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Archivo mensual: marzo 2014

No podía pagar una maquina de importación, era mucho dinero para invertir, imposible poder con ello. En nuestro país no las había. No me quedaría más remedio que hacerme una hidrosembradora, pensé que sería la única forma de poder seguir adelante. 

Hidrosembradora ILlevaba tiempo dándole vueltas al tema y, a pesar de las advertencias de aquel hombre que sabía eran ciertas, no me di por vencido. Sabía que para los taludes de carreteras y otros lugares esta máquina era indispensable. Si no la conseguía los días como contratista de esta clase de obras estarían contados.

Tenía que construirme una maquina propia. Si no podía en un año, emplearía los necesarios para ir pagando los gastos de su construcción. Al regreso de aquel viaje comencé a trabajar en el proyecto. Llevé conmigo a un topógrafo a ver una de importación, con el fin de tomar alguna medida. Pero al día siguiente pensé que lo mejor sería dejar este tema, podría meterme en líos si la copiaba

Decidí comenzar desde cero por mi cuenta, a diseñar una que fuera totalmente distinta y española, que pudiera patentarla y hacerla a mi gusto.

El diseño de esta máquina me llevó largo tiempo. Mis conocimientos eran escasos para una obra de esa envergadura. Iba a resultar difícil. Trabaje días y noches sin descanso. El problema no era el trabajo que llevaría construirla, sino lo absorbente que era aquella obra. Me resultaba demasiado complicado y no me dejaba dormir.

Algunas veces la bravura de la juventud no nos deja ver el peligro al que muchas veces estamos expuestos en el trabajo o en la carretera por las prisas. Cuanto más corras más peligros tendrás.

Evita esa prisa en todas partes pero sobretodo en carretera y en el trabajo, es muy mala cosa. Por ella pierdes capacidad, te absorbe la inteligencia y no estás en tu estado normal, aunque te creas que dominas tu máquina bien, no es verdad.

Cuando ya tenía parte de la máquina diseñada, un prototipo de mi propia imaginación, decidí comenzar su construcción. Cogí el coche y marche a buscar un soldador.

Cuando iba por Sama me encontré con un viejo amigo, Aquilino Fernández, que habíamos sido compañeros de trabajo en la oficina del Cargadero del Grupo San Mamés. En aquel tiempo era profesor de la Escuela Elemental de la Felguera y yo estaba destinado a las oficinas centrales del Grupo. Hacía ya tiempo que no nos veíamos. Charlamos un rato y le conté mis proyectos.

-Llegas a tiempo, me dijo, en el piso a lado del mío hay un buen soldador. Es uno de los mejores del la región. Aunque viaja por obras de distintos países, acaba de llegar por tres meses.

Nos acercamos hasta el edificio donde vivían y llamó al timbre. Bajó y nos presentamos. Le expliqué lo que pensaba hacer y dijo que no tenía ningún inconveniente en ir a trabajar conmigo hasta que le llamaran para marchar. Subió de nuevo a su casa y al poco tiempo bajó. Comenzamos los trabajos de la máquina, aquella misma mañana. Nada más llegar dimos comienzo a la construcción de lo que iba ser una gran máquina, la primera de nuestro país.

Lo primero que teníamos que hacer eran cuatro fuertes caballetes para poder resistir el gran peso de la máquina, donde colocaríamos su base, además de una cuba con capacidad para 5000 litros. Llevaba un motor de setenta caballos de gasoil. Un cambio de marchas y una doble transmisión. Una bomba de alta presión de treinta caballos, la que mandaba el material al cañón de lanzamiento o a las mangueras, cuando se trataba de largas distancias. Además, un fuerte reductor que transmite la fuerza al mezclador interior, provisto de un eje central con unas paletas para hacer la mezcla de los distintos materiales que llevaba según los casos a tratar. Esta máquina es para trabajos de hidrosiembra, también para los bomberos, al lanzar agua con gran potencia y rapidez. Igualmente para repartir cal en grades extensiones de terreno. Solo en catorce a quince minutos expulsaba los 5000 litros a una distancia de 200 metros, o más, según los casos y la presión que se necesitara.

