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Archivo diario: 16 mayo, 2013

Al poco tiempo fui destinado con un picador a subir una chimenea. Ya estaba considerado como un buen ramplero, además de ser “del país”. Ya que éramos a los que los picadores reclaman como compañeros para lugares peligrosos, pues aunque había gente de afuera muy trabajadora que acaban de llegar, no conocían todavía bien la mina y eso lo consideraban muy importante.

Comenzamos a subir una chimenea en San Luis de cuarta planta para la zona sur. Alfonso Cuello apreciaba mucho a aquel picador Alfredo Lamuño, era vecino también de nuestro pueblo y muy trabajador.

Para calar la chimenea de San Luis desde cuarta a tercera, se trabajaba a dos relevos. Con el otro  picador trabajaban dos rampleros, de veintitrés y treinta años, que llegaban de afuera y vivían en la residencia de la empresa. Para llegar a esta chimenea había que bajar dando “tira” ( ir dando la madera, de uno a otro hasta llevarla al punto de trabajo, para postear la mina) desde la tercera planta hasta el contraataque de cuarta, por la Rampla de San Gaspar, para luego subir por un contraataque que chorreaba agua por sus cuatro hastiales.

Es decir, para llegar a nuestro punto de trabajo, había que a travesar por otra rampla más, cosa anormal, porque una chimenea, normalmente arranca desde la galería de una planta a otra. En este caso desde cuarta a tercera. Alli la galería muy lejos y si entramos por cuarta había que subir por un segundo contraataque, muy largo y mojado tambien.

En la tira subíamos los materiales necesarios: la madera para el posteo, una chapa para bajar el carbón y la tubería para el difusor. Si esta tira resultaba muy pesada por ser la rampla larguísima y muy tumbada, peor era subir todo un equipo por el contraataque de unos veinte metros, casi vertical con tanta agua, donde cogíamos ya la gran mojadura. Lo mismo ocurría en la chimenea que también daba agua por toda ella, A medida que el testero avanzaba, el agua se iba recalando, por eso había que “empiquetar” poner tablas en el techo para evitar que se hundiera.

El picador en la tira se cogía la misma mojadura que yo, pero tenía la ventaja que subía otra ropa envuelta en un plástico para cuando llegáramos al punto de trabajo, se pudiera quitar la mojada y ponerse la seca, que era en el testero de la chimenea donde ya no se mojaba. No era ese mi caso, que tenía que aguantarme con la mojadura que cogía en la tira durante toda la tarea, porque el carbón había que esporiarlo” desde el testero hasta el contraataque a tirón de paisano. Y el agua que daba esta chimenea se iba corriendo para arriba cada día; por el mismo recorrido que los picadores avanzaban en su tarea. Estos tenían la suerte de que el techo tardaba en recalarse dos días, por lo que había unos tres metros donde no daba agua y que era precisamente donde el picador trabajaba.

Llovía como si de una nube se tratara. Hay que tener en cuenta lo que supone trabajar una jornada de siete horas en este trabajo. La jornada en el resto de la mina era de ocho. A pesar de tanta agua y bastante fría, no pasaba frío porque trabajando se entra en calor, pero la humedad y esa maldita lluvia penetrando tantas horas por el cuerpo resulta difícil de aguantar. Aparte de que no podía parar ni descansar por exceso de trabajo que había y por él frió que entraba si paraba, era un reventón diario. Por si esto fuera poco, los dos rampleros del relevo del otro picador me dejaban todos los días la chimenea “enrrastrerada” de carbón, dejarlo lleno y sin bajarlo al pozo. El trabajo para bajarlo, se multiplicaba por estar debajo del agua varias horas, se ponía duro como el cemento y pegado a las chapas. El esfuerzo para arrancarlo era doble, mientras que el trabajo diario, al no perder tiempo no le daba lugar a empaparse. De esa forma resulta mucho más fácil arrastrarlo a tirón de piernas, “eso es lo que se llama esporiar”. En un lugar donde está muy llano y no corre el carbón por las chapas.

A pesar del duro trabajo lo pude soportar, el picador se daba cuenta del exceso de mi trabajo y con su gran conocimiento de lo que esto suponía, un reventón de trabajo diario, Alfredo lo explicó a nuestro jefe, Alfonso. Le dijo que yo estaba reventado de tanto trabajo, que era insoportable, que me dejaban la chimenea enrastrerada los del otro relevo. Yo supongo que Alfonso nunca dudó de lo que Alfredo le dijo y tampoco de mí. Sabíamos que nos apreciaba mucho, pero un día quiso ver lo que allí había y el esfuerzo que me costaba poder dar saque solo a todo el carbón de mi picador, más lo que correspondía bajar a los otros, que eran dos.

Una tarde que entramos a las tres, cuando íbamos dando tira a lo último de la rampla de San Gaspar de 4ª, ya casi abajo para comenzar a subir el contraataque a San Luis, Alfonso después de meter al personal de todo el relevo, se desplazó para ver aquel tremendo trabajoy ayudarnos a dar la tira que tan mala resultaba. Quiso comprobar todo lo que allí había, cogiendo la gran mojadura como nosotros, y aguantó hasta finalizar el transporte del material que llevábamos y comprobó que, efectivamente, la chimenea estaba enrastrerada y llena de carbón, como siempre y de la forma que Alfredo le había dicho.

