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Archivo diario: 16 agosto, 2013

Mi hermano murió a los veintisiete años de edad, casado y con dos niños de corta edad.       

La rotura del eje de la máquina de extracción del Pozo San Mames le costó la vida a mi hermano Constante.

Tuvo que surgir una maldita avería en el Pozo para que el destino llevara a mi hermano a la muerte. Constante trabajaba como picador de carbón en el Pozo San Mamés. Se rompió el eje central de la máquina de extracción del Pozo.Una avería de largo tiempo. El eje era de un grosor superior al cuerpo de un hombre y procedía de un portaviones. Cuando menos lo esperábamos, se cree por un tirón de las Jaulas, aparte de que el eje ya tenía una fisura. Su torsión fue lo suficiente como para producir esta avería. El único remedio fue parar el Pozo para cambiarlo,lo que iba suponer el parar el pozo casi dos meses.

La gente se destinó al resto de los Pozos cercanos. Era el mes de Junio de 1964. Todos los picadores querían las vacaciones antes de ser destinados a Pozos desconocidos. El Ingeniero me dijo:

-Arsenio, va a comenzar a desfilar por aquí la gente a pedir las vacaciones. Ya sabes cómo están las cosas, tú les atenderás y les dirás lo que pasa. No  hay vacaciones para nadie, sería una pérdida de producción importante y la Empresa no lo autoriza.

Mi hermano, como casi todos, también las pidió. Vino y me dijo: Hermano, necesito que me deis las cavaciones, no me gusta ir a es pozo. Habia sido destinado al pozo Cerezal. Además ,me dijo: ya sabes que tengo que recoger la hieba en uno de los prados más grandes que él recogía, y que daba mucho trabajo, aparte de estar solo él y su mejer para esta gran faena.

-Lo siento de corazón le dije: en este caso no puedo ayudarte, el Jefe acaba de comentarme el problema de toda la gente, si hacemos una excepción contigo de esta clase habrá protestas y con toda la razón. Date cuenta que es un caso extremo y no hay más remedio que tratar a todos igual.

Él mismo se dio cuenta de que no podía y me dijo:

-Es cierto que todos mis compañeros también quieren las vacaciones.

Se marchó muy a disgusto. ¡Pobre hermano! No sabía que aquello iba ser su muerte.

Fue destinado al Pozo Cerezal, a una de las primeras generalas. Era una capa de gran potencia, de mucho trabajo, con grisú y muy calurosa, una de las ramplas mas malas del pozo. Salían pingando de sudor producido por el trabajo y el exceso de calor. Las galerías eran muy largas. Bajaban andando hasta el desanche, donde les esperaba un tren de seis vagones para bajar al personal. Había mucha agua y se mojaban los pies al pasar. Mi hermano llegaba algo tarde y al coger el tren que ya había arrancado, pego con su cabeza en el cable de la corriente en la catenaria, que alimentaba las locomotoras. En este triste y aciago día 29 de junio por ser el casco metálico y llevar el pecho semidesnudo, pues solo vestía una simple camisa y la llevaba desabotonada por el  calor. Al pasar en entre los topes de los vagones su cuerpo rozó en el vagón a su vez que el casco en la línea de alimentación y, dado que iba mojado, le sobrevino una fuerte descarga eléctrica.  Solo pudo decir: “¡Ay, madre!” Se cayó fulminado. Entre sus compañeros se encontraba nuestro cuñado Anselmo y el hermano de su mujer. Quisieron auxiliarlo pero nada pudieron hacer. Mi hermano ya era cadáver. La potencian de la energía era de 500 W lo suficiente para dejarlo en el sitio.

El Pozo Cerezal está situado en la falda de una montaña que divide los dos valles, el de San Mames y Santa barbará. En lo más alto de ésta montaña está  situado el prado donde tenían la faena de la recogida de la hierba y que daba vista al mismo Pozo. A la espalda de ésta está nuestro pueblo de La Bobia, también casi en la cúspide. Desde este prado se divisaba a la gente deambular delante del Pozo. Allí estaban sus dos hijos de corta edad, José Ramón y Constantino, con su madre, Enedina, a la hierba. Eran las 2 de la tarde y miraban cómo salía el camión con los mineros que los transportaría hasta el pueblo. Enedina dijo a sus hijos:

-Vamos para casa, ya sale el camión y viene papá a comer.

Cierto, el camión sí salió, pero su padre no. Allí se quedó esperado su último viaje, pero en la carroza. En lugar de llegar el papá, en el camión llegó un enviado a buscar la ropa, con la triste noticia de su muerte.

Cuando aquella tarde del 29 de Junio de 1.964, observábamos las fieras del parque zoológico en Madrid, frente a la jaula de los lobos, vimos a uno que dormía junto a la alambrada. Con su hocico metido entre las patas delanteras. Yo, sin decir nada, me agaché y metí mi mano, le cogí el hocico y éste dio un fuerte rugido. Se asusto tanto el lobo como mi esposa, quien dio un salto atrás. También un señor se asustó y al momento dijo:

-Sí que resulta curioso que usted pueda decir que cogió a un lobo vivo por el hocico.

