Si cierto es que me sorprendió mucho la expectación causada por el reportaje publicado en La Nueva España de hace unos días, por lo mucho que gusto a la gente, tanto o más me sorprendió la respuesta de la gente a raíz de mi intervención en el espacio "España Directo", emitido el pasado día 7 de noviembre por La Uno de Televisión Española.
Recibo mensajes de felicitación de distintos sitios de España y de fuera de ella. Lo que les agradezco porque es muy importante, que la gente conozca esta historia que les apasiona y que hasta hubo gente que dice emocionarse al verme trabajar con tanta facilidad. Es muy bonito ver que una persona se puede valer por sí sola, claro que lo es. A mí también me conmueven y me alegro cando veo estas cosas de personas que lucharon contra las múltiples adversidades que surgen por el mundo.
Lo que para mí es normal porque fue mi medio de vida para trabajar en estas circunstancias durante los 59 años que han pasado desde que perdí las manos, para la gente que no conoce a fondo mi caso les resulta casi imposible. Pero no lo es, todo está basado en la voluntad de querer vivir sin depender de nadie. No hay que olvidar que la voluntad y la fe de ser útil y poder ganarte el pan para ti y para los tuyos, mueve montañas. Así somos las personas que apreciamos el cariño y la compañía de la familia. Porque una buena convivencia es maravillosa y nos da fuerzas para la lucha en el trabajo y por los demás.
Os dejo con el vídeo de mi intervención:
La vida da muchas vueltas y a medida que transcurre el tiempo vas espabilando, porque sin querer te encuentras por la vida con gente que engaña y traiciona a quien se ponga delante. Aunque ya elaboraba mis piensos para nuestra ganadería, a los cerditos recién destetados les daba un pienso que compraba a una empresa de piensos. El director de esta casa decía apreciarme mucho. Me visitaba con cierta frecuencia y quería hacerme su distribuidor para la zona. Decía que yo era un hombre muy organizado, muy enérgico y que tenía todas las cosas a punto. Que disponía de personal y de almacenes. Él lo pintaba de lo mejor, según él no había quien me igualara en todo el territorio, pero no me convenció. Yo en solitario iba despegando y no tragué.
En una de sus visitas me ofreció una partida de cerdos. Llegó a punto porque precisaba meter una partida de doscientos. Estableció un precio por la calidad del ganado y le compré esa primera partida. A los tres días de llegar comenzaron a morirse. Yo, aunque era ya un poco curandero, no di con la enfermedad que había metido en mi ganadería. Llamé a Don Daciano, el veterinario titular del Ayuntamiento y el que vacunaba los ganados. Llegó, los reconoció y me dijo:
-Arsenio, ¿de dónde vino este ganado? Tienes un grave problema, trajeron una enfermedad, la septicemia hemorrágica porcina. Te va costar caro curarla, aparte de las bajas que tendrás. Debes dar cuenta al proveedor para que te paguen todos los gastos. Si la enfermedad aparece antes de los ocho días es porque la traen. Si fuera más tarde tuya sería la responsabilidad, en este caso es del proveedor. Yo, como veterinario titular, dijo, certifico y lo tienes todo a tu favor.
Llamé al director de esta casa. Le comuniqué lo que había, diciéndole que viniera a verlos y que entre los dos lo pagaríamos, para que no fuera tan costoso a una sola parte. El tipo con todo su rostro, me dijo literalmente que él no tenía nada que ver ni que pagar. Aquel que hasta ese momento decía ser mi amigo y apreciarme mucho, no tuvo la capacidad de reconocer, siendo veterinario y director que la ley estaba de mí parte. Este pollo sólo sabía de leyes a su favor. Le hablé como yo siempre hablaba a la gente, con prudencia y le expliqué su equivocación, pero nada quiso reconocer. Un tremendo error, ya que a él le iba salir caro y a mí también, claro, porque ya se sabe el resultado de los juicio: pagar más de lo que vas a cobrar.
