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Archivo mensual: diciembre 2013

Dije a Caso: Quiero evitar que mi nombre sea pronunciado por causas ajenas a mí. Porque sin sentido de la responsabilidad ni saber la verdad me dieron a maza. Es vergonzoso cómo actuaron algunos. Estoy muy dolido. Algunas veces somos peor que los mismos animales. Tengo un disgusto tan grande que no soy capaz a echarlo de mi cerebro. He pasado muchas noches sin dormir. He trabajado como un esclavo para tenerlo limpio al máximo, para que encima reciba este palo.

-Mañana por la mañana entraré en el río con una pala mecanica para eliminar esos olores. A ver si ya me dejan en paz de una vez. Quiero que tengas en cuenta que mi sufrimiento fue doble, porque con un problema de esta envergadura, pudieron haberme cerrado la ganadería y hubiera sido mi ruina.

Al pasar por delante de otro contenedor, que estaba en la otra parte de la plaza, levanté la tapa y le dije:

-Este huele que asfixia. 

-Déjalo, por favor, ahora no me atormentes tú a mí, me dijo muy disgustado.

 Después de comprobarlo fuimos a ver al Alcalde. Ya era casi de noche. El señor Caso, muy disgustado por su patinazo, con honradez y dinamismo le dijo:

-Arsenio es inocente de lo que le acusamos y delante de ti, le pido perdón. Le hemos hecho sufrir mucho y el hombre tan cumplidor lo sintió. Me ha dejado asustado con sus recursos para resolver las cosas, para luchar y demostrar la verdad. Pude comprobar que lo tenía muy bien estudiado, por eso él estaba tan seguro de no ser el culpable. Siguió luchando para demostrar su inocencia aun después de saberse libre de todo cargo. Mañana va a meter una pala mecánica en el río para tapar y eliminar la cantidad de basura que hay y que atormenta con sus malos olores. Dice que, después de quitarlos, le dejen en paz. Su gran actuación bien nos dice lo mucho que sufrió.

El Alcalde me dió las gracias y me felicitó

-Me alegro mucho de que así sea. Ya te quedas libre y tranquilo.

Añadió el Alcalde: Arsenio ¿pediste permiso para entrar en el rio?

-Si, ya se que está prohibido, pero solicité permiso y me lo concedieron despues de exponer el motivo.

Nos despedimos y todo quedó bien aclarado. Nunca más me molestaron y cada vez que bajaba a la Villa y me encontraba con el señor Caso, por lejos que estuviera, venía a saludarme. Aquellas entrevistas habían sido duras para los dos y él también sufrió. Pero fue lo suficiente para que conociera mi forma de ser y de trabajar con realismo y dignidad.

Al día siguiente era miércoles, día de mercado. Era un día hermoso y soleado de primavera. La gente paseaba por los alrededores de la plaza y miraban lo que casi ninguno conocía. Por el margen izquierdo del río Nalón atravesaba una máquina paleadora que era la única de la zona y hacía muy poco que había llegado a nuestra tierra. Yo iba al lado del maquinista, de traje y corbata como siempre.

El ingeniero me había dejado una funda nueva y unas botas, para no mancharme. Al momento estaba la balaustrada llena de gente que miraba sin saber a dónde íbamos ni a qué. Cuando atravesamos el agua me bajé para dirigir la obra que evitaría las críticas que tanto me habían machacado. El palista bajó de la máquina para que le indicara el trabajo a realizar. Recorrimos el trayecto y le expliqué cómo lo haríamos. Seguidamente comenzó la máquina a trabajar. Algunos de los que miraban y que seguramente me habían denunciado, me llamaban y decían: “Arsenio, deja una entrada para bajar al río”. Aquello supondría hacer un montón de tierra al lado de la balaustrada para poder bajar los pescadores.

Yo ni les miraba. Estaba herido, harto de sufrir. Solo me faltaba eso: dejarles un paso para depositar más basura. Dejé aquello totalmente limpio en menos de dos horas. Subí de nuevo a la máquina y, sin decir ni hasta luego, atravesamos el río y nunca más hubo allí malos olores. Les di una lección. Se terminaron las denuncias y las críticas. Algunos pensaban que me haría rico con aquella ganadería. Era envidia, me decían algunos, pero sin pensar en la esclavitud y los duros problemas de un ganadero pobre y esclavo porque lo que está a la vista, no necesita candil, así decían los antiguos. Fui un esclavo, además visto y comprobado por un gran público ya que alrededor de todos estos trabajos estaba el personal del Pozo que bien conoció como trabajaba un hombre sin las dos manos, dando lecciones a alguno que nunca valió más que para criticar sin sentido.

El señor Caso era un gran hombre y muy inteligente. Se había equivocado pero fue noble y gallardo al reconocer y comprobar la verdad. Luchó por una causa que creyó justa. Quedamos como amigos y lo seríamos siempre hasta que murió. Que por cierto murió siendo joven y lo sentí mucho.