Cuando llegamos al testero se acercó a mí y dijo:

-Arsenio aguanta, sé que estás trabajando mucho pero te prometo pagártelo bien. Te he de ayudar porque eres un pura sangre como lo es tu padre y lo fue tu abuelo.

Le di las gracias por lo atento que fue al reconocer el enorme trabajo que había. Se despidió de nosotros y marchó a su trabajo, que era visitar como vigilante de primera que era, los puntos de trabajo: ramplas, chimeneas, contraataques, guías, travesares, pozos maestros y también el mismo transporte de la galería. Fue un hombre competente, trabajador y un buen jefe. Sabía bien quién trabajaba, así como el valor de cada productor. Fue un experto minero y con conocimiento para reconocer las cosas por su valor real. Sabía mandar y también pagar al que trabajaba. Eso es muy importante: reconocer y dar a cada uno lo suyo. Aunque siempre haya alguno que lo critique porque para todos no somos iguales, por muy bien que uno lo haga y sobre todo para el que no le gusta apurarse. Alfonso Cuello sí que fue un pura sangre.

Me pago una bonificación extraordinasria y más tarde al cumplir los diciocho años, me destino apicar carbón a una buna rampla donde se ganaba un buen jornal. Nunca se olvido de mibuen servicio como trabajador y cuando ya llevava dos años como picador de primera me puso de encargado, para ser vigalante al poco tiempo, pero la desgracia me lo impidió, cuando mejor vivia en la mina y ganando mucho dinero, perdi las dos manos y eso fue terrorífico lo que sufri.

La mina era el lugar de trabajo preferido para mi, donde yo mejor me encontraba, me gustaba, era minero de profesión y lo vivía con afición ya desde niño y nunca olvide a la mina.

Al perder las manos y dejar la mina, casi me buelbo loco, ni yo mismo se como pude salir delante de tanto dolor. Hay que ver que algunas veces hasta sueño trabajando en la mina, después de pasar 59 años de dejarla.

Él gran jefe más enfurecido que un puma, porque no conseguía hacerme tragar lo que él decía y con el fumillo de siempre, me dijo que a la salida del trabajo pasara por su despacho y se fue. Empleaba este sistema para amedrentar a la gente y echarles la gran bronca. Yo no le tenía ningún miedo, bien seguro estaba de haber trabajado más de lo normal. La realidad era que siempre cumplí como un buen trabajador porque así fui siempre. Esa era mi fama, no solo entre ellos mismos, sino también entre el personal del Pozo. Mi forma de ser de hombre duro y cumplidor en el trabajo ya eran conocidos por los altos mandos del la empresa, desde que comencé a trabajar en el exterior del Pozo y del lavadero, cuando solo tenía catorce años. No tenía ninguna razón para tenerle miedo aunque siempre sería un palizas y avasallador, presumiendo de gallito y gritando a la gente. Conmigo no le valió su sistema de meter miedo con sus broncas y mala boca que tenia, la verdad una vez más triunfó.

Seguíamos trabajando, el vigilante viendo que no había arreglo, se colocó en un punto estratégico para vigilarnos. Éramos diez hombres desplegados por todo el recorrido del pozo, que tenía una longitud de sesenta metros y alejado del frente de la rampla por aquellos estrechones, que no cabíamos ni de rodillas y donde había que trabajar tumbados en las chapas para arrastra el carbón hasta el contraataque. Dije a un compañero:

-Por las malas no pueden con nosotros, vamos echarlo de ahí.

-¿Cómo? dijo mi compañero.

-Muy fácil, ¿tú acabas de llegar de hacer una necesidad, no es así? Pues vete y lo coges en una rajola y lo depositas en la parte de debajo de la “encelegada” donde está el vigilante. La encelegada es un mazizo de tierra y costero entrabalado para sostener el techo de la mina. lleva la lámpara a pagada para que no tebea, le olerá mal y se irá  muy rápida mente.

Las deyecciones humanas en la mina apestan, no hay quien las aguante, sobre todo cuando los ratones las mueven. En el momento que las coloques comenzaremos a quejarnos de que los ratones lo están comiendo y que nos apestan con tan mal olor. Estas picardías y otras más, eran la única defensa que teníamos los trabajadores, ante aquellos déspotas y dictadores, que no valía más que lo que ellos mandaban con razón o sin ella. 

Así fue, en el momento que regresó dije en voz muy alta:

-Aquí no hay quien pare, esto es insoportable, los ratones nos arruinan. Todos comenzaron a protestar. Sin decir nada se alejó, y nos dejó a nuestro ritmo de trabajo normal. No teníamos por qué reventarnos si no pagaba lo que era justo. (El cebo se lo colocamos mismamente debajo de él para que no nos molestara a nosotros). Aunque nos quejamos como si fuera verdad, así se la tuvo que tragar por ser más torpe que un mulo. Otro vigilante cualquiera no tendría ese problema porque era fácil de resolver. Siempre respetamos al que sabe por dónde anda y cumple con su deber, mandando y dirigiendo los trabajos, pero con orden y seriedad.  Los falsos y trafulleros nunca tiene salida, porque la verdad es poderosa y no hay quien la mueva.