Esperé dos días por si había cambiado de opinión, con el fin de no ir a un juicio, pues yo nunca había tenido ninguno y no me gustaban. Siendo sincero, mi conciencia tampoco permitía emplumárselo todo a la empresa que él representaba. No quiso saber nada. Le dije con claridad:
-Amigo, te equivocas, por la tremenda lo pagas todo. Aunque no me gusta la idea, piénsatelo mejor y no te olvides que vale más una en paz que ciento en guerra. Además te perderás un buen cliente.
-Ya lo tengo bien pensado, ¿vale?
-No, para mí no vale. Pero si tú así lo quieres, que así sea.
Le colgué. Nunca le vi ni supe de él.
Murieron diecisiete cerdos. Sé que en este caso, al no presenciar lo ocurrido, le hubiera podido meter la goma de duro pero yo nunca pude ser de esa forma. Lo sentía mucho, quería arreglarlo, incluso pagaba la mitad de buena gana pero no pude convencerlo. No hay que olvidarse que los juicios son como las guerras. En una guerra no gana nadie, aunque el vencedor sea el más fuerte, también pierde. Por eso motivo yo me disponía a pagar la mitad. Dándome cuenta que de esa forma no perdería tanto.
El Veterinario me decía:
-Tú eres demasiado bueno, no te preocupes tanto por ellos, que ellos no se preocupan por ti. Te veo muy disgustado y no es así. Tú debes pasarles los gastos y nada te debe de molestar.
Nos escuchaba un cliente que vino a por dos cerdos para su casa y al marchar me dijo:
-Arsenio, tiene razón el veterinario, en lugar de preocuparte tanto lo que debes hacer es engordarle el pufo que va a pagar por mala persona. Deberías meterle el doble por lo menos. El no va a venir a controlar tu ganadería.
El veterinario dijo:
-¡Qué va!, este hombre no sirve para esas cosas, pero claro que debería hacérselo por comportarse tan mal con él.
Yo no comprendía aquel director, que parecía tan bueno. ¿Cómo pudo cambiar tanto? Se les pusieron los 17 cerdos más los gastos de medicinas y el pago al veterinario. Todo aquello sumó un total de 86.000 pesetas. Yo tenía que pagar una letra a los 30 días y les dije a los del banco que pagaran esa letra deduciendo las 86.000 pesetas y que la pasaran al notario para ir a juicio. Así lo hicieron, porque era la única forma de que pagaran los gastos. Llegó el día y nos presentamos el veterinario y yo y se ganó el juicio porque todo estaba muy claro.
Cuando estaba haciendo una de las naves, iba a buscar con mi coche y remolque viajes de trato y arena al arenero de la Carba, situado muy cerca de Bendición, en el concejo de Siero. Allá trabajaba un señor de la zona, Pepe, este gran señor me atendió muy bien y se fijó con mucho detalle en mi forma de trabajar. Aunque la paleadora cargaba mi remolque, siempre hay que cargar a pala lo que se cae al suelo para terminar de llenarlo y equilibrar el peso para que el remolque sea más estable. Un remolque mal cargado es peligroso en carretera, si pierde estabilidad puede ocasionar un accidente. Seguidamente puse el toldo. La sorpresa de aquel hombre fue cuando se acercó y vio que yo estaba paleando como si tuviera las dos manos. Se quedó mirando hasta que terminé y luego de contemplar como coloqué el toldo, me dijo:
-Perdona amigo, estoy mirando como trabajas y lo curioso que lo dejas. Desde luego si no se ve no se cree. Vaya potencia que tienen tus brazos para manejar la pala. Tienes un estilo de trabajador excepcional. Lo haces con tanta facilidad como si tuvieras manos. Me dejas asombrado, porque además eres muy joven. ¿Cómo te llamas y de dónde eres? quiero saber de tu vida porque es realmente importante. Estoy seguro, añadió, que, a donde quiera que vayas, no habrá otra cosa mejor que mirar porque no se cree uno lo que está viendo. Serás la atención de la gente que, además, debemos copiar de tu ejemplo. ¿Por favor me cuentas algo de tu vida? ¿Cuánto tiempo hace que perdiste la manos y cómo fue tu accidente?
