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Archivo mensual: septiembre 2013

La gente no entendía que yo pudiera ser conductor. Los comentarios eran de todas clases y sin conocimiento de causa. Hasta le dijeron a mi padre que no me dejara presentarme a los exámenes, que si estaba loco. Hay que ser más serios, más sensatos. ¿Que saben los demás de la capacidad de una persona? Es demasiado fuerte lo que hay que soportar, precisamente de algunos que no saben ni por donde van, por lo torpes que son y se atreven a meterse donde nadie les llama.

Mi padre, que siempre confiaba en mí y sabía que si daba mi palabra la cumplía, me dijo:

-Arsenio, ¿Estás seguro de que puedes manejar un volante? Tienes a la gente asustada, dicen que es una locura. Que como te atreves a meterte en un lio de esa clase.

-No hay ningún lio padre, si siempre has confiado en mí, te ruego que hoy también confíes. Sé hasta dónde puedo llegar, si no me defiendo, lo dejo. Puedes estar tranquilo, que en las prácticas veré mis posibilidades. Nadie más que yo tiene que valorar las posibilidades. Seré imparcial y lo haré lo mejor que pueda. Tengo que examinarme a mí mismo primero y si me sale mal me retiraré. Ya sabes que no me gustan los parches ni las curvas, si puedo bueno será, y si no, tampoco pasa nada. Lo que sí quiero que tengas presente es que yo soy consciente de la responsabilidad que eso supone, y te prometo que actuaré con firmeza y con sentido. Si hay capacidad de maniobra lo aceptaré, si no puedo, lo dejare sin más vueltas que dar

-De acuerdo hijo, siempre fuiste serio, firme para todo y lo seguirás siendo. Lo cierto es que nadie lo puede valorar como tú. Así que adelante.

Gracias padre te agradezco que seas sincero y que confíes en mí, no te defraudare. Saldrá lo que tenga que ser, pero siempre dentro de la normalidad. Que los comentarios de la gente no te sorprendan. Ellos pueden pensar lo que quieran porque desconocen todo este tema. Si no se  creen que trabajo la tierra y que hago maquinas, Cómo se van a creer que puedo manejar un coche, les parece imposible pero no lo es. Así que adelante con mis trabajos que son los que me solucionaran mi problema.

Para mí era un reto muy duro, nunca me olvidé de lo que esto suponía, pero también sabía lo mucho que lo necesitaba. Me daba cuenta que era de necesidad vital para poder trabajar, y sobre todo por mis limitaciones y mi baja economía. El coche me podría ayudar, los tiempos avanzaban y algunas cosas se imponían con la época. El coche entraba en el quehacer de cada día de la gente. Yo lo consideré una herramienta de trabajo, pero me encontré con dos inconvenientes muy serios: uno era el saber mi capacidad para conducir, y el otro, la misma sociedad, que no lo admitía de buen grado. Me sentía un poco marginado. Fue en aquel tiempo cuando volvía a sufrir demasiado. Aquellas críticas fueron como un retroceso en mi vida, se me presentaron las cosas muy difíciles, me miraban como si fuera de otra galaxia. Sobre todo cuando llevaba el coche.

Todo eso me absorbía y me producía dolor. Pensaba que si tuviera un despiste en carretera, como puede tener cualquiera, podría ser atribuido a mi situación. Siempre sería por el motivo de mis manos y esto me atormentaba. Tenía que demostrar que valía, que podía hacerlo como los demás. Eso solo lo demostró el tiempo. Mi sufrimiento ya había comenzó en la autoescuela, hasta que salí a carretera y comprobé que valía, que me sentía dueño de la máquina, que la dominaba, y que, salvo algún fallo, como el de cualquiera, no tenía que temer. Ese fue mi mayor reto, llegar hasta esas pruebas que serían duras pero necesarias y decisivas para seguir adelante con mi proyecto.

En las primeras pruebas con Montes ya había destacado y eso me dio muchos ánimos, aunque solo sirviera para evitar a las malas lenguas, lo consideré muy importante, porque sabía que esas noticias corrían como la pólvora, buenas o malas, y podrían servir para apagar un poco a los vocingleros de turno, que siempre salían a la palestra dando sus toscas opiniones sin conocimiento de causa. Eso era lo peor para alguien que tanto sufría y se sentía controlado por donde quiera iba. La gente algunas veces se pasa de listos. Unas veces te supervaloran demasiado y otras te echan a bajo, sin saber ni tener conocimiento de las cosas.

¡Cómo lo pasaría de mal que bajé seis kilos de peso! Cuando escribo y recuerdo lo que sufrí, pienso que de haber tenido dinero hubiera sido mejor haber ido a sacar el carnet a donde no me conocieran, para evitar los comentarios que mucho me molestaron. No pudo ser, ni tenía dinero ni experiencia, había que trabajar, eso resultaba imposible, y tuve que tragar lo que me echaron. Así son algunas etapas de nuestra vida, unas buenas y muchas malas.

Después del examen de carretera llegamos a la base donde esperaba toda la gente. Hubo fiesta en todas las autoescuelas del valle de Langreo. Comenzamos la juerga todos con una comida. Los que no me conocían me los presentó Montes, entre ellos había un madrileño, abogado y secretario del Ayuntamiento de Laviana. Éste llegó y él mismo se presentó y me dijo:

-Arsenio, quiero ser amigo tuyo.

Fue a comer con todos nosotros. Continuamos con una amistad largo tiempo. Más tarde perdimos el contacto y no supe más de él.

