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Arsenio Fernández

Visita de Ferino, el ferretero de Barredos. Ya hacía tiempo que me decía: Arsenio, no me  quedaré tranquilo hasta que por mis  propios ojos compruebe lo que estás haciendo en tu obra.

-Vale, cuando quieras, todo está en orden, le dije.

 Le di las gracias de nuevo por despacharme rápido y antes que a otros clientes y me fui a mi trabajo hasta la una del mediodía, cuando llegaría él a visitar la obra. Llegó puntual. Cuando salí de mi casa para volver a la obra y trabajar hasta las tres, sentí su vespa. Le abrí el portón, dejó la moto y fuimos a las naves que estaban muy cerca. Cuando vio aquella obra puso las manos en la cabeza y dijo:

-Sí es cierto que tú haces esto, los que tenemos manos no valemos nada a tu lado, Arsenio, sigo diciendo lo de antes, quiero ver como sierras un tubo, cómo lo roscas y cómo lo colocas en su sitio, aunque llegue tarde para abrir la tienda, pero esto no me lo pierdo.

-Ahora mismo lo verás y no tienes porqué llegar tarde, en un momento podrás comprobar lo que hay, le dije.

Cogí un tubo de pulgada y de seis metros de largo, lo coloqué en la mordaza, lo medí y con el paique (la sierra de mano), lo serré. Eché un poco de aceite a la terraja y di rosca. Puse el cáñamo, le di con minio por sus dos partes, le coloqué una T, lo rosqué en su sitio, cogí el pico y continué haciendo zanja.

Ferino dijo:

-¡María Purísima! Hay que verlo para creerlo. El arte que pones con esos aparatos no lo puede creer más que el que lo ve. ¡Si lo haces mejor que algunos con manos!

Se le hacía imposible.

-Tú naciste superdotado, muchacho. No tiene otra explicación. Creo que nadie puede trabajar con la rapidez con que tú lo haces en esa situación. Es imposible el arte que tú tienes. Lo único que te pido es que me perdones por no poder creer lo que tan cierto es. Después de comprobarlo ya me voy muy contento al saber lo fácil que te resulta el trabajar, también por ser tu amigo. Se acercó  medio un abrazo y me dijo de nuevo.

-No me canso de pedirte perdón, me marcho asombrado de saber el arte que pones para trabajar. Si antes a todos nos parecía imposible el que conduzcas tu coche, esto sí que es más difícil, es increíble. Se marchó y a partir de aquel día cada vez que iba a su tienda decía:

-Arsenio, cuando los clientes me presentan un problema y no lo puedo resolver, los mando a tu casa diciendo “ir a Villar, Arsenio tiene remedio para todo”. Les cuento cómo trabajas y no lo creen.

-Ya sé que no lo creen. Tú tampoco lo creías pero no tiene ninguna importancia, lo bueno de todo esto es que yo puedo trabajar aunque resulte imposible a la gente.

-Sí que la tiene y mucha, entre la gente hay apuestas, unos a favor y otros que dicen que no puedes hacer lo que se dice.

-Pues hay buen remedio para el que no lo crea, que vayan a verlo como fuiste tú, y de paso que me ayuden, que buena falta me hace. Ya conoces el trabajo que se necesita para montar una industria de esta envergadura. Por que miren no les cobro nada y seguro que alguno aprenderá algo de cómo se trabaja.

-Claro que sí, solo con ver tus movimientos para trabajar ya se aprende, porque das clase de cómo se hacen las cosas. Lo tuyo es de película Arsenio, no se conoce otra cosa igual, aparte de lo hábil que eres para trabajar, lo que más me llama la atención y comento aquí con mis clientes, es cómo se las arregla ese hombre que sabe de todo. Nada se le pone por delante. Otra cosa que me llama la atención dijo.

-¿Dónde aprendiste esos múltiples oficios si tu siempre fuiste minero?

-Se aprende, Ferino, a medida de que uno trabaja, todo es proponérselo.

