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Archivo diario: 31 marzo, 2013

En esta misma finca, unos meses más tarde del accidente con la cerda, estábamos llindando les vaques mi madre y yo, cuando tuve que hacer una necesidad, me quitó los pantalones y salí al camino que tenía un anchurón y un matojo apropiado para el caso. Allí me coloqué y como llegó la hora de marcharse a casa, mi madre soltó las vacas, se retrasó un poco para cerrar la portilla de la finca y, como siempre, la primera que circulaba era la famosa La Borrega, porque siempre fue la jefa del rebaño.

Al llegar junto a mí, me cogió entre sus cuernos y de la primera me lanzó a la finca de abajo. Ese día, según mi familia, volví a nacer. El peligro fue doble, si al primer quite no me lanza, podía haberme matado enfilándome en sus grandes cuernos. Al lanzarme, caí en un matorral que amortiguó el golpe, de haber ido un poco más desviado habría caído en un pedregal de la finca vecina y dada la pendiente que había y con la velocidad que me lanzó podía haber sido más peligroso. Así que lo único que sufrí fueron magulladuras y un buen susto, además de las ortigas que me castigaron de duro, durante largo tiempo. Al estar desnudo de medio cuerpo para bajo, las ronchas que me salieron eran gordas y resquemaban como el fuego.

Aquella vaca que era de raza casina, con unas medidas especiales, fue la mejor de todas, trabajaba a las dos manos. Esto quiere decir que lo mismo le daba “xoncerla” (ponerla a tirar del carro) a derecha que a izquierda, lo que no es fácil para otras vacas, ya que lo normal es que cada una tira a donde fue adiestrada. Tiraba del carro y labraba las fincas como ninguna y daba unas buenas crías todos los años, además de una excelente leche con la que se hacía una manteca de primera.Un animal excelente, pero con un defecto que nunca se le quitó, la mala costumbre de tirarse a todo lo que encontraba a su paso, animales o personas. Para ella no existía el miedo, “truñaba” (envestía) aunque se encontrara con un rebaño de vacas. Tan fuerte y valiente fue, que nunca se encontró con ninguna que la venciera, era guerrera por naturaleza. También era un bonito animal, de unas medidas especiales, su cuerpo brillaba cubierto de un pelaje casi colorado que daba gusto contemplarla. Nunca conocí una vaca más grande que ella de su misma raza, así que la tuvimos hasta que ya era muy vieja y no podía con más. A pesar de su bravura y fiereza, los mayores de la casa la dominaban bien, siempre con una fuerte vara y poniendo cuidado para manejarla. Caminaba con mucha serenidad, nunca corría demasiado excepto para atacar a su adversario, pero siempre mirando a todas partes. Sus enormes cuernos eran igual que los de los toros que, en aquellos tiempos se dedicaron al fuerte trabajo del transporte de carbones y maderas, entre otras cosas. Por ejemplo, como los que transportaron el carbón de las primitivas minas de Langreo hasta el puerto de Gijón, antes de construir la famosa “Carretera Carbonera”.

 

Cuando tenía poco más de tres años, una cerdita casi me devora.

Una mañana, estando mi madre y mi hermano Mino sembrado cebollas y otras verduras en la finca la Payega, me dejaron a la entrada de la finca, en un poco de pradera cuidando una cerdita que estaban criando a la mano. Ellos estaban a una distancia de unos 300 metros, en la parte más alta de la finca. La misión mía era vigilar que la cerdita no estropeara los sembrados que había al lado de la pradera.

Cuando la cerdita se metió en los sembrados e iba a estropearlos, quise impedírselo y le di con una varita que llevaba. La cerda se lanzó hacia mí y me tiró en el suelo, dándome varios mordiscos en las manos, ropa y piernas.

Al oír mis gritos, los dos salieron corriendo en mi defensa. Mino llegó el primero y al verme lleno de sangre, se puso nervioso y le asestó dos golpes con la fesoria que si no llega mi madre en ese momento la hubiera matado a golpes al ver lo fiera que era aquella cerdita que siempre se había comportado muy serena y noble.

Limpiaron la sangre con un pañuelo y me llevaron a casa para curarme las heridas que no fueron graves, aunque sí un poco escandalosas porque sangraban mucho, pero en pocos días curaron sin más problemas. Al animal no le dio tiempo de herirme de gravedad debido a la rapidez que tuvieron para quitarme de sus garras, pero se había lanzado hacia mí como una leona.

Esta cerdita había sido el juguete de la casa, hasta que me quiso comer. A partir de ese día ya nadie confió en ella y, por miedo a que siguiera atacando a la gente, se la cerró en su cuadra y nunca saldría hasta que se hizo el “sanmartín”, y se convirtió en los chorizos de casa y las morcillas.

Lo que son los animales… ésta era muy mimosa y juguetona además de muy guapa, era pinta, e iba de tras de mi madre a todas partes. Nadie podía suponer que iba ser tan mala como para atacar a la gente. Lo que ocurre es que pocos cerdos hay que no muerdan al amo. Desde luego, si estuviera solo, podría haber muerto a mi corta edad, pues el ataque de aquel animal fue terrible, y porque los cerdos en cuanto prueban la carne no la dejan hasta hartarse y esta cerda ya era muy grande, lo suficiente como para tragarse la mitad de mi cuerpo, de no estar cerca mi familia.

Recuerdo que unos cuanto años más tarde, una señora que se dejó a su hijo en la cuna dentro de su casa, se fue a trabajar a su huerta y no se dio cuenta de que tenía a su cerda suelta pastando por el camino cerca de su casa y, como en esos pueblos y en aquel tiempo se podían dejar las puertas abiertas incluso por la noche, cuando regresó, se encontró que aquella carnívora había devorado a su hijo, ya le había comido la mitad de su cuerpo. Un niño de pocos meses.

Los cerdos son muy voraces y fieros. He visto en nuestra ganadería, en distintas fechas, a tres cerdas, cómo se comían a sus propios hijos, a medida que iban pariendo. Esto ocurre algunas veces y no se sabe muy bien si se debe a los dolores del parto o por qué razón. Menos mal que podíamos retirarles los cerditos, ya que éstas, las teníamos bien cerradas en unas parideras especiales para el caso. Si las tuviéramos sueltas, hasta los amos tendríamos que correr de estas fieras.

Siempre teníamos un frasco de  STRESNIL” un producto calmante para ponerles una o dos inyecciones y dejarlas medio dormidas unas cuantas horas, según los casos. Lo normal era de ocho horas, otras hasta dieciséis. Se le retiraban los cerditos a medida que iban pariendo, para ponérselos de nuevo cuando les pasara los efectos del parto, cuando ya dejaban mamar a sus cerditos y cuidándolos como si no hubiera pasado nada.

El producto, para inyectar como calmante, siempre lo teníamos a mano para estos casos y para las operaciones que algunas veces había que hacer a las hembras, sobre todo a las más viejas, por diversos problemas que tenían, sobre todo, enquistamientos en las orejas o patas. Había que operar para salvarlas porque si no en poco tiempo se morían.

Este fue otro de los oficios que aprendí: cirujano de animales. En muchos años de granjero y de las muchas operaciones que hice, sólo tuve una baja, una buena cerda que murió por exceso de pérdida de sangre. Duró demasiado aquella operación y tuve que darle otra inyección y no lo soportó. Esto ocurrió un día de Año Nuevo, mi esposa era mi ayudante. Los dos lo sentimos mucho porque era uno de nuestros animalitos que mucho apreciábamos.