Me costó trabajo seguirle pero por educación le seguí, seguro de vencerlo, pero de otra forma. Caminamos paseo arriba y nos encontramos con uno de Blimea, que trabajaba en el Pozo Cerezal, al que yo le había dado vales de carbón y el libramiento alguna vez. El Jefe le preguntó:

-¿A qué huele aquí, señor?

El tío no se dio cuenta de que era yo y dijo:

-A los cerdos de aquella granja que está al otro lado del rio.

-Ahí lo tienes, Arsenio, dijo Caso.

-¿Que voy a tener, si éste no conoce los cerdos ni por el rabo? ¿Qué sabe él?

Aquel hombre se marcho sin decir nada. Nosotros seguimos y nos encontramos con Valencia, el Guardia Civil, y su mujer. Caso les preguntó:

-¿A qué les huele aquí?

-Lo que huele aquí no es de la granja de Arsenio. Estás confundido, dijo Valencia al Jefe de Municipales. Yo conozco todo lo que tiene allí y te aseguro que no es de su ganadería. Y agregó: este hombre siempre lo tiene impecable. Arsenio no se duerme en los laureles, sabe manejar las cosas y no quiere problemas, le dijo.

Valencia era buena persona y conocía todo aquello. Sabía de lo que me acusaban sin ninguna razón. Recuerdo que una tarde vino con otro compañero a ver la ganadería, porque les gustaba ver todo aquello y me dijo: ¿Cómo es posible que te acusen de los olores de Sotrondio si no los hay ni aquí?

-Nosotros pasamos por allí muchas horas en servicio de vigilancia de industria y nunca nos habían molestado ninguna clase de olores. ¿Por qué iban a pasar el río? Le dijo.

El otro seguía en sus trece y continuamos por el camino equivocado claro.

-Por favor, dejemos de hacer el pavo y vayamos a los puntos clave, donde está el problema le dije. Yo lo tengo controlado y lo va a ver en un momento, para que de una vez terminemos con esta odisea.

Por fin conseguí que dejara de seguir entrevistando a la gente.

Llevé a Caso a los desagües del reguero de la Güeria de Blimea que desemboca en el río Nalón. Allí el olor era insoportable.

-Aquí tiene usted uno de los malos de verdad.

-Si, es cierto que no se puede soportar.

 Siguamos un poco más adelante, solo unos 15 metros. ¿Qué te parece este otro?

-También molesta mucho.

-¿Sabe de dónde viene éste? 

-No lo sé, dijo, tan malo es que no sé ni que es.

-Yo si lo se. Es de las escombreras del antiguo Pozo Barredos que están quemando. Cuando sopla el nordeste, en mi casa huele hasta en la cama y como tú mismo puedes comprobar, es muy molesto. ¿Lo entiendes, verdad?

-Sí, es cierto.

-Ya tenemos dos comprobados, el de los desagües y éste. Vamos a por el tercero que es el peor de todos y del que vosotros soy los responsables, no yo, como tú dices. Éste de la orilla del río junto con estos otros dos son los que os dejan fuera de combate y que demuestran la verdad. 

Llegamos a la altura de la plaza cubierta y salté como un corzo por encima de la balaustrada. Él casi se asusta y me dijo:

-Te vas a hacer daño, ¿Cómo saltas así?

-No me pasa nada, me crié en el monte. Allí es donde mejor estaría y no aquí peleando con vosotros, que me tenéis atormentado y sin culpa ninguna. ¿A caso te extraña que me encuentre nervioso con lo que estoy pasando? 

Llegué y comencé a excavar donde tiraban los despojos del pescado de la plaza cubierta. Los olores que de allí salían eran insoportables. El señor Caso, con el pañuelo en la boca dijo

-Sale y deja de revolver, que te mueres.

-No me muero por esto, pero a veces casi es mejor que sufrir tanto. Así le contesté por encontrarme tan desesperado.

Después de presentarle los puntos clave, salí y le dije:

-¿Qué me dices de esto?

-Es demasiado, mata a un caballo como tú has dicho, dijo mientras mantenía el pañuelo en su boca.

-Ven, que te voy a enseñar el cuarto olor, algo que da aun más vergüenza y pavor, que vosotros teníais que controlar y me lo cargáis a mí. 

Le abrí un contenedor en plena calle delante de la plaza cubierta, en su parte Este y el hedor no se podía soportar tampoco.

-¿Qué opinas? Creo que ya está más que claro, ¿no? ¿Te convences de que no es de mi ganadería, Caso?

-Perdóname Arsenio, eres inocente, siento haberme equivocado. Ahora mismo vamos al Alcalde a decirle la vedad, dijo muy disgustado por el fallo que tuvo.

