En aquella triste mañana la desgracia me esperaba para quitarme las manos
A los pocos momentos regrese a casa ya sin manos y tan destrozado que nadie me recocía, lleno de heridas y sangre por todas partes. El tremendo susto de mi familia, pensaron que venía herido de muerte.
Dormíamos en la misma habitación mi hermano Constante, uno en cada cama, cuando los disparos de dinamita que otros vecinos daban fuego nos despertó. Era la fiesta de Santa Bárbara. Le dije a mi hermano:
-¿Vamos a disparar unos cartuchos que traje ayer de la mina?
– Voy a dormir un poco más me a coste tarde.
Efectiva mente, trabajaba por la noche y se acostaba mas tarde. Nuestro padre que estaba en la cama a lado de mi madre en una habitación cercana, oyó nuestra conversación y dijo:
-Arsenio, no vayas, deja esa dinamita, puede ser peligrosa.
-No pasa nada, padre.
Salí de mi cama y me aseé. Yo era aficionado a la canción asturiana, al salir de casa iba cantando la canción de El Presi: “Cuando yo salí de Asturias”. Esta canción iba ser inolvidable para toda la familia pues cada vez que la oían les recordaba la tragedia. En aquel tiempo en los pueblos de la montaña se cantaba mucho, pero sobretodo en las labores del campo
Durante aquella fría mañana iba cambiar mi vida totalmente, cuando al detonar la dinamita poco faltó para destrozar mi vida por completo. Reconozco que a pesar de la gravedad de mi accidente, aun pudo ser peor. Mi amputación de manos no me privó de seguir caminando por la vida, con mi eterna cruz pero conseguí sobreponerme y continuar por el camino que mi suerte trazó. Con mucho sacrificio y dureza pude seguir por este mundo que muchas veces lleno de espinas e inconvenientes está.
Cogí el paquete con la carga, eran las nueve menos diez de la mañana de aquel sábado, 4 de diciembre de 1.954, tenía veinte años. Sin darme cuenta casi voy al matadero. Mi vida estuvo pendiente de un hilo. La cantidad de dinamita que detoné, como explico al comienzo, era más que suficiente como para volar una gran cantidad de roca. No sé cuándo llegará mi fin, pero sí puedo decir que tuve siete vidas como los gatos. Sé que vivo de milagro porque es casi imposible salir de los accidentes que me ocurrieron.
Si en lugar de cogerme la explosión de medio lado hubiera estado de frente la onda explosiva por defecto detonarían los 7 de tonadores que me quedaban en el bolso. Fui ametrallado por distintas partes de mi cuerpo, por mis propios huesos de las manos, al ser voladas. Estos actuaron como la misma metralla. Suerte tuve, que aparte de las manos, solo me dejaron marcas sin ninguna importancia en la parte interior de mi pierna izquierda, y en la parte de abajo. El resto de la metralla, incluso lo de la cara, curó sin secuelas ni marcas. Técnicamente se sabe que esos detonadores explotan a una distancia relativa y por simpatía. Puede ser que las vibraciones del ambiente al detonar una carga sean suficientes para que exploten. En este caso tuve suerte y puedo contarlo. Se sabe que a varios metros de distancia en la mina, al detonar una pega, en un transversal, explotaron todos los detonadores que había en el arca y a una distancia de varios metros, por eso se calcula que fue una casualidad que en mi caso no se disparan.
Las arcas que guardan los detonadores en la mina están situadas a más de 50 metros, según los casos y en la misma galería, pero más allá de una curva, fuera de la línea de tiro para que al salir la pega de un frente no las coja. Y todavía explotaron todos los de las arcas y no una sola vez, se sabe de varios casos y en distintas minas
1.
Castigo del mismo capataz, a mi compañero Gerardo y sin culpa ninguna.
Una mañana me encontraba picando en un “coladero”, (es como una chimenea) pero de solo unos 6 metros de altura según el lugar de la mina y que en este caso arrancaba des la galería. Coloqué la boca Rampla y tenía un vagón debajo para cargar el carbón que picaba en este coladero. Había dos picadores en la Rampla. Gerardo estaba regando la guía y Francisco el ramplero llenaba el vagón con el carbón de mi coladero. Llegó el Capataz y le dijo al ramplero que si ese vagón era para carbón o para ira, le dijo la verdad, era para carbón
Aunque me temo que dada su forma de ser retorcida, si le hubiera dicho lo contrario, protestaría diciendo, ¿porque va carbón en tierra?, Como este pollo siempre fue de los que lo sabían todo y amigo de armarla por donde fuera, ese día no iba ser menos. Para aquel individuo, nunca valieron más razones que las del.
