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Archivo mensual: agosto 2013

  1. El día que terminé de pagar mi casa

        Fue un día histórico para mis padres y para mí, algo que nunca olvidaré. Era una tarde de invierno,  ya casi de noche, con una gran invernada y nevando sin parar. Llegó un ganadero a nuestra casa, a pagarme una tonelada de abono que me debía. ¡Justo lo que me faltaba, para juntarlo con algo más de dinero que tenía ahorrado, para pagar las 55.000 pesetas que debía a un familiar! Le di las gracias y muy contento pensé en subir a pagar mi deuda, porque así ya me libraría de aquel tremendo peso, que era  deber dinero. Seguí trabajando hasta la noche y aunque ya era tarde para emprender aquella caminata hacia la montaña, andando y con aquel temporal de nieve, me decidí y fui a pagar lo que debía.

Me quité la funda de trabajo y subí a a casa diciéndole a mi esposa: -“voy a La Bobia a pagar lo que debemos. Acabo de cobrar lo que nos faltaba para poder pagar nuestra deuda”

-“No deberías  subir a la montaña con tanta nieve”, me dijo mi esposa muy sorprendida. “No puedes ir solo, hay una fuerte tormenta de viento y nieve y puede pasarte algo. Déjalo para otro día”

-“Tranquila mujer, me crié en el monte y eso es lo importante: conocerlo. No pasa nada”

                -“Tienes más de una hora de camino para subir y otro tanto para regresar por caminos muy malos y solitarios, llenos de nieve y barro, es mucho camino para hacerlo de noche, es muy peligroso. Si te pasa algo, nadie te podrá ayudar en aquellos montes tan fríos y lejanos”

                -“Por el día no puedo porque tengo que trabajar y cuanto primero pague, primero dejará de sufrir mi padre, porque está atormentándolo la persona  que me prestó el dinero. Le dice, con mucha frecuencia, que con los malos tiempos que corren no gano bastante y que no podré pagarle. Que vendrá el banco y me lo embargará todo y que  él se quedará  sin su dinero”.  Además de lo que le debía, yo tenía una hipoteca en la Caja de Ahorros.

                Mi padre le decía: -“No dudes de que  Arsenio, siempre fue hombre serio y nunca ha fallado a su palabra. Trabaja sin descanso y con una tremenda afición y, esto le ayudará a pagar. Otra cosa sería,  si no trabajara.  Pero él, no parará hasta que lo consiga. Te pagará y si por casualidad no pudiera, yo lo haría por él.”

                -“Sí, pero eso no me vale”, le dijo a mi padre. -“ Lo perdería mi esposa en la herencia. Nada le valía. Lo de aquel hombre era todo desconfianza, no creía en nadie. A parte de no ser de mucha inteligencia, bebía más de lo debido y eso atrofia a todos los bebedores,  por muy fuertes que sean.

                Todo lo contrario de aquellos tiempos, cuando la gente era cumplidora al máximo. Se decía que la palabra de un paisano valía más que una escritura ¡y era verdad! Yo vendía vinos, abonos, cerdos y piensos  a los ganaderos y agricultotes y les daba facilidades  para pagar, porque los tiempos eran difíciles para todos. Pagaban cuando podían, pero jamás me fallaron, siempre pagaron como un banco. Yo creía en ellos y ellos en mí. Siempre me apreciaron por lo mucho que trabajaba con ellos. Les hacía abonados en pastizales y praderas, además de ponerles las tierras para los sembrados en orden, regulando el PH de la tierra para producir más. Nunca desconfiaron de mi, ni yo de ellos. Siempre los recordaré con mucho afecto, porque se lo merecen. Estoy seguro de que el buen cumplimiento y las facilidades que les daba, fueron lo que me ayudó a mantener mi negocio. Había mucha competencia, pero yo era el preferido por todos ellos. Asi  fue y así lo hay que decir. Algunos de mis clientes viven y nos saludamos cuando nos encontramos, recordando lo que juntos trabajamos.

                Trabajando con ellos y criando ganado levanté mi pobre economía. Pude pagar la casa y estudiar a mis tres hijos, lo que fue para mi algo importante en la vida. Aunque  yo no pude estudiar por tanto trabajo, hasta que me retiré ya siendo mayor.

