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Archivo mensual: agosto 2013

Al trasladar el almacén de vinos a la nueva casa necesitaba dos vigas de roble para encantelar los bocoyes de vino. Las compré a un vecino de San Mamés, me pidió por el árbol un pelleyu de vino, y lo acepté. Un sábado lo cortamos y lo labramos para el día siguiente domingo, ir a subirlo a la carretera. Este roble estaba en el reguero del Cuello, San Mames, en lo más profundo de éste. El prado era muy pendiente y húmedo en cantidad. Era el mes de marzo y había mucha agua por todo el prado. Me acompañaban para subirlo nueve chavales, todos éramos jóvenes, el mayor era yo, tenía 29 años, la mayoría, alrededor de los 20. Yo tenía mucho miedo a que por falta de experiencia y por el fuerte peso del árbol pudieran fallar algunos. Una de las vigas era muy pesada y sentía pavor de meternos debajo de ésta. Quise dejarla hasta contar con más gente y que alguno fuera mayor, además de la experiencia, seriamos más. Todos dijeron que no pasaba nada, que había que sacarla y se pusieron a cargarla en los hombros. Les paré y les dije:

-¡Mucho ojo! Escuchadme bien lo que os digo: yo me colocaré el último por abajo, si la gente fallara y doy la voz de alarma, posad la viga por la parte de adelante lo más rápido posible, yo con rodilla en tierra la aguantaré hasta que salgáis todos, no vaya ser que coja debajo a uno, sería muy peligroso.

Nos pusimos de acuerdo y nos dispusimos a subirla. Cargamos aquella pesada viga y cuando ya habíamos subido 40 metros la gente comenzó a fallar. Di la voz de salida y todos lo hicieron muy bien, yo con rodilla en tierra aguante hasta que se quedó libre. Cuando la solté me caí al suelo con unos de dolores insoportables. El tremendo esfuerzo me dejo inmóvil en medio del prado y en una posición de peligro para marchar rodando. Mis compañeros pensaron que me había roto la columna. Nada les deje aunque también lo pensaba. Les dije:

-Procurad no moverme hasta ver lo que pasa. Poneos alguno en la parte de abajo por si echo a rodar.

Pasé en esta posición un buen rato hasta que cesaron un poco los fuertes dolores, aunque intenté moverme, no me fue posible. Todos opinaban que ya no podría seguir más allí por la humedad y el frío. Cierto, un cuerpo lesionado e inmóvil no puede permanecer mucho tiempo en esas condiciones. Pensaron que lo mejor era subirme en una escalera para no lesionar mi columna. Fueron a por una y me sacaron al camino donde estuve como hora y media en el suelo, sin poder moverme, ni las piernas ni brazos. Inmóvil, solo podía ver, respirar y hablar poco. Esperé a ver si me pasaba. En el largo rato de espera pensé que ya era hombre al agua, que me había destrozado para siempre. Me acordaba de mi esposa, de mis pequeños y de mis padres y me decía: “¿tan negra la tendré como para dejar a mi familia sin criar?”. En esos momentos de tanto sufrimiento pedí en el mayor del silencio, que por lo menos me dejara poder dar estudios a mis hijos y verlos criados. Conocía bien el resultado de los que rompían la columna. En la Clínica donde me rehabilite por la pérdida de las manos había varios casos y casi todos duraron poco tiempo. Pensar eso me aterrorizaba.

Cuando ya se calmaron un poco los dolores les dije:

-Es muy tarde y a todos nos esperan las familias para comer, ayudadme a levantarme a ver si puedo caminar, creo que ya tengo fuerzas.

Una vez de pie tuve que esperar a recuperarme por un momento no podía caminar, aunque me tenía en pie. Al poco tiempo ya pude marchar a casa, aunque los dolores durarían mucho tiempo.