Comenzó a reñir dando voces. Gerardo, que estaba muy cerca en el testero de la guía, se acercó y trató de explicarle que no se podía hacer de otra forma, por ser del coladero, lugar en el que no se podía hacer más que cargarlo en el vagón hasta que se pudiera calar para más tarde hacer encelegadas, cosa que nunca hacíamos porque toda esa tierra era poca para echar con el carbón por el bajo precio que le pusieron y poder cargar el número de vagones asignado a este lugar. El Capataz con su fumillo no lo quiso reconocer y le mandó a la calle castigado con dos días sin trabajo y sin sueldo, ademas de la gran bronca y sin ninguna razón, porque mi compañero no era el que lo picaba, era yo. Al oírlos bajé y quise intervenir, no me atendió por su mal genio y se alejó.
Lo normal sería que de haber motivo de un castigo, debía ser para mí, pero no fue así, castigo a mi compañero que con todo respeto le expuso la razón. Gerardo se marcho para fuera con un gran disgusto lo mismo que nosotros.
Seguimos trabajando hasta terminar la jornada, cuando salimos Gerardo, nos espero, estaba fumando un pitillo a lado de las escaleras de la casa de aseo, muy tranquilo nos dijo:
-Ya me tomé el vermut y me comí unas sardinas. Arsenio, el capataz me quitó el castigo, llego a la planta donde yo esperaba jaula y como estaban embragado en cuarta, no me dieron jaula. Está prohibido hasta la hora de cada relevo, para que la gente no salga temprano, excepto que estés accidentado y para los jefes.
Llegó el jefe, pidió jaula, me mandó subir y dijo: “usted no es al que debo de castigar. Venga a trabajar normalmente y el día de hoy lo tiene normal. A quien tengo que castigar es a Arsenio, que es el que hace de jefe. Espérele y dígale que pase por mi oficina”.
Aquel día iba ser el segundo chupinazo que tuve con él gran jefe. Después de asearme fui a verle, pedí permiso y me dijo que pasara. Le saludé y comenzó la bronca, parecida a la que me echó en San Gaspar cuando era ramplero. Dado que ya conocía su fuerte genio, espere a que descargara su batería. Después de la gran bronca y sinpoder hablar, me castigó enviándome a la segunda rama, diciendo que era el que hacía de jefe y por lo tanto responsable.
-¿Termino ya? Si me permite le dire que sin echar la tierra, no sacábamos el número de vagones necesario. El precio era muy bajo y no sacábamos jornal.
Le dije con toda honradez, a mí tampoco me gusta ese sistema, por favor póngale un precio adecuado y evitamos ese problema.
-No hay cambio de precio ni puñetas a la vela, usted va castigado a la segunda rama y no hay más.
– No me quedo más remedio que decirle, ¿Qué sea lo que usted quiera, no hay mas discusión? cada vez que nos encontramos hay lio, así que me marcho del pozo y así se terminan las broncas, no aguanto más.
-A que mina piensa ir Arsenio:
Al Pozo la Revenga en el Entrego, que es en el que más segaña de esta zona y hay buena jefatura, así lo dicen los que trabajan allá vecinos míos. Ya me disponía a salir cuando me dijo:
-Espere, no se marche del pozo, tiene usted mucha suerte de que Alfonso le quiera y le aprecie mucho. Por él le dejo en los macizos, pero no me eche más tierra.
-Es imposible, si no quiere ver lo de la tierra, no vaya más por allí. No me gusta engañar a nadie prefiero la verdad. «O precio o tierra» no veo otra solución. Si no llegamos a un acuerdo ya no vengo más para evitar discusiones.
-No se marche, Arsenio, usted es hombre apreciado en el Pozo. No se olvide que ya está haciendo de encargado y pronto le pondremos la plantilla de vigilante por lo trabajador que es, no sea terco y vaya a su destino.
-Bueno, seguiré hasta que vuelva usted por allí, serio.
Al despedirnos le dije, por favor no se olvide de lo hablado, me gusta trabajar y cumplir pero sin problemas. Seguí en aquella mina y nunca más hubo problemas. Es probable que se daría cuenta de que yo siempre iba con la verdad por delante y eso hace racionar al más bravo, es un buen sistema para defenderse donde quiera que uno baya. Poco habrá más brillante que la verdad aunque algunas veces sea demasiado dura y algunos no la quieran admitir.