Aquella tarde, después de comer, marchamos para Laviana. Nadie trabajó en las autoescuelas de la zona. Mi esposa, en casa recibió llamadas de las secretarias de las autoescuelas porque no sabían dónde estábamos. Allí nadie llegaba a clase aquella tarde, era fiesta para todos. Fue muy curioso cuando llegamos a Laviana porque salieron las dos chicas de la autoescuela a conocerme y a felicitarme. Nos dijeron que el teléfono no paraba de sonar, llamaban otros alumnos para saber donde estábamos y sumarse a nuestra juerga.

Mi primer coche fue un 124, era la novedad de la época. Al mes de sacar el carnet compré coche. Se medio muy bien desde el primer día. Uno de los primeros viajes fue a comprar cerdos a Villayón, un pueblo de montaña cerca de Atrevías, en el concejo de Luarca. Fue conmigo un cuñado, que ya era conductor. Sin decirme nada iba observando mi forma de conducir, y cuando íbamos subiendo el alto de La Espina me dijo:

-Pero, ¿tú como aprendiste tan rápido? Parece que llevas con el coche toda la vida. El trabajo que cuesta a todos y tú lo manejas con una facilidad digna de apreciar. Bueno, a ti se te da todo bien, no sé ni cómo te las arreglas, me dijo.

Esto de saber valorar a las personas en lugar de despreciarlas, es muy importante, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que yo había sufrido. Fue para mí una satisfacción oír aquellas frases. Te hacen sentirte más a gusto y tranquilo. La gente algunas veces es muy descarada y sin darse cuenta hacen que uno sufra. Cuando uno es joven y con poca experiencia esas críticas machacan de duro. Por eso hay que tener cierta compasión por los jóvenes y en lugar de criticarlos hay que enseñarlos si es posible y sin olvidarse de que nosotros también lo fuimos. Lo mejor es callarse y no dar opiniones sin saber de que van las cosas, eso es lo más prudente y acertado.

Con ese coche viajé a León, Zamora, Cáceres, Palencia, Burgos, Madrid y otras provincias donde compraba materiales. Ganado; camiones de maíz, de cebada, de trigo, alfalfa y de vino. Viaje amuchas partes y sin problemas.

Por donde quiera que vaya cuando veo un 124 me llama la atención. Nunca me olvidé de él porque me resultó muy bueno. A pesar de que tenía la tracción trasera y que decían que era muy peligroso, a mí nunca me falló. Siempre procuré traerlo durante el invierno con un peso de 50 kilos en el maletero para controlarlo mejor, aparte de traerlo siempre muy bien calzado con las mejores cubiertas de aquel tiempo: las P4. Trabajé con él mucho. Hubo días de servir en pueblos cercanos hasta dos toneladas de abono. Con un ayudante repartíamos abono sin parar.

Montes tuvo mala suerte, murió siendo muy joven en un accidente de carretera. Iba en uno de los coches dando clase de conducir y en un ceda el paso, cerca de los túneles de Riaño, Langreo, un conductor no respetó el ceda el paso, le salió a boca jarro y lo mandó contra un camión que circulaba en sentido contrario. Segó la vida de Montes. Lo sentí mucho, fue una perdida inútil, murió un hombre en la plenitud de su vida, casado y padre de familia. Allí terminó su carrera, nunca olvidaré la satisfacción que sintió en todo el tiempo que me dio clases pero sobre todo el día del examen emocionado, como si fuera de su propia familia. Él disfrutó viendo que uno de sus alumnos era el mejor, así lo decía siempre que nos encontrábamos. Desde el primer día que vio mi forma de conducir le dio mucha importancia, creo sinceramente que para él fue algo importante. Siempre lo recordare con afecto como se merecía y por eso quiero rendirle un homenaje, porque fue hombre serio y trabajador.

También recuerdo a aquel compañero de clase que, mientras algunos hacían comentarios por el hecho de parecerles imposible mi caso y dudar de mis posibilidades, vio algo en mi forma de ser que le hizo pensar que por algo estaba allí. Seguro que le dio vueltas en su cerebro pensando que mis razones tendría para luchar por mi carnet de conducir. Siempre los mandaba callar. Les decía que al final se vería. No se equivocó. Seguro que es un hombre inteligente. Observaba y callaba, mientras que algunos daban la legua demasiado, sin sabe r porque. Yo veía el ambiente que se respiraba a mí alrededor, pero seguí mi camino.

Nunca supe más de aquel hombre, no sé dónde estará.  Me gustaría verle y saludarle, darle las gracias por confiar en mí y decirle que ha sido  el único que he visto avalar mi idea antes de conocer el resultado. De todos los que me rodearon nunca supe de alguien que dijera que yo podía ser normal o que aprobara, como decía aquel hombre. Aun recuerdo su fisonomía: era moreno, de pelo negro y con bigote no muy pequeño. Joven, de unos 35 años, de altura mediana y más bien gordito, sin ser obeso. Sereno observando y parco a la hora de juzgar, como debe ser un hombre. Espero que si un día se encuentra con este libro se recuerde de aquel día, que con emoción él también festejó la victoria de un compañero que ciertamente era la duda de la mayoría de todo el grupo, y nos podamos ver para saludarnos y decirle el gran acierto que tuvo al distinguirme y saber valorar las cosas como son. 

