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Arsenio Fernández

En el mes de Julio volvimos a Paris a por las manos, que eran preciosas y con sus cinco dedos casi normales a simple vista. Pero a la hora de trabajar un fracaso, mucha estética pero poca movilidad. Fuimos a Madrid para preparar el pago de las manos y, como siempre, estuvimos parados allí unos cuantos días. Mi compañero Alejandro, salía de copas por las noches pero yo me quedaba en la cama. Una mañana llegó a las 8 y media llorando y algo bebido porque le habían robado todo el dinero. Venía de comisaría donde había dado cuenta del robo. Estaba muy disgustado. Después de explicarme lo ocurrido me dijo que tenía que ir por comisaría para saber si al detener a los ladrones podrían recuperar el dinero. Con gran disgusto le dije:

-Tenemos que espabilarnos. Salimos a las diez para coger el tren Portugal-Paris.

Había que hacer trasbordo en Miranda de Ebro. Le pregunté:

-¿Sabes quién te robo?

-Sí, los chorizos que siempre paran en el bar de al lado me dijo:

-Pero ¡si los conoces! Sabes que roban hasta a su propia madre, ¿Cómo te juntaste a ellos?

-Estaba dando una vuelta por los barrios bajos y me los encontré, me convidaron y seguimos juntos. Al pagar me cogieron la cartera para ayudarme y no me di cuenta hasta que íbamos en un taxi a otro lugar y al pagar vi que estaba sin blanca. Mandé al taxista que tirara a comisaría diciendo que me habían robado y se tiraron del coche. Solo llegamos el taxista y yo. Les conté lo que había pasado y fueron a detenerlos. La Policía me dijo que antes de marchar fuera por allí, pero que poco o nada iban a conseguir.

Se cambió de ropa y salimos.

-Tranquilízate -le dije- yo llevo dinero y nos arreglaremos. Deja de dar vueltas. Si tienes que ir por comisaría queda poco tiempo.

Ya un poco más tranquilo, Alejandro dijo que tenía dinero en casa de unos amigos en El Entrego, en un bar donde paraba con frecuencia. Creo que era en el bar de la pista de baile “Linares”, que les llamaría desde París para que se lo enviaran. A los ocho días recibió el dinero.

Al marchar en el mismo taxi que nos llevaría al tren pasamos por comisaría y aunque ya los habían detenido e interrogado los tuvieron que soltar, pues no traían ningún dinero y no se pudo demostrar nada por falta de pruebas. Sin dinero se quedó Alejandro. Salimos a coger el tren a toda prisa y llegamos en el mismo momento que iba a salir.

Alguna vez le dije a Alejandro que era demasiado confiado, que le iban a robar cualquier día. Sabíamos que un grupo de estos carteristas paraba en el bar muy cerca de donde estábamos y que él iba alguna vez por allí. Nunca debió relacionarse con ellos pero no me hizo caso. Yo nunca entré en ese bar. Cuando le hablábamos de ellos Alejandro se reía. Nunca creyó que serían capaces de robarle. ¿Qué clase de gentuza eran para atreverse a robar a un hombre en esa situación? Resultaba demasiado duro pero estos malditos eran tan crueles que robaban a quien se pusiera delante. Aquel día lo pasamos muy mal. Aparte de la pérdida del dinero, que no era poco, el disgusto fue para los dos muy fuerte y tardamos en olvidar aquel día.

La misma mañana que llegamos a París, cuando íbamos a comer, vimos la primera manifestación. En España estaban prohibidas y nunca antes las habíamos visto. La observamos un poco y luego entramos a comer a un bar. No había forma de entendernos para comer, la camarera parecía no entender español. Cuando se cansó de darnos la lata en francés nos puso un potaje que sabía muy bien y era como el español. Terminamos de comer, pagamos y cuando salíamos nos preguntó en español si nos había gustado la comida. Resulta que aquella mujer era española y nos había hecho sudar para conseguir la comida. Fue una situación desagradable, tonta y sin sentido. Nunca pude comprender la forma de actuar de aquella mujer. Una cosa es gastar una broma pero esto fue demasiado lejos. Su escasa cultura no le permitió más que reírse de nosotros que lo estábamos pasando muy mal. Bien duro tenía el corazón. Tanto preguntar con cinismo en francés, cuando era española. Los dos coincidimos en que era una torpe mujer y sin ninguna vergüenza.

En uno de aquellos días íbamos en el metro. Frente a nosotros iban dos chicas muy guapas y jóvenes. Las mirábamos con educación. Alejandro me dijo: “Vaya chicas más bonitas. Son preciosas”. Le pregunté cuál le gustaba más. Los dos elegimos. A él le gustaba una y a mí la otra. Como era normal, cada uno tenía sus gustos. Seguimos con nuestra charla. Cuando en una parada salieron, ellas nos dijeron: “Adiós, españoles”. A los dos nos salieron los colores, menos mal que lo que hablamos fue con educación, la clásica conversación de dos jóvenes: que guapas están y cosas así que no molestan pero que sirvió para que ellas lo pasaran bien riéndose de nosotros, pero esta vez con toda razón. Seguramente que serían estudiantes españolas y nos la armaron. Desde entonces ya nunca más hablaríamos en alto pensando que nadie entendía lo que decíamos.