Aquella mina nunca la olvidaré, pues fue mi último punto de trabajo en la mina, donde me encontré muy bien porque si el punto de trabajo era muy bueno y de mucho dinero, mis compañeros también eran de lo mejor. Allí trabajábamos y convivíamos como corresponde a la gente normal respetando cada uno a los demás y cumpliendo con su deber ayudando al compañero cuando fuera necesario. Esa gran unión en el trabajo, que es tan necesaria, se considera muy importante. El llevarse bien todos los compañeros y planificar los trabajos supone un gran rendimiento en el producto final. Esa convivencia de amistad de compañerismo no hay dinero que la pague. Se trabaja a gusto y te da ánimos para soportar mucho mejor las adversidades de la vida en la mina. La buena forma de comportarse, es muy importante, no solo en el trabajo, sino en todos los órdenes de la vida.
La zona de la segunda rama, era como un cementerio. Las ramplas eran muy anchas, colgadas y falsas. Había que empiquetar el techo y el muro, además del carbón. Había mucho gas y por nada se producían derrabes. Estaba “podre”, palabra que en términos mineros quiere decir que el carbón está muy blando y que se pica con facilidad, pero que se producen derrabes muy peligrosos. Esta Rampla era el terror de todos, yo también le tenía pánico, seguro que no me defendería con el posteo, pues solo tenía diecinueve años y me faltaba aprender. Aunque se medaba muy bien el picar, para esos lugares me faltaba lo más necesario: saber postiar. Un minero muy joven y con poca experiencia para lugares tan malos, es un peligro inmenso.
Macizos de san Gaspar de 3ª planta sur Pozo San Mames,
Donde mejor viví en mi historia de minero y que la dinamita me quito, junto con las manos. Así fue mi duro destino, el que no deseo para nadie, por fuerte y duro que uno sea, se pasan canutas para salir de aquel atolladero donde te ves metido de la noche a la mañana, indefenso para todo y sin saber lo que podía ocurrir. Pero sobre todo, viendo lo mucho que sufrían mis padres y hermanos. El cuadro fueduro de verdad, hasta para los vecinos de mi pueblo que mucho sufrieron por mi.
Mi último trabajo en la mina, en los “Macizos” de San Gaspar de 3ª planta sur Pozo San mames. Donde trabaje como picador de carbón, hasta el viernes día 3 de Diciembre de 1.954. Al día siguiente sábado 4, a las nueve menos diez perdí las manos, dando fuego a la dinamita. Fue la segunda explosión que sufrí. Aunque las dos explosiones fueron muy peligrosas, me dejaron con vida y pude seguir viviendo con el cariño de los míos, aunque con mucha lucha y sacrificio para combatir tanto dolor. El traumatismo que uno sufre en un caso como el mío, es demasiado fuerte para combatirlo, no se pude describir con palabras lo que sufrí.
Alfonso Cuello, vigilante de primera de a aquella zona, me había destinado a un buen punto de trabajo, seguro que uno de los mejores del Pozo. Los macizos de San Gaspar. En lugar de estar a centímetros, estábamos en “colectiva”, (Trabajar el grupo de picadores, cobrando por vagones) que se producían por día, a unce pesetas unidad, lo que se re partía entre todos, eso es una colectiva, donde sacábamos un buen jornal. Además de este buen punto de trabajo de picador, quiso que hiciera de encargado de aquella pequeña Rampla. Pequeña porque solo tenía cincuenta metros de altura, donde trabajábamos cuatro picadores y un solo ramplero. Una rampla normal tiene de 150 a 200 de altura, según la pendiente de la capa, donde trabajan unos cuantos picadores mas, en algunos casos hasta 16 o 18, más barullo y menos tranquilo.
El precio medio de un picador en aquel tiempo era de 2.500 Pta. Por mes, nosotros salíamos por bastante más. Desde luego, trabajábamos mucho, además había tres picadores de los mejores del Pozo y yo tampoco era de los flojos, no me quedaba atrás picaba como una locomotora también. Simón Toral, Trabancal; Gerardo, el Ramplero Francisco y yo. Éramos los que formábamos el grupo en aquella Rampla tan buena. Este punto era el que Alfonso me había prometido cuando me tuvo por puntos como la chimenea de San Luis y otros lugares de duros trabajos y en lugares peligrosos. Este hombre como buen profesional que era, bien sabía que aquel tremendo trabajo que soporte, en múltiples trabajos, pocos lo aguantaban. Había que ser muy duro y tener mucha afición a la mina para soportarlo. Así había sido mi padre, hombre duro de la mina y popular por sus propios meritos como trabajador y como persona experta para velar por la seguridad del personal.