-Algo así será porque tú eres muy joven y trabajando siempre en la mina no pudiste tener tiempo de aprender, hasta para eso naciste con habilidad amigo, como te dije el día que vi tu obra. No hay más explicación que una: que tú naciste superdotado y sigo manteniendo lo que te dije, a ti y a muchos, que los que tenemos manos no pintamos nada a tu lado.

-Hay gente muy buena en todos los trabajos, pero lo que hace falta es querer.  

Ferino fue una gran persona. Durante toda su vida fue un gran trabajador y muy sincero, decía las cosas como son, por eso yo no le tomaba en consideración cuando dudaba de mis afirmaciones respecto a mi trabajo. Aunque conocía mi forma de ser y cómo trabajaba por mis antiguos compañeros, aquello no lo podía asimilar hasta que no lo vio.

Me apreciaba mucho, como yo a él. Tenía mucha pasión por la gente que trabaja, también apreciaba mucho a sus clientes y era uno de los más baratos de la zona. Muchas veces me decía:

-Tu nombre aquí esta permanente, nadie se olvida de ti, si no saca tu nombre uno, se acuerda otro, ya eres más conocido que el pupas. Hasta entra gente que no te conoce, pero al oír hablar de tus trabajos, preguntan cómo puede ser que sin manos puedas trabajar. Te has hecho popular. Algunos dicen que si no fuera porque no se atreven les gustaría ir a verte trabajar.

 -No hay ningún problema, que vayan. Ya estoy acostumbrado a recibir visitas de esa clase y hasta de partes lejanas vino gente a ver el de las manos trabajar. Así mismo me lo dicen porque es la verdad.

Mi primer oficio fue el de arriero con diez años, pinche en la construcción, pinche en el exterior del Pozo San Mames, ramplero, espoliador, rellenita, picador y en cargado, industrial (pobre, vinotero) ganadero, soldador, fontanero, albañil, fabricante de abonos químicos y de piensos para nuestra ganadería, contratista de obra, artesano. Casi trabaje en todos las profesiones. Camionero en el último año antes de retirarme.

Cuando estaba montando la nueva ganadería al construir las instalaciones de fontanería, le compraba los materiales a Ferino el ferretero de Barredos. Había pedido presupuesto de estos materiales en alguna parte más y él era el más barato en aquel tiempo de nuestra zona. Se trataba de una obra con capacidad para ochocientos cincuenta cerdos, incluyendo los doscientos que ya había en otra nave, setenta madres, tres verracos, mil gallinas y quinientos pollos, además de cuarenta terneros culones, otras tantas terneras y algunas reproductoras de vacuno y treinta ovejas.

A Ferino no le extrañó demasiado los metros de tubería, una gran cantidad para una instalación de esa envergadura, lo que le llamó mucho la atención, fue que dónde podría meter tantas tés, codos y manguitos, y como podría yo hacer tantas roscas sin manos y con mis aparatos. Él sabía que la terraja era dura de manejar y se le hacía imposible que yo lo consiguiera. Una mañana llegué a buscar más maguitos codos y tés. Tenía mucha gente para despachar, les saludé y Ferino, me dijo.

 -¿No vendrás a por más tés y manguitos?

-Pues sí, de momento preciso 40 tés 15 codos y 8  manguitos.

-Será broma, Arsenio no te lo creo.

-No es ninguna broma Ferino, estos son para estos días, más tarde vendré a por el resto, todavía me queda mucha obra por hacer.

Se quedó asombrado y me dijo:

-Arsenio, ni aunque los comieras amigo, nunca vi cosa igual. Dirigiéndose a la gente les dijo.

-Encima dice que es él quien los coloca en su instalación.

-Perdona, yo eso no lo creo. Anteayer llevaste un montón de material y ya vienes a por más, no lo entiendo.

-Tú no lo entenderás, pero yo soy el que los pongo y los pago.

-Sí, es cierto que me los pagas y al contado, pero que gastes tantos y que los pongas tú es imposible.