Nos hospedábamos en un hostal. En estos lugares los domingos no daban comidas y al llegar la hora de comer no encontramos dónde. Ya muy tarde decidimos ir a un supermercado a comprar fiambres y una botella de vino Italiano, que era más barato, pero muy malo. Con la “hambre” que teníamos por lo tarde que era. Al subir en el ascensor, nos cayó la llave de la habitación al fondo de la fosa de éste. La señora que atendía el teléfono no tenía llaves para abrir la portezuela del ascensor ni tampoco para abrir la habitación. Tuve que subir por las rejas metálicas y luego bajar hasta la fosa. Era muy difícil, apenas podía garrarme, lo mismo para subir, que también era peligroso porque podía caerme al fondo. Cuando llegamos a comer ya era la hora de merendar. Lo pasamos mal. El problema de no entender la lengua del país es muy difícil, te sientes despistado, no tienes ganas más que marchar, de regresar a tu patria con los tuyos, a los que añoras como si estuvieras años sin verlos. No se puede saber, hasta que no se pasa por ello, lo que supone estar lejos de la familia cuando uno no está acostumbrado y sobre todo en nuestro caso.

Lo que es la vida. En los últimos días del mes de febrero del año 2003 y con motivo de la matanza del cerdo, conocí a los dueños del bar de El Entrego donde Alejandro tenía amistad y dejaba su dinero. Después de casi cuarenta y nueve años me alegró mucho conocerlos porque son excelentes personas, lo mismo la señora que su marido, gente noble y muy tratable. Hay que destacar que este señor quiso pagarme más dinero de lo que habíamos convenido por un cerdo que le vendí. Junto con los dos cerdos que se criaron para nuestro sanmartín, se crió uno más para un señor que por trabajar en nuestra casa en una pequeña reparación y tener amistad, me pidió que le criara uno para él.

Me resultaba desagradable no complacerle y se criaron los tres a la vez. Al llegar la hora de hacer el sanmartín resulta que a él no le interesó.

Una mañana llegaron a casa estos dos señores de la pista Linares. Se presentaron pero yo no los conocía. Dijeron que necesitaban un cerdo para la matanza. “Llegáis a tiempo. Sólo tenemos tres pero uno puede ser para vosotros” les dije. Los miraron y les gustaron mucho. “Escoged el que queráis. Los otros dos son para nosotros” añadí.

Dijeron que les gustaban los animales y preguntaron lo que costaban. Les dije el precio y lo aceptaron y por cierto que muy contentos por la buena calidad de estos animales. Se trataba de gente entendida y lo valoraron como lo mejorcito, tanto que cuando ya después de hacer los chorizos este hombre vino a pagarlo y me dijo con toda nobleza:

– Arsenio, dime cuánto tengo que darte de más porque el cerdo es de primera y me parece poco dinero para pagar su calidad.

-No tienes que pagar nada más. Me vale con cubrir gastos. Yo ya estoy jubilado y no me dedico a criar. No hay problema.  

-Por lo menos para pagarte algo del trabajo por criarlo.

-Tranquilo, lo mismo me da atender a dos que a tres. 

-Eso no puede ser, por favor déjame por lo menos que complete los ciento treinta y cinco kilos (el animal había pesado tres kilos menos).

-No tienes nada que pagar de más. Vale con lo que acordamos. 

Este hombre se llama Javier y es del Entrego. Es un vigilante de minas retirado. No sé cómo se llama su mujer que le acompañaba, pero vi que son a cual mejor persona y eso es lo importante y digno de destacar. Ahí queda eso, ahí se ve la categoría de muchas personas. Querían pagarme más de lo tasado. Eso debería dar clase a muchos. Por eso Alejandro confió en ellos dejando dinero en su casa. Eso no se puede hacer en todas partes. Estos señores que yo no conocía, me conocían a mí ya desde aquel tiempo y sabían que era ganadero entre otros oficios más, por eso vinieron a comprar el cerdo.

-Te conocemos de toda la vida y sabemos que eres formal y my cumplidor, Alejandro te apreciaba mucho, siempre nos decía que le ayudaste mucho. Que eras el que mejor manejabas los aparatos, me dijeron.

-Muchas gracias, también sé que vosotros lo sois. Mi compañero mucho os apreciaba, lástima que no pueda estar con nosotros. 

El mismo día que llegamos a París fuimos al ortopédico que nos iba a hacer las manos. Tomó las medidas y al momento ya estábamos libres durante los dos meses que tardaría su fabricación. Alejandro quiso ir a Bruselas pero yo me vine para Asturias. Aquí tenía a mi novia que hacía ya tiempo que no veía, además de la familia. Eran las diez de la mañana de un viernes y estábamos solos allí, sin conocer a nadie y discutiendo en medio de una capital extranjera, Alejandro quería que yo fuera con él, no le gustaba marchar solo, pero yo no podía permitirme gastar tanto dinero y tenía una morriña enorme. No sólo por mi novia, sino también por mi familia. Al día siguiente se casaba mi hermana Marce y quise coger el medio más rápido para poder llegar. No tuve más remedio que viajar en tren. Al no querer acompañarle, Alejandro se enfadó mucho y se marchó sólo y sin rumbo por Paris para esperar el tren que salía para Bruselas por la noche, al igual que el mío para España. Fuimos uno para cada lado, cuando podíamos haber pasado el día junto, pero no pudo ser.

Cogí mi pesado equipaje y bajé al metro. Con el peso de éste se rompió el cable de mi mano derecha y me quedé sin poder manejarme y con un gran disgusto. ¿Quién me pondría un cable nuevo en París? ¿Adónde iría? ¿Cómo me las iba a arreglar para hacer tantas horas de viaje hasta España? No conocía nada ni a nadie en esa capital tan grande como solitaria. No hablaba el idioma y eso era un problema grave. En el viaje lo pasaría muy mal. Aquel día lo pasé sin poder ni comer por lo que sufría. Al no saber Francés no podía dirigirme a nadie. Fui a la Estación de Austerlitz para dejar el équipage en consigna. Pasé todo el día paseando sin comer ni beber nada. El tren no salía hasta las once de la noche. Me atormentaban dos cosas: la rotura del cable y el no poder llegar a tiempo a la boda con mi familia y mi novia, que iba estar allí con ellos.

