José Manuel, el cura de Candás, que conversaba con dos señoras. Los tres me felicitaron y Don José Manuel dijo: este hombre es muy bueno. Sufre mucho por su esposa, la quería mucho y no vive sin ella y agregó, es como un cura, hay que llevarlo al Vaticano a sentarse a la mesa a comer con el Papa.

Muchas gracias señor, le dije ¡Qué casualidad! no sé por qué, pero un Ingeniero, jefe mío, Don Manuel Ordóñez me dijo lo mismo. Arsenio, tu tenías que ser cura, te gusta mucho ayudar a la gente, tienes muy buen corazón. Yo le dije:

-Es nuestro deber, Don Manuel, el mundo en solitario no tiene valor. Está como vacio.

Entre otros casos que ocurren por la vida, acababa de presentarle uno que, por cierto, era duro de verdad y de una necesidad muy importante. Una señora vino a la oficina a pedirme que por favor la ayudara. Su marido estaba despedido del trabajo y no tenía nada para dar de comer a sus siete hijos y otro más que llegaría en un mes.

Me dio mucha pena de ella y de sus hijos que se encontraban hambrientos. El padre en la cama desde hacía unos cuantos días borracho y pidiendo vino. Como la esposa ya no tenía dinero para pagarlo y llevárselo a la cama, donde permanecía mientras le durara la tremenda borrachera, le tiró dos botellas vacías. Por ese motivo salió de casa y vino a pedir que lo admitieran al trabajo.

La pobre señora presentaba un cuadro de pena. Estaba muy delgada, descolorida y aturdida por los malos tratos de su marido. Con las lágrimas que bajaban por sus mejillas me dijo: por favor señor ayúdeme, ya no puedo con tanto sufrimiento.

Por favor no llore más, le prometo que su marido volverá al trabajo mañana mismo. Tranquilícese porque este problema no debe surgir más.

Pasé al despacho de Don Manuel Ordoñez, mi jefe, que era el jefe de sector y le dije el serio problema de aquella mujer.

-Don Manuel, el marido de esta señora está despedido por faltar al trabajo entre diez y quince días cada mes, por las borracheras que se coge. Se mete en cama y obliga a su esposa a llevar botellas y botellas hasta que ya no tiene dinero y luego le tira las botellas a la pobre señora. Yo creo, le dije, que debemos arreglar este problema de una vez y para siempre. Por dos razones. La primera y más importante, es que el castigo es para sus hijos y la esposa, que pasan hambre; la segunda, que ese señor picador de carbón, cuando viene al trabajo es trabajador. Si trabaja al mes quince días, por lo menos ya gana para dar de comer a su familia.

-Este señor, tiene un despido que la empresa le hizo por ser reincidente, perdiendo muchos días de trabajo. ¿Cómo lo arreglamos? dijo mi jefe.

-Muy fácil, contesté, dando orden a lampistería que cuando llegue este picador, le den lámpara para entrar al relevo que llegue. Bien sea al de las seis de la mañana o a las tres de la tarde. Yo creo que la sociedad está obligada a eliminar estos castigos que son peor para los hijos y esposa que para el borrachín.

-Usted lo dijo. Qué así sea.

Cogió el teléfono y le dijo al encargado de lampistería, Estanislao García, para los vecinos (Lao) que cuando llegara el picador  X, le dieran lámpara para que puediera trabajar. No pongo el nombre del picador porque vive. Hace poco tiempo que lo vi. No sé si vive aún su mujer, nunca más la vi desde aquel día y no es necesario molestar a nadie. Solo se trata de comentar lo que hay que sufrir muchas veces en la vida de las familias.

Don Manuel como hombre generoso que siempre fue, recibió a la señora y le dijo literalmente.

-Señora, dígale a su marido que venga a trabajar cuando quiera y al relevo que más le guste. Así mismo le dijo que no sufriera más por ese problema, pues en lo sucesivo trabajará cuando venga.

-Muchas gracias señor, le dijo la señora muy agradecida, nos libra de una muy gorda.