-Imposible Ferino, solo es lo que no existe, despacha pronto a esta gente que tengo prisa, estoy de servicio, vine a las oficinas del Pozo Cario y aprovecho para llevar este material para trabajar por la noche, ando mal de tiempo para tanto trabajo.

Ferino, con una sonrisa dijo:

-¡Encima trabaja de noche y no duerme!

-Sí que duermo, da tiempo a todo, la cosa es organizarse.

-Este hombre es de acero, dijo: ferino, trabaja mucho, es cierto, ya era en la mina “un vaca”. Eso se dice en términos mineros, de un buen trabajador. Así lo dicen vecinos míos que trabajaron contigo. Perdonadme dijo: a la gente, voy a despacharle, tiene prisa, está trabajando no vaya a ser que por nosotros pierda tiempo.

-Gracias Ferino, y también a los clientes se lo agradezco de verdad.

Al pagarle los materiales y darme la vuelta del dinero, dijo:

-Arsenio, eres un buen cliente mío y te aprecio mucho. Pero sigo sin poder creer lo que me dices, que estás solo haciendo esta obra que a juzgar por el material que llevas, es muy grande. ¿Me das permiso para que hoy, después de cerrar a la una, para ver tú obra?

-Permiso concedido, no hay ningún problema. No eres el pimero que vistan mis trabajos, porque como tu, tampoco puefe crerse que yo pueda trabajar, nada mejor que verlo. Mejor que bayas a la una y media, porque a la una salgo de trabajar y mientras me cambio la ropa y como algo pasa ese tiempo y así podrás ver también como sierro la tubería y le doy rosca, que parece ser que es lo que más te llama la atención.

-Cierto, me parece imposible que con esos aceros puedas mandar tanta fuerza como para serrar tubos de pulgada con la sierra de mano y más aún darles rosca con lo duro que es la terraja y lo que da que hacer a los que tenemos fuertes brazos. Allí me tendrás a esa hora dijo. 

Construcción de cuatro naves para mi ganadería, en la que tuve ganado vacuno, porcino, gallinas y pollos.

El trabajo que suponían estas cuatro naves, para poder salir adelante, sería decisivo pero demasiado duro. Estas instalaciones estaban cerca de nuestra casa. Madrugaba para trabajar en ellas, antes de ir a la oficina, donde trabajaba desde las 9 de la mañana hasta la 1, para ir a comer deprisa y aprovechar este tiempo trabajando en las naves hasta las 3, hora a la que tenía que volver a la oficina. En teoría, salía a las 6 de la tarde pero siempre me tuvieron las horas que permanecieran allí los Ingenieros. Hasta las 8 o más, y sin cobrar las horas extras porque estaban prohibidas por la empresa. Allí me atormentaba esperando la salida para poder trabajar en mi obra. Después de varios años así, me lo pensé muy en serio y un día les dije a mis jefes.

-Tengo mucho trabajo que hacer para mi ganadería y no puedo por estar aquí tantas horas extras y sin cobrarlas. Lo siento mucho, pero el sueldo que me paga la empresa no meda para vivir, por ese motivo decidí montar una ganadería para que pueda defenderme económica mente.

Esto fue muy importante ya pude trabajaba desde las 6 de la tarde hasta las 12 de la noche, o lo que fuera necesario, según se me diera el trabajo. Hasta los domingos me aplicaba al máximo. Recuerdo de uno de los muchos que trabajé hasta altas horas de la madrugada del lunes, sin ir a casa ni a comer, aunque estaba muy cerca, pero no quería parar. Mi esposa venía a llamarme y le decía:

-No te preocupes, no tengo ganas de comer, ya comeré cuando termine. Vete tranquila.