-Mucho me habéis hecho sufrir. En cuanto me jubile lo abandonaré todo y me largaré de aquí. No volveré más, ni a ver el paisaje. Me siento como un forastero. Jamás hubiera pensado que la gente pudiera ser tan cruel y tan dura conmigo sin razón. Desconfío de todo. No merezco esto, he luchado con problemas muy duros y, a pesar de haber cumplido en todo, me machacáis sin piedad.

-Arsenio, me dijo: poniendo su brazo sobre mi hombro, por favor, no hagas eso. Tú no puedes marchar de tu tierra, aquí tienen que seguir hombres valientes como tú. No hay quien te meta mano, eres invencible, has demostrado tu inocencia y ya nadie te podrá decir nada. No me cansaré de pedirte perdón. Sé que he metido la pata, pero aquí estoy para defenderte, nadie volverá a decir que tu ganadería es la culpable, no lo toleraré. Y que no me manden otra vez tampoco a estas cosas porque no las voy a aceptar. Así se lo haré saber al Alcalde delante de ti y cuando lleguemos al Ayuntamiento te pediré perdón otra vez delante de él.

Después de comprobar lo que había, fue muy noble y me dijo:

-Arsenio, ¿Cómo te las arreglaste para averiguar todo esto? Buscar un mal olor es normal, pero localizar estos tres que se mezclan yo lo considero casi imposible y tú los localizaste, aqui están para mostrarlos a quien sea. Mucho tuviste que trabajar y con mucho tiempo además de entender, porque yo no los distingo, hasta que me los enseñaste, cada uno en sitio diferente.

-No tuve más remedio que perder mucho tiempo recorriendo la zona y controlando las corrientes de aire y los lugares donde podrían estar cada uno de los olores. Lo difícil fue que unos días había un olor y otros, otro diferente. Yo no sabía por qué motivo había esos cambios de olor y eso me descontrolaba mucho. Hasta que a base de días y algunas veces por la noche, me di cuenta que la variación de las corrientes de aire eran las que me despistaban. Pero después de estudiarlo y ampliar el recorrido, los localicé y aquí los tenemos.    

Aquella tarde después de pasar un día de perros y hasta sin comer, la suerte me acompaño. Soplaba el “nordés” y eso fue vital para que se juntaran los tres olores y lo pudiera demostrar con más facilidad, porque luchar con aquel hombre era imposible, además del cambio de los aires que me podían dejar fuera de combate.

Mientras que nos dirigíamos a ver al Alcalde le dije:

-Mi trabajo no ha terminado aún.

-¿Qué piensas hacer? Ya has cumplido con tu deber, demostrando lo que hay.

-No hasta que elimine esos olores del rio. Y a la vez demostrarles que a pesar de machacarme, voy a quitarles los olores que tanto les molestan, pero que no supieron actuar. Deberían de haber reclamado al Ayuntamiento y no echarme la culpa a mi. 

Me machacaron largo tiempo, sin saber por dónde andaban, ni investigar la causa de aquello que decían ser un grave problema por tan malos olores en la villa de Sotrondio.

Que los había era cierto y que molestaban mucho también, pero era problema de las autoridades, ya que mis explicaciones nunca les valían. Lo mismo que yo me molesté y luche hasta que conseguí investigar de donde provenian, ellos tenían la obligación de investigarlo sin culpar a nadie hasta saber la verdad. Pero no fue así, lo más fácil fue buscar un culpable. Y ese culpable era yo, el esclavo mayor del pueblo, que luchaba sin descanso para poder salir adelante. Reventado de trabajo y de problemas, trabajando quince y hasta más horas diarias, ni los domingos tenia descaso.

Aparte de estudiarlo detenidamente, porque sabía lo que iba ocurrir, lo tenía todo bien controlado. Una de las pruebas más claras era la limpieza que había en mi ganadería y la segunda, que a una distancia de 150 metros estaban las oficinas centrales del Grupo minero, donde trabajábamos un montón de hombres: ingenieros, personal de oficina, vigilantes, personal del exterior y los mismos vecinos. Nuca llegaron los olores aquella distancia tan corta. Sabiendo lo que iba ocurrir, había tomado todas las medidas posibles desde el principio para evitar problemas. Sin duda ninguna fui un experto en el tema, porque nunca me gusto estar fuera de la ley.

Pero para cierta clase de gente, parecía no interesarles de donde venían aquellos olores. Alguien se empeñaba en castigarme, bien por ignorancia o por maldad. Aun no lo sé ni nunca lo entenderé.

Fue mucho el daño que sin motivo me produjeron aquellas acusaciones. Me preguntaba cómo podía haber gente de esa clase, que sin saber de donde procedían los olores, me echaban la culpa a mí, cuando yo siempre había procurado ser cumplidor con mis deberes y haciendo favores a todo el mundo que podía y sin hacer daño a nadie. Seguro estaba de que los olores que circulaban no eran de mi ganadería.