Seguí trabajando, aguanté hasta que no pude más. La consulta de un buen médico era cara y nuestra economía era débil, por ese motivo soporte tantos dolores largo tiempo. Viendo que no cesaban y que me impedían rendir lo suficiente en los trabajos, no me quedo otro remedio más que ir a consultarlo a un gran especialista, el Dr. Sánchez Juan, un médico excepcional, gozaba de una gran fama entre los mineros de toda Asturias y con mucha razón. En su consulta se informó muy bien, primero de cómo fue el accidente, de cómo vivía, en qué trabajaba, como era mi situación económica y una serie de cosas necesarias para su diagnóstico. Luego me examinó con rayos x y me hizo las correspondientes radiografías. El resultado fue matemático, vio las secuelas de aquel inmenso tirón y también otro problema que padecía. Con su forma de ser, escueto y rotundo, me dijo:

-Amigo Arsenio, lo siento, pero si no haces al pie de la letra lo que te digo no tienes salvación, te mueres en poco tiempo y sin remedio.

Mi esposa se quedó asustada,  yo sin habla, esperando a que nos explicara el motivo. Después de su silencio dijo:

-¿Has visto a un gato cuando lo ataca un perro o una fiera cómo pone su lomo curvado y sus pelos de punta?

-Sí, lo he visto.

-Pues ese gato, en esa posición, solo puede durar unos minutos, muy pocos, de seguir sin librarse de la mirada de la fiera, automáticamente se muere. Pues ese problema lo padeces tú. Estás reventado de trabajo, tú misma mujer lo dice. Debes dinero, no duermes, no descansas y sufres más de lo que puede aguantar tu cuerpo.

-¿Y no tiene cura? le preguntó mi esposa.

-Sí que la tiene, si se aleja del trabajo y de toda la lucha que tiene. Sin remedio y contra tu voluntad, cogerás un mes de vacaciones en Castilla, alejado de todo y sin pensar en ello. Al regreso trabajarás lo normal y sin ese estrés que sufres permanentemente, te curarás.

-¿Cómo voy a ir de vacaciones si no tengo dinero? Además, debo una hipoteca de de la casa. Es imposible, no puedo ir y dejar el trabajo.

-No hay otra opción. Si quieres ver a tus hijos criados no tienes otro remedio que dejarlo todo. En poco tiempo caerás y el dinero no te va solucionar nada y mucho menos el trabajo. No le des vueltas, que no hay otra salida a tu caso, es imposible aguantar lo que tú estás aguantando. Tienes que vivir, eres responsable de una familia, ¿qué pretendes, dejarla sola?

Salimos de su consulta que echábamos fuego pensando en la falta de dinero y las dichosas vacaciones, aunque muy agradecido de aquel gran médico, que, además, me pareció un adivino pues enseguida comprendió mi situación. Yo no quería darme de baja pero me encontraba verdaderamente reventado, no solo por el exceso de trabajo, sino por el sufrimiento de deber dinero, me atormentaba. Si cierto es que siempre fui fuerte para el trabajo, débil y pesimista por deber dinero y tener miedo a no poder pagarlo, eso siempre fue superior a mí. Es posible que ese miedo me haya limitado en mis primeros años de empresario y por eso tarde mucho en equilibrar mi economía.

Fuimos a ver a mis padres que esperaban con impaciencia, seguro que sufrían tanto como nosotros. Les contamos lo que pasaba. Yo proponía bajar el trabajo y procurar serenarme un poco, no pensando tanto en la deuda, pero no ir de vacaciones, no lo podía asimilar. Entre mi esposa, que estaba amedrentada por el médico, y mis padres no tuvimos más remedio que marcharnos a León. Cogimos el petate y a tomar el sol en Valencia de don Juan, “como si fuera un potentado económicamente”, decía yo a mi esposa.

Desde luego aquello resultó como el médico había dicho: me curé y me serené un poco. No podía dejar el trabajo, era mi medio de vida y en lugar de menguarlo, crecería aun más. El negocio del vino no daba un duro pero me las iba a reglando con la cría de ganado y la venta de muchas toneladas de abono, aunque se ganaba poco también. Mucho movimiento pero poco margen, si subía algo el precio vendía menos y, si no, era muy escaso. Eran tiempos muy difíciles y no conseguía mejorar mi economía, para poder liberarme de la maldita presión por deber el préstamo para la casa. Hasta que no consegui pagar lo que debía no descase.