                Seguía la tormenta en aquel pequeño pueblo, no se sentía ni a los perros ladrar, todo el mundo estaba refugiado en sus casas. Llegué al pueblo, piqué a la puerta de la casa donde debía de pagar, les saludé  y les dije: “Ha llegado la hora de poder pagarte, ya sé que has sufrido mucho pensando que no cobrarías, te pido disculpas y te doy las gracias”

                Era un individuo muy desconfiado y corto de inteligencia, no supo valorar mi forma de ser, como otras personas. No dijo nada, cogió el dinero y lo contó, me entregó el papel que le había firmado y nos despedimos. El bien sabía que el fallo había sido de él, porque lo hizo muy mal, atormentando a mi padre largo tiempo, pensando no cobrar lo que yo le debía.

                Debo decir en honor a la verdad, que su señora  lloraba porque sabía muy bien, lo mal que lo había hecho su marido y, lo disgustado que yo me encontraba. Ella me conocía muy bien y dijo que ni mi padre, ni yo, merecíamos esos tremendos disgustos, que con su mala actuación nos había dado.

                A pesar de la gran nevada, la señora salió al verme marchar, llorando y moviendo su brazo derecho para decirme adiós. Tiempo después, me contó que no se retiró hasta que me perdió de vista en la lejanía entre la tormenta de nieve. La pobre mujer también lo pasó muy mal,  y yo lo sentí mucho.

                Marché hacia la casa de mis padres. Aparte de ir a saludarles, que era mi deber, les llevaba una buena nueva muy importante. ¡Acababa de pagar lo último que debía de la casa!. Atravesé la corta distancia de unos trescientos metros entre una casa y la otra, por una pradera. Seguía la tremenda tormenta,  encima de la gran nevada, como para bloquear el camino en poco tiempo. En aquellos años, las nevadas eran muy grandes y de mucha duración. Además del intenso frío, ya eran cerca de las diez de la noche. Una noche infernal, con immensas turbulencias de nieve en aquella montaña, a 500 metros de altura. Al lado mismo de una pequeña cordillera  en forma de cañón, en la que se  forman unas enormes corrientes de aire, con turbulencias que acumulan grandes cantidades de nieve.

                Aunque tenía que recorrer los cinco kilómetros por la montaña para regresar a casa, ya no tenía prisa. Los que nos criamos en las montañas, sabemos navegar bien entre las grandes nevadas. Ya había terminado de trabajar por aquel día y la tranquilidad que reinaba en mi interior me hacía sentirme otro hombre. Ya libre de aquel peso, que suponía el deber aquella cantidad de dinero, que en aquellos tiempos y con lo poco que se ganaba, resultaba difícil de pagar. ¡Fue mucho lo que sufrí, pero lo conseguí!

                Seguro de mí mismo,  estaba contento de haber salido del lago donde me había metido sin saber si podría cruzarlo o me quedaría encallado. Era muy difícil el poder pagar los gastos tan tremendos, que era el construir una casa en aquellos tiempos tan duros.

                Contemplaba el paisaje en la oscuridad de la noche. Era mi tierra, la que me vio nacer y crecer, donde yo correteaba y jugaba a mi corta edad. Solo y en medio de la gran nevada, me parecía estar en el paraíso. La blancura de la nieve daba una gran claridad al entorno que dominaba todo el valle y me gustaba estar en el silencio de la noche. ¡Qué grande es sentirse libre! No me importaba la gran tempestad que había. En mí reinaba una paz interior que me ayudaba a combatir la tempestad de una noche infernal. Iba provisto de unas buenas botas y una chaqueta de cuero. La alegría que sentía me distraía, sin darme cuenta de que mis padres se irían a la cama, pues ya eran casi las 10 de la noche y la hora de acostarse de toda la vida en invierno, para evitar el gasto de luz y carbón, para atizar la cocina, su única calefacción y descansar para la faena del día siguiente.

Llegué a la casa, llamé a la puerta, ya estaban en la habitación situada en la planta de arriba de la casa, para acostarse.

-“¿Quién llama?” dijo mi madre.

-“Soy yo, madre, abre”.

-“Es nuestro hijo Arsenio, ¿qué pasaría?” comentaron los dos.

Mi padre, mientras que bajaba por la escalera decía:

-“¿Cómo vienes tan tarde? ¿Hay alguna novedad?”

-“Tranquilos, nada que nos pueda molestar, no os asustéis”

-“Es que vienes tan poco por aquí y, llegas a estas horas  con tan mal tiempo, que nos asustamos, no vives más que para el trabajo. Nunca tienes libres ni los domingos”.