Esta máquina lleva en la superficie una base plana para poder trabajar el personal, protegido por una balaustrada, además de unas cadenas que, en la obra, se colocaban superpuestas encima de la balaustra o laterales para la seguridad del personal, evitando que uno se pudiera caer desde aquella altura. Se alimenta a través de sus dos escotillas con el agua necesaria, abonos químicos, semillas diversas, paja molida, celulosa y pegamento para fijar el material en pendientes muy elevadas.

A la vez que fabricaba esta máquina, tenía que trabajar mis ocho horas de servicio y buscar tiempo para visitar obras, por distintos lugares y distintas empresas, algunas fuera de Asturias. Me encontraba agotado por tanto trabajo, por lo que casi me mato en coche un día. Tenía un grupo de diez hombres en una obra de alta montaña y fui a ver las obras. La entrada era por el alto de una montaña y bajé viendo toda la explotación. Estuve con mi gente. Salí a las 12 con destino a casa para ayudar al soldador. Cuando iba llegando a un cruce de carreteras, a unos 100 metros antes, me quedé dormido y sin darme cuenta el coche se iba contra  un muro. Antes de colisionar desperté, frené. El susto fue grande. Aparqué y salí del coche para dar un pequeño paseo para despejar, pensando que si este sueño me hubiera dado bajando de la montaña, seguro que volaría por toda aquella enorme pendiente. Tuve suerte.

hidrosembradora

Cogí el coche y continué. Era un lunes del mes de mayo, un día de esos con nubes y con mucho calor. Como todos los lunes había mercado en Sama. La circulación era muy lenta, aun no se había construido el corredor del Nalón y las carreteras de la zona estaban saturadas. Cuando circulaba por delante del Pozo María Luisa en caravana, a unos 20 kilómetros por hora, me quedé de nuevo dormido. Mi coche invadió el carril contrario. Esta vez no desperté y me dirigía a empotrarme debajo de un trailer. La gente miraba cómo iba a quedar debajo de aquel camión. El coche que llevaba detrás era de la Guardia Civil de Laviana. El Sargento Abelino y un guardia civil.          

Avelino que había estado con su mujer cenando con nosotros el jueves anterior, pues era familia por parte de mi mujer, dijo a su compañero:

-Es Arsenio algo le ha pasado. Le daria  un infarto, va como muerto. 

El camionero pitó fuerte, pero el dormido siguió su camino hacia el camión. El camionero que vio al conductor del coche sin sentido, en el momento de la colisión fue muy hábil y dio un viraje para evitar meterme bajo su camión. Casi tira la casa de aseo del Pozo María Luisa, pero me libró de lo que pudo haber sido mi final. Me pegó de lado y me lanzó contra otro coche, un volvo que circulaba en dirección contraria. Le reventó una rueda y le destrozó una parte. Desperté con el último porrazo. Avelino y el compañero se lanzaron a sacarme del coche pensando en lo peor. Yo estaba aturdido, tenía diversas magulladuras, golpes y dolores. Me llevaron al bar de en frente para examinarme mejor y poder recuperarme del susto y de los golpes. El dueño del bar preguntó al sargento si esta borracho.

-¿Cómo va estar borracho Arsenio? Él no se emborracha le respondió Avelino en tono fuerte y molesto por que pensara eso de mí. Todo lo contrario, es por trabajar demasiado y no descansar ni para dormir. Está inventando una máquina y no para. Yo estuve en su casa el jueves, con mi esposa, a cenar con ellos. Su esposa se quejaba de que no dormía por tanto trabajo y tenía miedo de que le pasara algo por falta descanso.

Abelino también me aconsejo en aquella visita que trabajara un poco menos, que a esa marcha no había quien lo aguantara. Tenían razón. Mi esposa fue la primera que se dio cuenta del peligro, pero no le hice caso. Muchas veces fallamos y en este caso pudo haber sido grave, nunca más cogería el coche sin haber dormido.

Después de lo ocurrido cuando un día íbamos mi esposa y yo desde Teruel a Zaragoza. Eran las 12 del medio día y parecía darme un poco el sueño. A pesar de que ya procuraba dormir mejor y dosificar más el trabajo por precaución. En cuanto me di cuenta, aparqué para dormir media hora. Mi esposa leyó el periódico. Seguimos el viaje sin más problemas. A partir de aquella experiencia me había dado cuenta de que no se puede luchar contra la naturaleza. Seguiría trabajando mucho pero procurando dormir lo necesario para evitar problemas al volante.