¿Cómo pueden pasar estas cosas? Aquellas acusaciones eran lo suficiente como para dejar a una familia en la calle. Eso podía suponer para mí el cierre la explotación ganadera, sin ningún remedio posible. Lo que sería para mí la ruina total. El sueldo que yo ganaba no alcanzaba para uno. Si me quitaran el único medio que tenia para mantener la familia, ¿Qué sería de mí?. Me aterrorizaba solo con pensarlo, sufrí lo indecible durante largo tiempo porque no hacían caso de la verdad y eso es muy grave. Me sentía indefenso, atropellado y sin que nadie se diera cuenta de que yo no era culpable.

Aquello me quitaba de dormir y hasta de comer, hubo un tiempo que viví atormentado de tanto sufrir sin culpa. Un día que estábamos vacunando el ganado, me dijo el veterinario Don Daciano:

-Arsenio, ayer tuve un debate en el Hogar del Productor con el capataz “fulano de tal” (me dijo hasta el nombre del individuo). Dice que los olores que hay por el paseo de Sotrondio que son de tu ganadería. ¡Vaya tío más terco! Por más que le dije que no son de esta ganadería, más apostaba. Le expliqué que conocía toda la explotación, que venía con frecuencia y que todo estaba muy limpio. Que si no hay olores ni allí, ¿cómo iban a llegar hasta Sotrondio? Atravesando el rio Nalón. Pero seguía diciendo que había que denunciarte y cerrarte todo. Le pregunté si no le daba un poco de pena que sin culpa te hicieran una cosa tan fuerte como esa, a un hombre tan trabajador y en las circunstancias que te encontrabas, además del capital invertido. Contestó con despotismo que ese era mi problema y no el suyo. “Hay que actuar con la ley en la mano” le dijo.

D. Daciano el Veterinario. Lo recordaré siempre con un gran afecto por ser hombre serio y muy trabajado. El fue el que vacunó durante años mi ganadería y bien se portó conmigo, porque sabía mi forma de trabajar con realismo y seguridad para no molestar a nadie. Me apreciaba mucho lo mismo que yo a él.

En efecto. A los pocos días me llamó el Acalde del Concejo, Sr. Marino y el Jefe de municipales, Sr. Caso. Los tres reunidos en el despacho del Alcalde, que por cierto me preguntó con mucha prudencia:

-Arsenio, te acusan de que los olores que hay en Sotrondio en el paseo, junto al río, son de tu ganadería. ¿Tú qué dices?

-Que existen esos olores y muy malos, es cierto, y que la gente se queja también, pero mi ganadería nada tiene que ver con ese problema. Rotundamente le aseguro que yo soy inocente de lo que me acusan y lo voy a demostrar. Aunque reconozco que usted tiene que descubrir la verdad, pero yo no soy culpable, lo tengo todo bajo un exhaustivo control.

El Sr. Caso, convencido de que eran de mi ganadería, dijo:

-Arsenio no digas eso porque está demostrado que es cierto. Todo el mundo dice que es de tu ganadería.

-Que digan lo que quieran pero no son de mi ganadería. Aparte de que allí no hay olores, en la oficina tampoco. Está a 150 metros y el aire que casi siempre sopla del norte o de poniente, en dirección a la oficina, los llevaría y nos atormentarían, pero allí no hay olores. Si con las ventanas abiertas no nos molestan para nada, ¿cómo van a molestar al otro lado del río? Hasta el ingeniero, cuando salí para acá, me dijo: “A ver si de esta vez te dejan en paz”, que ya estaba bien de darme la lata y hacerme sufrir sin culpa.

El Sr. Caso no me dejaba alternativa y parecía convencido de lo contrario. Por muchas vueltas que diera no tenía escapatoria. En cambio el Sr. Alcalde le dijo:

-Deja que se explique. Tiene derecho a defenderse y está muy convencido. Arsenio es hombre serio y podría tener razón. Que lo demuestre, como él bien dice.

-Muchas gras, señor. Así será. El señor Caso va claudicar ante la verdad. Yo precisamente detesto las mentiras y a quien las dice, porque no tolero la farsa ni las tonterías.

-De eso nada, Arsenio, no seas terco, no tienes escapatoria. Dijo Caso.

-Ya lo veras. El tiempo es el mejor testigo, le dije muy disgustado por su terquedad, ignorando por completo la realidad de la que yo estaba seguro y en condiciones de enseñarle de donde provenían aquellos olores. Además de demostrarles que no se trataba de un solo olor, sino de tres y de diferentes lugares. Eso fue lo difícil para mí: buscar de donde venían y porque. Debo decir que a pesar de los disgustos que me dieron, esto sirvió para agudizar mi lucha y conseguir descubrir de donde venia todo aquello que apestaba en aquella zona.