En aquella misma semana que mi hermano murió, en Madrid, comenzaba otra nueva vida, allí habíamos encargado, sin saberlo, a nuestra primera hija, Ana María. Fue muy importante para nosotros, volvía a crecer la familia. La única que estaba preocupada aunque no decía nada era mi suegra, que sufría en silencio. Años atrás había nacido una criatura sin una mano y como el padre había sufrido un accidente en el que perdió una mano, la gente pensó que era por ese problema. Aquella noticia sirvió para que mucha gente me preguntara si no tendría miedo que cuando me casara me pudiera pasar lo mismo. Mi contestación siempre fue la misma: “no hay relación de un accidente  con la naturaleza, no hay por qué temer nada”. 

Siempre les dije que cómo podían pensar tamaña barbaridad. Qué tiene que ver la amputación de un dedo o de una mano con eso, si es un accidente. Precisamente en las cuencas mineras hay amputaciones de piernas, manos, dedos y otros, pero nunca salió un caso así.

En esa fecha iba a tomar nota al Sanatorio Adaro de Sama, de los accidentados del Grupo y también al Ambulatorio en la Calle La Lila, de Oviedo, de los que iban al reconocimiento de silicosis y todos los viernes al Botiquín de accidentes de nuestra zona a tomar nota de los accidentados del Grupo. Pasaban la consulta tres Médicos: Dr. D. Alfonso Argüelles, Dr. D. Tobías y Dr. D. Emiliano Fernández Guerra, además de un Practicante. Como todos los días después de terminar la consulta los médicos se reunían alrededor de una mesa grande donde yo trabajaba, siempre salía algún comentario. Aquel día tocó el tema de una niña que nació sin una mano y que además se dio la circunstancia de que a su padre le falta una

El Dr. D. Alfonso Argüelles me preguntó:

-Arsenio, ¿cómo ves tú esta cuestión de las amputaciones?

-Muy clara, nada tiene que ver un accidente con un trauma de esta envergadura, aquí sí que no existe la ley del Talión diente por diente y ojo por ojo le dije: aunque soy profano en medicina tengo claro que no existe relación. La prueba está en la cantidad de amputaciones que hay, y nuca surgió nada. Creo que esto fue una casualidad.

-Es muy bueno que pienses así porque el día que te cases podrás mentalizar a tu esposa de que nada tiene que ver. Nosotros tampoco sabemos ciertamente por qué surgen, pero nos inclinamos a pensar que la mentalidad de la madre puede haber sido la causa. No te olvides de eso, en estos casos la tranquilidad es fundamental y lo mejor. Hay que convencerla de que es totalmente normal.

Pasaron los años y en cuanto comencé con mi esposa le comenté el tema y ella siempre estuvo convencida de que no guardaba relación ninguna. Más tarde, después de casarnos y quedarse embarazada, le daba alguna charla sobre el tema y ella lo comprendía muy bien. Nunca pensó en ese tema. Su embarazo fue normal, pasaron los nueve meses y en la Maternidad de Sotrondio, a las 12 de la noche del 4 de Marzo de 1965, nacía nuestra hija Ana María. En la sala de estar esperábamos mi suegra, mi hermana Araceli y yo. Desde luego estaba nervioso como todos los padres. En el momento de nacer la niña salió el practicante Manolo Carcedo y me dijo:

-Arsenio, enhorabuena, tienes una hermosa niña. Tu mujer está muy bien.

Casi no me dio tiempo a darle las gracias cuando mi suegra, llorando de alegría, le preguntó:

-¿Tiene manos?

-¿Cómo no va tener manos, señora? ¿Por qué lo dice?

-Porque me atormentaban las vecinas diciéndome si no tenía miedo a que naciera sin manos, por lo de su padre. El día antes de ingresar, estando lavando en el lavadero del pueblo, me lo preguntaron y como ya estaba  harta de tantas tonterías les dije que no tenía miedo porque él la hizo con lo que tiene de hombre, no con las manos.

La pobre mujer sufría en silencio, nunca nos había dicho nada hasta este día. Su comentario fue que algunas veces hasta no le gustaba salir de casa para no escuchar a aquellas ignorantes mujeres, que sin darse cuenta le hacían sufrir, repitiendo lo mismo con mucha frecuencia. Durante los nueve meses nos veía a los dos muy normales y, a pesar de yo darle alguna charla sobre el particular, no lo comprendió y no fue quien a olvidar, ni a echar de su mente aquella duda que le atormentaba. Mientras que no vio por sus propios ojos el feliz acontecimiento, no se convenció.