-“Cierto, padres, perdonadme, es que esta temporada he tenido mucho trabajo”.

                -“Tú, trabajo lo tienes siempre, hijo” decía mi padre, “no puedes seguir a esa marcha tan forzada. Entre lo poco y lo mucho hay un medio”. Todo eso me lo decía, mientras mi madre abría la puerta.

 Nos dimos un fuerte abrazo los tres y les dije:

-“Hoy es un día histórico para nosotros, os traigo una gran noticia que os alegrará mucho ¡vengo de pagar las últimas 55.000 pesetas que debía de la casa! A partir de hoy ya es nuestra. Ya podéis dormir tranquilos. Sé que os quitó mucho el sueño y que sufristeis mucho”.

Mi padre me abrazó y llorando de emoción dijo, a mi madre:

                -“¿Ves Mercedes, ves como pagó? ¡Tú también dudabas! Yo sabía que mi hijo no fallaría. ¡Cuánto sufrí, hijo mío, y no podía hacer nada! Ya sabes que me pagan una mísera pensión, como si hubiera sido un vago, y no da para poder ayudarte. Vergüenza les debía de dar” dijo mi padre. -“Trabajé hasta destrozarme, y  ya no puedo ni caminar. Luché con los dos ejércitos, me llevaron los Rojos a la guerra, a trabajar en la construcción de los nidos de ametralladoras de Tarna, donde quedamos sitiados por la artillería de los nacionales. No podíamos movernos de las trincheras, ni para ir a beber y sin nada que comer, hasta que ya perdidos y con unos cuantos compañeros muertos, una noche nos largamos para no caer nosotros también o enfermar por el hambre que pasábamos. Por las montañas de Sobrescobio y Caso, caminamos varias noches ya que por el día no se podía. Me llevaron los Nacionales a la guerra en Teruel, donde casi me matan los cañonazos, y se atrevieron a dejarme como  a un despedido. Me han dejado una pequeña pensión, que no da ni para comer. Lo sentí mucho hijo ¡pero solo y sin ayuda saliste adelante! Esta es la mayor alegría que nos puedes dar. Siempre fuiste un valiente trabajador ¡quien  iba a decir que después de perder las manos y de lo que has pasado hayas triunfado! Ahora ya quedarán tranquilos todos aquellos que te han criticado”.

              -“Bueno, esas cosas ocurren algunas veces y la gente desconfía”.

                 -“Era muy duro y difícil”  dijo mi madre, -“ya ves lo que tuvo que luchar, no reventó de trabajar  de casualidad. No todos lo consiguen y no es nada extraño que la gente tuviera miedo a que no saliera de ese atolladero. Los tiempos están muy malos”.

                -“Tranquilos, ya todo terminó y eso es lo importante. El miedo es libre y vosotros no pudisteis con él. Lo que sí siento mucho, es lo que te hicieron sufrir padre, mi madre supo ser más dura y no lo pasó tan mal”.

                -“Yo mismo sabía que era un  asunto complicado. Al final, todo se arregló sin problemas. La familia siguió como siempre, muy unida”.

                Recuerdo que,  unos años más tarde, la última vez que nos reunimos todos, era la gira de las fiestas de nuestro valle  San Mamés. Hacía una bonita tarde de sol, era un día alegre para todos, sobre todo por estar juntos. Formábamos un gran círculo en el prado y creo que seríamos el mayor grupo de la fiesta; pues éramos una familia compuesta por catorce hijos casados, y con nietos y biznietos. Allí merendando y charlando de nuestras cosas, nuestro padre dijo:

                -“Hoy es un día memorable, estamos todos juntos y seguro que será la última vez”.

              -“¿Por qué ha de ser la última?  Dijo alguien”.

                -“Porque vuestra madre o yo, poco vamos a durar. Los dos estamos muy mal ya. Unos por trabajar a distinto relevo y otros por otra causa, será muy difícil estar todos juntos de nuevo, por eso quiero decir que aquí hay alguien que está en deuda con Arsenio. Sin decir quién y en silencio, espero que le pida perdón”.

            -“Tiene razón, pero ese perdón ya fue pedido en silencio, como usted bien dice”, dijo uno de los cuñados. 

          -“Si es así, vale” dijo mi padre.