Alfonso, no se olvido de lo prometido cuando dijo, estás trabajando mucho más de lo normal pero te lo pagare. Reconocía mis excesivos esfuerzos y cumplía como el caballero que siempre fue. Enseñar al que no sabe y pagar al que trabaja.
Hace poco que murió a la edad de noventa años. Desde aquí quiero recodarle con gran afecto y aprecio, porque se lo mereció. Su recuerdo como jefe y como buen vecino permanecerá siempre conmigo. Así mismo recuerdo a su gran esposa, Felicidad, para los vecinos “Lida”, como buena vecina, que con mucho cariño me dio de comer muchas veces cuando era un niño porque hambriento me encontraba por la escasez de la posguerra. Allá por la “fame” del 1941 y 1942 fueron varias veces las que me dio de comer.
Recuerdo sobre todo, un día que me encontraba debajo de un orrio, porque llovía muy fuerte, estaba muy frio, solo y hambriento, Lida, vivía muy cerca, se acerco y me invito a su casa, mando que me sentar a la mesa, me puso un gran plato de lentejas y un pedazo de pan, casi me como hasta el plato, el hambre era tremenda, le di las gracias y con todo su cariño me dijo. Tranquilo, bien los mereces, eres muy trabajador, a tú corta edad ya haces de todos los trabajos del campo. No dejes de venir algunas veces que te daré de comer. Así de bien se comportaba aquella vendita mujer, porque era buena persona de verdad, como lo era su suegra Barista. Le daba pena ver el hambre que pasábamos. En nuestra casa éramos 16 personas y en la de ella solo tres, porque la ultima hija no había nacido toda vía.
Hora y media de bajo de aquel enorme peñón cuando tenía 19 años
En el año 1.953, nos destinaron a levantar la rampla de San Luis de 2º planta sur Pozo San Mes. Alfredo Lamuño, mi vecino, como posteador, Marcelino García Cuetos “Lino” del Cepedal San Mames, Cortina de Tiraña y yo como picadores
Esta rampla llevaba mucho tiempo parada por su escasa potencia en carbón, solo tenía unos de 0,50 a 0,60 centímetros en carbón, el resto tierra y al muro. Esta estrecha capa fue lo que me salvo de morir destrozado por aquel enorme peñón.
Después de cuadrar el tajo, comencé a picar la tierra. Dado lo estrecho que estaba yo picaba como siempre echado de medio lado en el muro. Mis hombros pegaban en el techo y en muro eso fue lo que amortiguo el golpe del peñón. Al desprenderse y encontrase tan cerca con mi cuerpo, este apilo hacia un lado, es decir, bajo y se apoyo en el muro, quedando mi cuerpo debajo del pero con una inclinación que evito que todo el peso de aquella roca sobre mi cuerpo toda, lo que sería más que suficiente como para dejar como una torta y muerto en el acto, ya que su longitud era de 2 metros de largo por de 1,10 m. Así me lo dijeron mis compañeros en el hospital cuando ya más tarde fueron a veme porque los primeros 4 días estuve sin conocimiento, solo que respiraba y podía oírla gente hablar. Por ese motivo no pude conocer el peñón que casi me manda al otro mundo.
Todo esto ocurrió por la negligencia de un vigilante que no tenía ni idea del peligro de la mina. Después de poner la rampla en un frente y cuando estábamos picando la tercera jugada de avance, mandaron unos picadores más y un vigilante.
Aquel día de mi accidente, a media tarea y cuando ya estaba a punto de cuadrar mi tajo, donde arrancaría con el suyo Aladino Suarez Llaneza, mi vecino, llego el vigilante y me dijo, Bobia, la gente van a comer el bocadillo, quédate para cuadrar y comenzar a picar la tierra. Así mismo dijo: esa jugada está muy estrecha y las chapas son muy anchas, no caben. El mismo vigilante cogió mi martillo y en un momento marco el ancho que le pareció para que yo siguiera con el resto de la altura de 12 metros.
Le dije: él carbón esta gruñido, como ceniza por el tirón de las rocas, eso es un peligro exagerado, encima hay unos peñones cuarteados enormes que pueden bajar en cualquier momento.
– No se ve ningún peñón dijo.