Mi esposa, al poco tiempo, se quedó embarazada nuevamente y, como el anterior, con toda normalidad. Mi suegra ya no tuvo ningún miedo, tampoco las que tanto la molestaron le dijeron nada. Sin molestias y todo con normalidad, en la tarde del 7 de Enero de 1966, a mi esposa le pareció sentir alguna molestia. Quise llevarla a maternidad.

-Es muy poca cosa, no va a ser para eso dijo: esperemos un poco más.

No había pasado una hora, cuando la cosa apretó de duro. Se dio cuenta de que ya era tarde para marchar, se metió en cama y comenzó a nacer el niño. Todo fue tan rápido que no dio tiempo a nada. Con la ayuda de mi suegra y una vecina, se arreglo. Yo miraba todo el proceso un poco nervioso. Al momento había nacido nuestro hijo Norberto. Mi suegra, orgullosa de ser abuela, se sentía tranquila. Nos ayudó a cuidar a los niños y todo salió perfecto, se criaron fuertes como robles.

A los cinco años el día 29 de Noviembre de 1.971 nacía nuestra hija Mónica en la maternidad de Oviedo. Nuestros tres hijos nacieron con toda normalidad.

Mi hermano murió a los veintisiete años de edad, casado y con dos niños de corta edad.       

La rotura del eje de la máquina de extracción del Pozo San Mames le costó la vida a mi hermano Constante.

Tuvo que surgir una maldita avería en el Pozo para que el destino llevara a mi hermano a la muerte. Constante trabajaba como picador de carbón en el Pozo San Mamés. Se rompió el eje central de la máquina de extracción del Pozo.Una avería de largo tiempo. El eje era de un grosor superior al cuerpo de un hombre y procedía de un portaviones. Cuando menos lo esperábamos, se cree por un tirón de las Jaulas, aparte de que el eje ya tenía una fisura. Su torsión fue lo suficiente como para producir esta avería. El único remedio fue parar el Pozo para cambiarlo,lo que iba suponer el parar el pozo casi dos meses.

La gente se destinó al resto de los Pozos cercanos. Era el mes de Junio de 1964. Todos los picadores querían las vacaciones antes de ser destinados a Pozos desconocidos. El Ingeniero me dijo:

-Arsenio, va a comenzar a desfilar por aquí la gente a pedir las vacaciones. Ya sabes cómo están las cosas, tú les atenderás y les dirás lo que pasa. No  hay vacaciones para nadie, sería una pérdida de producción importante y la Empresa no lo autoriza.

Mi hermano, como casi todos, también las pidió. Vino y me dijo: Hermano, necesito que me deis las cavaciones, no me gusta ir a es pozo. Habia sido destinado al pozo Cerezal. Además ,me dijo: ya sabes que tengo que recoger la hieba en uno de los prados más grandes que él recogía, y que daba mucho trabajo, aparte de estar solo él y su mejer para esta gran faena.

-Lo siento de corazón le dije: en este caso no puedo ayudarte, el Jefe acaba de comentarme el problema de toda la gente, si hacemos una excepción contigo de esta clase habrá protestas y con toda la razón. Date cuenta que es un caso extremo y no hay más remedio que tratar a todos igual.

Él mismo se dio cuenta de que no podía y me dijo:

-Es cierto que todos mis compañeros también quieren las vacaciones.

Se marchó muy a disgusto. ¡Pobre hermano! No sabía que aquello iba ser su muerte.