Mientras que paseaba para matar el tiempo, no dejaba de pensar en cómo me las iba arreglar para ir al servicio ya que no podía vestirme. Esto me torturaba. Ya no me importaba no comer, pero el no poder valerme era lo que temía. Después de pasar todo el día se me ocurrió pensar que por las maletas españolas, que precisamente eran diferentes a las europeas, podría intentar conocer a alguien que me pusiera el dichoso cable, que era de tanta necesidad. Entré en la estación y comencé andar entre tanta gente. Todo esto poco antes de las diez de la noche, pues antes no había pasajeros europeos, sino trenes de cercanías donde no conocía a nadie. Por mucho que busqué todo el día nada pude hacer para poner el cable.

A las diez de la noche me encontré un grupo de seis españoles del Sur. Eran mujeres con sus maridos. Les saludé y me contestaron en español. Les conté mi problema y no dudaron en ayudarme. Fue algo muy duro que me hizo pasar un día de angustia. Aunque tenía las maletas en consigna, yo llevaba en una pequeña maleta de mano todo lo necesario para poner el cable. Quité mi chaqueta y la camisa, que entregué a una señora. En la camiseta llevaba una especie de bolsillo que mi madre había cosido para poner el dinero, pero también llevaba en la chaqueta más dinero, separado por si las moscas, pues con mucha frecuencia se comentaban los robos de los que eran víctimas los viajeros por esos lugares desconocidos. Entre el miedo a que me dejaran sin blanca y la vergüenza de desnudarme entre tanta gente me puse tan nervioso que las gotas de sudor eran tan grandes que caían sin cesar. Era algo desconocido, algo que jamás vi. Tanta cantidad era que mojaba el suelo. No es ninguna exageración. He visto sudar a compañeros en la mina o en el campo por el esfuerzo y el calor, pero jamás vi tantas gotas bajar por un rostro humano. Aquella gente se asustó y me preguntaron si estaba enfermo. Una de aquellas mujeres dijo que temían que me pasara algo malo.

-Muchas gracias pero no estoy enfermo. Esto se cura en cuanto termine de ponerse el cable de mis aparatos. Sólo es por lo nervioso que estoy.

Aunque era muy fácil colocar el cable, el señor que lo puso, viendo como corrían las gotas de mi sudor se puso también muy nervioso, como el resto del grupo que no cesaban de mirarme y tardó mucho en ponérmelo. A parte de lo de las manos, que sin duda la gente sufre al verlo por primera vez, no era normal ver tampoco aquel río de agua por mi cara. Todos pensaron que me ocurría algo grave. Pusimos el cable y una vez vestido de nuevo, saqué mi pañuelo, sequé mi sudor y todo pasó. Les di las gracias y ya tranquilo les expliqué que era por los nervios que suponía desnudarme en público con tanta gente y que yo tampoco conocí tanto sudor nunca. Al verme normal se tranquilizaron. Ellos también lo habían pasado mal. Se dieron cuenta de lo mucho que había sufrido. Se portaron muy bien conmigo. Mucho me gustaría poder verlos de nuevo para saludarles y darles las gracias porque sin quererlo les hice pasar un mal rato. Seguro que nunca se olvidaron de aquel día. Hasta pienso que no me creyeron al decirles que no estaba enfermo. Aquello fue como para sufrir una deshidratación. No me pasó nada ni nunca más estuve enfermo de nada, aunque tampoco lo pasé más tan mal como ese día en esa estación Francesa.   

Salió el tren a las once de la noche como estaba previsto. Allí mismo nos despedimos y nunca más volví a verlos. Ellos tenían su reserva en un lugar lejano al mío y ni en la frontera los vería al hacer el trasbordo. Ellos iban para el Sur y yo para el Norte.  

A pesar de intentar acortar mi viaje tardé dos días y una noche en llegar. Eran las once y media de la noche cuando llegué al Café Díaz, en Blimea, donde era la boda. Ya se iban todos cuando se llevaron la gran sorpresa puesto que nadie contaba conmigo. Allí, con toda la familia, estaba mi novia. Yo quise que fuera a esa boda aunque yo no estuviera.

Sin afeitar y a pesar de haber comido muy poco, no tenía hambre. Nos abrazamos todos pero el que más sufrió fue mi padre que me abrazaba y lloraba como un niño diciéndome que lo había pasado muy mal porque yo no estaba. Más tarde me contaron mis hermanas que durante todo el día estuvo pendiente de la puerta para ver si llegaba su hijo. ¡Cuánto sufrió por mi desgracia! ¡Qué noble y cariñoso fue! Aunque mi madre también lo sentía, ella era más tranquila. Era mujer fuerte y serena que pudo soportarlo mucho mejor que mi padre que nunca pudo remediar sufrir por todos. Tomé un vino sobre la marcha y nos fuimos. Sabía que mis padres también estarían a disgusto sin mi presencia, ya que era el único que faltaba de toda la familia en un día tan significativo como la boda de mi hermana.

Llego el día de marchar. Salíamos de la Estación del Norte en tren, que se llamaba Expreso Portugal-París. Haríamos trasbordo en Venta de Baños Palencia. Alejandro, lo primero que hizo nada más levantarse fue decirme:

-¡Menudo día que tienes hoy, muchacho! A ver cómo te las vas arreglar con tus dos novias. Con una van a despedirnos casi toda la familia y con la Galleguina, los del hotel. No me quiero ver en tu pelleyu, amigo.