Si que los hay coge el acho y pela ese borle que tiene el techo y los veras, no te olvides que esta toda la rampla hundida, mira hacia atrás, igual que esos que ves, los hay aquí mismo compruébalo. No me hizo ni caso. Nadie pudo entender como a aquel vigilante mando tamaña barbaridad. A los tres metros para atrás donde arrancamos, había peñones en bajo de todos los tamaños y por lo tanto todo el techo cuarteado del enorme tirón que sufrió toda la rampla al hundirse.
La rampla de San Luis como la de San Gaspar, llevan un techo y un muro de pura roca y cuando lleva un avance como esa de sabe dios los metros de longitud, que habían sido explotado de allí para atrás, comienza atronar la roca, mete un ruido que hay que largarse, si da tiempo, porque cundo comienza a soltarse ya no hay remedio, solo salir corriendo. A sí estaba esta rampla era un lugar muy peligroso. Tenía que mandar hacer machones, “llaves” de madera, como se hizo en otras partes pero este necio vigilante ni se entero del peligro. Lo malo de esto es que siempre cae el inocente, el se libra, encima de mandar un hombre al peligro, si le tocara a él posible mente actuara de otra forma más segura.
Yo tenía la experiencia de la rampla San Gaspar de tercera, y de otras más, que a pesar de tener cantidad de machones, esta iba bajando el techo poco apoco y a los 10 metros del testero llego el momento que ya no se cavia ni tumbado en las chapas para esporiar el carbón. Cuando llegan a estos extremos en cualquier momento se hunde toda la rampla.
Una mañana y cuando todos trabajábamos en este San Gaspar, 16 picadores y 10 rampleros, tuvimos que salir a toda prisa para no quedar todos enterrados. Comenzó a meter un ruido al cortarse la roca como cuando truena. No dio tiempo más que librarnos la gente pero allí se quedo todo el material, martillos, mangas y todas las herramientas, así como un “combeyo”. Este es un sistema de chapas movido por un gran motor para bajar el carbón que vale mucho dinero.
Más tarde hubo que ponerse a levantar esta rampla como la de San Luis, pero con más seguridad. Allí había un vigilante de categoría, José Cuetos “Leto” de La Caguerna San Mames, un minero, no un oveya como el de San Luis que no tenía ni idea del peligro de la mina. Para mandar un grupo de gente sea en la mina o en el exterior, hay que poner a un hombre, no a un gallina. Estos problemas son las consecuencias de las tortillas que algunas veces mueven algún jefe de la misma categoría que el que pone como responsable de un grupo de trabajadores, sin pensar en el daño que esto puede suponer para el personal.
Alfredo Lamuño, Eladio, y Aladino Suárez Llaneza, hermanos, Marcelino García “Lino” del Cepedal y Cortina de Tiraña, como buenos compañeros que fueron, permanecerá en mi mente mientras que tenga vida, que Dios los tenga en su gloria. Actuaron en mi salvamento, Eladio, librándome de la descarga de alta tensión y los otros compañeros, que lograron sacarme cuando sepultado debajo de un peñón estuve hora y media, en San Luís de 2º a 3ª planta en el pozo San Mames, en el año, 1.953. En todo el tiempo que permanecí enterrado, aunque no podía hablar ni pedir auxilio, solo respiraba, pude oír lo que mis compañeros comentaban mientras picaban el peñón para liberarme de aquel terrible peso que poco apoco iba destrozando mi cuerpo por el tremendo peso. Lino era el que picaba, Aladino le dijo, pica con cuidado no baya ser que el martillo llega a pincharlo. Cortina dijo, ya no se entera, Arsenio está muerto no ves que ni se queja ni dice nada. Tampoco podía saber si respiraba porque no podían llegar a mi cuerpo. En ese momento Alfredo Lamuño dijo, Pobre Arsenio, era un gran trabajador, tenía una gran afición a la mina y esta lo mato. Todo lo que ocurría en mi alrededor yo lo podía oír, aunque para ellos ya nada se podía hacer para salvarme, solo sacar el cadáver de un compañero.
Aunque haya sido hombre duro y soportado tantas adversidades, al escribir este episodio, me paro considerar lo desgraciada que fue mi juventud y lo mucho que tuve que sufrir.
A pesar de ir agotándose mis fuerzas por la opresión que ya no soportaba, ya que tenía rota la clavícula y el cuerpo estrujado como una sardina, mis esperanzas eran que si no tardan demasiado en quitarme el peso, podría seguir respirando aunque muy poco era lo suficiente para mantenerme con vida. En algún momento pensé que había llegado mi hora porque ya no podía con más peso y recordaba a mis padres y hermanos lo mucho que iban a sufrir.
Aunque todos los compañeros actuaron lo más rápido que pudieron para salvarme. Hay que destacar la actuación de del picador Cortina.