Fue destinado al Pozo Cerezal, a una de las primeras generalas. Era una capa de gran potencia, de mucho trabajo, con grisú y muy calurosa, una de las ramplas mas malas del pozo. Salían pingando de sudor producido por el trabajo y el exceso de calor. Las galerías eran muy largas. Bajaban andando hasta el desanche, donde les esperaba un tren de seis vagones para bajar al personal. Había mucha agua y se mojaban los pies al pasar. Mi hermano llegaba algo tarde y al coger el tren que ya había arrancado, pego con su cabeza en el cable de la corriente en la catenaria, que alimentaba las locomotoras. En este triste y aciago día 29 de junio por ser el casco metálico y llevar el pecho semidesnudo, pues solo vestía una simple camisa y la llevaba desabotonada por el  calor. Al pasar en entre los topes de los vagones su cuerpo rozó en el vagón a su vez que el casco en la línea de alimentación y, dado que iba mojado, le sobrevino una fuerte descarga eléctrica.  Solo pudo decir: “¡Ay, madre!” Se cayó fulminado. Entre sus compañeros se encontraba nuestro cuñado Anselmo y el hermano de su mujer. Quisieron auxiliarlo pero nada pudieron hacer. Mi hermano ya era cadáver. La potencian de la energía era de 500 W lo suficiente para dejarlo en el sitio.

El Pozo Cerezal está situado en la falda de una montaña que divide los dos valles, el de San Mames y Santa barbará. En lo más alto de ésta montaña está  situado el prado donde tenían la faena de la recogida de la hierba y que daba vista al mismo Pozo. A la espalda de ésta está nuestro pueblo de La Bobia, también casi en la cúspide. Desde este prado se divisaba a la gente deambular delante del Pozo. Allí estaban sus dos hijos de corta edad, José Ramón y Constantino, con su madre, Enedina, a la hierba. Eran las 2 de la tarde y miraban cómo salía el camión con los mineros que los transportaría hasta el pueblo. Enedina dijo a sus hijos:

-Vamos para casa, ya sale el camión y viene papá a comer.

Cierto, el camión sí salió, pero su padre no. Allí se quedó esperado su último viaje, pero en la carroza. En lugar de llegar el papá, en el camión llegó un enviado a buscar la ropa, con la triste noticia de su muerte.

Cuando aquella tarde del 29 de Junio de 1.964, observábamos las fieras del parque zoológico en Madrid, frente a la jaula de los lobos, vimos a uno que dormía junto a la alambrada. Con su hocico metido entre las patas delanteras. Yo, sin decir nada, me agaché y metí mi mano, le cogí el hocico y éste dio un fuerte rugido. Se asusto tanto el lobo como mi esposa, quien dio un salto atrás. También un señor se asustó y al momento dijo:

-Sí que resulta curioso que usted pueda decir que cogió a un lobo vivo por el hocico.

Cierto que cogí el hocico al lobo, pero lo que yo no sabía era que al poco tiempo, menos de dos horas, vería las orejas al lobo de verdad. Eso sí que sería grave. Terminamos de ver las fieras, salimos y nos sentamos en un banco en el parque del retiro. Hacía varios años que no fumaba, pero no sé por qué razón me apeteció y dije a mi esposa que me apetecía fumar y compré una caja de camel en un puesto de golosinas que había muy cerca. Me senté de nuevo a su lado, saqué un pitillo, pero no me dio tiempo a prenderlo cuando me acordé de que teníamos que llamar a Blimea, para que el lunes me enviaran un camión a León para cargar un viaje de vino al regresar a casa, para no perder otro día de trabajo.

Eran las siete, el repartidor de vinos,  se marchaba para los pueblos con el último viaje y no había teléfono. Salimos a toda prisa, bajamos a la Castellana hacia la telefónica y pedí una conferencia. Aun no era automático el teléfono y me salió la centralita de Sotrondio. Era Conchita, una chica conocida de siempre de la familia. Cuando me contestó me dijo, creo que llorando:

-¡Ay, Arsenio, hijo! Te busca hasta la policía y no te encuentran. Sal para acá rápido.

No me dio ninguna explicación, solo me dijo que me ponía con el bar Montes. Me asusté y dije a mi esposa:

-Uno que cayó en la mina, ¿a quién le tocaría?

-¿Cómo dices eso?

-Sí, sí, aquí hay algo muy grave, Conchita estaba llorando y no me quiso dar explicaciones.

Se puso María Jesús, la chigrera del bar Montes, al teléfono, yo no tenía teléfono aunque me habían dado número, se retrasaron unos días. María Jesús dijo:

-Hola Arsenio.

-¿Quién se mató en la mina? Le dije.

– Tu hermano Constante. No ha muerto, está muy grave.