         Este mismo cuñado dijo: -“Cierto es, que Arsenio salió adelante,  que luchó mucho, y que fue demasiado, pero lo consiguió.  Yo lo considero, una gran hazaña, fue como si le hubieran encerrado en una casa de cinco pisos,  sin ventanas,  ni escaleras,  así lo comparo yo. Seguro que pocos en su situación lo hubieran conseguido. Fue muy duro por lo que pasó.  Sufrió tanto, como lo valiente que fue para salir y poder pagar la deuda.

                Aquello que mi padre dijo se cumplió. Fue el último día que estaríamos todos juntos. En pocos años desaparecieron cuatro miembros de la familia. Se fueron dos hermanos, después mi madre y a los dos años, mi padre también. La familia comenzó a menguar. En este tiempo, ya solo quedamos seis hermanos, ocho ya han muerto.

Pasaba el tiempo y luchaba para terminar de pagar la casa. Estábamos criando a los hijos. Aunque nuestra economía iba mejorando un poco, todo iba muy justo. Procuraba calcular el gasto de cada mes para ver lo que podía ir amortizando  de la hipoteca. Mi esposa era muy joven y le ayudaba a llevar la carga de ama de casa, distribuyendo el gasto en las cosas de más necesidad. Para alimentar a los niños no se podía regatear, el día que les tocaba comer carne, ésta solo sería para ellos y para la madre, yo con un plato de cocido, pan y un poco de vino, me conformaba, era suficiente. La carne y el pescado eran muy caros, no podía consumirlos. Mi esposa no quería comer. Me decía ¿Por qué la voy a comer yo y tú no? Yo le decía:

-Tú tienes más necesidad que yo, trabajas mucho y las mujeres, por el hecho de ser madres, necesitáis ser alimentadas con más cosas que los hombres. Si no te alimentas bien lo sentirás en tu salud. Lo pase muy mal con tantas necesidades, pero en aquel tiempo, por lo menos no pasé hambre y la cosa fue hacia adelante. Más tarde ya cuando todo era normal. Mi esposa les contaba todas estas historias a los hijos y les decía entre otras cosas. Nunca debéis olvidar lo mucho que trabaja vuestro padre y lo mal que lo paso. Ya veis que lo mejor lo dejaba para vosotros y para mí.

En aquel tiempo todas las horas del día eran poco para el montón de trabajo que yo tenía. Tanto que trabajaba hasta los domingos. Hasta iba pocas veces a visitar a mis padres, por no ter iempo.

En uno de los domingos estábamos techando una nave. Vinieron algunos de la familia ayudarme. El señor Cura subía a decir misa a la Colonia, “residencia” de los mineros que vinieron de afuera que trabajaban en el Pozo. Dado que no dejaban trabajar en festivos ni domingos, vigilábamos para escondernos a su llegada. En aquel tiempo la mayoría de los Curas ya no decían nada, la cosa ya mejoraba, pero por respeto lo evitábamos. Un domingo el niño que vigilaba se despistó y el señor Cura nos vio trabajando en el tejado de la nave. Al regresar de la Misa, estaban delante de las Oficinas del grupo minero, el Cavo de Guardas Jurados, Adolfo Bernardo, gran amigo mío y Rosario,”Charo”, la telefonista, compañera de trabajo. El señor Cura les llamó la atención, diciéndoles que si no les daba vergüenza permitir a un compañero que trabajara los domingos. Charo, que era muy clara y contundente, le dijo:

-D. José, ¿no le da vergüenza a usted reñir a un hombre como Arsenio que lucha a brazo partido, reventado de trabajo, por una justa causa Mientras que es la atención de todo el mundo que lo aprecia por su valentía y lo mucho que trabajar sin manos, mucho más que algunos que las tiene  el pobre? Usted, en lugar de bendecirle lo machaca. No hay derecho, está usted fuera de bolos.

El Cura se marchó y nunca más nos dijo nada. Al momento me llamaron y después de contármelo, el Cavo, que era más reservado, muriéndose de risa, me dijo:

-No pude decir palabra, pero Charo, más hábil que el viento, le dio una pasada, con educación pero con firmeza. Bien merecido lo tenía, si no es en domingo ¿cuándo lo vas a hacer si por la semana no puedes?