Regresábamos de comprar ganado en una graja de las mejores del país. Tenía ganado selecto en porcino. Era la Granja Virgen de La Fuente, situada a unos 150 kilómetros de Teruel, en las montañas del norte. Hasta esas lejanías íbamos a buscar el ganado. Otras veces comprábamos de importación.

La reparación del coche costó 375.000 pesetas. En aquel tiempo era un montón de dinero. El coche era nuevo, un Crysler 150, pero se quedó que daba pena verlo. Era difícil creer que allí hubo un hombre al que sacaron sin problemas después de un porrazo tan gordo, el que lo vio dijo haber sido una gran suerte, muchos no lo hubieran contado. Gracias que no circulaba a gran velocidad. Pero la falta la había venido cometiendo desde hacía ya tiempo, por trabajar más de lo que estaba permitido y no dormir lo suficiente.

La construcción de la máquina fue una lucha tremendamente dura: catorce meses interminables duró su construcción, entre el tiempo de diseño y mano de obra. Fue un tiempo lleno de inconvenientes y dificultades. Cuando estábamos a mitad de su construcción, una mañana llamaron al teléfono al soldador Paulino. Le dijeron que tenía que salir con carácter urgente para el Estrecho de Bering, a una base petrolera. Cuando me lo comunicó, se me paró el reloj. No me lo podía creer. Me quedaba todo para mí solo. Aquel hombre era muy trabajador y prudente. Un soldador con una capacidad de trabajo asombrosa, era un veterano en la materia. Me entendía a la perfección, pero se iba. Recibí un disgusto terrible. Los dos estábamos muy a gusto, a pesar de los inconvenientes que surgían en un trabajo de esa categoría. Él se encontraba cerca de su casa y ganaba un buen sueldo y yo contento con su buen trabajo.

Este gran hombre lo sintió mucho. Le daba pena dejarme solo con aquella obra tan difícil. Con su gran corazón me dijo:

-Tengo un compañero de trabajo, muy bueno. Voy a verle antes de irme y decirle que te saque del apuro. Lo mereces, eres muy buen compañero y buen jefe. Sabes entender a la gente y eso es muy importante, por eso no quiero dejarte solo. Es aquí donde algunos mandones que revientan a la gente, deberían de copiar de las palabras de Paulino el soldador, de cómo se debe tratar a la gente.

Jamás olvidé aquellas palabras de aquel gran hombre. Nos dimos un abrazo de hermanos y nos despedimos.

Paulino como siempre un caballero, no se olvidó de lo prometido y su amigo llegó. Aquella misma tarde ya me llamó por teléfono el nuevo soldador Elías me dijo: tratándome como si me conociera de tiempo:

-Basta con que me lo haya pedido mi amigo Paulino. Dijo que merecía la pena sacrificarse por ti, que eras buena persona. Que estabas muy apurado y con muchas ganas de terminar tu máquina.

Elías era tan buena persona como su compañero, un gran hombre, trabajador prudente, noble y cumplidor al máximo. Los dos eran profesionales cualificados en su oficio. Eran dos personas dignas de apreciar que comprendieron mi lucha, mis ganas de trabajar y de seguir a delante. Los dos se dieron cuenta de mi situación y se comportaron todo lo mejor que un hombre puede hacer por un semejante. Estos dos soldadores son un claro ejemplo de la nobleza de mucha gente que hay por el mundo.

Al día siguiente, a las 8 de la mañana se presentó Elías a trabajar. En un momento cogió la marcha del trabajo. Entendía mis explicaciones y sabía trabajar en equipo. Cada uno a lo suyo y cuando lo necesitaba me pedía explicaciones. Todo marchaba muy bien, hasta una mañana que se encontraba barrenando una pieza con la máquina de barrenar móvil y le dio un enorme tirón en la muñeca derecha, lo suficiente para mandarlo de baja. De nuevo me quedé solo,  menudo disgusto. Ya era bastante el problema del trabajo de aquella máquina para que encima me surgieran éstos problemas. Me quedé solo para mover piezas de muchos kilos. Luego la cantidad de soldadura que había que hacer me llevaría a mí solo una eternidad, por lo que tuve que buscar a otro soldador, ya que yo tenía que cumplir con mi jornada en la empresa. Solo podía trabajar en la maquina, por las tardes y noches. Por esa razón me vi agotado.