Casi me caigo porque comprendí que estaba muerto a juzgar por la forma en que me habló Conchita. Cogimos el primer taxi que llegó. Llorando los dos amargamente le pedí al taxista que nos llevara a Asturias. Dijo que tenía que ir al jefe, para que le acompañara. Subimos al taxi, se dirigió hasta donde estaba el dueño. Fuimos al Hotel a por el equipaje, dejé una nota para Alejandro y salimos.

Fue un viaje que jamás olvidaré. Con el disgusto me atacaron los nervios al estómago y pasé todo el recorrido vomitando. Los dolores fueron de terror, bebía agua para apagarlos los bonitos y al momento, fuera de nuevo. Quise morir de dolores, todo eso resultaba tan doloroso como cuando da una congestión, es terrorífico lo que se pasa.

Cuando pasamos por Valladolid, dijeron que si podían parar a comprarse unos bocadillos. Les pedí que me dieran una cerveza a ver si me pasan los vómitos y no me valió, seguí mal todo el viaje.

Cuando comenzamos a bajar el puerto de Pajares dije a mi esposa:

-Desde Blimea ya sabremos si está muerto o no.

-¿Por qué lo sabes?

-Desde allí se divisa todo el valle y nuestra casa se ve muy bien por estar sola en una finca. Si no se ven luces en casa es que esta en el hospital, si hay luces lo están velando.

Cuando llegamos a Blimea no se vieron las luces. Eran las 5 de la madrugada, había neblina en la montaña y no lo pude ver hasta que ya subíamos por San Mamés. Vi la luz en la casa, entonces perdí mis esperanzas. ¡Pobre de mi hermano! Ya nunca más le vería. Al igual que otras veces donde se describen cosas extremas, al escribir este pasaje tan triste, tengo que parar, las lágrimas afloran a mis ojos y no me dejan ver para seguir escribiendo. Aunque ya se cumplieron 45 años de su muerte, nunca olvidé el recuerdo de mi hermano Constante. Me invade una tristeza que no puedo remediar, no solo era hermano, sino también mi mejor amigo. Los dos luchamos a brazo partido peleando con los ganados y en diversos trabajos. Era como un roble. Nos criamos a la vez y eso supone un aprecio diferente, aunque quieras mucho al resto de la familia, la convivencia de la infancia nunca se olvida.

Llegamos a casa a las 5 de la mañana, nuestra casa distaba de la carretera unos 500 metros. Al ver subir un coche en aquellas horas pensaron que seríamos nosotros. Mi pariente Sócrates y algunos más fueron a buscarnos al taxi. Cogieron el equipaje, pagué al taxista y para casa. Allí nos encontramos con aquel terrible cuadro: mi hermano yacía en el ataúd. Fue algo que no se puede describir. La pérdida de uno de tus seres queridos es tan fuerte como para morirse de pena.

¿Cómo sería el disgusto, que las manos que había traído de Francia, se quedaron en el taxi? No las ponía y por vivir en un pueblo cercano iba a casa de mis padres solo los domingos y no todos porque tenía que trabajar hasta de domingo. En aquel tiempo para mí no había días de fiesta ni descanso. Tenía que forjar mi vida y resultaba difícil, no disponía de tiempo para nada más que para el trabajo. Mi padre me decía muchas veces, “vas a reventar de tanto trabajo y después ya verás cómo lo tienes que dejar”.

Pasaron nueve meses y un día pregunté a mis padres por aquellas manos, pensando que estaban allí desde aquel día, pero se habían quedado en el taxi. La sorpresa fue que el maldito taxista no se molestó en buscar mi dirección a través del cuartel de la Guardia Civil o del Ayuntamiento y se perdieron. 

Manos muy bonitas pero poco prácticas para defenderme. En el mes de mayo del año siguiente recibí un telegrama del Director de La Clínica de Madrid para que fuera a ésta con el fin de asistir a una especie de congreso. Se reunían varios médicos para presentar diferentes prótesis. Además de otros señores que padecían la misma amputación traumática de ambas manos. Salimos aquella misma noche. Me acompañaba mi esposa y Alejandro. Viajamos toda la noche para poder asistir a la primera reunión, que comenzaba a las diez de la mañana. Llevé mis nuevas manos Francesas y también las de siempre.