Al caer la tarde volvía y le decía que hasta la cena no iría, que estaba muy apurado y solo, como casi siempre. Quería terminar lo que estaba haciendo. Sincera mente, aparte de la necesidad que tenia de terminar aquella ganadería. El trabajo a mi me divertía, era superior a mí. Ese fue uno de mis defectos, no era capaz de dejar de trabajar, nuca era bastante. Algunos que me vieron decían, ese hombre muere reventado de tanto trabajar. Pues aquí estoy sano como un pez.

Mi esposa no lo comprendía y por ese motivo la pobrecilla sufrió mucho. Se marchaba de nuevo muy a disgusto. Esperaba en casa y como no llegaba a las 10 de la noche iba con comida en una cesta. La pobre mujer lloraba porque no había comido ni cenado, y me decía:

-Por lo menos, si no vas a casa, come algo. No soporto verte trabajar tanto y sin comer.  

-Tranquila, ya me falta poco, vete con los niños, yo luego iré. Quiero terminar esta obra para mañana, me urge mucho el techar esta zona y como no sale lo bien que yo quiero se alarga el tiempo.

No quería parar, no tenía hambre, ya comería al terminar. Le rogaba que no llorara, me encontraba a gusto, me acercaba, le daba un beso y le decía que se metiera en cama, ya llegaría en cuanto terminara.  Seguía mirando durante unos instantes como trabajaba y de nuevo le decía:

-Vete a casa cariño, que los niños te necesitan.

Se marchaba más tranquila. Ya se iba acostumbrado a que si no me salían las cosas bien no paraba hasta terminarlas. Siempre tuve esa costumbre y nuca la dejé. Fueron muchos los días que pasé sin parar ni a comer y por eso no pasó nada.

El trabajar no era lo más duro, el problema más frecuente eran mis brazos que no aguantaban. Aunque mi fortaleza era dura, mis prótesis son de acero y más duras que mi piel. Me hacían heridas. Ponía vendajes y parches por aquí y por allá para aguantar. Muchas veces llegué a casa con tres y cuatro heridas en cada brazo para que mi esposa les pusiera un forro más fuerte para seguir trabajando. Ella lo pasó muy mal porque tenía miedo a que me pasara algo. Decía que un día me iba coger una infección y que sería peligroso y que me tuvieran que cortar más los brazos. Algunas veces me abrazaba llorando pidiéndome que lo dejara todo. ¿Cómo lo iba dejar sino había dinero para pagar por hacerlo? La conformaba diciéndole que se tranquilizara, que mis heridas curaban muy fácilmente. Era cierto, siempre curaban muy bien.

Esa fue mi suerte, porque de lo contrario, no hubiera podido trabajar y hubiera sido nuestra ruina. Dicen que Dios que da la plaga también da el remedio y a mí me dio una fortaleza de hierro. Gracias a eso pude luchar y conseguir salir adelante, aunque con mucho esfuerzo y largo tiempo.

Lo cierto es que donde yo realmente lo pasaba mal era parado durante horas sin hacer nada en la oficina, mirando como corrían los aires y pensando en la cantidad de trabajo que tenía pendiente. Era ahí donde sufría de verdad, no en el trabajo. Por ese motivo cuando comenzaba, no quería parar.

Aunque había confeccionado unos aparatos fuertes y pesados para trabajar, muchas veces rompieron. De no ser que yo mismo los hacía y los reparaba, hubiera sido peor el remedio que la enfermedad. No ganaría con mi trabajo para pagar reparaciones. Casi todo era caro, la ortopedia era carísima. No siempre estaba al alcance de todos los bolsillos. Otro problema que también medio mucho que hacer fue el de las gomas de mis dedos de acero, que al calentarse con el soplete o el grupo de soldar y por los mangos de las herramientas se caían. Probé con multitud de pegamentos y todos fallaban. Sin gomas era hombre al agua. Hubo un tiempo que había un pegamento que se llamaba “Asti once”, que fue el mejor de aquellos tiempos, pero desapareció del mercado sin saber la causa, lo que fue para mí un serio problema.