Realmente era difícil hacer una máquina que acababa de diseñar. Tienes que construirla a base de apuntes, sin planos. A medida que avanzaba, iba improvisando. No me podía alejar de este trabajo. Todos los soldadores me decían que si me iba ya no podían trabajar, pues los planos de la maquina estaban en mi cabeza y ahí no podían entrar. Tenía que estar allí para explicarles lo que había que hacer. Ellos no entendían los croquis que yo había confeccionado a mi manera. Nadie más que yo los podía manejar. Por ese motivo tenía que estar presente el máximo de tiempo posible. Además, había que manejar grandes piezas, con las que uno solo no podía.

El taller era casero y no había  grúa, solo disponía de dos trácteres, que también era mejor manejar entre dos. Fueron tantos los cambios que hubo que hacer del primer prototipo, que incluso antes de llegar a la mitad de la máquina ya no se parecía en nada a lo que había proyectado. Haces un proyecto pero nunca sabes cómo va a ser hasta que lo terminas. Fueron muchos los problemas que surgieron: falta de espacio para los mecanismos, distribución de los acoplamientos y otros mil obstáculos que hubo que subsanar. Es imposible imaginarse la capacidad humana cuando se encuentra en un proyecto de esa envergadura.

Luchas y luchas sin descanso para buscar la solución de tu problema y cuando menos lo piensas, das con él y vuelves a fabricar otro artefacto que te sacará del apuro para seguir adelante con tu invento y no fracasar. Te absorbe hasta tal punto que cuando vas por la calle o estás en tu propia casa y te hablan, ni te enteras. Es tan grande la lucha interna en tu cabeza que solo vives para la dichosa máquina. Pero después de mucha batallar la maquina salió y mucho mejor de lo que nunca pude imaginar.

Una mañana a las 11, estábamos el personal y yo, comiendo el bocadillo en el descanso de aquella obra cuando llegaron el jefe y el capataz. Se acercaron y me dijo, el jefe:

-Arsenio acompáñenos.

No esperó ni a que terminara de comer. Retiré mi comida y subí al Land Rover con ellos. Me llevaron a ver una obra de explotación que no era de mi incumbencia, lo mío solo era la restauración. Pero ya tenían un concepto de mí, gracias al resto de los jefes de otras obras, de ser hombre entendido, por haber trabajado en otras explotaciones donde me apreciaban y sabían valorar mis trabajos y la seriedad para realizarlos. Esta vez que fue la primera, me llevó para que le asesorara como hacer una obra. Esto me sorprendió porque nunca me había ni mirado a la cara. Una vez visto sobre el terreno me preguntó:

-Arsenio, ¿cómo cree usted que sería mejor hacer esta obra?

El capataz y el vigilante, mientras que dialogábamos, no dijeron nada, se limitaron a escuchar. Yo le di mi opinión al respecto.

-Muy bien dijo, me gusta como lo planifico.

Se dirigió al vigilante y le ordenó con despotismo, que mandara en el acto el dumper para empezar aquella obra. Pero el vigilante apostilló:

-Arsenio, ¿cómo dices eso? Es mejor hacerla de otra forma.

El jefe le ordenó por segunda vez que se fuera y que mandara venir al maquinista, que se haría como yo había dicho. Era realmente lo lógico. Luego se dio cuenta de que era la mejor forma.

El capataz, que era hombre de mucho arranque y muy inteligente, sabía más que todos nosotros, también lo aprobó y con un gesto me saludó como diciendo “muy bien”. Era el que me apreciaba de verdad. Un técnico que sabía dirigir con veteranía y arte, mientras que el vigilante no sabía más que darle al tinto.

Dejamos trabajando al dumper y quiso que fuera con ellos a ver otra obra. Ésta era para hacer un relleno de una gran escombrera muy pendiente. Una vez que la observamos el jefe pidió mi opinión de nuevo. Delante de los otros dos, que no dijeron nada, expuse mi opinión. El vigilante medio histérico dijo:

-¿Tú qué quieres, matar al palista?