Todos habían ido a comer el bocadillo. Cortina, era de Tiraña, un pueblo del Concejo de Laviana. Este gran compañero, se encontraba en el primer tajo de la rampa por arriba, yo en el segundo, picado en mi tajo más abajo. Entre el punto de Cortina y el mío no había paso, la mina estaba hundida y el único paso que había se quedo atrancado por el carbón de varios días. Por lo tanto Cortina no podía ir a mi tajo. Solo se dio cuenta de mi accidente porque no oía el ruido de mi martillo. Me llamo varias veces pero no le pude contestar, mi estado era tan duro que ya pensé seria mi fin. Cortina, sabía que yo me había quedado para cuadrar mi tarea y al regreso de la gente entregar el tajo a mi vecino Aladino Suarez. Al pensar en que algo me ocurría, este valiente hombre con un gran peligro se dispuso a pasar por la parte hundida de la mina. Atravesando entre peligrosos peñones que lo podían matar al moverlo para abrirse paso. Aunque le llevo mucho tiempo logro llegar a mi tajo donde pudo verme debajo del terrible peñón. Me llamo, Bobia, Arsenio, no me oyes. Asustado y pensado que ya era cadáver, fue a buscar al resto de los compañeros que estaban lejos en un anchuron que había junto al contraataqué de 3ª, a los que les dijo. Bobia está muerto segura mente porque ni se le oye respirar, esta debajo de un enorme peñón y no hay quien lo mueva por su gran longitud, aparte de que ya lleva mucho tiempo con tanto peso, pues yo tarde en darme cuenta de lo que ocurría, les dijo. Además estaba trancado por el carbón y tuve que pasar por los minados pero me llevó mucho tiempo hacerme paso.
Solo quedamos Cortina y yo, el resto ya murieron, Alfredo Lamuño, Eladio Suarez Llaneza y su hermano Aladino, Marcelino García Cuetos, “Lino” ya no están para contarlo. Siempre que nos encantábamos recordábamos nuestras peripecias en la mina.
Tengo el honor de decir que todos estos hombres fueron a cual más trabajador y buenas personas. Gente de pueblo con toda seriedad, y de dicados al duro trabajo y a su familia con arte y dinamismo y padres de familia.
Alfredo Lamuño de La Bobia, trabajamos juntos en varios lugares el cómo picador y yo como su ayudante, un gran hombre y buen compañero, murió de mayor y seguro por consecuencias de la silicosis. Los dos quedamos trancados en una peligrosa mina donde el gas a punto estuvo de matarnos.
Aladino Suarez Llaneza, padecía de una fuerte silicosis, como casi todos los mineros, pero no estaba como para morir, todavía trabajaba en las labores de sus fincas y vivía con normalidad, dentro de lo que supone padecer esta terrible enfermedad. La muerte lo sorprendió precisamente en una de sus fincas, La Raposa, su preferida, por estar situada en la montaña. Allí tenía una buena cabaña provista de lo necesario para dormir y cocinar. Consideraba ese lugar para recrease y tomar buenos aires de montaña. Tiempo atrás había hecho un comentario a la familia, de esos que surgen en la vida y sin pensar en morirse claro. Les dijo que cuando le llegara la hora le gustaría que fuera en el prado de La Raposa. Aquello se iba a cumplir. Un día, ya cercano a la Navidad, aunque estaba nevado, fue hasta ese prado a buscar el árbol de Navidad. Allí, sin más, se quedó para la eternidad. Cuando la familia vio que se retrasaba fueron a buscarlo y se encontraron con su cuerpo sin vida. Allí le sorprendió la muerte sin darse cuenta, aunque haya sido como él mismo pidió.
Fue un buen minero, aunque solo trabajamos unos días en la misma rampla. Los dos éramos picadores de carbón. Por eso le tocó intervenir, junto con otros compañeros, en mi salvamento cuando me quedé enterrado en la mina.
Eladio Suarez Llaneza, lo mismo que su hermano Aladino, fueron muy buenos vecinos y unos trabajadores de marca. Por ser vecinos de toda la vida nos vimos casi nacer y crecer, juntos por aquel pueblo de montaña, en La Bobia. Lo mismo uno que el otro tuvieron mala suerte porque murieron muy jóvenes. Aladino de la silicosis y Eladio no se que le pudo pasar, solo con unos días como si fuera una gripe y se lo llevo. Este hombre había sufrido la pérdida de una hija muy joven y eso fue un trauma muy malo para toda su familia. Todos los vecinos lo sentimos mucho porque en estos pueblos siempre hubo una convivencia muy amistosa y muy unida para todo.