Para poder saber el rendimiento que se podía sacar de aquellas nuevas manos, había trabajado seis duros meses. Hasta que ya me convencí de que no se podía hacer mas. Tan difícil es el poder hacer algo con ellas que bajé cuatro quilos de peso por lo mal que lo pase. Queriendo sacar de ellas lo que no se podía. Quise estar bien seguro de lo que se podía hacer con. Sabía que me tocaba presentarlas y hacer varias demostraciones con ellas. Además por mi propio interés, se trataba de un tema muy serio, nada menos que lo de las manos. Por eso luche todo lo que pude para estudiarlas afondo y estar documentado para presentarme ante un congreso o donde fuera necesario y no fallar.

Aunque se trataba de unas bonitas manos, no eran lo que a simple vista representaban. Daba el pego por su belleza y su bonita figura. Manos como las de una señorita, finas, elegantes con un colorido perfecto. Unas uñas arregladas a la perfección, hasta tenían el color de una fina piel, pero realmente eran unas pinzas simuladas. Los movimientos de sus dedos lo hacían de la misma forma que las prótesis que yo llevaba, pero con el grave inconveniente de que estorban para trabajar. El bonito y gran formato de casi auténticos dedos impedía seriamente, por no haber margen de maniobra. Nada tenían para compararse con la facilidad de movimiento de las pinzas normales, que por su forma estratégicamente diseñada, tienen acceso a casi todas partes, mientras que la mano más voluminosas y más torpe en los movimientos, impedía los trabajos. Los problemas eran varios, nunca podían entrar donde entraban las pinzas, por su fácil movilidad y fino tamaño.

Resultaba casi imposible realizar trabajos como sacar la cartera del bolsillo, abrocharse los botones, coger la cuchara. No había base suficiente como para que se pudiera sujetar los objetos. Se trataba de la punta de tres dedos juntos, que realmente no servían ni para hacer las cosas más elementales, ni para defenderse un hombre. No digamos ya para realizar trabajos fuertes como manejar herramientas o conducir, ¿cómo podría manejar el volante? Esto sería algo de lo más imposible. Tampoco ningún trabajo de taller y menos manejar el hierro, ni soldar, ni pintar. Solamente con pintarse con el bolígrafo ya no se quitaban las manchas. Se incrustaba de una forma que no había remedio ni con algodón y alcohol, o éter para limpiarlo. Aparte, los guantes eran súper caros y no duraban casi nada. Solo valían para lo necesario del aseo y comer y con dificultad.

Aquellos seis meses fueron para mí como una tortura, no deje de hacer mil pruebas, no me quise dar por vencido, luche lo indecible. Aunque tenga defectos como todo el mundo, tengo la virtud de ser muy constante y realista. Por algún motivo me llamaron siempre el hombre de la fuerza de voluntad.

El día 4 de diciembre del 20011 se cumplieron cincuenta y siete años de mi accidente, y siempre  he trabajado con mis aparatos de acero inoxidable, manejando en el campo toda clase de herramientas: fesoria, palote, garabato, guadaño para segar, pico, pala, carretilla; todo esto sería imposible de hacer con aquellas manos, y mucho menos trabajar en la construcción de las máquinas que hice. No aguantaban fuertes tirones, rozamientos, calentones, quemaduras al soldar, grasas y aceites que no se podían quitar; quedaron totalmente excluidas, aparte de lo caras que eran. Actualmente cuestan un millón de pesetas cada una. Un engaño una “estafa”

Quedó muy claro que solo servían para uno que le faltara una sola mano y que, sin duda, vestían muy bien y que el trabajo lo resolvería con la mano sana y asunto resuelto. El resto nada podíamos hacer con aquellas manos.

Solo tenía una ventaja, que había que fijarse para saber que no era manos. Aunque las prótesis son feas y llaman demasiado la atención de la gente. Eso no tiene otro remedio, más que soportarlo porque no hay otra cosa, no voy a presumir de lo que no tengo. No hay manos, nada puedo hacer más que presentarme como soy, y soportar lo que me toco en la vida.