-Alejandro-le dije, en primer lugar yo no tengo más que una novia y está en Asturias. En segundo, no hay ningún problema, no tienen por qué verse. Para que no haya ningún malentendido, como vamos a estar en la terraza del restaurante. Un poco antes de salir para la estación, tú te vas con la familia de la Madrileñita, yo voy al hotel para llevar los equipajes con el Maletero. Aunque me acompañen la Galleguina y sus compañeras, yo llegaré a la Estación por la puerta de arriba. Entraré por la puerta de la derecha del vagón, subiremos las maletas, las despediré y por dentro del tren saldré por la puerta de la izquierda donde estarás tú con la otra familia y asunto resuelto. Será una gran paliza para mí recorrer todo el vagón con el equipaje después de arrancar el tren ya que nuestras reservas están por la entrada delantera. Pero no hay otra solución. ¿Te quedas tranquilo?

-Espero que salga así, me dijo:

Después añadió: ¡coño! ¿Lo tenías bien pensado, eh? Yo no me di cuenta de ese detalle. Vale, vale, eres muy astuto.

Me reí un poco y él también. Le dije, yo no tuve la culpa de que las chicas se interesen por mí, lo siento mucho pero ningún daño les hice. La vida es muchas veces algo dura. ¿Que te crees que toda esta historia fue agradable para mí? Yo también lo paso muy mal, porque nada puedo hacer para evitarlo. Son muy buenas personas  pero yo no pudo multiplicarme por tres para complacerlas.

La verdad es que las chicas no sabían la una de la otra. Yo nunca las engañe en nada y tampoco creo que debía decirles nada, ya que en ambos casos no se trataba más que de una amistad, aunque ésta nos produjera sufrimientos a todos. Fue sin mala idea y circunstancial, sin ánimo de ofender ni de lucrarme de nada y eso es lo que consideré más importante. De no lo haber hecho así, tendría un pesar para toda la vida ya que no me perdonaría una maldad de esa envergadura. Así me enseño mi padre y así lo cumplí toda mi vida. Desde luego que siempre fui vacado apetecido para las chicas y no sé por qué razón.

Todo salió como lo pensé, aunque tampoco pasaba nada si se veían. Lo hice de aquella manera para no verlas llorar juntas. Me resultaba duro soportar la pena que me daba de todos ellos: la madre lloraba y también las dos hijas, al padre y al hermano poco les faltaba. En el otro grupo iban cuatro: la morena que me había presentado a la Galleguita, dos compañeras suyas y la Galleguita. Aquellas estaban tranquilas pero la morena y la Galleguita me abrazaban llorando como si me conocieran de toda la vida.

Nunca me olvidaré de aquellos dos grupos de gente que mucho me apreciaron. Hay que pasar por esos momentos para saber lo que se sufre cuando uno lo hace con todo el respeto y el cariño humano que eso supone. Era demasiado. Salí de allí deshecho como si dejara algo de mi ser por el hecho de apreciarnos y haber convivido un tiempo juntos como en familia, sanamente y sin traiciones. Todo eso se siente cuando se tiene una mente seria y se hacen las cosas como Dios manda, respetando a los demás como uno quiere que se respete a su propia hermana. Sería para mí muy grande poder volver ver aquellas personas y no me refiero solo a las chicas, sino a todos los que de alguna forma intervinieron en el tema. Lo mismo a los padres de la chica madrileña, que a las compañeras de la Galleguita. Quisiera darles un fuerte abrazo y decirles que no pude más porque mi corazón no se pudo dividir en tres. Amaba a la que iba ser mi esposa. ¡Qué podía hacer! Nada más que cumplir con mi deber. Sólo pensaba en mi conciencia, en no haberle dicho antes a la otra familia que ya tenía novia, pero me conformaba porque viendo lo que sufría la Galleguita habiéndoselo dicho bien a tiempo lo mismo le hubiera pasado a la madrileña.

Cuando escribo este pasaje siento pena y morriña por todos, sobre todo por mi compañero Alejandro que ya no está. Sin duda los dos atravesamos una etapa durísima, conviviendo como hermanos mucho tiempo. Los dos pasamos momentos muy tristes pero también alguno con ilusión durante aquellos viajes por distintos países buscando remedio a nuestro problema. No debemos olvidar que la convivencia de las personas crea afecto y eso ocurre hasta en el trabajo. Todos tenemos amigos desde la infancia, en el trabajo en la escuela y en muchas partes más, hasta en un viaje puede nacer una gran amistad.

El día antes de marchar de Madrid para París me compré una bonita chaqueta que vi en un almacén de la capital. Lo curioso fue que Alejandro también quería comprar una chaqueta pero no acababa de encontrar una que le gustara y como se acercaba la hora de marchar, dijo:

-Oye, Arsenio, ¿Te molesta si compro una como la tuya? Es que sólo me gusta esa.

-Bueno, ¿Qué quieres que te diga? Si te gusta, cómprala.

Regresamos al mismo almacén y la compró. Desde luego que era una gran americana para aquella época, muy moderna y de las primeras que salieron con la abertura por atrás. Era a cuadros grises y grandes con un fondo tirando a crema muy claro, casi blanco. Era preciosa.

Cuando en el tren nos preguntaron por nuestro accidente y como llevábamos la chaqueta igual preguntaron si éramos de alguna institución. Alejandro cansado de dar explicaciones, la verdad era demasiado lo que preguntaban, les dijo:

-¿Qué os importa? Ya estoy hasta la coronilla de dar tantas explicaciones.

A mí me dio vergüenza y le dije más tarde que no se enfadara con la gente porque era demasiado lo que les llamaba la atención ver a dos hombres de esta forma, que tuviera en cuenta que hay momentos que todos queremos saber el porqué de las cosas. Cierto era que ya se cansaba uno de dar tantas explicaciones pero no teníamos más remedio que asumirlo y decirles el motivo sin enfadarnos. Yo le dije no debía olvidar que nos había caído ese sambenito y que por donde quiera que fuéramos, solos o acompañados, seríamos la atención de la gente y siempre por el mismo motivo: las manos. ¡Qué vamos hacer más que explicarles como había sido!