Siguieron las prácticas y Montes, como siempre, ilusionado con aquel alumno que él considera el mejor. Llegó el día de ir al examen. La mañana del 1 de Diciembre de 1972 fue muy fría y había una fuerte helada. Llegamos y pasamos al examen teórico. Yo, al poco tiempo, terminé de rellenar los test y me salieron muy bien. Lo aprobé. Este examen lo hice con todos, pero los de práctica serían por separado. Me examinaron el último, porque sería distinto a los demás, tuve que pasar un tribunal. Se trataba de un caso especial, realmente lo era. Quitar los derechos a un ciudadano era mala cosa, pero también era decisivo saber si tenía capacidad suficiente para darme el permiso de conducir. Lo trataron como un caso muy difícil de valorar y quisieron ser imparciales y lo fueron. Me pasaron por la piedra bien pasado, pero también supieron apreciar y valorar lo que había, creo que con acierto y justicia.

El examinar a tanta gente llevó toda la mañana. Mientras pasaba el tiempo paseaba por allí con Montes y otros. Acabábamos de llegar del bar de tomar un caldo con un blanco para combatir el frío. Reunido con un grupo de cinco o seis, charlábamos. Yo llevaba chaqueta de cuero y, como siempre con las manos en bolsillo. El que no me conoce, no sabe si me faltan las manos o no. Un compañero de Montes de una autoescuela de Oviedo le dijo: 

-Montes, ¿dónde tienes al artista que se comenta que se examina hoy  sin manos? Y  nadie le ha visto, parece como si lo tuvieras secuestrado.

Montes, que era muy bromista, le dijo:

-A ver si te pega una ostia, lo tienes delante, Y me dijo: saca las manos y dale una.

-¿Por qué le voy a dar, hombre?

Como no saqué las manos Montes se acercó y de un tirón me la sacó del bolsillo. El otro se quedó mirando sorprendido. Vi que no conocía mis aparatos, que sin duda imponen respeto al verlos por primera vez. El hombre, nervioso, dijo: 

-Perdone, señor.

-Tranquilo, no me molestó para nada.

Hasta aquel momento, excepto mis compañeros de la autoescuela de San Martín, nadie me conocía.

Aquel día nadie se marchaba, todos esperaban hasta el final. Se había corrido la voz de que uno sin manos se examinaba y que era el mejor del grupo de Langreo. Todos quisieron conocer al artista, como el amigo de Montes dijo. La gente preguntaban que donde estaría, que no se veía. Hasta yo mismo oía estas preguntas, pero yo miraba a otra parte, como si no les oyera. Procuraba no darme a conocer, ya había demasiada gente sin acumular más y sentí un poco de miedo a ponerme nervioso a la hora del examen. Me pareció demasiada la expectación que había por ver este caso. 

Al final comencé a controlar los que faltaban para examinarse para un poco antes ir a calentar el coche. Cuando solo faltaban dos por examinar le dije a Montes:

-¿Puedo arrancar el coche? Creo que debo calentarlo, solo quedan dos para el examen y puede calarse por estar frío.

Montes con una sonrisa dijo a sus compañeros:

-¿Veis cómo sabe conducir el artista? Sube al coche, grande, a ver cómo te portas. Ya sabes que eres el mejor y no puedes fallar.

-Vais a ponerme nervioso, le dije:

-A ti no te pone nervioso ni un tanque de guerra.

Subí al coche y lo arranqué. Ya no pude ver más los exámenes. La gente que llevaba buscándome toda la mañana, al verme, rodearon el coche para ver cómo habían instalados los mandos y conocer al de las manos, que por una mañana me habían hecho popular sin conocerme.

No se quitarían hasta mi salida para el examen. Salí ante una gran expectación pero yo ni miraba, iba a lo mío. Me metieron a bordillo derecho y salí muy bien. Montes y uno de sus ayudantes, que también me había dado alguna clase y los compañeros aplaudían, porque ellos sabían que este bordillo era al único que yo le tenía respeto, no sé por qué me resultaba más difícil de hacer. El resto sabían que lo dominaba muy bien. Fui a vallas y salí también. Fuimos a bordillo izquierdo y también salió. Por último fui a la pendiente y tuve la misma suerte. Montes y los suyos saltaron de emoción, ya me consideraban aprobado, del resto estaban seguros, solo me quedaba carretera y también suponían que saldría bien.

Los del Tribunal me dieron orden de salir de la cuesta y cuando bajaba Montes y el grupo de mis compañeros se lanzaron a buscarme. Si no hubiera frenado los habría atropellado. Me sacaron a hombros. Una compañera del Entrego lloraba de alegría y emoción. Fue un día inolvidable, eso decían.

-Dejadme les dije, todavía no he terminado, puedo fallar en carretera.

-¡Qué vas a fallar! Eres mundial, el mejor de todos los tiempos- dijo Montes convencido de que no fallaría.

Mientras que todos me daban la mano y me felicitaban, uno de nuestro grupo de Langreo dijo:

-Ahí tenéis, ahora reíros. Bien os dije que este chaval tiene un corazón de acero. Él no hablaba con nadie, siempre estaba a lo suyo. Ahí está el resultado, nos dejó mal a todos. Él es el único que ha aprobado a la primera, nosotros hemos fallado todos.