Charo le había hablado con mucho acierto. Era una gran persona, siempre me apreció mucho. Un poco antes de su muerte la encontré en el paseo de Sotrondio, me dio un abrazo y me dijo:

-Arsenio, hijo, ¡cuánto tiempo sin verte! ¡Qué guapo estas¡ Tanto como trabajaste y te conservas muy bien No me olvido de ti, ni de tu mujer, que también es muy buena. Era una niña y tú la hiciste una gran mujer, enseñándola con cariño. Siempre has sido un hombre y lo seguirás siendo. Recuerdo me dijo:

Cuando al poco tiempo de tu accidente, cómo pasaste por delante de mi cabina telefónica con una máquina de escribir en tus bracinos y, mirándote me dije, este hombre llegará muy lejos. Y llegaste, amigo, que Dios te bendiga por lo valiente que fuiste. La gente habla mucho de ti, aprecian lo trabajador que eres. Todavía hace pocos días que me hablaron de lo cumplidor que eres y les dije ¿qué me vais a decir a mí quién es Arsenio, si fue mi compañero de trabajo durante cuarenta y dos años?

Lo decía satisfecha de saber que su compañero había salido del pozo en el que se encontró a causa del grave accidente que ella misma había llorado y que como todos, considero insalvable. Después de contarme todo esto me dio otro abrazo y se marchó.

Poco tiempo después nos encontramos mi esposa y yo con su hermana, y después de saludarnos, nos dijo:

-Mi hermana Charo mucho os quiere, no se olvida de vosotros, tiene muchas ganas de veros, le gusta hablar mucho de la vida de Arsenio y también de ti- dirigiéndose a mi esposa, que te aprecia mucho.

-Nosotros también la queremos, es una gran persona y no en balde fuimos muchos años compañeros de trabajo.

Le dimos las gracias y le enviamos un abrazo. Ya nunca más la veríamos. Al poco tiempo se murió la pobrecilla. Lo sentimos mucho. Lo mismo ella que Libertad, la telefonista, su compañera merecen mis más sincero aprecio y consideración. Fueron dos buenas compañeras, muchas horas pasamos juntos, ellas y el Cavo Adolfo Bernardo, al que también recuerdo con mucha frecuencia y que juntos pasamos largas horas de servicio en la Empresa minera del Grupo San Martín.

Siempre llevare con migo el gran recuerdo de estos tres compañeros, por lo buenos que siempre fueron y la amistad que nos unía. 

El otro gran hombre de esta pequeña historia, que me ayudo fue D. Vicente de La Torre el encargado de obras del Ayuntamiento. Este amigo que me orientó y me hizo despertar, salir de mi inocencia de joven con poca experiencia, para conseguir lo que tan necesario es, el agua para un pueblo. Siempre fue una persona excelente, amigo de hacer favores y ayudar a la verdad. Fue un hombre con un corazón noble, que sabía apreciar el mérito que tiene el ser trabajador y los derechos de los demás. Él sí que debía ser el Alcalde y no aquel político, tan suyo y tan poco servicial con los pueblos más necesitados. Este hombre, que a pesar de ser almacenista de vinos muchos años, como yo, siempre me apreció, al revés de otros que por ser de la rama ya tienes que ser enemigo, según su confundido criterio. Se decía: “¿quién es tu enemigo? El de tu oficio”, nunca más lejos de la verdad. El Señor D. Vicente  de La Torre, fue uno de los almacenistas de vinos más notables de la zona, al igual que su hijo Vicentin, que llevó el timón del negocio con acierto y ánimo de servicio a sus clientes, también gran cumplidor de sus deberes y amigo mío, como su padre.

El señor Vicente de La Torre será recordado como un buen hombre porque fue competente, servicial y cumplidor, no solo conmigo, sino con los que pudo ayudar. Por eso desde estas páginas quiero rendirle un homenaje, como recuerdo y memoria de su gran personalidad. Además de lo agradable que siempre fue. Cantaba muy bien la canción Asturiana.

Después de construir mi casa y vivir en ella, otro problema, no había agua en todo el pueblo. Escavé en distintos lugares para examinar una tubería que sabia había abandonada ya de varios,

Esta fue instalad por la Duro Felguera para subir agua para el servicio del pozo minero y que más tarde abandonó por ser poca. Por lo que puso una gran instalación de bombeo desde el río Nalón.