-No me dé las gracias a mí, déselas a Arsenio que es quien lo arregló.

Se marchó muy contenta sabiendo que aquel problema ya no se iba repetir.

Don Manuel, después de quedar solos, me dijo: Arsenio tú tenias que ser cura, te duelen mucho los problemas de la gente y te gusta ayudar, eso es muy importante. ¿Lo haces porque eres tan buena persona como para sufrir por los demás, o por lo que tú has sufrido?  ¿Es que ya eras así antes de tu accidente con ese buen corazón que tienes?

-Gracias Jefe, por lo bien que me valora, yo creo que es ley de vida velar unos por los otros. En cuanto a su pregunta, le diré que no lo sé, creo que siempre fui como soy. Aunque puede ser que los sufrimientos propios te hagan reflexionar muchas veces, porque la vida nos enseña y, sobre todo, a los que atravesamos por duros avatares que es donde se ve realmente lo que supone la buena convivencia entre las personas. Yo creo que estamos obligados a perdonar y ayudar, aunque se salgan de lo normal. Sólo con pensar que hemos salvado del hambre a unos inocentes ya es más que suficiente para sentirse uno mismo muy bien.

-Te comprendo perfectamente porque es como lo pintas, dijo el jefe.

-Gracias, usted también siente esos deseos de ayudar y lo hace con satisfacción. Ya no es el primer caso difícil que usted resuelve con cariño y afecto a las personas. No soy yo el único, Don Manuel, porque usted acaba de hacer una excelente obra, que supone el asegurar el pan a una familia. 

 

Entre varios trabajos también servía huevos a diversas tiendas. Aunque solo tenía mil gallinas, compraba el resto de los huevos a un distribuidor. Llegué a servir una cantidad importante durante una temporada. Esto no duró mucho. El trabajar para las tiendas era de órdago. Qué duda cabe que hay mercaderes muy buenos, pero otros no se podían soportar. El egoísmo de cierta clase de gente algunas veces es desorbitado. La venta de los huevos siempre fue muy complicada. Por el invierno te daban algo, pero muy poco, no eran rentables. Por el verano, por docena, se perdía dinero. Costaba más el pienso que lo que daban los huevos. Al aumentar la oferta del verano bajaban los precios y, encima al servirlos, algunas señoras los escogían diciendo: “éste no, éste tampoco” y me marchaba con ellos para casa o los regalaba. Aquello fue de pena, lo mismo me daba decirles que perdía que ganara. Gastaba gasolina, perdía tiempo y tenía que aguantar a las señoras que todo lo querían para ellas, los demás vivimos de los aires. El coche olía que no se paraba, lo mismo daba limpiarlo más que menos. El olor de la leche y los huevos en lugares como un coche se impregna y no se consigue eliminar. Cuando lo limpiaba, se rompían otros huevos y siempre lo mismo.

Recuerdo una mañana que llevaba 125 docenas. Llovía, iba a Laviana y en la curva del Sutu venía un autobús a toda pastilla. Me metí en la cuneta como pude para librarme del porrazo, si no ando vivo me lleva por delante y el tío ni se enteró. Salí de la cuneta como pude y cuando llegué a Laviana llevaba rotas unas veinte docenas. Menos mal que la primera tienda era de la mejor gente que conocí, lo mismo la dueña Meri que su madre fueron muy buenas personas, siempre me trataron muy bien. Limpiaron  aquello que daba pena verlo. Yo miraba pensando: “Muy poco debo de valer para aguantar esto. Decidí dejar las gallinas y sus huevos. ¿Por qué no decirlo? también a cierta clase de señoras que no merecían ni el saludo, porque todo era poco para ellas y los demás no teníamos derecho ni a comer.

Prácticamente regalé las mil gallinas, porque el mercader que me las compró también me salió rana. Se aprovechó de la ocasión empleando la farsa de siempre de esta clase de estafadores. Te pagaré el precio que salga en matándolas y viendo la calidad de carne y el peso.