Lo que es la vida, nuca volví a ver a la carnicera del Entrego, hasta que transcurrieron 38 años de aquel día. En el mes de Diciembre del 20011, fui a visitar a mi consuegro Mateo al hospital en el  valle del Nalón. Mientras que le a acompañamos Miguel su hijo me comento, Arsenio ayer visite la señora que está en la habitación de enfrente para ayudarla porque estaba sola. Esta señora según te oí hablar alguna vez puede quesea la que saco carnet de conducir cuando tu. Es la carnicera del Entrego. Fuimos a verla y nada mas verme, me reconoció, supongo que por mis aparatos porque yo a ella no la conocí. Nos saludamos y nos presto el recordar viejos tiempos ella ya sin marido y yo sin mi esposa, lo que los dos lamentamos.

Muy curioso, dos días antes pasamos por el Entrego mi hijo Norberto y yo. Al pasar por delante de la gasolinera, mire para la casa que está situada al otro lado de la carretera en una bonita pradera y dije a mi hijo. En esa casa vivía una señora que saco el carnet de conducir cuadro yo, no sé si vivirá, me gustaría verla. Aunque siento el saber que sufre mucho porque está sola en la vida. Yo por lo menos tengo a mis tres hijos y cinco nietinos además de los yernos y del resto de la familia

Aquellos exámenes no aprobó nadie excepto uno del grupo de Laviana, el Secretario del Ayuntamiento, y yo. De la cuadrilla que nos examinamos de nuestra zona, el que no falló de una cosa le salió mal otra, no tuvieron suerte.

 

Para salir del bache y poder trabajar más, me decidí a sacar el carnet de conducir. Aquello sería una bomba para muchos que decían que era una locura, que no me lo darían, hasta la misma familia no le gustaba.

Fui a la autoescuela y me matriculé. Pasé, como todos a la clase y aunque la gente lo encontraba muy extraño no me decían nada. Solo me enteraba de lo que comentaban a trabes de mis amigos que me conocían bien y sabían que si me proponía una cosa, lo más probable sería que lo consiguiera

A los cuatro días, una tarde me encontraba haciendo test cuando llegaron dos chavales, me miraron y se sentaron en la mesa de a lante. Uno le dice al otro:

-¿Qué hace aquí este hombre? ¿Estará loco?

No tiene manos, ¿cómo le van a dar carnet?

No me extrañó que lo pensaran pero yo, que ya estaba sensibilizado por los comentarios de la gente, al oír estos me quedé en blanco. No veía ni los test. No se dieron cuenta de que les estaba oyendo, ni del daño que me hacían. Reflexioné unos momentos y llegué a la conclusión de que no debía hacer caso a esas cosas. Me prometí seguir adelante pensando. ¿Que podía saber la gente hasta donde podía llegar yo?, y por eso no iba a claudicar. 

Seguí estudiando, a los pocos días dije a la chica que regentaba la oficina:

-Le agradecería que cuando venga por aquí el jefe, le diga que necesito hablar con él.

 En efecto. Montes, llegó una tarde y desde la puerta que dividía la oficina con nuestra aula, me dijo en voz alta:

-Arsenio, ¿a ti quién te manda meterte en líos? ¿No ves que no te darán carnet?

-Me levanté un poco nervioso y le dije: yo no estoy en ningún lío Motes, soy un ciudadano como los demás, no se me puede negar mi derecho, si no lesiono los de los demás, así lo contempla un artículo del Código Civil. Yo, estoy cumpliendo en todos los órdenes como debe ser. Hasta trabajo más que algunos que tienen manos, así mismo lo dice la gente y es verdad.

-Lo primero que tienes que hacer es ir a sanidad con cuatro fotografías, para ser reconocido ante un tribunal y después de examinarte y reconocerte, te podrán admitir o no. Si te dan el certificado yo mismo lo presentaré en Tráfico donde serás examinado por otro tribunal.

Al día siguiente, cuando estaba trabajando en la oficina, en un momento libre miré mi correspondencia del día anterior por no haber tenido tiempo antes. En una de la cartas me citaban para la reunión anual con los del mi gremio. Primero la reunión con nuestro asesor, en la calle Suárez de la Riva, Oviedo y después en Hacienda. Todo esto de 12 a 2. Se lo expliqué a mi Jefe para que me diera permiso y muy apurado salí para la Capital.

Con tanta prisa no me acordé de llevar las fotografías. Al ir para la calle Suárez de la Riva, donde sería la primera reunión, en las oficinas de nuestro asesor, pasé por el Campo de San Francisco, donde paraban los fotógrafos del minuto. Precisamente donde hoy hay un monumen.to a estos fotógrafos. Me senté en la silla y le dije:

-Señor, dispare rápido que voy deprisa. A la vuelta vengo a recogerlas.

Terminó la reunión, recogí las fotos y para Hacienda como un rayo. Tenía que terminar allí para poder ir a Sanidad. No podía perder tiempo porque tenía que cumplir con el trabajo de la empresa, a parte del trabajo que tenía en lo mí finca. Llegué a tiempo. Sanidad estaba muy cerca en aquel tiempo, en la calle General Elorza Nº 6. Había dos médicos, precisamente muy atentos, me reconocieron y me hicieron pruebas de fuerza con mis brazos. Me pasaron por un gran examen bien hecho y con sentido de la responsabilidad para tal caso. Eran médicos de categoría, no se anduvieron por las ramas ni con contemplaciones. Ellos iban a lo suyo, que era saber si tenía suficiente capacidad de funcionamiento y potencia suficiente en mis brazos para manejar un coche.