Yo nunca había tratado con el Alcalde Sr. Marino, pero me pareció muy inteligente por su parte cómo trató el tema. En ningún momento se comportó con dureza. Creo que a través de mis explicaciones pudo ver una posibilidad de duda y que tuvieran un fallo. Me escuchó con atención y seguramente vio seguridad en mí al decirles que lo demostraría. Hay cosas que se ven claras cuando uno está reventando con la verdad. Este señor fue muy prudente y la prudencia es fruto de la nobleza. Me concedió de buen grado el derecho a defenderme, dando una lección al otro, que empecinado, discutía sin saber la verdad ni atender mis razones. Sin darse cuenta del patinazo que iba llevar, lo que al final le iba producir un disgusto tremendo, por su enorme tozudez.

Nunca más vi al Sr Marino, ni supe de él, pero donde quiera que esté, le deseo tanto bien como el que él hizo conmigo. Nunca le olvidaré porque demostró ser un caballero.

En cambio el Señor Caso en aquella dura entrevista y con una equivocación monumental y desconociendo totalmente lo que ocurría, me dijo muy enfadado:

-Arsenio, a las 6 de la tarde me esperas junto a la plaza cubierta para hacer una encuesta a la gente que pasea por allí, para que veas la verdad y lo equivocado que estas.

-Usted tiene el derecho de investigarlo, pero nunca a través de una encuesta. La gente ignora de donde vienen ni de que son, porque le demostrare que los olores no son de ningún ganado, sino todo lo contrario. Le repito hay tres olores que se mezclan y no es fácil descubrirlo. Cómo lo va a saber la gente, si ni ustedes dieron con ello, le dije.

Nadie se puede imaginar lo difícil que me resultó el descubrir de donde procedían, porque venían de tres focos distintos, lo que me llevo mucho tiempo y paciencia descubrir. Dos de éstos se juntaban a la altura de Blimea y el tercero junto al Puente de los Gallegos.

-Que sea a las 7, le dije, porque hoy se entierra una vecina, Tina la del bar y tengo que asistir al funeral.

Pasé el día sin comer. Estaba muy disgustado por aquel serio problema que no me dejaba ni dormir, temiendo que me cerraran la ganadería.

Salí del funeral y me dirigí al punto donde habíamos quedado pero Caso no apareció. Fui hasta su gimnasio pero no estaba. Fui al Ayuntamiento y tampoco. No se presentaba. Yo quería terminar ya con aquel suplicio que me torturaba. No podía ni parar de lo nervioso que estaba.

Fui de nuevo hasta la vera del río, a la altura de la Plaza cubierta. Bajé al río y comencé a revolver entre la maleza que había, buscando los olores que ya conocía y que tenía que preparar para cuando llegara el Sr. Caso. Tan mal olía que casi me hicieron vomitar. En ese momento pasó mi hija Ana, que venía del Instituto. Ya estudiaban ella y Norberto el Bachillerato. Me vió y sorprendida me dijo:

-Papá ¿Cómo estás ahí?

-Estoy de perro, hija, buscando los malditos olores que quieren emplumarnos. Vete de aquí que te mueres de lo mal que huele. Yo espero al Jefe de Municipales para presentarle los lugares de donde vienen.

Caso tardó un rato en llegar. Al verle salí del río. Nos saludamos. Observé que venía con los mismos fueros de la mañana. Le invité a que viera lo que había pero dijo que primero haríamos la encuesta a la gente para convencerme de su razón.

Sin darse cuenta de su ignorancia, cada vez que decía aquellos disparates, era como si me diera un mazazo en la cabeza. Es de tormento el soportar tanto daño cuando sabes la verdad.

-¿Qué encuesta ni qué demonios a la vela, señor? Eso es una pantomima. No sirve para nada. Las cosas hay hacerlas buscando el motivo y así no se encontrará. Ya me canso de decirle que se lo voy a demostrar y no vale más que lo que usted dice. Esta usted machándome y no me deja mostrarle la verdad. Yo, como todos, tengo derecho a defenderme.

 

Una tarde ya de noche y después de cebar el ganado, me encontraba alimentando una de las estufas con estiércol, cuando llegó Gonzalo Mori distribuidor del los pienso. Me saludó mientras miraba lo que hacía y me dijo:

-Pero ¿qué quieres, apagarla?

-No, todo lo contrario, la estoy alimentando.

-¿Cómo es eso? Explícame porque no entiendo nada. ¿Cómo es que pueda quemar ese estiércol que está pingando?

Le expliqué cómo era el proceso y se quedó alucinando. No sea creía lo que estaba viendo me dijo: A los pocos días  vino con dos señores de la casa central del pienso de Barcelona, a ver mi pequeño invento. Al presentarlos dijo: Estos dos señores son los jefes de la casa y vienen a ver el invento y también al inventor, porque esto no se puede creer si no se ve.