Que pude hacer más que tragar lo que él quiso tasar. Pero al menos me libré de aquello que no me daba más que disgustos y trabajo. Aquella partida de gallinas la vendí a través de una amistad que tenía un hermano mercader y, que con la mejor de las intenciones, pensó ayudarme a sacarlas pero el otro le traicionó. Pagó lo que le dio la gana abusando de la ocasión. Al amigo y compañero de trabajo, nunca le dije nada para que no se llevara un disgusto, porque él lo hizo con ánimo de ayudarme era muy buena persona.

 

El pasado día 10 de octubre de este 2013, La Nueva España publicó un artículo en el que se recoge un poco de mi historia.

Este reportaje fue escrito por Mónica G. Salas de Candás, una joven periodista, que escribe con realismo y sensatez. He leído varios de sus artículos y siempre me gustaron porque presenta las historias reales y no adornadas ni gaitas. Es muy bueno el presentar las cosas como son, aunque algunas veces sean duras. Por todo ello le doy las más expresivas gracias y deseándole mucha suerte y muchos años en su carrera del periodismo, porque se lo merece.

Un cordial saludo, Mónica.

Yo nunca tuve ningún problema en presentar un poco de mi dura vida al público, porque tengo bien claro que todos aprendemos unos de otros, siempre que sea la realidad. A mí no me interesan las curvas, ni rollos y a los lectores tampoco. Por ese motivo hace tiempo que no quise reportajes aunque me hayan invitado varias veces. Por lo menos sin conocer como escribe el que me va entrevistar. A través de mis 59 años sin manos, hubo reportajes muy interesantes como el de Mónica o el de Gancedo, de Mieres y algún otro más. Pero los hubo tan malos que no dieron una en el clavo. Tuve que leer algún artículo que daba pena como lo presentaron. A uno de los malos de verdad se le ocurrió poner que yo había hecho la mecha con la que detoné la carga explosiva, "con los girones del fatu de la mina", entre otras cosas. Todo el artículo era un tremendo disparate que no quiso rectificar, ni advitiéndole de que la gente se reía por que era ridículo todo lo que puso.

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Visita de Ferino, el ferretero de Barredos. Ya hacía tiempo que me decía: Arsenio, no me  quedaré tranquilo hasta que por mis  propios ojos compruebe lo que estás haciendo en tu obra.

-Vale, cuando quieras, todo está en orden, le dije.

 Le di las gracias de nuevo por despacharme rápido y antes que a otros clientes y me fui a mi trabajo hasta la una del mediodía, cuando llegaría él a visitar la obra. Llegó puntual. Cuando salí de mi casa para volver a la obra y trabajar hasta las tres, sentí su vespa. Le abrí el portón, dejó la moto y fuimos a las naves que estaban muy cerca. Cuando vio aquella obra puso las manos en la cabeza y dijo:

-Sí es cierto que tú haces esto, los que tenemos manos no valemos nada a tu lado, Arsenio, sigo diciendo lo de antes, quiero ver como sierras un tubo, cómo lo roscas y cómo lo colocas en su sitio, aunque llegue tarde para abrir la tienda, pero esto no me lo pierdo.

-Ahora mismo lo verás y no tienes porqué llegar tarde, en un momento podrás comprobar lo que hay, le dije.

Cogí un tubo de pulgada y de seis metros de largo, lo coloqué en la mordaza, lo medí y con el paique (la sierra de mano), lo serré. Eché un poco de aceite a la terraja y di rosca. Puse el cáñamo, le di con minio por sus dos partes, le coloqué una T, lo rosqué en su sitio, cogí el pico y continué haciendo zanja.

Ferino dijo:

-¡María Purísima! Hay que verlo para creerlo. El arte que pones con esos aparatos no lo puede creer más que el que lo ve. ¡Si lo haces mejor que algunos con manos!

Se le hacía imposible.