Fueron a los puntos claves para no equivocarse, sabían bien lo que hacían. No pretendían privarme de mis derechos, pero tampoco podían actuar sin conocimiento de causa. Y dar una máquina a un hombre sin antes saber sus posibilidades Yo no dije nada en todo el reconocimiento más que a lo que me preguntaban. No sabía el resultado que me darían. Comprendía que era difícil. Me dieron vueltas para cerciorarse de los hechos pero no me molestó. Siempre fui realista, nunca quise limosnas y menos en este caso. Siempre pensaba: “que sea lo que lo que tiene que ser”. Si lo consigo bien venido sea, nada puedo hacer más que quedarme donde estoy. Admiré su actuación y su categoría al saber comportarse con la responsabilidad que tenían, moral y material. Fueron nobles e imparciales al valorar las cosas por su justo precio. Consideré digno de aprecio aquella forma de actuar, con honradez y cumpliendo con las normas de seguridad establecidas.  Es importante dar al César lo que es del César.

Uno de ellos, antes de terminar, me dijo:

-Usted realiza trabajos muy duros, sus brazos lo demuestran, tienen mucha potencia y bastantes marcas, hasta callos del duro trabajo que hace. Díganos qué clase de trabajos son los que realiza.  

-Todos. Trabajo en la tierra con las herramientas habituales, sueldo, ando por las alturas.

-¿Por qué anda por alturas, Arsenio?

-Porque soy granjero. Yo mismo trabajo en las naves al construirlas, sobretodo soldando las armaduras de los techos, que son de vigas de hierro. También hago portones de hierro, manejo la desbravadora y la máquina de barrenar portátil. Construyo mis propios aparatos, tengo viarios: unos para trabajar y otros para vestir o salir.

Los dos coincidieron y dijeron:

-Ya sabemos que su forma de funcionamiento es especial, maneja sus aparatos con una facilidad asombrosa. Le damos el certificado para que pueda presentarse en tráfico, donde será examinado. Lo que quiere decir que se lo darán o no. Todo dependerá de lo qué salga en el examen.

Me vestí y les di las gracias. Fueron muy sinceros y con amabilidad me dijeron:

-Sea usted prudente en la carretera. Se lo merece, es usted muy hábil y seguro que sacará el carnet.

Sin una palabra más y agradecido de ver que aquellos dos médicos fueron firmes en su empeño de buscar y comprobar si había imposibilidades, haciendo un real y completo examen sin rodeos, buscando lo que había, para estar seguros de cumplir con su deber, sin crear oposición ni machacar a nadie.

Era jueves y por la tarde a las 7 teníamos clase. Estábamos rellenado test cuando llegó el jefe de la autoescuela. Le di el certificado y un escrito que yo había redactado describiendo la forma de mecanizar mi coche para poder conducir. Acompañado de un croquis explicando todo. El mecanismo que le pondría al coche. Una cazoleta fabricada para colocar en la palanca de cambio de marchas, un mecanismo con un rodamiento para colocar al volante. Todo esto de una forma muy curiosa, hasta reflejando los tronillos de fijación. Así como iban las llave de alumbrado y la palanca de intermitencia,  que debe llevar mi coche, situadas en la derecha para poder manejarlas con mi mano derecha ya que la izquierda siempre va al volante.

Al día siguiente Montes iba con la gente que ya se examinaba y en un momento se acercaría a  presentar mis papeles en Tráfico.

Cuando regresó por la tarde me encontraba en la clase y me dijo:

-Arsenio, estás de enhorabuena. Hasta los de Tráfico se sorprendieron, de cómo lo has preparado, si superas las pruebas te darán carnet.

Se acercó y muy amablemente me preguntó:

-¿Cuándo comenzamos las prácticas de coche?

-Tú eres el jefe, cuando quieras.

-¿Te vale el lunes? A las 6 te voy a buscar a la oficina.

-De acuerdo.

Llegó a mi casa y delante del portón de la entrada de la finca pusimos el mecanismo al volante y la cazoleta para el cambio de marcha, que ya tenía hechos con antelación para poder manejarlo. Me dijo:

-¿Te atreves a bajar la cuesta del Pozo?

-Sí, ¿por qué no?

En este mismo momento pensó:

-Es mejor que lo baje yo, por si no te defiendes bien, por ser la primera vez. Hay demasiada cuesta, no vaya ser que los dos echemos a rodar.

Lo llevó hasta el parque, donde hoy es el campo de fútbol, en el parque de Sotrondio -Blimea. Se bajó y me dejó el coche. Se acerco un señor con el que se quedó hablando y cuando se dio cuenta ya estaba dando vueltas al campo con normalidad. Se acercó y me mandó que parara. Sorprendido dijo:

-¡Pero bueno, si tu ya eres conductor!

Se sentó en el otro asiento y me mandó que metiera las velocidades. Comencé con éstas y al terminar dijo:

-¡Pero si las sabes todas! Arranca.

Metí la primera y subí hasta la cuarta, que era la mayor. Iba sorprendido, a pesar de que allí se podía circular muy bien, ya que todo se hacía en círculo, le pareció demasiado lo fácil que me resultaba.

¿Qué coche manejaste?

-Ninguno, nunca cogí un volante.

-Me dejas asustado dijo: vamos hasta el campo de Los Flechas.

Llegamos y dijo que parara frente a una de las cuestas para subirla solo. Se bajó y se dirigió a los compañeros, unos practicaban bordillo y otros en la pendiente, mientras otros miraban:

-Sois unos inútiles les dijo: Arsenio acaba de coger el coche por primeras vez y ya sabe más que todos vosotros. Va a subir la cuesta, ¿a que no le marcha el coche para atrás?