Pensé que esta tubería se podría aplicar para subir el agua a nuestro pueblo y también al botiquín y a las oficinas de la empresa. Hablé con los ingenieros por si me autorizaban. Ya que esta seguía siendo propiedad de la empresa. Les pareció normal y hasta necesario, pues ellos no sabían de esa tubería, que era muy importante para dar este servicio a las tres partes. Además de darme la autorización. Me prometieron ayuda con el personal del Pozo para realizar las tareas de excavación de 80 metros de longitud de una parte que había que realizar en la entrada del pueblo. Yo me encargaría de dar las vueltas con el Ayuntamiento y dirigir las obras.

Bajé a visitar al Alcalde y le expliqué que ya existía casi toda la instalación de tubería, solo faltaban unos 80 metros, desde la vertical del depósito, frente a las oficinas, hasta delante de las casas. Se trataba de una pequeña obra, pero de una gran importancia, por dar agua a todo el pueblo, además de al botiquín, donde se curaban los mineros las heridas y se lavaban con el agua negra del río Nalón. El señor alcalde, que era muy político, nunca me dijo que no, pero tampoco que sí. Por muchas visitas que le hice durante largo tiempo, siempre regresaba de la misma forma, sin saber nada del tema. Siempre se salía por peteneras. Pasaba el tiempo y después de dos años y medio de lucha y de visitas inútiles, siempre me engañaba y el agua no llegaba. En una de esas visitas salí como entré, sin conseguir nada, pero al salir a la calle me esperaba un señor, una gran persona.

-Arsenio, ya llevas demasiado peleando para dar agua a tu pueblo y nadie se molesta en ayudarte. El Alcalde te engaña. Eres un hombre luchador y lo mereces porque te hace mucha falta, pero este pollo no quiere gastar dinero. Lo malo es que nunca te dará el agua y eso me duele mucho. Lo tienes todo a tu favor, primero, porque ya está la instalación casi hecha, segundo, eres merecedor de ella, tienes una industria por la que pagas tus impuestos y también tienes la ayuda de los ingenieros, que son tus jefes y te aprecian mucho. No me descubras, yo también te aprecio mucho y me da mucha pena que te siga engañando miserablemente. No solo mereces ese agua por el que luchas ya desde hace años, sino mucho más por trabajador y formal que eres.

Lo conseguirás como yo te diré. Llegarás al pueblo y dirás que tienes el agua concedida. Pedirás ayuda a la Empresa, reclutarás a los que puedas del pueblo, que pocos van a ser, pero alguno habrá. Comenzarás la obra, abrirás las excavaciones hasta tu casa y cuando todo esté preparado bajarás a verle y le dirás que ya está todo a punto para meter la tubería. Que el pueblo se puso hacerlo porque creyó que ya estaba autorizado después de tanto tiempo de espera. Nada podrá hacer. Contigo no se meterá, se callara y te mandará todo lo que haga falta, así de fácil.

Este amigo, me dijo que no tuviera miedo a nada, nada me podía hacer. Luchaba por una causa justa como era dar agua a mi pueblo. Si aguantaba en la primera entrevista, luego ya todo estaría resuelto.

Yo no podía entender aquello que me proponía aquel gran hombre. Era superior a mí, nunca serví para esas cosas, pero que me oriento y con toda la razón. No claudiques Arsenio, hace como te dije, me lo prometes, si no te decides nunca lo conseguirás.

Le di las gracias y sin pensarlo más, pero muy preocupado, subí y hablé con mis jefes para que al día siguiente me dejaran dos hombres y dos martillos de picar. Mande a la gente que se preparara. Se comenzaron las obras y en pocos días se hicieron las excavaciones. Amenazaba con llover muy fuerte. Bajé a ver al Alcalde, que siempre me engañaba, pero esta vez iba a ser él el engañado, porque se la tragó con rabo y todo. Desde luego, yo iba muy nervioso, reconozco que no sirvo para estas cosas, pero esta vez era necesario actuar de verdad. El hombre que me había orientado era muy inteligente y confié en él porque era una gran persona y sabía que no me engañaba. Me di cuenta que tenía toda la razón para aconsejarme de aquella forma y eso me dio fuerzas. Era en favor de la verdad y del derecho de mi pueblo al que, a pesar de estar al lado de la capital del concejo, a una pequeña distancia de 400 metros, tenían abandonado, sin agua, sin alcantarillas. Hasta con poca energía para la luz, era muy pobre, para las casas, las bombillas más bien parecían velas. Pues si ya en ese tiempo teníamos luz en casa había sido gracias a que yo la había pagado. Tampoco teníamos alumbrado en las calles, pues ni siquiera había fuerza en la tensión que alimentaba las casas. Cuando vine a este pueblo y después de hacer la casa, solicite energía industrial. La Empresa ERCA me dijo que si quería energía que tenía que pagar 8.800 pesetas por la diferencia del nuevo transformador. Alegando que el que había no tenía potencia muy pobre, no servía ni para poder leer por las noches.