De nuevo a pelear con las dichosas gomas, no podía sujetar las cosas, hubo días de ponerlas hasta tres veces. Fue un martirio el que pasé. Me costó mucho llegar a ser un hombre y salir de donde el destino me metió.

Si yo salí adelante fue porque tuve la suerte de descubrir la forma de hacer las prótesis a mi medida. Pasando días y noches en vela, sin dormir ni comer. Pensando en mi triste porvenir sino pudiera trabajar. Muy pronto me di cuenta que si no pudiera trabajar seria hombre al agua. No me da vergüenza decir lo que pasé por que fue una época dura de mi vida y por eso la describo real y como fue. Hay que ver que el que no trabaja, perdido esta.

Aquella obra me dio mucho trabajo pero no menos lata para ponerla a funcionar. Me exigieron planos, fosas asépticas, autorización del Ayuntamiento, autorización de Ganadería Provincial. Hasta publicarlo en el boletín Oficial de la Provincia Además del alta de la industria, gastos y vueltas y más vueltas. Pero funcionó. Esa ganadería nos dio mucho trabajo pero también dinero. Tengo que decir que sin esa ganadería, no hubiera podido salir adelante y mantener la economía del hogar como debe ser, ni podría estudiar a mis hijos, lo que yo considero importantísimo. 

Dado que no pude conseguir la autoclave, se me ocurrió comprar las grasas y despojos de las plazas y carnicerías para llevarlo a una fundición que había en esta región. El 124 era de asientos abatibles y cargaba un buen viaje. Lo metía en sacos y no paraba de llevar viajes. Además del poco dinero que sacaba tenía que soportar todos los días la riñas del dueño de la fundición, un señor muy mayor que además de fastidioso no me tragaba ni en pintura. Yo nunca pude saber por qué le caía tan mal. Suponía que sería porque algunos a los que compraba las grasas metían en el saco otro tipo de desperdicios. Desde luego algunas veces aparece el listo que te la arma, metiendo entre las carnes y grasas cosas que él no quería Yo eso no lo podía evitar, ¿cómo iba ponerme a revisar saco por saco? Daba mucho trabajo y pérdida de tiempo. Por más que les decía que no metieran cosas que no valían, ni caso. Lo mismo me daba explicarles el problema que tenía con el dueño que no. Solo por aumentar el peso y cobrar unos céntimos de más, me ponían ante aquel señor como un estafador, y sin culpa ninguna.

Cuando llegaba a su explotación, y como estuviera él, nada más verme ya empezaba a reñir. Cogía con energía los sacos, los basculaba en el suelo, quitaba lo que no le gustaba y me lo descontaba, además de echarme la gran bronca. Creo que para él verme era un suplicio, no sé si se comportaba con todos de aquella forma tan brutal, lo que para mí era insoportable. Me fastidiaba mucho dejar ese trabajo, era para mí una ayuda económica pequeña, pero un poco de cada lado siempre valía. ¡Cómo sería de malo el viejo que hasta el hijo sufría por verlo contra mí! Algunas veces si me veía llegar a tiempo me hacía una seña para que no entrara y él mismo lo despistaba por las naves mientras yo descargaba. Tanto como de malo tenía el padre para mí, tanto de bueno era el hijo. Eran totalmente opuestos. El hijo era un poco mayor que yo y le daba pena ver cómo me trataba su padre, que por muchas explicaciones que le daba nunca cesó en sus ataques contra mí. Hay que ver la diferencia que hay de una persona a otra, mientras que uno razonaba las cosas, el otro me maltrataba sin piedad y sin razón. Si no le servía, que me lo descontara, pero que no me echara la culpa que no tenía. Así se lo explicó multitud de veces su propio hijo pero nunca le hizo caso, fue un cascarrabias muy duro de convencer. Era un alemán muy mayor y nunca se dio cuenta de lo mal  me trato. 