Yo no estaba tan seguro, pensaba mientras esperaba la orden de salida. Al momento dijo que saliera y cuando pasé por el medio dijo: para, arrancara, de nuevo. Arranqué sin que se moviera el coche para a atrás. Montes, saltaba de alegría, era superior a sus fuerzas cómo le prestaba.

Les dijo: estoy sorprendido, como no lo voy a estar, cansado de pelear con tanto burro y ver lo fácil que resulta a este hombre sin manos. Hay que verlo para creerlo. Aquello fue para Montes algo que nunca olvidaría. Mandó que fuera a bordillo y me salió bien, pero al aparcar al derecho me salió regular. Mandó que aparcara entre vallas y fue pasable, así lo decía él. Bajamos del coche y me dio un abrazo y me dijo:

-Perdona, Arsenio, metí la pata contigo, eres un artista.

-No te preocupes, Motes, no pasa nada. Entiendo que la gente dude, nunca lo vieron.

Para salir del bache y poder trabajar más, me decidí a sacar el carnet de conducir. Aquello sería una bomba para muchos que decían que era una locura, que no me lo darían, hasta la misma familia no le gustaba.

Fui a la autoescuela y me matriculé. Pasé, como todos a la clase y aunque la gente lo encontraba muy extraño no me decían nada. Solo me enteraba de lo que comentaban a trabes de mis amigos que me conocían bien y sabían que si me proponía una cosa, lo más probable sería que lo consiguiera

A los cuatro días, una tarde me encontraba haciendo test cuando llegaron dos chavales, me miraron y se sentaron en la mesa de a lante. Uno le dice al otro:

-¿Qué hace aquí este hombre? ¿Estará loco?

No tiene manos, ¿cómo le van a dar carnet?

No me extrañó que lo pensaran pero yo, que ya estaba sensibilizado por los comentarios de la gente, al oír estos me quedé en blanco. No veía ni los test. No se dieron cuenta de que les estaba oyendo, ni del daño que me hacían. Reflexioné unos momentos y llegué a la conclusión de que no debía hacer caso a esas cosas. Me prometí seguir adelante pensando. ¿Que podía saber la gente hasta donde podía llegar yo?, y por eso no iba a claudicar. 

Seguí estudiando, a los pocos días dije a la chica que regentaba la oficina:

-Le agradecería que cuando venga por aquí el jefe, le diga que necesito hablar con él.

 En efecto. Montes, llegó una tarde y desde la puerta que dividía la oficina con nuestra aula, me dijo en voz alta:

-Arsenio, ¿a ti quién te manda meterte en líos? ¿No ves que no te darán carnet?

-Me levanté un poco nervioso y le dije: yo no estoy en ningún lío Motes, soy un ciudadano como los demás, no se me puede negar mi derecho, si no lesiono los de los demás, así lo contempla un artículo del Código Civil. Yo, estoy cumpliendo en todos los órdenes como debe ser. Hasta trabajo más que algunos que tienen manos, así mismo lo dice la gente y es verdad.

-Lo primero que tienes que hacer es ir a sanidad con cuatro fotografías, para ser reconocido ante un tribunal y después de examinarte y reconocerte, te podrán admitir o no. Si te dan el certificado yo mismo lo presentaré en Tráfico donde serás examinado por otro tribunal.

Al día siguiente, cuando estaba trabajando en la oficina, en un momento libre miré mi correspondencia del día anterior por no haber tenido tiempo antes. En una de la cartas me citaban para la reunión anual con los del mi gremio. Primero la reunión con nuestro asesor, en la calle Suárez de la Riva, Oviedo y después en Hacienda. Todo esto de 12 a 2. Se lo expliqué a mi Jefe para que me diera permiso y muy apurado salí para la Capital.

Con tanta prisa no me acordé de llevar las fotografías. Al ir para la calle Suárez de la Riva, donde sería la primera reunión, en las oficinas de nuestro asesor, pasé por el Campo de San Francisco, donde paraban los fotógrafos del minuto. Precisamente donde hoy hay un monumen.to a estos fotógrafos. Me senté en la silla y le dije:

-Señor, dispare rápido que voy deprisa. A la vuelta vengo a recogerlas.

Terminó la reunión, recogí las fotos y para Hacienda como un rayo. Tenía que terminar allí para poder ir a Sanidad. No podía perder tiempo porque tenía que cumplir con el trabajo de la empresa, a parte del trabajo que tenía en lo mí finca. Llegué a tiempo. Sanidad estaba muy cerca en aquel tiempo, en la calle General Elorza Nº 6. Había dos médicos, precisamente muy atentos, me reconocieron y me hicieron pruebas de fuerza con mis brazos. Me pasaron por un gran examen bien hecho y con sentido de la responsabilidad para tal caso. Eran médicos de categoría, no se anduvieron por las ramas ni con contemplaciones. Ellos iban a lo suyo, que era saber si tenía suficiente capacidad de funcionamiento y potencia suficiente en mis brazos para manejar un coche.

Fueron a los puntos claves para no equivocarse, sabían bien lo que hacían. No pretendían privarme de mis derechos, pero tampoco podían actuar sin conocimiento de causa. Y dar una máquina a un hombre sin antes saber sus posibilidades Yo no dije nada en todo el reconocimiento más que a lo que me preguntaban. No sabía el resultado que me darían. Comprendía que era difícil. Me dieron vueltas para cerciorarse de los hechos pero no me molestó. Siempre fui realista, nunca quise limosnas y menos en este caso. Siempre pensaba: “que sea lo que lo que tiene que ser”. Si lo consigo bien venido sea, nada puedo hacer más que quedarme donde estoy. Admiré su actuación y su categoría al saber comportarse con la responsabilidad que tenían, moral y material. Fueron nobles e imparciales al valorar las cosas por su justo precio. Consideré digno de aprecio aquella forma de actuar, con honradez y cumpliendo con las normas de seguridad establecidas.  Es importante dar al César lo que es del César.