Al regresar a Asturias descubrí que no se conocían aquellas chaquetas y algunos decían: “Estás loco, ¿Cómo traes esa chaqueta abierta?” Tanto les llamó la atención la dichosa chaqueta con su abertura que terminé pidiendo a mi madre que la cosiera para que se callaran. Las modas de antes tardaban mucho en llegar a provincias. Sin embargo, aquello que tanto les molestaba y que tanto criticaron llegó poco tiempo después a nuestra zona y todo el mundo lo asumió como los demás. Así ocurren muchas cosas por desconocimiento y sin más. Siempre hay quien cree saberlo todo pero en realidad acaba metiendo la pata hasta el fondo.

Yo pasaba el tiempo en aquella terraza pero mi compañero Alejandro no paraba. Eso junto con mi forma de ser, creo que fue suficiente para que la gente hiciera una valoración diferente, pero muy positiva. Nunca podré explicarme porque siendo forastero me pusieron en tan alto pabellón. Estaban muy bien informados de cómo ero yo.

Aparte de los periódicos aquel pollo que no me quería para su cuñada, hablaba muy bien de mi, además de muchas personas que me conocian en la capital. Aunque ya había pasado temporadas en Madrid, nunca había estado por aquella zona. Años antes comíamos en un restaurante donde nos hicimos amigos de los dueños, que precisamente eran oriundos de Cabrales Asturias. El restaurante se llamaba “Casa Frutos” y estaba en la calle Tetuán nº 20, al lado de Sol. Teníamos mucha amistad y parábamos siempre con ellos. Aquella familia fue para nosotros muy buena. Sólo por el hecho de ser sus antepasados de Asturias, nos dieron cariño y tuvieron toda clase de atenciones con nosotros. Lo mismo el padre y la madre que los tres hijos, nos trataron excelentemente.

Siempre fui muy amigo de vivir en familia y no me gustó nunca la soledad y por eso siempre paraba donde había confianza y buena amistad. Nunca me gustó deambular por esa inmensa soledad que es la gran ciudad, donde algunas veces te encuentras más solo que en el mismo bosque, a pesar de haber tanta gente.

Algunas veces salíamos con uno de los hijos que era de mi edad. Un gran chico que nos enseñaba la Capital y nos ayudaba en lo necesario. Siempre les recuerdo con mucho afecto. Al morir los padres, ya de mayores, siguió este hijo, el más joven con el bar pero lo dejó hace años. Siempre que voy a Madrid paso por allí aún me llama la atención por el recuerdo de aquella familia, a la que deseo volver a ver. Este bar lo regenta otra gente y no sé de aquella familia excepto del más joven que parece que se casó con una chica de muy buena familia y que es uno de los jefes de una compañía cervecera, según me contó un señor en ese bar que decía conocer a la familia por haber parado allí. Sería para mí una gran satisfacción volver a ver a los tres hermanos, que tan nobles fueron con nosotros. Es increíble el afecto que se siente por una familia. Ya no están en el bar pero lo sigo visitando como si fuera para hacerles un homenaje con mi presencia a aquellos padres que ya no existen y a esos hijos que ya no están, pero que su recuerdo y afecto ira conmigo mientras viva.

Por si fuera poco lo que sufría, otro problema más. Alejandro se iba de rumba y algunas noches ni se acostaba. Una mañana cuando desperté, mi habitación estaba iluminada a través de su enorme ventana con un sol espléndido y brillante. Era uno de esos hermosos días de primavera, en el mes de mayo, que invitan a contemplar el paisaje al despertar. Me levanté y me puse en la ventana que desde un sexto piso dominaba una gran vista en la misma orilla del Manzanares. Mientras que miraba los claros horizontes y escuchaba el ruido de las aguas del bonito rio manzanares, pensaba en mi novia y me decía: “mejor estaría a su lado en mi querida Asturias”. Sentía morriña y también sentía pena por aquella familia que tanto cariño me daba. Sabe Dios como sería su destino y con quien acabaría aquella bonita chica. Sólo podía desearles suerte, porque otra cosa no podía hacer.

Sumido en esos pensamientos me acerqué al lavabo para asearme. Cuando estaba afeitado de un solo lado pues siempre me afeité con jabón y cuchilla, llamaron a la puerta. Quien es. Era una señora de unos cuarenta años que trabajaba en el Hotel.

¿Estoy afeitándome y en ropas menores? Le dije.

-¿Puede esperar un poco?

-¡Qué más da! Abre, no tiene ninguna importancia.

Le abrí, nos saludamos  y dijo,-tranquilo, termina.

Se sentó en mi cama. Me puse nervioso y casi no podía ni terminar. Era una mujer que no me gustaba nada. Yo estaba enamorado de mi novia y nunca la traicione Me resultaba imposible. “¿Cómo me las iba arreglar?” Me preguntaba a mí mismo. Pasé un mal rato. Terminé y me puse el pantalón y la camisa. Ella muy atenta se levantó y me ayudó a abotonar la camisa. Terminé y dijo:

-Siéntate que no vengo a lo que tú piensas.

Respiré a gusto.

-Vengo a hablarte de un asunto importante. Arsenio ¿Conoces a la Galleguita?

-Bueno, sólo la vi por ahí. Parece que hace poco que vino.

-Oye, ¿Te gustaría para ser tu novia?

-¡Vaya pegunta que me haces! Ni me lo he planteado. Sólo la vi dos o tres veces, nunca nos hablamos. ¿Por qué me lo preguntas?

-No conoces nada de su vida ¿verdad? ¿No sabes que es huérfana de padre y madre? ¿No sabes tampoco que se mataron hace sólo dos meses? Cayeron con su tractor por una pendiente y no se salvó ninguno y como no tiene a nadie, la trajeron a trabajar aquí, al hotel.

-No sabía nada -le dije- lo siento mucho, pobre chica.