-No hay problema señor. Le expliqué en un momento lo ocurrido y los trabajos que yo hacía antes y después del accidente.
Asombrado de lo que acababa de ver me dijo:
-Me gustaría ir a tu finca para verte trabajar y ver tus obras. ¿Me das permiso?
-Claro que sí, además va a conocer unos de los mejores terneros y buenos cerdos de importación. Creo que le van a gustar mucho porque lo tengo muy bien montado, me gustan las cosas bien hechas.
-Eso lo tengo muy claro, dijo, sólo con verte trabajar ya se ve que eres un manitas. Sí que me gustan los animales pero lo que más me interesa es verte trabajar en tus naves, porque creo que será un caso único. Verte en las alturas colocando los pesados perfiles de hierro de los techos y soldándolos, debe ser asombroso. Eso no me lo pierdo por nada, dijo aquel hombre que no dejaba de mirar las cosas, como el volante mecanizado de mi coche y todo lo que me rodea.
Al despedirnos me dijo: ¿Qué día puedo ir a ver tus obras?
-Cuando quiera después de las seis de la tarde, que es cuando salgo de trabajar en la oficina.
No se conformó con venir una vez. Tanto le llamó la atención, que trajo varios grupos de gente a verme en sucesivas veces.
En las dos últimas que vino con un grupo yo no estaba y mi hija. Mónica. los recibió. Las dos veces quería dejarme una caja de Farias pero mi hija no la cogió diciéndole:
-Mi padre no admite esas cosas, no le gustan y, además, tampoco fuma.
Mi esposa y yo nos encontrábamos en Escocia y le dijo a nuestra hija que cuando llamáramos nos saludara de su parte, que volvería a nuestro regreso.
Pepe el de la grijera, por desgracia ya nunca nos veríamos. En todo el verano no vino más. Cuando en el mes de octubre fui a por un viaje de arena a la grijera no estaba. Pregunté por él y me dijeron que llegaría más tarde. A los dos días volví a por otro viaje y, como ya era una hora normal de trabajo, me extrañó que no estuviera. Ese día estaba el dueño de la grijera que era de su misma edad y también amigos de toda la vida. Después de saludarnos le dije:
-Hace tiempo que no sé de Pepe. ¿Qué hay de su vida?
La sorpresa que me llevé fue dura.
-Ya no está Pepe, un cáncer de próstata lo mató en poco tiempo.
Lo sentí mucho, le había tomado un gran afecto, igual que él a mí. Los mismos compañeros de allí me dijeron algunas veces:
-A todos nos sorprende tu forma de trabajar, pero para Pepe fue mucho lo que le llamaba la atención. Casi siempre hablaba de ti por lo valiente que eras.
Yo de este hombre poco sabía, sólo que trabaja allí y que era muy buena persona. Pero aquella mañana al enterarme de su falta quise saber cómo era realmente Pepe el de la grijera.
El dueño me contó que tenía una empresa de camiones. En ese momento entraba uno, un tráiler nuevo del paquete. Me dijo que ocho como aquel, también eran de él. Así mismo me contó que a pesar de los graves inconvenientes que tuvo, supo luchar y que fue un valiente. Tenía una flota de camiones suyos trabajando en una empresa que se fue a la porra. No le pagaron y se quedó en la ruina. Pero fue un caballero que pagó a su personal aunque él se quedó sin blanca. Más tarde comenzó con un camión pagando a plazos y luchó hasta convertirse en un gran empresario. Así fue de valiente Pepe, un hombre ya mayor que murió en la brecha del trabajo y del gran cumplimiento del deber. Su recuerdo permanecerá conmigo por la gran persona que fue y por lo mucho que los dos nos apreciamos.






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