Parecía como si nuestro pueblo no constara en el mapa. Los de la compañía ERC. Que eran los que cobran el beneficio de más consumo de todo el pueblo, no tenían derecho a cobrar nada sino, a dar un servicio normal al pueblo. Pero si quise dar más energía a mi pueblo yo la tuve que pagar.

 En aquellos tiempos hacían lo que querían sin que nadie tuviera derecho a nada más al que ellos imponían. Aquella cantidad de dinero era mucho para esos tiempos y sobre todo para mi débil economía. 

Cuando me alejaba, aquel hombre que me apreciaba y que quería ayudarme de verdad, se acercó de nuevo y me dijo:

-No te acobardes, no se trata de una mentira para lucrarte tú, sino de una maniobra un tanto política para defender los derechos de tu pueblo y no te olvides de que tienes toda la razón para exigir ése agua que a todos nos es tan necesaria. Sigue adelante y vencerás. En este caso, me dijo, el único que engaña es él porque es un zorro político. Lo tuyo no es una mentira, solo es una forma de luchar por la verdad y el derecho de un pueblo.

Una vez que todo estaba a punto para meter la tubería, bajé al despacho del Alcalde. Le expliqué que todo estaba en orden para comenzar la instalación de la tubería. Sorprendido me dijo:

-¿Cómo se empezó esa obra sin autorización?

-No lo sé. El pueblo se puso y lo hizo. Lo malo es que si no actúas con rapidez podemos parar el  Pozo sin querer. Parece que vine una tormenta que va a llover mucho y es peligroso, pueden  hundirse los muros y dejar la carretera bloqueada.

A pesar de su gran sorpresa, dijo:

-Pero, si no tengo el aparejador porque está de vacaciones y además estamos enfadados. Yo no puedo llamarlo.

-Eso no es problema, yo le llamaré. El me debe favores. Somos catorce hermanos y todos le dimos la obra de nuestras casas, acaba de hacer la última de uno de mis hermanos, la que yo mismo lleve su administración técnica con él. Dime donde está de vacaciones y lo busco.

Me dijo donde podía encontrarlo. Yo no tenía carnet de conducir, sí teníamos ya nuestra primera furgoneta, una Seata 600, muy buena, por cierto. Llamé al conductor para que me llevara. 

Me costó rodar toda la mañana, pero al medio día dimos con D. Isaac, el aparejador. Le conté lo que había y le dije que  sentía mucho el molestarle, pero que se trataba de un apuro y que yo mismo le pagaría. Me dijo que no me preocupara, que al día siguiente, a las 9, llegaría sin falta. Prepara me dijo: todo lo necesario para hacer el presupuesto, incluido la cinta métrica.

-Le dije que solo hacía falta su presencia. Le di las gracias y me fui contento y tranquilo, pues la gran nube quedaba atrás. A las nueve, como había prometido, allí estaba, El Señor Isaac Aparejador del Ayuntamiento. Fue un caballero con migo se porto muy bien, aunque quise pagarle no me cobro nada y muy atento hizo todo para ayudarme como tenía que ser. Lo que mucho le agradecí. Medimos, bajamos al Ayuntamiento y mandó al camión a buscar la tubería a Gijón. Me ayudó desinteresadamente y me dijo:

Arsenio, me alegro mucho que hayas conseguido el agua, siempre considere que era una pena que un pueblo tan cerca de la villa no le diera agua. Presta ayudarte me dijo: porque eres muy emprendedor, además de trabajar mucho. Tendió su mano para saludarme y me dijo: en hora buena amigo, bien te lo mereces, ya tienes agua. Si precisas algo me llamas.

Muchas gracias Isaac, Nunca olvidare el gran favor que acabas de hacer.

Es digno de destacar la actuación de este D. Isaac el Aparejador. Siempre lo, recordare con afecto por lo noble y atento que siempre fue con la gente de estos pueblos. Le conocí muchos años trabajando y siempre cumplió con su deber.