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Archivo diario: 19 julio, 2012

 

En el Sanatorio Adaro de Sama, habitación de la sala Perpetuo Socorro, camas 25 y 26.

Allá fue donde nos encontramos Alejandro y yo, desguazados por la explosión. Habían pasado unas cuantas horas, era casi de noche. Miré a la derecha y vi en la cama número 25, a otro con el mismo problema que el mío. En ese momento, al estar medio atontado por el éter y por el sufrimiento al recordar la situación en la que me encontraba, no le conocí. Él tenía un ojo vendado. Al estar en cama es más difícil reconocer a las personas.

Aquel hombre, que había corrido la misma desgracia que yo, era Alejandro Antuña Pandal y trabajaba en el mismo Pozo como ayudante de barrenista. Era natural de Bustio, de Posada de Llanes. También acababa de perder sus manos y un ojo. Su accidente había sido a las dos de la madrugada en Blimea. Venía de trabajar con un primo suyo que salió ileso de aquella, pero el buen hombre iba a tener peor suerte, pues poco tiempo después perdió la vida en la mina en un accidente. En la entrada de la Venta de Blimea, habían disparado unos cuantos cartuchos de dinamita. Manolo, su primo, no le tocó nada de la detonación, parece que estaba un poco distanciado cuando se dio cuenta que Alejandro se había quedado sin las dos manos y un ojo.

Al ingresar en el hospital yo nada sabía de lo ocurrido. A los pueblos de alta montaña “las noticias llegan en burro”, así decían los antiguos. Es posible que de haberlo sabido, ninguno de los mineros nos hubiéramos atrevido a disparar la dinamita en aquel aciago día que será recordado por las gentes de aquella zona mientras vivan.

Alejandro también se sorprendió. Tampoco se había enterado de lo mío hasta que ingresé a su lado, en la cama de la derecha. Sólo había dos camas. Ya llevaba casi todo el día despierto, pero con muchos dolores. Nos miramos y nos saludamos con tristeza. En nuestras miradas se notaba el dolor y la pena que nos invadía. Los dos estábamos destrozados, no sé cómo podíamos soportar tanta amargura.

Mientras estuve hospitalizado, mi familia me acompañó noche y día. Nunca me dejaron solo. Había que cebarme, lavarme y ayudarme en el servicio. ¡Cómo sería el tormento de mi familia en aquella casa! No dormían ni comían. No cesaban de llorar. Era un valle de lágrimas. Tanto sufrieron que mi hermana Laudina, que estaba embarazada, sufrió un aborto. Lo pasaron de terror.

                             Mis padres con mi hermano Constante y yo cuando eramos niños

De mi mente no se alejaba la pena al darme cuenta de lo mucho que sufrían por mi culpa, y que a este dolor por ellos, se sumaba el mío propio. Si los dolores eran de tormento por la amputación, tanto o más me atormentaba el pensar en qué estado les dejaba. Y me decía: ¿acaso sufrirían menos si me hubiera quedado allá con las manos y el sufrimiento sería de una vez? Así, lo llevarán siempre con ellos al verme cómo me encontraba. No sólo destrocé mis manos, también dejé destrozada a toda mi familia. Lo sentía mucho, especialmente por mi madre. Pasé mucho miedo porque temí que se pudiera morir de pena, pues estaba muy delicada al padecer del corazón en un grado muy peligroso. Yo pedía en silencio y mirando al techo de mi habitación inmóvil, aturdido y desesperado morirme antes que ella, pensando que mi vida ya no tenía importancia ninguna y la de ella sí. Había hermanos sin criar, y mi propio padre tampoco lo aguantaría sin su esposa. La quería mucho, los dos juntos luchaban y no podrían estar el uno sin el otro. Estos pensamientos y otros me torturaron largo tiempo, fue demasiado.

La familia no podía dejar que mi madre fuera a verme al hospital por miedo a que le pasara algo. Consideraban, como yo, que era peligroso llegar y encontrase con su hijo de aquella forma, podría ser fatal. Todos pensábamos lo mismo, temiendo lo peor por nuestra querida madre.

La mala noticia de nuestros accidentes corrió como la pólvora por toda la región y por aquella habitación desfilaron visitas de todas partes. No puedo calcular el número de gente que por allí pasó. Entre tantas visitas diarias tuve una muy especial, la de una chica, María, de un grupo de siete que estudiaban Medicina, Enfermería, y Comadronas. Iban a realizar las prácticas al hospital y todos los días iban a vernos.

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