-Pues ese es el motivo de mi visita. Toda la gente del hotel siente pena y dolor por ella y todos pensamos que tú puedes ser la salvación de su soledad. Solo tiene 18 años y está sola en este mundo tan malo, sin protección de nadie. ¿Qué va ser de ella? “Pobrecilla” me decía.

-Pensamos que tú al ser formal y tener negocios, la puedes llevar contigo para que le busques trabajo cerca de ti y que seas su novio y asunto resuelto. ¿Qué te parece esto? Si tú quieres, mañana miércoles que descansa ya puedes salir con ella.

-Me quedé sin palabras y como aturdido. Se levantó y sin decir más abrió la puerta. Allí esperaba la Galleguina. Le mandó que pasara y me la presentó. Yo no sabía ni qué decir ni qué hacer. Lo pasé muy mal. Solo acerté a darle un beso y, mirándola con intensidad al igual que ella a mí. Por un momento los dos guardamos silencio. La señora que tenía buen desparpajo dijo:

-Bueno ya estáis juntos.

Se despidió y se fue. Quedamos los dos sin saber qué decirnos el uno al otro. Lo único que se me ocurrió decirle fue que sentía mucho lo ocurrido a sus padres, que no sabía nada de eso y que me extrañó verla vestida con ropa de luto. En aquel tiempo todas las familias se vestían de negro durante un año por el luto de un familiar

Seguidamente le dije que no sabía el tiempo que podía estar allí y que, como amigos, la acompañaría los días de descanso hasta que me marchara. Le pareció muy bien. Se fue a su trabajo y quedamos al día siguiente para salir por la tarde.

Yo estaba medio aturdido y sorprendido por el valor que daban a mi persona pero a la vez agradecido por haber tanta gente buena que sabía apreciar a las personas por su propio mérito. Aquello fue para mí una experiencia inolvidable por distintas razones. Había sufrido desprecios y humillaciones, llegando a pensar que mi desgracia por no tener manos servía para conocer la crueldad de alguna gente y todo se presentaba como si de un castigo se tratara. Solo me encontraba con obstáculos al principio de mi vida de mozo soltero. Me parecía imposible que todo hubiera cambiado y que de la noche a la mañana, en lugar de esas torturas comenzara a recibir agasajos y aprecio además de una valoración que a mí mismo me parecía excesiva. ¡Qué diferencia tan notable! ¡Qué alegría saber que aun había gente que te quería y apreciaba desinteresadamente y que a la vez luchaba por el bien de otras personas!. Por eso se dice que por mucho que llueva, algún día saldrá el sol.

A pesar del aprecio que me brindaban, a pesar de las buenas chicas que me salían, el corazón de una persona, mujer u hombre, tiene que saber valorar las cosas y a veces eso te produce sufrimiento y pena por no poder complacer a tanta gente. Aunque hay momentos que te da alegría por ver cómo te valoran, no puedes olvidar que no has podido hacer más por ellas. Así son las cosas. Yo no podía convertirme en tres. Estaba destinado a la que iba ser la madre de mis hijos y no había más vueltas que darle. Yo tenía un camino para seguir y me alegro de haber acertado a cumplir con mi deber sin lesionar los derechos de nadie y menos de aquella gran gente que tan maravillosamente se portó conmigo. Lo mejor de toda esta historia es que supe respetarles, mostrándome en todo momento con lealtad y sin engaños para no traicionar a nadie. Al final eso es lo que sirve para nuestra tranquilidad. No se puede olvidar que la bravura en la juventud y el deseo, puede llevarnos a malos caminos. Pero fui valiente y los aguante, sin hacer daño a nadie.

Al día siguiente, como estaba previsto, salí con la Galleguina. Era muy guapa y con su blanca y fina piel y negra vestimenta. No me cansaba de mirarla Hera tan bonita y cariñosa, que la consideré una de las mejores chicas que había conocido. Era una niña con solo 18 añinos, pero digna de un buen hombre y, a mi juicio, tenía todas las cualidades para ser una buena compañera y esposa. Pero tampoco pude hacer nada por ella. Los sentimientos de un hombre a veces son tan grandes que uno desinteresadamente desearía multiplicarse y convertirse en tres o cuatro para poder ayudar a la gente, pero eso no es posible. El amor es cosa de dos y no sirve romperse la cabeza. Yo ya tenía el mi amor. Estas tres chicas tenían que buscarse el suyo por otro lado. Yo sólo podía brindarles mi amistad y respetarlas como se merecían,  como si fueran mis hermanas. Eran dos mujeres hermosas en la plenitud de la vida. Me alegraría muchísimo saber que tuvieran la suerte que se merecían.

En nuestras salidas a pasear por la capital, llevé a la Galleguina a museos y lugares de recreo, ya que ella aún no conocía nada. Procuraba hacerle compañía, distraerla y evitarle el sufrimiento que en sus bonitos ojos se veía. Algunas veces me decía, ¿qué feliz me harías Arsenio si me llevaras con tigo. Aunque le había dicho que no podía, ella no perdía la esperanza. Tan sola se encontraba y tanto le metieron en la cabeza que yo sería el novio ideal para ella, que no se lo podía olvidar. Una tarde tomábamos el fresco bajo unos arbustos en la Casa de Campo junto al lago y recordando a sus padres lloraba como la niña que era. Yo la abrazaba con todo mi respeto y la animaba, arrimando su cara a la mía y ella me besaba dándome las gracias por lo bien que me portaba con ella. Me dijo:

-Arsenio, yo te quiero; parece como si te conociera de toda la vida, ¿Por qué no me llevas contigo? ¿Es porque no me quieres? Si me quieres tuya soy; si no, respétame.