-Yo no quiero matar a nadie, el palista no tiene por que sufrir ningún problema. Los camiones basculan y lo que no marche por su peso, desde la base va empujando al material. Cuando el relleno llegue hasta el punto necesario se deja de rellenar y ya se puede abonar, encalarlo y sembrarlo. No hay ningún obstáculo para que todo quede bien y sin problemas.

-¿Por qué usted tiene que llevar la contraria siempre?- preguntó el jefe, Arsenio sabe bien cómo hay que lo hacer estas cosas y consultando con el Capataz -¿Qué opina usted sobre lo que dice Arsenio?

-Me parece lo más adecuado para esta obra. 

-Para mí también dijo el jefe y ordenó al vigilante que se haga como le dije y no hay más vueltas que dar.

Lo que siempre me extraño mucho es porque tuvo que pedir mi opinión sobre aquellas obras, si el Capataz sabía perfectamente dirigir todo aquello. Era un técnico enérgico y muy activo. Llegue a pensar que aquel individuo no se fiaba ni de su sombra, precisa mente por no saber hacerlo y por no conocer ni lo que le rodeaba. Solo con la ayuda de aquel Capataz tenía suficiente. Era un veterano de muchos años de vuelo, además de buena persona, pero el gran jefe que nunca supo más que ladrar, hombre inseguro que dudaba hasta de sí mismo.

Cada uno fue a su destino. Hasta que no pasaron varios días no volvieron los dos jefes, que normalmente estaban en otra explotación mayor.

Aquel vigilante tan mala persona, que no hizo ninguna cosa bien, por desconocimiento y por llevar la contraria hasta a su misma madre y que hasta ese día decía apreciarme. Tan mal le pareció que los Jefes aprobaran mi opinión, que en la primera visita de estos a la explotación, antes de que llegaran a nuestro punto de trabajo, le dijo al jefe que yo le tenía amargado, que todos los días le reclama el dámper para mi trabajo, que no me conformaba con la máquina pequeña. Aquellas falsas afirmaciones hicieron que saliera el tigre que llevaba dentro el jefe. Éste, que ya era nervioso y que nunca nos había tragado, se lo creyó. Vino a mí como un miura. Me trató a la vaqueta y me faltó al respeto. No me dejo defenderme y me amenazó con echarme de la empresa, junto con todo mi personal. El comportamiento de aquel hombre fue denigrante, de pena.

Aunque hubiera tenido yo la culpa no podía insultarme de aquella forma. Estaba como un perro rabioso, creo que en algunos momentos estaba alucinado. De haber sido yo de la misma calaña de aquellos dos, uno por mentir y el otro por tonto y dejarse llevar por el más farsante que he conocido, era como para ponerles mano y darles lo que se merecían.

Siempre le dije: no mandes esa máquina a mi obra, porque si viene el jefe nos come a los dos. Pero le dijo lo contrario. Por hacerse con el mando de la explotación y por hacer lo contrario a lo que el jefe mandaba, se le ocurrió decir tamaña barbaridad. Sin darse cuenta que el daño que hizo iba rebotar contra el mismo por malvado mentiroso

¡Cómo sería de grave la bronca y el desprecio del jefe, que el capataz, presenciándolo, no pudo decir nada! Él sabía que cuando el fiera, se enfurecía nada se podía hacer. En cuanto llegaron a la otra explotación se cogió su Land Rover y como un rayo, regresó sin pérdida de tiempo a verme para evitar que me marchara. Sabía cómo era yo, como cumplía y cómo aguantaba, pero ya no podía con tanta maldad.