Cierto que cogí el hocico al lobo, pero lo que yo no sabía era que al poco tiempo, menos de dos horas, vería las orejas al lobo de verdad. Eso sí que sería grave. Terminamos de ver las fieras, salimos y nos sentamos en un banco en el parque del retiro. Hacía varios años que no fumaba, pero no sé por qué razón me apeteció y dije a mi esposa que me apetecía fumar y compré una caja de camel en un puesto de golosinas que había muy cerca. Me senté de nuevo a su lado, saqué un pitillo, pero no me dio tiempo a prenderlo cuando me acordé de que teníamos que llamar a Blimea, para que el lunes me enviaran un camión a León para cargar un viaje de vino al regresar a casa, para no perder otro día de trabajo.

Eran las siete, el repartidor de vinos,  se marchaba para los pueblos con el último viaje y no había teléfono. Salimos a toda prisa, bajamos a la Castellana hacia la telefónica y pedí una conferencia. Aun no era automático el teléfono y me salió la centralita de Sotrondio. Era Conchita, una chica conocida de siempre de la familia. Cuando me contestó me dijo, creo que llorando:

-¡Ay, Arsenio, hijo! Te busca hasta la policía y no te encuentran. Sal para acá rápido.

No me dio ninguna explicación, solo me dijo que me ponía con el bar Montes. Me asusté y dije a mi esposa:

-Uno que cayó en la mina, ¿a quién le tocaría?

-¿Cómo dices eso?

-Sí, sí, aquí hay algo muy grave, Conchita estaba llorando y no me quiso dar explicaciones.

Se puso María Jesús, la chigrera del bar Montes, al teléfono, yo no tenía teléfono aunque me habían dado número, se retrasaron unos días. María Jesús dijo:

-Hola Arsenio.

-¿Quién se mató en la mina? Le dije.

– Tu hermano Constante. No ha muerto, está muy grave.

Casi me caigo porque comprendí que estaba muerto a juzgar por la forma en que me habló Conchita. Cogimos el primer taxi que llegó. Llorando los dos amargamente le pedí al taxista que nos llevara a Asturias. Dijo que tenía que ir al jefe, para que le acompañara. Subimos al taxi, se dirigió hasta donde estaba el dueño. Fuimos al Hotel a por el equipaje, dejé una nota para Alejandro y salimos.

Fue un viaje que jamás olvidaré. Con el disgusto me atacaron los nervios al estómago y pasé todo el recorrido vomitando. Los dolores fueron de terror, bebía agua para apagarlos los bonitos y al momento, fuera de nuevo. Quise morir de dolores, todo eso resultaba tan doloroso como cuando da una congestión, es terrorífico lo que se pasa.

Cuando pasamos por Valladolid, dijeron que si podían parar a comprarse unos bocadillos. Les pedí que me dieran una cerveza a ver si me pasan los vómitos y no me valió, seguí mal todo el viaje.

Cuando comenzamos a bajar el puerto de Pajares dije a mi esposa:

-Desde Blimea ya sabremos si está muerto o no.

-¿Por qué lo sabes?

-Desde allí se divisa todo el valle y nuestra casa se ve muy bien por estar sola en una finca. Si no se ven luces en casa es que esta en el hospital, si hay luces lo están velando.

Cuando llegamos a Blimea no se vieron las luces. Eran las 5 de la madrugada, había neblina en la montaña y no lo pude ver hasta que ya subíamos por San Mamés. Vi la luz en la casa, entonces perdí mis esperanzas. ¡Pobre de mi hermano! Ya nunca más le vería. Al igual que otras veces donde se describen cosas extremas, al escribir este pasaje tan triste, tengo que parar, las lágrimas afloran a mis ojos y no me dejan ver para seguir escribiendo. Aunque ya se cumplieron 45 años de su muerte, nunca olvidé el recuerdo de mi hermano Constante. Me invade una tristeza que no puedo remediar, no solo era hermano, sino también mi mejor amigo. Los dos luchamos a brazo partido peleando con los ganados y en diversos trabajos. Era como un roble. Nos criamos a la vez y eso supone un aprecio diferente, aunque quieras mucho al resto de la familia, la convivencia de la infancia nunca se olvida.

Llegamos a casa a las 5 de la mañana, nuestra casa distaba de la carretera unos 500 metros. Al ver subir un coche en aquellas horas pensaron que seríamos nosotros. Mi pariente Sócrates y algunos más fueron a buscarnos al taxi. Cogieron el equipaje, pagué al taxista y para casa. Allí nos encontramos con aquel terrible cuadro: mi hermano yacía en el ataúd. Fue algo que no se puede describir. La pérdida de uno de tus seres queridos es tan fuerte como para morirse de pena.

¿Cómo sería el disgusto, que las manos que había traído de Francia, se quedaron en el taxi? No las ponía y por vivir en un pueblo cercano iba a casa de mis padres solo los domingos y no todos porque tenía que trabajar hasta de domingo. En aquel tiempo para mí no había días de fiesta ni descanso. Tenía que forjar mi vida y resultaba difícil, no disponía de tiempo para nada más que para el trabajo. Mi padre me decía muchas veces, “vas a reventar de tanto trabajo y después ya verás cómo lo tienes que dejar”.

Pasaron nueve meses y un día pregunté a mis padres por aquellas manos, pensando que estaban allí desde aquel día, pero se habían quedado en el taxi. La sorpresa fue que el maldito taxista no se molestó en buscar mi dirección a través del cuartel de la Guardia Civil o del Ayuntamiento y se perdieron.