Cuando ya se terminó la jornada, después de ducharme en la casa de aseo, salí con dirección al despacho del fiera, que así le llamaban, con toda mi tranquilidad, porque si seguía con su bronca y no razonaba, pensaba dejarlo en su despacho para que riñera con la mesa, lo que iba suponer un desprecio que le iba molestar mucho, teniendo encuenta su rango de ditador, pero no ocurrió así. Al pasar por delante de la oficina de los vigilantes, que estaba antes de ésta, me esperaba el vigilante. Con palabras ya diferentes y con cierta amabilidad, cosa anormal en él, pues pocas veces sabía comportarse con cultura, me dijo:

-Bobia, no vayas a ver al capataz porque los dos tenéis mucho genio, y seguro que la volvéis armar. Sería una pena que terminaras marchando del Pozo. No vayas me repitió, no pasa nada yo te destinaré para el lunes a tu punto de partida con el postiador, a los contraataques. No se te ocurra marchar del Pozo, estás bien mirado, eres muy buen trabajador, estás cerca de casa, no te marches, porque un día llegaras a promocionar.

-Con la misma prudencia que él me había hablado le dije:

-Vale. Si efectivamente me mandas a mi punto de partida, seguiré dispuesto a prestar ayuda en cualquier momento e incluso a esporiar, pero no permanentemente como vosotros queríais. Cubriré faltas, pero no para seguir, ya sabes que siempre me gustó colaborar, pero no de esa forma. Tú bien sabes que yo no ando al revés, no quiero problemas y que cumplo siempre y a donde vaya.

-Cierto, por eso no quiero que te vayas.

En lugar de decirle, ¿si reconoces que es cierto y que tenemos razón, porque no lo reconociste primero cuando te dige lo necesario que era el bonificar a los rampleros? Mira el lio que armaste por no pagarles  cuatro perras.

 Para no liarla de nuevo y teniendo encuentra que el hombre prudente y educado debe perder muchas veces de su derecho, redije:

Muchas gracias por reconocer la verdad y destinarme a donde me corresponde, quedamos de acuerdo, aun sabiendo que no iba pagarme las horas extras que me debía, pues era costumbre de algunos vigilantes no pagar todas las horas extraordinarias. Nunca supimos si era cosa de ellos o norma de la empresa, pero si sé que otros me pagaron siempre lo que trabajé, lo mismo que a mis compañeros. Nunca pude entender ese sistema de explotar al que trabaja.

Seguí en mi puesto de trabajo en los contraataques hasta que un día el postiador con el que yo trabajaba se quedó de baja por enfermedad. Me destinaron a echar carbón con un picador. Entrábamos por segunda para “dar tira” o llevar la madera para abajo. Un día de éstos estando dando la tira todo el personal de la rampla, “Manolón”, un picador de 1.90 de altura, tan grueso como un hipopótamo, torpe y avasallador sin ningún motivo, dijo a mi picador: 

-Vallina, él tu guaje ye un hijo de puta, me robó ayer las tablas del tayú.

El picador le respondió:

-¿Cómo te atreves a decir esa salvajada? ¿Cómo te va a robar si hay tablas bastantes? Él, cuando llega la tira a nuestro tayu, aparta las que yo le mando. De eso bien seguro estás tú. ¿Por qué te empeñas en decir esa grave mentira? Fíjate lo tonto que eres, si todos llegamos a la vez y marchamos juntos, ¿Qué viene el guaje de noche arrobarte tus tablas? Es de ridículo Manolon, ni se te ocurra. 

Siguió ladrando, que era lo que casi siempre hacía, y amenazándome con pegarme unas ostias cualquier día. Todo el personal le oyó. Unos se reían, otros callaron, pero un picador, Miliano le dijo:

-Manolón, el único hijo de puta que hay aquí eres tú. Si pegas al mejor guaje del pozo, te cuelgo el hacho del pescuezo. Eres un mentiroso ¿qué tienes contra él? ¿A qué fin va a robar tablas para nadie si lo que sobran son tablas en la rampla?

El picador, que precisamente no era muy alto sino más bien bajo pero dinámico y muy buena persona, tuvo los cojones de enfrentarse a aquel que presumía de matón y consiguió meterle miedo en el cuerpo. Mientras que estuve en aquella rampla jamás volvió a chillar ni a meterse con nadie. Aquel día había recibido una gran lección y avergonzado no le dio ni contestación.

El picador, que le reprochó su mala forma de ser, me defendió porque bien le conocía. Le siguió diciendo:

-Todos sabemos que quieres ser postiador y que no lo consigues porque el vigilante no te hace ni caso, y como el guaje ye sobrin de él, quieres vengarte. ¡Qué culpa tiene el guaje de que tú no valgas o el vigilante no te quiera para ser posteador!

Aquellas palabras del picador Emiliano, dejaron fuera de combate al que siempre fue amigo de dar palos, y que presumía de ser muy valiente.