Por un momento me quedé sin habla. Aquella frase me había llegado a lo más hondo de mi ser. Con lágrimas en su bonito rostro y llena de amor por mí, me dio tanta pena que no sabía qué le podía decir para calmarla. Es demasiado lo que se llega a sufrir por una persona desinteresada mente, sin más motivo que el de la amistad y el cariño que se coge a una persona.

Fue allí cuando ya no pude más y le dije:

-Lo siento de corazón pero no puedo llevarte conmigo. Estoy comprometido, tengo novia y voy a casarme en Septiembre. Tienes que tranquilizarte. Eres joven y bonita, has de tener suerte, ya encontrarás a otro hombre que sepa tratarte como yo. No dudes que hay chicos muy buenos y te aconsejo que antes de decidirte, sepas de quién se trata y no tengas prisa para escoger a tu pareja. Es demasiado serio y los hay muy torcidos por ahí. Yo estaré contigo hasta que marche al extranjero. Cuando vuelva ya no podré parar aquí. Tendrás que ir acostumbrándote. Te conviene tener una amiga para salir. No salgas sola, ya sabes lo mal que se pasa rodando por ahí.

Me daba dolor y pena verla, tan hermosa, tan noble y por un momento pensé que mejor hubiera sido no haberla conocido, pero no lo podía remediar. Sin duda la gente del hotel, sin darse cuenta y creyendo hacerle bien, le había causado un gran sufrimiento que seguro tardó en olvidar. Creo que me cogió cariño y lo tuvo que pasar fatal. Aun recuerdo cómo lloraba al despedirnos diciendo que si podríamos vernos alguna vez. Yo no se lo pude prometer porque no sabía cuándo volvería a la capital. En efecto, tardé varios años y no fui por allí nunca más. Aparte de que yo siempre viajaría con mi esposa. Nunca supe más de ella, ni de las otras dos. No sé la suerte que pudieron tener. Me gustaría saber cómo les fue la vida, pero ya será casi imposible, sabe Dios dónde estarán y que habrá sido de ellas.

Por motivo de aquel viaje a París, estuve en Madrid algo más de un mes. Yo pasaba la mayoría del tiempo en la terraza del bar de un amigo que era de procedencia asturiana y tenía amistad con aquella buena familia que nos trataba muy bien. Al fresco en la terraza, leía los periódicos y alguna revista. Escribía a mi familia y a mi novia. Iba a comer al hotel y regresaba de nuevo a la terraza del bar, hasta la hora de cenar. Casi nunca salía por Madrid, ya lo conocía y me cansaba tanto barullo. En cambio Alejandro le gustaba correr por aquella capital. Todos los días se marchaba solo. Ahí sí que no pude sujetarlo para que no bebiera demasiado ya que la mayoría de los días venia bebido. Siempre decía que se aburría y que no podía aguantar todo el día allí. Aparte de que no me gusta beber, por allá se gastaba mucho dinero y yo quería ahorrar y no me interesaban tantas correrías.

Una mañana cuando estaba escribiendo en la terraza, a mi novia, me dijo el amigo y dueño del bar:

-Arsenio, ¿Sabes que eres el don Juan del barrio?

-¿Cómo me dices eso, si no trato con ninguna chica? No conozco a nadie más que a ti y a tu familia.

-Pues lo eres, se interesan varias chicas por ti.

Yo sólo sabía de una jovencita hermana de su esposa, que por cierto era muy salada y se  estaba interesada por mí. Pero también sabía que él mismo la regañaba. Ella no perdía ocasión para estar conmigo. La vigilaba con mucha vista para que no estuviera con migo. El granuja me habló de otras, pero sólo de las que no le interesaban. Decía ser mi amigo y apreciarme mucho pero me despreciaba por no tener manos como otros más y sin valorar la capacidad de las personas. La falta que tengo va siempre a la vista y algunos las llevan escondidas.

Esa frase que es realmente cierta, la dijo el padre de una chica que también me quería para su hija Con toda su nobleza me dijo un día.

-Arsenio, me entere de que la familia X…te desprecia por lo de tus manos. Se enteraron de que la chica estaba enamorada de ti. Se sabe que hasta le pegaron porque ella no dejaba de quererte. Que eso no te disguste, porque lo que te a de sobrar ati son chicas. Eres un hombre con una planta de de lo mejor y muy trabajador, te defiendes como si tuvieras manos, estudias y eres muy buna persona, ya quisiera yo que fueras para mi hija. Eres de muy buna familia y lo mismo que tu padre, saliste igual que el.

-Muchas gracias señor, le agradezco de corazón su aprecio. Ya sé que hay personas que no me aceptan por qué no tengo manos, pero le puedo asegurar que con todo mi defecto, no me cambio por nadie. Sigo mi camino y sin problemas, el tiempo nos dirá lo que ha de ser. De momento no pienso echarme novia, tengo que trabajar además de estudiar y eso lleva mucho tiempo, ya llegara el día que pueda divertirme y salir.

Todo aquello me hizo reflexionar mucho, pero nada pude hacer. Era cierto que tenía mucho trabajo además de estudiar, prepararme por que de joven no me fue posible. Aparte de que no me gustaba  engañarla ni aprovecharme de nada. Mi forma de ser no permite la tracción ni el engaño, como la de aquel individuo que por delante una cara y por atrás otra.

Yo creo que esta clase de gente traidora, actúa de esa forma, porque piensan que todos son como ellos. Que en gañan y traicionan a quien se ponga de lante y con la cara más dura que el acero,  ignorando que los demás les observamos y nos reímos de ellos. En mi opinión, poco o nada abra más bonito que la seriedad y la forma de valorar las cosas por su propio merito.  Jamás engañe a nadie ni falle con mis principios de hombre serio y trabajador, dedicado a lo mío sin molestar a nadie, pero apartándome de esa clase de gente. Siempre fue mi norma el tratar con la gente buena y seria. Nunca me olvido de aquel proverbio que dice. Dime con quién andas y te diré quién eres.