-Tú naciste superdotado, muchacho. No tiene otra explicación. Creo que nadie puede trabajar con la rapidez con que tú lo haces en esa situación. Es imposible el arte que tú tienes. Lo único que te pido es que me perdones por no poder creer lo que tan cierto es. Después de comprobarlo ya me voy muy contento al saber lo fácil que te resulta el trabajar, también por ser tu amigo. Se acercó  medio un abrazo y me dijo de nuevo.

-No me canso de pedirte perdón, me marcho asombrado de saber el arte que pones para trabajar. Si antes a todos nos parecía imposible el que conduzcas tu coche, esto sí que es más difícil, es increíble. Se marchó y a partir de aquel día cada vez que iba a su tienda decía:

-Arsenio, cuando los clientes me presentan un problema y no lo puedo resolver, los mando a tu casa diciendo “ir a Villar, Arsenio tiene remedio para todo”. Les cuento cómo trabajas y no lo creen.

-Ya sé que no lo creen. Tú tampoco lo creías pero no tiene ninguna importancia, lo bueno de todo esto es que yo puedo trabajar aunque resulte imposible a la gente.

-Sí que la tiene y mucha, entre la gente hay apuestas, unos a favor y otros que dicen que no puedes hacer lo que se dice.

-Pues hay buen remedio para el que no lo crea, que vayan a verlo como fuiste tú, y de paso que me ayuden, que buena falta me hace. Ya conoces el trabajo que se necesita para montar una industria de esta envergadura. Por que miren no les cobro nada y seguro que alguno aprenderá algo de cómo se trabaja.

-Claro que sí, solo con ver tus movimientos para trabajar ya se aprende, porque das clase de cómo se hacen las cosas. Lo tuyo es de película Arsenio, no se conoce otra cosa igual, aparte de lo hábil que eres para trabajar, lo que más me llama la atención y comento aquí con mis clientes, es cómo se las arregla ese hombre que sabe de todo. Nada se le pone por delante. Otra cosa que me llama la atención dijo.

-¿Dónde aprendiste esos múltiples oficios si tu siempre fuiste minero?

-Se aprende, Ferino, a medida de que uno trabaja, todo es proponérselo.

-Algo así será porque tú eres muy joven y trabajando siempre en la mina no pudiste tener tiempo de aprender, hasta para eso naciste con habilidad amigo, como te dije el día que vi tu obra. No hay más explicación que una: que tú naciste superdotado y sigo manteniendo lo que te dije, a ti y a muchos, que los que tenemos manos no pintamos nada a tu lado.

-Hay gente muy buena en todos los trabajos, pero lo que hace falta es querer.  

Ferino fue una gran persona. Durante toda su vida fue un gran trabajador y muy sincero, decía las cosas como son, por eso yo no le tomaba en consideración cuando dudaba de mis afirmaciones respecto a mi trabajo. Aunque conocía mi forma de ser y cómo trabajaba por mis antiguos compañeros, aquello no lo podía asimilar hasta que no lo vio.

Me apreciaba mucho, como yo a él. Tenía mucha pasión por la gente que trabaja, también apreciaba mucho a sus clientes y era uno de los más baratos de la zona. Muchas veces me decía:

-Tu nombre aquí esta permanente, nadie se olvida de ti, si no saca tu nombre uno, se acuerda otro, ya eres más conocido que el pupas. Hasta entra gente que no te conoce, pero al oír hablar de tus trabajos, preguntan cómo puede ser que sin manos puedas trabajar. Te has hecho popular. Algunos dicen que si no fuera porque no se atreven les gustaría ir a verte trabajar.

 -No hay ningún problema, que vayan. Ya estoy acostumbrado a recibir visitas de esa clase y hasta de partes lejanas vino gente a ver el de las manos trabajar. Así mismo me lo dicen porque es la verdad.

Mi primer oficio fue el de arriero con diez años, pinche en la construcción, pinche en el exterior del Pozo San Mames, ramplero, espoliador, rellenita, picador y en cargado, industrial (pobre, vinotero) ganadero, soldador, fontanero, albañil, fabricante de abonos químicos y de piensos para nuestra ganadería, contratista de obra, artesano. Casi trabaje en todos las profesiones. Camionero en el último año antes de retirarme.