Pasaron y miraron todo con mucho detalle. Quisieron conocer todo el proceso. Les expliqué cómo funcionaban.

-Un sistema muy fácil, dijo uno:

-Sí que es todo muy fácil, dijo su compañero, después de saberlo, lo difícil es diseñarlo y más todavía, pensar que un estiércol con tanta humedad, casi en caldo, pueda quemar.

Puede decirnos señor, como descubrió este invento, porque es casi como pensar que arda el agua, si lo pensamos fría mente, es increíble lo que usted saco.

Todo sale de la necesidad, los ganaderos lo tenemos muy apretado para sobrevivir, algo hay que hacer, el resto de las energías para producir calor son muy caras y con este tipo de negocio no se pueden pagar, ya va muy justo. Por eso me puse a ver si conseguía algún remedio que me sacara del apuro, ya que sin calor aquí no se logran los cerditos y las bajas son elevadísimas. El frío es la ruina del ganadero.

Después de dar vueltas y pensar como podía solucionar el problema del frio. Recordé aquellos tiempos de de niño por las montañas con el ganado. Donde pasaba mucho frio y tenía que atizar el fuego. Me di cuenta que el estierco de los caballos quemaba con cierta facilidad y que duraba mucho según el grado de humedad que tuviera. Esa fue la forma de descubrir aquel sistema.

-Eso está muy claro, el frio arruina una ganadería si no se toman medidas.

Les resultó doblemente curioso. Ellos mismos lo dijeron:

-Señor, es usted un águila, es muy importante haberle conocido, le felicitamos no solo por lo que ha hecho en estas naves, sino también por su forma de ser, que la consideramos muy importante. Tiene usted un mérito incalculable. Con su inteligencia debería estar en otra parte, es una lástima que se pierda algo tan importante en el oficio de ganadero.

Muchas gracias señores, es lo que hay después de lo ocurrido, gracias puedo dar al cielo por poder trabajar y manejarme por mis propios medios.  

¡Claro que fue algo importante para mí en aquellos tiempos tan apurados! Lo estaba pasando mal y eso me libró de las pérdidas tan enormes que producían las bajas de los pequeños y el gasto en medicinas. Estas estufas fueron de una importancia incalculable. Pasó de producir pérdidas económicas a ser rentable, pues con estas se ahorraba mucho dinero y los dichosos cerditos me ayudaron a salir de la pobreza y aunque tuve que trabajar mucho, pude vivir de mi propio trabajo.

Lo que mucho me extraño, fue la rápida visita de aquellos señores desde Barcelona y con tanto interés, después de ser conocido el invento por uno de sus distribuidores de pienso. Hasta es posible que lo quisieran copiar, no lo sé, nada me dijeron al respecto, lo único que observe fue que lo estudiaron con todo detalle.Una tarde ya de noche y después de cebar el ganado, me encontraba alimentando una de las estufas con estiércol, cuando llegó Gonzalo Mori distribuidor del los pienso. Me saludó mientras miraba lo que hacía y me dijo:

-Pero ¿qué quieres, apagarla?

-No, todo lo contrario, la estoy alimentando.

-¿Cómo es eso? Explícame porque no entiendo nada. ¿Cómo es que pueda quemar ese estiércol que está pingando?

Le expliqué cómo era el proceso y se quedó alucinando. No sea creía lo que estaba viendo me dijo: A los pocos días  vino con dos señores de la casa central del pienso de Barcelona, a ver mi pequeño invento. Al presentarlos dijo: Estos dos señores son los jefes de la casa y vienen a ver el invento y también al inventor, porque esto no se puede creer si no se ve.

Pasaron y miraron todo con mucho detalle. Quisieron conocer todo el proceso. Les expliqué cómo funcionaban.

-Un sistema muy fácil, dijo uno:

-Sí que es todo muy fácil, dijo su compañero, después de saberlo, lo difícil es diseñarlo y más todavía, pensar que un estiércol con tanta humedad, casi en caldo, pueda quemar.

Puede decirnos señor, como descubrió este invento, porque es casi como pensar que arda el agua, si lo pensamos fría mente, es increíble lo que usted saco.

Todo sale de la necesidad, los ganaderos lo tenemos muy apretado para sobrevivir, algo hay que hacer, el resto de las energías para producir calor son muy caras y con este tipo de negocio no se pueden pagar, ya va muy justo. Por eso me puse a ver si conseguía algún remedio que me sacara del apuro, ya que sin calor aquí no se logran los cerditos y las bajas son elevadísimas. El frío es la ruina del ganadero.