Siento la pérdida de estos hombres de corazón, siento por ellos y por su familia, que siempre estuvo muy unida a la nuestra. Con frecuencia recuerdo a sus padres, Bernardo Suárez y Josefa Llaneza, dos personas muy apreciadas, buenas y nobles. Trabajadores y buenos padres, y vecinos de toda la vida. Bernardo Suarez, para los vecinos Bernaldo el de Josefa, murió en accidente te trabajo en la mina, cuando sus seis hijos eran muy pequeñitos. La mayoría de los hombres de nuestro pueblo murieron en accidentes de mina o por la maldita silicosis, así discurrió la vida de los mineros, entre el duro trabajo accidentes y las peripecias de la pos guerra.
Allí, delante de la casa de Josefa Bernardo, pasamos parte de nuestra juventud. Había un cobertizo donde tenían el carro para bajar la hierba de los prados de alta montaña y los aperos de labranza. Por estar bien ventilado y con hueco suficiente nos servía para cobijarnos de la lluvia y del calor y para estar de tertulia. La casa de esta familia está situada en un lugar estratégico, con vistas a casi todo el valle. Este lugar y el Xerru de la Muezca de La Bobia siempre fueron los lugares preferidos por todos nosotros para tomar el sol y pasar el tiempo de la invernada cuando no se podía trabajar en el campo.
Mientras que aquella rampla seguía mal, sufrí un pequeño accidente. Estaba postiando el tayu cuando se me escapó el hacho hacia mi dedo índice de la mano izquierda. Lo cogió por la primera falange y lo abrió. Sangraba abundantemente, parecían las mandíbulas de un lagarto. Arranqué el bolsillo de mi camisa y lo tapé, avisé al vigilante que me había herido al hacer una cuña para forrar una manposta, y salí de la mina para ir a curarme al botiquín.
En este tiempo había algunos accidentes de gente que se encontraba pasándolo muy mal. Se auto-lesionaban para quedarse de baja por accidente. Parece duro el que puedan surgir esas cosas pero es de toda la vida, que el hombre busca recursos muchas veces de la única forma que puede, para libarse de la opresión. En aquellos tiempos, bajo la dictadura de algún jefe, la gente tenía que soportar obligado a tragar lo que le echaran. No se tenía defensa alguna, no se podía mover una paja sin permiso. Trabajar a reventar sin ninguna clase de seguridad, por poco dinero, poca comida. A la mínima te ponían firme.
Fue una esclavitud, no hay otro nombre para describir lo que pasamos. Desde luego que esta dictadura que muchas veces teníamos en la mina ya era por sistema. No la mandaba el ejército ni el General Franco, eran algunos de nuestros mismos vecinos, amparados por el mando y la costumbre de lo que había sido en la guerra. La prueba es que había jefes con prudencia y honradez que sabían tratar al trabajador y pagarle lo estipulado aunque era poco. Así de grande era la diferencia de unas personas a otras y así efectivamente había gente que se auto-lesionaba para librarse de esa opresión, y como todo se sabe, esto estaba perseguido y castigado con el despido.
La diferencia entre aquellos tiempos a los de hoy es abismal. Primero por mucho y después por poco, como dicen en mi pueblo: “pasó el carro por delante de los bueyes”. Por esa razón y muchas más la gente en secreto hacía de las suyas. Como era normal, los jefes sabían que existía el auto-lesión y lo perseguían, aunque les era difícil de demostrarlo. Si tú estabas solo en tu punto de trabajo no era fácil saber el motivo, si fue casual o no. Lo malo de todo esto es que algunas veces pagamos unos por otros.
Cuando llegué al botiquín el practicante quiso investigar si lo mío era auto-lesión. Cuando me estaba dando más vueltas que a un mono llegó Felipón. Siempre estaba metido donde no le llamaban. Era un miserable, arrastrado, que trabajaba allí, en el exterior, de peón. Según las malas lenguas había sido condenado a muerte por ser del bando contrario y después se pasó al otro, y que al parecer, lo habían castigado de duro. Después se arrastró ante los mismos que le dieron leña. Se metía en todo y siempre a favor de los jefes. Tenía muy mala fama, fue muy criticado por los mayores, que bien le conocían, y que por su dudosa conducta le temían. Yo no le conocí hasta aquel día y me di cuenta de que era cierto lo que se comentaba de él.