Uno de ellos, antes de terminar, me dijo:

-Usted realiza trabajos muy duros, sus brazos lo demuestran, tienen mucha potencia y bastantes marcas, hasta callos del duro trabajo que hace. Díganos qué clase de trabajos son los que realiza.  

-Todos. Trabajo en la tierra con las herramientas habituales, sueldo, ando por las alturas.

-¿Por qué anda por alturas, Arsenio?

-Porque soy granjero. Yo mismo trabajo en las naves al construirlas, sobretodo soldando las armaduras de los techos, que son de vigas de hierro. También hago portones de hierro, manejo la desbravadora y la máquina de barrenar portátil. Construyo mis propios aparatos, tengo viarios: unos para trabajar y otros para vestir o salir.

Los dos coincidieron y dijeron:

-Ya sabemos que su forma de funcionamiento es especial, maneja sus aparatos con una facilidad asombrosa. Le damos el certificado para que pueda presentarse en tráfico, donde será examinado. Lo que quiere decir que se lo darán o no. Todo dependerá de lo qué salga en el examen.

Me vestí y les di las gracias. Fueron muy sinceros y con amabilidad me dijeron:

-Sea usted prudente en la carretera. Se lo merece, es usted muy hábil y seguro que sacará el carnet.

Sin una palabra más y agradecido de ver que aquellos dos médicos fueron firmes en su empeño de buscar y comprobar si había imposibilidades, haciendo un real y completo examen sin rodeos, buscando lo que había, para estar seguros de cumplir con su deber, sin crear oposición ni machacar a nadie.

Era jueves y por la tarde a las 7 teníamos clase. Estábamos rellenado test cuando llegó el jefe de la autoescuela. Le di el certificado y un escrito que yo había redactado describiendo la forma de mecanizar mi coche para poder conducir. Acompañado de un croquis explicando todo. El mecanismo que le pondría al coche. Una cazoleta fabricada para colocar en la palanca de cambio de marchas, un mecanismo con un rodamiento para colocar al volante. Todo esto de una forma muy curiosa, hasta reflejando los tronillos de fijación. Así como iban las llave de alumbrado y la palanca de intermitencia,  que debe llevar mi coche, situadas en la derecha para poder manejarlas con mi mano derecha ya que la izquierda siempre va al volante.

Al día siguiente Montes iba con la gente que ya se examinaba y en un momento se acercaría a  presentar mis papeles en Tráfico.

Cuando regresó por la tarde me encontraba en la clase y me dijo:

-Arsenio, estás de enhorabuena. Hasta los de Tráfico se sorprendieron, de cómo lo has preparado, si superas las pruebas te darán carnet.

Se acercó y muy amablemente me preguntó:

-¿Cuándo comenzamos las prácticas de coche?

-Tú eres el jefe, cuando quieras.

-¿Te vale el lunes? A las 6 te voy a buscar a la oficina.

-De acuerdo.

Llegó a mi casa y delante del portón de la entrada de la finca pusimos el mecanismo al volante y la cazoleta para el cambio de marcha, que ya tenía hechos con antelación para poder manejarlo. Me dijo:

-¿Te atreves a bajar la cuesta del Pozo?

-Sí, ¿por qué no?

En este mismo momento pensó:

-Es mejor que lo baje yo, por si no te defiendes bien, por ser la primera vez. Hay demasiada cuesta, no vaya ser que los dos echemos a rodar.

Lo llevó hasta el parque, donde hoy es el campo de fútbol, en el parque de Sotrondio -Blimea. Se bajó y me dejó el coche. Se acerco un señor con el que se quedó hablando y cuando se dio cuenta ya estaba dando vueltas al campo con normalidad. Se acercó y me mandó que parara. Sorprendido dijo:

-¡Pero bueno, si tu ya eres conductor!

Se sentó en el otro asiento y me mandó que metiera las velocidades. Comencé con éstas y al terminar dijo:

-¡Pero si las sabes todas! Arranca.

Metí la primera y subí hasta la cuarta, que era la mayor. Iba sorprendido, a pesar de que allí se podía circular muy bien, ya que todo se hacía en círculo, le pareció demasiado lo fácil que me resultaba.

¿Qué coche manejaste?

-Ninguno, nunca cogí un volante.

-Me dejas asustado dijo: vamos hasta el campo de Los Flechas.

Llegamos y dijo que parara frente a una de las cuestas para subirla solo. Se bajó y se dirigió a los compañeros, unos practicaban bordillo y otros en la pendiente, mientras otros miraban:

-Sois unos inútiles les dijo: Arsenio acaba de coger el coche por primeras vez y ya sabe más que todos vosotros. Va a subir la cuesta, ¿a que no le marcha el coche para atrás?

Yo no estaba tan seguro, pensaba mientras esperaba la orden de salida. Al momento dijo que saliera y cuando pasé por el medio dijo: para, arrancara, de nuevo. Arranqué sin que se moviera el coche para a atrás. Montes, saltaba de alegría, era superior a sus fuerzas cómo le prestaba.