Después de dar vueltas y pensar como podía solucionar el problema del frio. Recordé aquellos tiempos de de niño por las montañas con el ganado. Donde pasaba mucho frio y tenía que atizar el fuego. Me di cuenta que el estierco de los caballos quemaba con cierta facilidad y que duraba mucho según el grado de humedad que tuviera. Esa fue la forma de descubrir aquel sistema.

-Eso está muy claro, el frio arruina una ganadería si no se toman medidas.

Les resultó doblemente curioso. Ellos mismos lo dijeron:

-Señor, es usted un águila, es muy importante haberle conocido, le felicitamos no solo por lo que ha hecho en estas naves, sino también por su forma de ser, que la consideramos muy importante. Tiene usted un mérito incalculable. Con su inteligencia debería estar en otra parte, es una lástima que se pierda algo tan importante en el oficio de ganadero.

Muchas gracias señores, es lo que hay después de lo ocurrido, gracias puedo dar al cielo por poder trabajar y manejarme por mis propios medios.  

¡Claro que fue algo importante para mí en aquellos tiempos tan apurados! Lo estaba pasando mal y eso me libró de las pérdidas tan enormes que producían las bajas de los pequeños y el gasto en medicinas. Estas estufas fueron de una importancia incalculable. Pasó de producir pérdidas económicas a ser rentable, pues con estas se ahorraba mucho dinero y los dichosos cerditos me ayudaron a salir de la pobreza y aunque tuve que trabajar mucho, pude vivir de mi propio trabajo.

Lo que mucho me extraño, fue la rápida visita de aquellos señores desde Barcelona y con tanto interés, después de ser conocido el invento por uno de sus distribuidores de pienso. Hasta es posible que lo quisieran copiar, no lo sé, nada me dijeron al respecto, lo único que observe fue que lo estudiaron con todo detalle.

La opresión y dictadura en el trabajo de algunos hombres sin corazón ni sentimientos, es capaz de machacar al más débil. Recuerdo a un hombre que llegó a la oficina una tarde de invierno de mucha tormenta. Me saludó y pidió que le pasara a ver al jefe de sector.

Está en una reunión, pasara en cuanto termine. Llegado el momento y le pregunté el motivo por el que quería ver al jefe. Dijo: que trabajaba en el Pozo Cerezal y que vivía en pueblo de montaña lejano, del concejo de Laviana, que llevaba dos días sin trabajar porque le habían destinado a rellenos “rellenar una rampla”a las 11 de la noche. A esa hora no tenía servicio de camión para desplazarse. No tenia bicicleta ni sabía manejarla por lo que no podría asistir a su trabajo. Le anuncié al jefe y dijo que ese era problema de los jefes del Pozo. Así se lo comunique. Aquel hombre se quedó sentado sin decir nada. Yo seguía a lo mío. Cuando le volvía a mirar vi que estaba llorando y le pregunté:

-¿Qué le pasa, señor? ¿Por qué llora?

-Porque soy muy desgraciado, todo me sale mal. Me marche al Canadá, vendí lo que tenía para pagar el pasaje pero allí enfermé porque no me asentó el clima y tuve que venir a trabajar a ese Pozo. No me dieron trabajo para el Pozo Carrio donde yo trabajaba antes de marchar. Me destinaron al Pozo Cerezal, diciendo que tenía servicio de camión y que era allá donde hacía falta personal. Nadie quiere saber nada de este problema y si no trabajo esta noche a las 11 quedo despedido. Ya llevo así tres días, pero no puedo venir andando desde aquel lejano pueblo.

Me dio tanta pena que le dije:

-Por favor deje de llorar, porque usted va a trabajar, no le pasará nada. El jefe es muy buena persona y no permitir que pierda su trabajo. 

Pasé hablar con mi Jefe y le dije: lo que sufría aquel hombre.

-Un joven Ingeniero Madrileño, D. Manuel Fernández, una exente persona. Perdone que le moleste, es posible que no me hay explicado bien, sobre el problema de esta productor de pozo cerezal. Si no trabaja esta noche se queda despedido por llevar tres días sin poder trabajar, ya que vive en a unos quince kilómetros y no tiene servicio de camión a ese relevo de las 11 de la noche. Problema que expuso a los jefes pero que no le atendieron y por eso viene a exponérselo a usted. Yo creo que no le podemos dejar en la calle y sin trabajo, es padre de familia, tiene mujer y dos niñas y creo que es un gran hombre y buena persona, vi como lloraba, me dio mucha pena.

Perdona Arsenio, no te entendí bien, estaba distraído trabajando, muchas gracias dijo: que pase. Cuando ya el interesado le contó su problema: Don Manuel le dijo: perdone señor, no había entendido bien el problema, vaya mañana a su relevo de las 6 de la mañana en el camión que le corresponde, yo hablaré con el ingeniero y cobrará los tres días como si los hubiera trabajado.