Se unió al practicante y los dos comenzaron a buscar posturas metidos bajo la mesa para averiguar la forma en la que me había accidentado, a la vez que me interrogaban. Me atormentaron durante largo tiempo y lucharon para ver si entre los dos sacaban lo que no era cierto. Al final claudicaron porque no pudieron conmigo. El practicante era también de órdago, más tarde tuvo que meterse su piquito debajo del ala porque algún obrero le puso firme. Faltaría a mis principios de paisano si no dijera que yo, en aquel momento, también pasé ganas de coger una estaca y sacarlos de allí a estacazo limpio y mandarlos a trabajar como animales que eran, lo mismo al practicante por mala persona, que no debía ocupar un puesto de esa envergadura al maltratar a un trabajador sin razón alguna ni fundamento, solo por quedar bien ante los Jefes y declararse él mismo el listo de turno; lo mismo que al tal Felipón. Es muy triste verte entre dos miserables de esa clase, un par de sinvergüenzas, intentando obligarte a decir lo que no era, sabiendo que me podía costar el despido.
Lo del practicante era ya por sí despreciable y duro ¿por qué tenía que ser como ellos pensaban? Pero lo del peón, que había sido oprimido por la dictadura y condenado, a lo mejor hasta sin razón, o por el simple hecho de ser político, y que iba en contra de los pobres trabajadores, era lo que jamás podré concebir, el que una persona pueda ser tan traidora y capaz de vender a su propia madre. ¿Cómo puede haber miserables de esa clase? Fue siempre y hasta que se murió de esa calaña. Metido donde no tenía que estar y perjudicando, si podía, al más débil. ¿Qué le importaba a él como me accidenté? Fue mucho peor que el mismo practicante. Nunca lo olvidé, ni a uno ni a otro, por sinvergüenzas y avasalladores. Yo era muy joven no había cumplido los 19 años, pero bravo y valiente, seguramente más fuerte que los dos, porque nunca dieron ni golpe. Los hombre de la montaña, por ser nacidos y criados en aquel medio, siempre fuimos duros cómo los regodones, pero nunca nos dejamos avasallar, aunque no seamos guerreros como los dos pigarras, que tan mal se comportaron con migo.
Más tarde cuando fui a trabajar a la oficina del lavadero, ese fulano trabajaba en el cargadero y pude comprobar cómo se arrastraba al capataz y a los vigilantes. Hasta con sus compañeros, se porto mal, siempre fue un traidor, esa era la fama que tenia.
Solo estuve tres semanas de baja, para regresar a trabajar en aquel infierno, donde todos estábamos desesperados, porque seguía igual de malo.
Todo el personal estuvo amargado hasta que pasó una buena temporada y decidieron los Jefes, parar aquella rampla. Era sábado y como siempre el zorro del vigilante nos hizo una de las suyas. No sabíamos nada, y cuando llegó la hora de salir subió por los tajos y nos dijo que íbamos a ser destinados para la Julia de segunda planta del Rimadero. Que había que entrar por Sotrondio. Nos ordenó que sacáramos los martillos, mangas, hachos, palas y picas, y lo cargásemos en un vagón. Que lo engancháramos al tren para que saliese después del personal y pudiéramos recogerlo antes de irnos a casa. Así meterlo en la chabola y el lunes cargarlo en el carro que, tirado por una mula, lo llevaría hasta su destino: la boca mina del Rimadero.
Todo esto lo tuvimos que hacer corriendo para llegar tarde a la jaula. La maldad del vigilante fue que no quiso decirlo primero y así evitar estas carreras. Si su comportamiento fue malo con el personal, conmigo lo fue peor, porque yo era el único que no iba para el Rimadero. Alfonso no quiso soltarme de su zona. Una vez que nos mudamos y que esperábamos a que el vagón saliera del pozo, el canalla me dijo:
-Bobia, te libras de la julia, te quedas para el sur. Coge lo tuyo y sepáralo para quedarte con ello.
Si este vigilante fuera como debe ser un hombre y hubiera tenido un poco de sentido, me lo hubiera dicho en la mina. Mis herramientas se hubieran quedado escondidas en la misma galería, muy cerca donde iba ser mi destino, y me hubiera librado de bajar con ello al Pozo de nuevo y recorrer la distancia de galería tan grande que había con mi cargamento, aunque algo me ayudaron mis nuevos compañeros. La molestia no fue pequeña. Así como éstas nos las hacía aquel individuo con mucha frecuencia, era más zorro y más duro que un asno. Siempre con su falsa risa se reía hasta de su sombra.





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