Basta con decir lo que abuso de mí aquel paisano, que ni el mismo hijo no podía tolerar, aunque no le quedaba más remedio que callar. Si intentaba defenderme le echaba la gran bronca, era de los duros de verdad. Me enteré por la prensa de su muerte pero fue tarde para ir al entierro. A los dos o tres días fui con un viaje. Su hijo, que era una gran persona  y que reconocía que yo no tenía la culpa, nada mas verme dijo:

-Murió mi padre ¡cuánto te alegrarás! Fue muy malo para ti.  

-No, hombre, tanto como eso no. Pero fue demasiado lo que te atormentó.

Así de noble fue aquel chaval conmigo. Nunca me olvidé de aquel buen ciudadano que supo valorar y defender la verdad. Hay que ver la categoría de este joven que actuó con honradez y justicia aunque fuera contra su mismo padre, pero con amabilidad y respeto, intentando enseñarle a comportarse con la gente. Nunca le volví a ver, no sé qué será de él.  Me gustaría saber de él para saludarle, darle las gracias y decirle que fue un caballero conmigo.

Seguimos trabajando y nunca más hablaríamos del tema. Yo, poco más tarde, dejé ese pequeño negocio. Seguía probando fortuna por otros derroteros. Había aumentado la ganadería y ya no me quedaba tiempo libre para ese menester.

Viendo que aquello funcionaba se prepararon cuatro naves más y otro equipo de fabricación de piensos con capacidad de ochocientos quilos / hora. En esta obra, aunque toda la fontanería la había instalado yo, tuve que traer ayuda de otro soldador. Ya no podía con todo, era demasiado el trabajo que había y necesitaba apurarlo. No había sitio suficiente para tantas crías que nacían.

Logotipo de www.arseniofernandez.es

No acababa de despegar mi economía, no acertaba una. Como casi siempre es muy difícil introducirse en el mundo de los negocios. Hay que ser muy hábil y tiene que pasar largo tiempo para que te conozca la gente y se fíen de ti, porque ven que eres formal y que les tratas bien y con buenos materiales. Es fundamental porque ven que trabajas con seriedad y es cuando las cosas funcionan. Si eres un trampa todo se va a la porra, por ese motivo yo pude seguir con mi trabajo y ser apreciado por mis clientes. No se puede engañar a nadie porque el engañado va a ser el que todo lo quiere para sí. Yo conocí algunos que tubieron que cerrar por no ser serios, eso es muy importante.

Pensé en un negocio que daba dinero: la fundición de grasas. Di vueltas para comprarme un autoclave, pero no me fue posible porque el terreno en el que yo pensaba ponerlo ya lo habían vendido. Y ese tipo de industria no se podía instalar más que en lugares estratégicos y lejanos de los pueblos por el mal olor que despiden algunas veces las grasas en cantidades industriales. Aquel negocio me falló y, por si fuera poco, en una tarde que venía de Gijón de negociar la autoclave. Circulaba por el alto de la madera en dirección a mi casa, llovía y ya era de noche, aunque eran solo las ocho. Al entrar en una recta, no muy larga pero si lo suficiente como para darme tiempo apartar mi coche  a un lado ya que vi un coche que al salir de la curva de arriba se le marcho. Aunque fue hábil y consiguió dominarlo por un momento, pero la marcha que traía añadido al mal  estado del suelo, le estrelló contra una roca en la parte derecha de la carretera. Yo, que lo presenciaba apartado a un lado, dije a mi hermano:

-¡Ahí viene!

Agarrándome al volante y frenando a tope aunque ya parado lo esperé fuera de la calzada, donde había un ancho por la construcción de un muro. En efecto, nos dio un porrazo que, de no haberme dado cuenta para frenar, hubiera lanzado al prado. El fuerte impacto me dejó el coche fuera de combate: le deshizo una rueda, la aleta delantera izquierda y parte de la defensa.

Había mucha gente circulando en ambos sentidos. El conductor, medio adormilado de los dos golpes que sufrió, no se enteraba de lo que le había pasado. Al dar a mi coche, parado fuera de la calzada, salió disparado contra el lado opuesto, pegando por tercera vez con otra roca. En el momento de auxiliarlos, mandé a su mujer y dos niños para la casa de socorro en un coche, por si tenían lesiones, aunque a la vista no se les vio nada.