Aquel pollo no sabía que yo ya le había localizado y le controlaba tanto como él a su cuñada. Me dijo:

-¿Conoces a las dos chicas que viven aquí cerca?

-Las veo pasar algunas veces pero nunca me traté con ellas.

-Estas chicas y su madre quieren tomar café contigo hoy, después de comer si tú quieres, claro.

-No hay problema, tomaremos café le dije, es agradable estar con alguien tan elegante además, siempre estoy solo en tu terraza.

A mi regreso de comer me senté como siempre en la mesa donde tomaba el café. Al momento llegaron las tres. Desde luego muy elegantes, hasta la madre era guapa y siempre bien vestidas. Tres mujeres como tres flores. La joven tenía dieciocho años y la otra que ya tenía novio veinte. Sin duda eran a cual más guapa, educadas y finas, con sus bonitas y blancas caras.

El mismo dueño del bar me las presentó y nos sentamos a tomar un café, lo que se convertiría en un hecho diario durante mi estancia en la capital, también por las noches, hasta que marche a Paris Francia.

Allá pasábamos todos los días varias horas y después de tener cierta confianza, la madre dijo:

-¡Vaya pareja que hacen Arsenio y mi hija! Y con toda su tranquilidad me pregunta: ¿No te gustaría ser su novio? Sería para nosotros una gran satisfacción. Eres buen chico y ella también. Le gustas mucho. Nuca tuvo novio, no la dejamos salir por lo mal que está por aquí. Si las llevo al cine las tocan en la oscuridad, no hay dignidad entre algunos jóvenes. Eres ideal para ella.

No me cogió por sorpresa porque yo ya había notado lo que había. No me dio tiempo a contestarle cuando me dijo:

-¿Qué opinas? Arsenio.

-Es muy bonita y buena chica, pero soy de muy lejos y no puedo desplazarme, tengo que trabajar y no dispongo de tiempo libre para viajar. Es muy difícil por estar tan lejos y al pasar tanto tiempo sin vernos, puede que un día se encuentre un chico y se enamore, cosa muy normal, lo que podría resultar duro para mí, sufriendo por ella o viceversa. Es peligroso, uno de los dos podría quedarse solo después de hacer planes y estar enamorado. Sería muy triste.

La madre, que era una mujer inteligente y buena señora, parecía tener remedio para todo.

-Todo es cuestión de planteárselo decía. Vienes algunos fines de semana, cuando puedas y no tendrás más gastos que los del tren. Te quedarás con nosotros en casa y no pagarás hotel.

Desde luego lo que aquella buena mujer decía era con todo su corazón. Me apreciaban muchísimo y seguro que me acogerían en su casa con el mejor de los deseos. Eran muy buena gente y se manejaban muy bien. La verdad es que todo aquello me hizo sufrir mucho. Fue tan cariñosa toda la familia conmigo que les tomé un gran afecto y lo sentí de verdad. Sin embargo, yo nada pude hacer por complacerles ya que estaba prometido a mi novia y dos no podía tener.

Nunca entendí porque metí la pata al no decirles primero que estaba prometido, pero dada mi forma de ser no quise hacer daño a ninguna chica. ¿Por qué no les dije desde el primer momento que tenía novia? Ese fue mi fallo. Hubiera evitado que aquella familia se hiciera con aquella idea que nos hizo sufrir a todos. ¡Qué torpe fui! Mucho lo siento. Más tarde tampoco me atreví. Reconozco mi fallo pero tuvo que ser así y lo siento mucho todavía hoy. Fue una gran pena no haber evitado aquello. Me gustaría saber de esta familia porque aun los recuerdo y los aprecio a todos, lo mismo a las dos chicas que a sus padres y al hermano, que también conocí. Sin duda eran una familia maravillosa y que recordaré mientras viva con afecto

Comenzó a venir el padre con ellas a tomar el café por las noches. Luego vino un hermano con su esposa y una niña. Era una familia de bien, muy unida. El padre era jefe en la empresa donde trabajaba, era un señor de estampa y muy buena persona. Los dos hijos mayores tenían carreras superiores. Tenían un piso con su garaje. Yo mismo no me creo lo mucho que me apreciaron. ¡Qué dolor que peña el no poder complacerles! ¡Qué aprecio tan grande siento por ellos! Acostumbrado a los desprecios de otra gente, era mucho el cariño que sentí por todos ellos, dejaría de ser humano si no dijera la verdad. A pesar de tantos años el recuerdo de aquella familia está conmigo.

Todos aprobaban lo que la madre había propuesto. Aunque yo a todo ponía inconvenientes, ellos no cesaron en su empeño, pero yo no podía cambiar las cosas.

La chica trabajaba a lado de su misma casa y descansaba los martes. Siempre quisieron que la acompañara ya por la mañana. Paseábamos, tomábamos algún refresco y regresábamos a comer ella a su casa y yo al hotel, para luego tomar el café con su madre y hermana en la terraza de siempre.

Al proponerme salir, fui sincero y expliqué que sólo la acompañaría como amigo mientras que estuviera allí. Así se lo prometí, otra cosa no podía ser. Esto les pareció muy bien, seguro que pensaron que al salir con ella me convencería, pero eso fue imposible. Yo no podía abandonar a mi asturiana, a quien quería de verdad. Me costaba trabajo viajar sin ella, la prueba es que nunca más fui sin ella a ninguna parte y siempre fue mi eterna compañera. En este mismo año se cumplen los cuarenta años de nuestro comienzo como novios y nunca más estaría sin ella porque siempre la quise tanto como a mi vida. No la podía traicionarla, ni tampoco a las otras dos chicas, porque ya no era una, si no tres. Las pase moradas, sufrí mucho porque soy hombre noble y valoro mucho a las buenas personas.