Entre otras cosas a estudiar por los médicos, una de ellas era este problema. Diferencia de movilidad y desarrollo de trabajo. El Director, mi maestro, me presentó trabajando con las manos y después con las prótesis normales. Quiso mostrar mi forma de trabajar ante el grupo, y dejar bien claro la notable diferencia de trabajo por mi prótesis, ante las manos Francesas. Además de enseñarles al resto de los pacientes sin manos, mis trabajos. Ya que allí había señores sin manos de poco tiempo y sin experiencia, y también los había de muchos años, pero que no fueron a sacar el rendimiento de mis prótesis.

Por eso el Director creyó muy importante, que aquellos hombres vieran lo que se podía conseguir si se trabaja, literal mente.les dijo:

-Aquí tenéis la prueba de este hombre que termino su rehabilitación en solo cuatro meses. Además de revolucionar sus propios aparatos. Diseño unos finos y ligeros para vestir y otros más fuertes para trabajar con fuerza y capacidad, para poder realizar trabajos de taller, en el campo y conducir coche, camión o tractor. Manejando todo tipo de herramientas, algo que no se conocía hasta que este trabajador lo desarrollo.

 -Arsenio les dijo, es hombre experto y muy constante para las cosas. Siempre consigue lo que se propone. En toda mi carrera nunca me he encontrado con otro que fuera capaz de desarrollar los trabajos que este hombre hace. Ya me di cuenta desde el principio que tenía una fuerza de voluntad de hierro y que siempre trabajo con afición .Se acerco y dando una palmada sobre mi hombro dijo:

-Así como hay campeón mundial de peso yo te nombraría campeón de pinza, no hay quién te iguale. Aquí mismo lo estamos comprobando con su forma de trabajar y la rapidez con que hace las cosas que se le pidan y con una serenidad pasmosa. Cosa muy difícil para muchos en esta clase de demostraciones. Alejandro, su compañero dice que Arsenio es hombre de suerte, siempre le sale todo muy bien. A eso no se le llama suerte, solo es el resultado de su fuerza de voluntad y duro trabajo, no lo podéis olvidar.

Desde luego que siempre me salían bien las pruebas y demostraciones. Pero yo lo considero una suerte, porque por muy bien que trabajes, algún fallo podía salir y a mi nuca me ocurro. Mil gracias doy por haber tenido la suerte de coger el truquillo, si no, me hubiera quedado como todos.

No encuentro palabras adecuadas para expresar lo difícil que resulta dominar el bajón de moral y también el manejo de los aparatos. Que al principio y durante largo tiempo, te parecen imposibles de entender y adatarte a ellos. Tan difícil y duro es que no se trata de meses para aprender, sino de varios años, por eso La gente se cansa y lo deja por imposible.

Cuando el Director explicaba las cosas,   se le notaba satisfacción, lo decía convencido y orgulloso de que uno de sus alumnos fuera el mejor. Mi esposa, me miró con emoción, para ella también era importante oír cómo reconocían el trabajo y sacrificio de su marido. Alejandro, mi compañero, también me dijo: “choca esas cinco, amigo, siempre fuiste el mejor. Me alegro mucho”.

 Debo añadir que el mérito de mi compañero Alejandro fue digno de destacar, por lo sincero que fue. Al manifestar delante de todo el grupo su satisfacción por mi éxito. Mientras que alguno no le gustaba mucho el éxito de los demás, Alejandro lo vivía como si de él se tratara. Eso sí que es tener valor y agallas. Alejandro siempre las tuvo, no sé cómo pudo fallar y no seguir el mismo camino de lucha y trabajo. Fue una lástima, se perdió en el abismo, seguramente por el miedo a la lucha de la misma vida.

En aquella misma mañana nos enteramos de que nos iban filmar para un documental, con el fin de mostrar la forma de trabajar, que, según el jefe, serviría para mucha gente que tuviera que pasar por esta dura batalla de la rehabilitación. Al ver con qué facilidad se realiza toda clase de trabajos, aliviaría su baja moral. Esta película se tardó en rodar una semana. Se terminó para la hora de comer del sábado día 29 de junio del 1964. Comimos todos juntos y al terminar, mi esposa y yo fuimos a dar una vuelta por el parque del Retiro.