Cuando estaba montando la nueva ganadería al construir las instalaciones de fontanería, le compraba los materiales a Ferino el ferretero de Barredos. Había pedido presupuesto de estos materiales en alguna parte más y él era el más barato en aquel tiempo de nuestra zona. Se trataba de una obra con capacidad para ochocientos cincuenta cerdos, incluyendo los doscientos que ya había en otra nave, setenta madres, tres verracos, mil gallinas y quinientos pollos, además de cuarenta terneros culones, otras tantas terneras y algunas reproductoras de vacuno y treinta ovejas.

A Ferino no le extrañó demasiado los metros de tubería, una gran cantidad para una instalación de esa envergadura, lo que le llamó mucho la atención, fue que dónde podría meter tantas tés, codos y manguitos, y como podría yo hacer tantas roscas sin manos y con mis aparatos. Él sabía que la terraja era dura de manejar y se le hacía imposible que yo lo consiguiera. Una mañana llegué a buscar más maguitos codos y tés. Tenía mucha gente para despachar, les saludé y Ferino, me dijo.

 -¿No vendrás a por más tés y manguitos?

-Pues sí, de momento preciso 40 tés 15 codos y 8  manguitos.

-Será broma, Arsenio no te lo creo.

-No es ninguna broma Ferino, estos son para estos días, más tarde vendré a por el resto, todavía me queda mucha obra por hacer.

Se quedó asombrado y me dijo:

-Arsenio, ni aunque los comieras amigo, nunca vi cosa igual. Dirigiéndose a la gente les dijo.

-Encima dice que es él quien los coloca en su instalación.

-Perdona, yo eso no lo creo. Anteayer llevaste un montón de material y ya vienes a por más, no lo entiendo.

-Tú no lo entenderás, pero yo soy el que los pongo y los pago.

-Sí, es cierto que me los pagas y al contado, pero que gastes tantos y que los pongas tú es imposible.

-Imposible Ferino, solo es lo que no existe, despacha pronto a esta gente que tengo prisa, estoy de servicio, vine a las oficinas del Pozo Cario y aprovecho para llevar este material para trabajar por la noche, ando mal de tiempo para tanto trabajo.

Ferino, con una sonrisa dijo:

-¡Encima trabaja de noche y no duerme!

-Sí que duermo, da tiempo a todo, la cosa es organizarse.

-Este hombre es de acero, dijo: ferino, trabaja mucho, es cierto, ya era en la mina “un vaca”. Eso se dice en términos mineros, de un buen trabajador. Así lo dicen vecinos míos que trabajaron contigo. Perdonadme dijo: a la gente, voy a despacharle, tiene prisa, está trabajando no vaya a ser que por nosotros pierda tiempo.

-Gracias Ferino, y también a los clientes se lo agradezco de verdad.

Al pagarle los materiales y darme la vuelta del dinero, dijo:

-Arsenio, eres un buen cliente mío y te aprecio mucho. Pero sigo sin poder creer lo que me dices, que estás solo haciendo esta obra que a juzgar por el material que llevas, es muy grande. ¿Me das permiso para que hoy, después de cerrar a la una, para ver tú obra?

-Permiso concedido, no hay ningún problema. No eres el pimero que vistan mis trabajos, porque como tu, tampoco puefe crerse que yo pueda trabajar, nada mejor que verlo. Mejor que bayas a la una y media, porque a la una salgo de trabajar y mientras me cambio la ropa y como algo pasa ese tiempo y así podrás ver también como sierro la tubería y le doy rosca, que parece ser que es lo que más te llama la atención.

-Cierto, me parece imposible que con esos aceros puedas mandar tanta fuerza como para serrar tubos de pulgada con la sierra de mano y más aún darles rosca con lo duro que es la terraja y lo que da que hacer a los que tenemos fuertes brazos. Allí me tendrás a esa hora dijo.