Aquella mañana había sido decisiva, ya me había cansado y pensé en marchar. Si había cometido conmigo ya varios atropellos aquel, rebasaba todos los límites. Aquí ya no había calificativo. El Capataz sabía que me daba mucha pena dejar el trabajo, no solo por mí, sino también por mi gente, a los que yo apreciaba como se merecían. Pensó que aquel día yo arrancaría con mi gente y todo el equipo, por eso vino tan rápido. No querría que marchara, nos apreciaba, no solo a mí sino al personal, a los que los valoraba por su propio mérito, como buenos trabajadores que eran. Él también sufría por ver aquel atropello. Alguna vez me dijo: a ver si un día lo cambian y te deja trabajar. Es un sinvergüenza, pero no te queda más remedio que soportarlo. Lo siento de corazón, no hay derecho a que te pisen de esta forma, lo que te hicieron no tiene perdón. Me llamó aparte y me pidió que me tranquilizara. Sé que estás reventado por la traición de ese miserable vigilante, y por lo mal que te trata permanente, es de vergüenza. Lo mismo me da decirle más que menos. No quiere que trabajes aquí y te echará a la mínima, pero aguanta, no te preocupes. Siendo como eres tú tendrás trabajo en otras explotaciones. Este tío quiere traer aquí a otra gente, por eso te machaca sin cesar.

 

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El vigilante tan retorcido como mala persona, me mandaba la máquina grande, aunque estaba prohibido por el Jefe. Desde luego que yo tenía bastante con la pequeña. Y sobre doto teniendo en cuenta, la bronca que iba recibir si llegara aquel jefe “el villano”, como él le llamaba, y nos encontraba trabajando con ella,  me costaría la expulsión de aquella empresa. Seguro que era lo que él esperaba para poder justificar nuestro despido. Le dije al vigilante:

-No se te ocurra mandarme a restauración esa máquina, porque “él fiera” nos hunde.

-¿Quien nos va a hundir, el Villano? Aqui no hay más amos que tú y yo. El otro que vaya a tomar por donde se empiezan los cestos.

Se marchó al bar donde se pasaba el día bebiendo. Desde allí tenía buena vista para controlar la llegada del jefe. Si entraba por una pista él iba por otra. Nunca le pillaría, excepto que por una denuncia fuera directo a buscarlo al bar.

Las visitas del gran jefe, eran frecuentes pero lo que no sabía es que tenía un vago traidor al frente de la explotación, que le traicionaba y le decía toda clase de mentiras.

Yo nunca quise saber nada de aqullos temas, lo mío era trabajar, no denunciar a los demás y sobretodo sabiendo qué clase de gente eran los dos, a cual peor. El resto del personal y el mismo Capataz, todos eran muy buena gente. Y aunque sabían el abandono en el que tenía toda la explotación, nadie quiso problemas. Lo que le sirvió para seguir haciendo de las suyas, sin pensar que un día se llegaría la verdad, para combatir tantas mentiras y trampas que hacía.

 Yo pienso que esta clase de gente, no les funciona bien el cerebro. Porque una persona normal, no se mete en esos líos de no trabajar, de no cumplir con las nomas y de engañar a quien se `ponga de lante de ellos. Un desastre humano. 

Después de estos trabajos empecé a trabajar en restauración en minas a cielo abierto, puertos de alta montaña, taludes y medianeras de carreteras y ferrocarriles por distintas partes de nuestra región asturiana, León y Galicia. Lo que suponía para mí un duro trabajo. Aparte de la falta de experiencia por ser joven, me encontraría con muchos problemas. Entre varias empresas para las que trabajábamos, las hubo que se interesaron mucho por nuestra forma de trabajar, aparte del buen precio que se les puso. Cuando tengo que describir el mal comportamiento de alguno que tanto daño nos hizo, no figura el nombre. Solo se trata de describir lo mal que lo pasé y no de otra cosa. Solo pongo el nombre real cuando hablo de personas que merece la pena mencionar por distintos motivos pero siempre favorables y como gratitud por lo bien que se comportaron conmigo. Las empresas se portaron bien con nosotros y no tienen la culpa de que algunas veces hubiera un individuo con mala leche y que, sin conocimiento de su empresa, hiciera de las suyas, machacando a la gente sin ninguna razón, intentando echarnos para meter a otros a trabajar. Al principio desconocía el precio que estaban pagando a los que realizaban aquella clase de trabajos, por lo que puse un precio muy bajo, que me permitiera cubrir gatos según mis cálculos y por supuesto poder dar a conocer nuestra forma de trabajar.

La preparación de los terrenos lo hacíamos a fesoria y garabato, la siembra de las semillas por medio de unas turbinas que daban un rendimiento aceptable. Con capacidad para sembrar una hectárea por día con cada turbina. Los abonos y la cal se repartían como siempre a mano. Cuando llevábamos en una obra algún tiempo y teníamos algunas parcelas terminadas, ya en producción, precisamente muy importante por lo bien que se presentaban las praderas.