Les dijo: estoy sorprendido, como no lo voy a estar, cansado de pelear con tanto burro y ver lo fácil que resulta a este hombre sin manos. Hay que verlo para creerlo. Aquello fue para Montes algo que nunca olvidaría. Mandó que fuera a bordillo y me salió bien, pero al aparcar al derecho me salió regular. Mandó que aparcara entre vallas y fue pasable, así lo decía él. Bajamos del coche y me dio un abrazo y me dijo:

-Perdona, Arsenio, metí la pata contigo, eres un artista.

-No te preocupes, Motes, no pasa nada. Entiendo que la gente dude, nunca lo vieron. 

Aunque la ganadería daba dinero, la esclavitud y los problemas no faltaban. Surgían altibajos muy desorbitados. Cuando metían carne de importación los precios bajaban demasiado y el palo que nos daba era muy gordo. En una de las muchas que hubo recuerdo la peor de todas. Tenía cebados doscientos cerdos y no era posible venderlos. Pronto comenzarían a pasarse de peso y nadie los quería con más peso de lo normal, que es de 75 a 80 hilos. Un mercader de los malos, vino a verlos, los tasó a un precio ridículo, no era matachín, sino camionero. Me dijo que me compraba toda la partida si se los daba al precio que el marco. Los llevaría para Sevilla y, como era normal según él, los pagaría a la vuelta. Yo estaba al límite de conservarlos, cuanto más tiempo pasara mas iba a perder en el precio. No tenía otra opción, más que rendirme ante aquel que vino a atracarme. Los cargó al día siguiente. Era un día de calor, malo para viajar con ganado, pero el maldito lo tenía bien pensado. Cuando pasaron unas cuantas horas me llamó y dijo que ya tenía ocho bajas, que tenía que descontarlos. Le pregunté que dónde estaba y dijo que a la altura de Madrid pero que el camión no podía parar. En aquel tiempo yo no tenía coche, por lo que no me quedó más remedio que tragar lo que me dijo, ¿qué podía hacer? Me encontraba como atado de pies y manos y realmente no sabía dónde estaba.

Cuando vino, pagó y la pérdida fue desorbitada, tanto como para echar abajo una economía floja como era la mía. Las pasé moradas trabajando con dinero del banco, pagando réditos, que en aquella fecha eran muy altos, se llego  a pagar hasta el 21,50%.

Más tarde me enteré de la traición de aquel atracador, que los había matado aquí en la provincia. El estafador no se había conformado con pagarlos a medio precio, todavía quiso robarme más. No había muerto ningún cerdo. Así de gordas las tiene que pasar muchas veces el que trabaja y lucha para sobrevivir. Aguantando graves problemas como éste y muchos más. De haber tenido coche le hubiera dicho que siguiera la ruta, que me diera la dirección que salía para allá. Hubiera claudicado el tipo, pero si pago un taxi me cuesta tan caro como los ocho cerdos,  a parte que tenía que trabajar y el trabajo no se puede abandonar sin permiso.

Como este estafador he conocido a alguno más. Fueron muchos los camiones de cebada, de maíz, de vino, de abono y de cerdos que se trajeron durante más de cuarenta años y, como en todas partes, hay gente muy buena, pero de vez en cuando te encuentras con alguno que es de profesión ladrón. Una mañana fui con un camionero a buscar un camión de maíz, al Musel de Gijón, A la ida iba cargado de carbón y por el camino le quitó una cantidad. Lo dejó escondido y seguimos el camino a cargar el maíz. Al regreso era la hora de comer, el tío me dijo: 

-Voy a meter el camión en mi almacén por si llueve, no se vaya a mojar el maíz, yo te llevo a tu casa a comer y descargamos después.

Me quedé de piedra, estaba haciendo un sol de verano impresionante y el ignorante ladrón, dijo: que por si lloviera. No me podía creer lo que decía y le contesté con la cara tan dura como la de él:

-¿Tú que te crees que yo trago así de fácil? Coge el camión y a mi casa, el que te trae en coche soy yo a ti, no tú a mí.

Se rió, subió al camión y sin más se descargó el camión. Le pagué el porte y nunca más le llamé para trabajar conmigo. Nunca soporte a los trampas, ni traidores.

En otra ocasión llegó un camión de cebada de Villadiego, Burgos, le faltaban mil doscientos quilos de peso. El chofer dijo que no sabía nada, entonces cogí el teléfono y llamé al dueño para comunicarle lo que ocurría. Dijo que se lo descontara del porte, que él lo había robado. El camionero no quiso que se lo descontara pero yo, que era bien conocido por almacenista de cebada, le dije:

-Yo pago con moneda legal y corriente y a contado, pero la mercancía que recibo, ni más ni menos. Arreglaos entre los dos, que yo en este asunto nada tengo que ver.

Los dos discreparon por teléfono duramente, pero no  hubo arreglo posible. El camionero que seguro no era la primera que hacía, no claudico. Me pasó de nuevo el teléfono y el dueño de la cebada me dijo:

-De acuerdo, tú no tienes culpa, descarga y paga lo que recibes.

Nunca supe lo que hicieron. Aunque seguí trayendo de allí largo tiempo no se lo pregunté. Lo que sí tuve siempre claro es que el almacenista nunca me falló en el peso ni en la calidad. Siempre tuvimos buena relación comercial, aunque nuca nos conocimos, todo era a través del teléfono, ni yo estuve allá ni él vino aquí. Lo que sí está claro es que siempre cumplió y que aquella cebada había quedado en el camino.