Después de examinar al conductor y ver que solo eran magulladuras y que reaccionó, le dije: que si se daba cuenta de lo ocurrido. Dijo que si, y que se haría cargo su seguro.

-Le dije que no hacía falta levantar atestado, porque le podían fastidiar su carnet. La gente como siempre, se amontonó alrededor y diciendo.

-¡No se te ocurra chaval! llama a la Guardia Civil. Tú estás libre de toda responsabilidad porque le esperaste fuera de la raya de calzada. Si le pasa algo a un niño y quitas el coche de ahí ¿cómo justificas que tú no tuviste la culpa?

Era cierto, estaba situado fuera de toda responsabilidad, pero con buena voluntad todo se arregla y yo no quería perjudicar aquella familia.

Fue increíble el gallinero que allí se preparó. No me escuchaban. Todos daban su opinión pero nadie lo mismo En ese caso, aunque iban a mi favor, no conseguía controlarles para que se callaran, hasta que un señor, que vivía en una casa al borde de la carretera, les dijo:

-¡Callaos ya de una vez! Estáis como mazas, el único que sabe lo que hay que hacer es este señor, que encima de ser perjudicado, quiere ayudar al del accidente y ustedes no lo entienden. A este señor no le puede pasar nada aunque se muera un niño o quien sea, porque él no tiene la culpa de que se le haya marchado el coche al otro.

Aquel señor que supo comprender las cosas, me dijo: señor, yo vivo en aquella casa y voy con usted a decir la verdad hasta Moscú si fuera necesario. Haga lo que tenga que hacer, y si para no perjudicar a este señor es mejor no levantar atestado no lo levante, que yo le ayudaré, y alguno más habrá también.

Le di las gracias y les hablé a todos:

-Señores, les entiendo y les doy las gracias por interesarse por mí, pero si el dueño del coche se hace cargo del siniestro, no pasa nada, porque, como el señor de la casa bien dice, de lo que ocurrió alguno de ustedes también darán fe si fuera necesario, aunque pienso que no hará falta. Tomaré nota de dos testigos más y no se perjudicará a este hombre.

Varios dijeron que allí estaban para decir la verdad, que tenía mucha razón. El conductor firmó el parte, le mandé a la casa de socorro y me quedé esperando la grúa. Mi hermano había ido hasta Sama en un coche a buscarla, porque en aquel tiempo no había teléfono por esos pueblos, ni tampoco móvil.

Mientras que esperaba, entre varios curiosos que preguntan qué había pasado, un señor se bajó de su coche, me saludó y, después de ver como estaba mi coche, me preguntó lo que había pasado. Me preguntó si había levantado atestado. Le dije que no, que el conductor del otro coche fue razonable y no lo creí necesario. Este señor dijo que era Guardia Civil y que había hecho bien. Siempre que fuera posible no debía hacerse atestado. Él mismo había hecho alguno, pero no cuando el caso estaba tan claro como el mío, estando como aparcado fuera de la carretera, con indicios de no ser movido. Me comento que sabía él de otros casos en lo que se había perdido el juicio aun teniendo la razón. Estaba completamente de acuerdo con lo que aquel buen hombre dijo. Tenía corte de muy buena persona. Vi que entendía bien lo que eso era. Le di las gracias y se fue.

Aquella familia era de Bilbao y viajaban a Gijón a visitar unos familiares. Al marchar y habiéndose recuperado, me dio las gracias y me dejo su dirección en Gijón, por si precisaba de alguna cosa. Fue un señor muy razonable y atento.

No tuve que molestarles para nada, dio su parte a su seguro, repararon el coche y no hubo problema alguno. Nuca más vería al paisano de la casa ni al resto de los que se ofrecieron por si hacían falta, ni tampoco al conductor del coche, ni a su familia