Una mañana me llamó el Ingeniero de aquella obra, me dijo que les acompañara a dar una vuelta por todas las obras. Bajábamos viendo todos los trabajos en su vehículo. Eran dos jefes, el más joven acababa de incorporarse. Mando para en una loma y mientras mirábamos cómo trabajaba mi gente, el jefe mayor me dijo: con un tono muy fuerte y agresivo:

-Arsenio, usted está cometiendo un error. Hace unas obras muy bien presentadas, pero el bajo precio que puso, no le va a cubrir gastos y no le voy a dar ni una peseta más. No se le ocurra venir a llorar más tarde, que no le atenderé.

-Puede estar seguro de que eso no va ocurrir, yo nunca pedí limosnas señor. Sé lo que tengo por delante y lo que quiero es que haya tajo, el resto ya lo arreglaré.

Trató de contestarme de nuevo con mucha brusquedad, pero el joven Ingeniero, le cortó diciendo:

-Por favor no lo trates así. Arsenio sabe bien lo que hace, lo tiene todo muy bien organizado y un buen equipo de personal de lo mejor. Hice unos cálculos del rendimiento que tienen y es muy bueno, el 2,5 % más que nuestro personal y eso me hace pensar que les paga bien y que rinden lo necesario como para salir adelante.

En efecto, así era, aquel hombre, además de noble y buena persona, era inteligente. Tenía bien controlado todo, mientras que el jefe mayor no sabía más que dar voces sin sentido. No sabía por dónde andaba, no pesaba más que una gallina desplumada. Daba pena ver su forma de enfocar las cosas. Era un tío repugnante y agresivo, un fierecilla. Aunque bajó un poco el tono, bien claro vi que no quería ver a mi equipo ni en pintura. Siempre me puso pegas de toda clase. Aunque se comportó un poco mejor durante la estancia de aquel joven, que era imparcial a la hora de valorar las cosas y el que realmente tenía que ser el jefe. Porque sabía mandar con sentido de la responsabilidad, a la vez que sabía defender los intereses de la empresa y también de los demás. Fue un gran hombre, siempre se mostró bien con todo el mundo, pero al poco tiempo lo cambiaron para otra obra. El otro aprovechó para seguir machacándome sin piedad. Allí pasé poco menos que una tortura, siempre bajo la presión del aquel fiera, que según los comentarios de los veteranos de la obra, decían que actuaba presionado por un tercero que desde la sombra trabajaba con su farsa y por razones de dinero.

Había mucho ganado suelto que al pastar nos estropeaba los sembrados recién nacidos por estar muy tiernos y apenas sin enraizar. Lo arrancaban todo, aparte de dejarlo pisoteado totalmente. La verdad es que era un dolor ver cómo lo dejaban. El ganado estaba suelto anárquicamente, no se podía tolerar aquello, pero nosotros ninguna culpa teníamos. La obra ya estaba en producción y con garantía. Yo no era responsable de aquellos destrozos. Pero como el jefe es el jefe, me obligaba siempre a restaurarlo sin pagar nada. Eso fue un atropello monumental, allí se perdieron cantidad de tiempo arreglándolo con un grupo de diez hombres, pagándoles de mi bolsillo los jornales y los materiales que se necesitaban. Fue mucho dinero el que me quitó, amparado en el poder, con una ignorancia y maldad mayor que su volumen. En mi tierra a eso lo llaman “Roba y pisotear al débil”.

Si poco tiempo antes me había dicho que con el precio que les había puesto no iba a poder salir, que no le llorara, ¿Por qué me obligaba a y trabajar sin pagar? Yo ya había entregado la obra. Fue considerando como una estafa por los mismos de la obra. Hasta el mismo capataz que vio como abusaba de su autoridad para echarnos de la obra, lo comento con migo. Es inconcebible me dijo, primero dijo qué es muy barato y luego te exigió más gasto sin ninguna razón. Ahí está su maldad: quería tumbarme para que me fuera. No lo podía hacer de otra forma más que derrocando mi economía. Bien claro estaba lo que la gente decía: “quieren echarte para meter a los que les dan dinero”. Porque cobran más del triple por el precio y de esa forma cebarles muy bien.