Muchas gracias señor, me saca de un duro problema, no dispongo de dinero y me encuentro muy afectado porque no tengo suerte para nada. 

-Las gracias son para Arsenio, que es hombre con muy buen corazón y no dejó que usted se marchara con su problema.

Cuando el señor salió del despacho, mi Jefe me dijo:

-Arsenio, has hecho una cosa muy importante, yo estaba ocupado trabajando y no entendí bien el tema. Casi nos cargamos el trabajo de ese hombre sin darnos cuenta, pudo haberse ido y quedar sin su trabajo, bastante mala suerte tuvo al irse a Canadá y tener que regresar, lo siento mucho.

Muchas gracias señor por resolver el problema de este hombre. Usted es quien de verdad hizo el bien, con atención y nobleza, por eso me atreví a exponérselo con todo detalle. De corazón le digo que si todos los jefes fueran como usted el mundo seria de otra forma.

Aquel Jefe siempre trató a los obreros con cariño de hombre noble, prudente y atento. Fue siempre muy trabajador y gran persona, por lo que fue muy apreciado. Precisamente este gran hombre, siendo Jefe del Pozo me había ayudado, autorizando que el taller de la empresa me ayudaran con las pruebas de mis proyectos para las prótesis de mis manos. En este tiempo ya era jefe de sector. Este señor es probable que viva en Madrid. Me gustaría volver a saludarlo. Darle las gracia por lo bien que se porto con todos nosotros y recordar aquellos tiempos ya tan lejanos.

Aquel trabajador estaba esperando, cuando salí del despacho, se acercó y me dio un abrazo y me dijo:

-Nunca le podré pagar el bien que me ha hecho, señor.

Sin que me diera tiempo a decir nada me preguntó dónde vivía. Me di cuenta de por qué lo preguntaba y le dije:

-Usted no tiene nada que pagar ni agradecer. Yo he cumplido con mi deber, se trata de de su trabajo, una cosa muy seria y muy razonable: El deber de la gente es el ayudarse unos a otros y el que no lo entienda así, va por la vida confundido, por ese motivo hice lo que me correspondía hacer. Yo también trabaje siempre en la mina y me toco pelear con algún canalla. Le ruego que si quiere que le siga ayudando en lo sucesivo, se vaya tranquilo y no intente pagarme nada, ni hacerme ningún regalo, porque eso no lo admito y, créame, siempre he sido así. No soporto a los chupones ni mangantes. Lo importante es que ya todo se arregló, si tuviera algún problema venga por aquí de nuevo.

Se fue pero al día siguiente, que por cierto seguía la tempestad que ya duraba varios días, a las 11 de la mañana se acercó una mujer y una niña. Saludaron y me preguntaron:

-¿Es usted Arsenio?

-El mismo le dije.

-Soy la mujer del que estuvo aquí ayer y que muy agradecido está de usted. Le traigo un pequeño regalo porque somos pobres. Solo le traigo unos chorizos, morcillas y avellanas.

Les contemplaba con pena y sobre todo al decirme que eran pobres. Le parecía poco lo que traía. Cuando lo normal sería no traer nada.

Sentí mucho no poder admitirles nada, pero no podía ser de otra forma. Aunque haya quien no lo  entienda. Me resultaba duro devolverlo, pero no podía hacer otra cosa. Eso está por encima de todo, nunca lo soporté. Es más nunca vi con agrado a quien tenía el vicio de chupar a los demás. Nunca me olvide de uno que cobraba 15 pesetas a los que solicitaban alguna cosa a la empresa,  tablas hierro o lo que fuera. Solo por rellena r un simple papel. Aquella actuación yo no la podía soportar pero nada podía hacer. Hasta que ya mas tarde compre mi maquina de escribí y les rellenaba lo que precisaran, pero como tiene que ser. Ayudando al que no puede o no sabe hacerlo.

La pobre mujer seguía insistiendo y no era capaz a convencerla. Hasta me dijo que si las despreciaba. Eso no me gusto y le dije:

-Por favor, yo también soy minero y pobre, ¿cómo me dice eso? Lucho por los que necesitan ayuda, no por regalos. Me parece demasiado bajo aprovecharse del necesitado. Así que no hay más que hablar.

Cogí el teléfono y llamé a mi hermano que estaba en uno de nuestros almacenes. Le dije que viniera para llevarlas hasta el autobús “el carbonero” para evitarles la tormenta que había y que se mojaran más ya que no les valía ni el paraguas que traían. Cogí una de sus bolsas y las ayudé hasta el Land Rover. Se alejaron sin dejar de mirarme, sorprendidas al no haberme visto nunca, seguro que les llamó mucho la atención mis manos de acero, como a todo el que las ve por primera vez. Al marido nunca más lo vi, a la señora la vi después de unos años trabajando en un bar y me saludo pero sin hablar nada con ella.