El capataz me dijo. Arsenio no sufras tanto, tu sabes lo mismo que yo que, no solo te estafan ati, también están estafando a la empresa y eso no puede durar mucho, algún día tendrá que reventar.

Nada tenía que ver con esos estropicios, debería ser pagado por lo menos por administración. Si no lo hacía “me echaba”, esa era su frase permanente, tratándome con desprecio como si fuera un animal. Algunas veces ya no sabía si dejarlo o si dar cuenta de él a los jefes de arriba, que precisamente eran muy buenos y apreciaban nuestros trabajos. No me atreví por si era peor el remedio que la enfermedad y lo seguí aguantando. 

Una mañana llegó y me dijo que había que dejar de poner la cal, que no era necesaria y que le descontara el precio de ésta y la parte proporcional que correspondía a las horas de trabajo. Me dejó helado. Con educación le dije:

-La cal no se puede quitar porque nos fallarían los sembrados. Aquí es muy necesaria, usted sabe que el ph. Es muy bajo y sin regularlo no conseguiremos la producción necesaria. La calidad bajará tanto que habrá que volver a sembrar y abonar de nuevo

-No tiene por qué bajar, haga lo que le mando sin más. Aquí solo mando yo dijo con voz autoritaria.

Yo, que sabía lo importante que era la cal en estos terrenos, el disgusto que sufrí, fue enorme, sabía que iban a surgir fallos en la calidad y que iban cargarme a mí con la responsabilidad. Hice los cálculos para el descuento. Llegó de nuevo y me preguntó si ya había calculado lo que le iba descontar por metro cuadrado. Se lo di y dijo que era poco.

-No puedo hacer más descuento porque si no tengo que cerrar, le dije. 

Al fin lo aceptó.

En la próxima parcela no se metió cal, transcurrido el tiempo necesario, aquello salió muy mal. No tuve más remedio que callarme y esperar a demostrarle que era muy necesario encalar. Resembré y encalé de nuevo por mi cuenta la mitad de la parcela que había salido mal. Esperé a mostrarle la gran diferencia que había delante del capataz, que se adelantó con mucha vista para defender la verdad. Aunque estaba bien claro que era necesario. De no haber sido por esta demostración ante el capataz nunca me hubiera pagado el precio de coste de ésta. Hay que tener en cuenta la forma de proceder de aquel hombre que primero dijo uno y más tarde otro.

A partir de aquel día en las nuevas obras se echaría cal. Se facturaría al precio establecido sin la cal, además de tener que poner la cal en lo que había en mal estado por su culpa. Seguí aguantando sin ninguna razón, con menos precio por metro cuadrado y soportando las riñas de siempre. Así hasta el último día, pero no me quedo mas remidió que seguir adelante para no quedarme sin trabajo

Muchas veces estuve a punto de dejarlo todo por aburrimiento, pero la naturaleza o la casualidad fue que hubiera una persona decente y con capacidad para saber valorar las cosas. Porque aquel Capataz, lucho por la verdad. Aunque el fiera no le hacía ni caso, por lo menos me ayudo animándome y con esperanzas de que un día lo cambiara de aquella obra. Me decía, sigue, no te des por vencido, ya mejorarán las cosas, lo malo no dura siempre. Fue un caballero, un hombre noble con valor para despreciar las barbaridades de su mismo jefe, porque sabía de su maldad. Lo mismo que aquel joven Ingeniero, que defendió la verdad.

Más tarde nos enviaron a otra explotación. Alternábamos los trabajos de las dos. Allí había un vigilante, el más vago y mentiroso que he conocido en mi vida, hasta el punto de que se pasaba casi toda la jornada en el bar. Los de explotación trabajan a su aire y nosotros atrás en la retaguardia, restaurando. Teníamos asignada una máquina de orugas, la pequeña, la máquina grande trabajaba en el frente de la explotación. El jefe de esta obra había ordenado con mucha razón, que para nuestro servicio en la restauración, no se enviara la máquina grande, sino la pequeña, porque era suficiente. Ahí sí que tenía razón el jefe. Éste había prohibido su uso porque eran muy caras. Era totalmente razonable y yo siempre lo cumplí.