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Archivo diario: 12 julio, 2012

 

Yo, Arsenio Fernández García, hijo de Arsenio y de Mercedes, nací el día 1 de agosto de 1.934, en el pueblo de La Bobia, parroquia de Blimea, en el concejo de San Martín del Rey Aurelio, en Asturias. Criado entre el hambre y la esclavitud debido a la guerra civil y después a los duros años de la posguerra y más tarde, a los avatares que el azar me deparó.

Nuestra tradición, como mineros, siempre fue celebrar nuestra patrona Santa Bárbara, el día 4 de diciembre. Todos los años se oficiaba una misa en la parroquia de Santa Bárbara. Días antes se bajaba la santa al Pozo Cerezal, antiguamente llamado Pozo Santa Bárbara, para llevarla a la Iglesia en una bonita y numerosa procesión. Dado que este pozo fue cerrado, ahora se lleva a la que fue la mina el Prado Molín, donde le construyeron una especie de santuario muy bonito que merece la pena conocer. Desde aquí comienza esta procesión hasta la Iglesia Parroquial.

En aquel tiempo, como casi no existían los voladores, se disparaba dinamita en cantidad. Cada minero sacaba de la mina lo que creía necesario para dispararlo por los pueblos, cada uno en el suyo. Siempre antes de ir a la misa, anunciando el comienzo de esta  fiesta. Después, durante la procesión y durante todo el día, se seguía disparando la dinamita.

Me disponía, en esa terrible mañana del 4 de diciembre de 1954, a detonar cinco cartuchos de goma-1.  Rodilla en tierra y con una cerilla encendida en el suelo, un cartucho de dinamita en cada mano,  les di fuego a todos encendiéndolos de dos en dos.

Cartucho de dinamita

Ya había dado fuego a los tres primeros y, al dar fuego a los dos últimos, observé que uno de éstos se quemaba a demasiada velocidad. Intuí el peligro y me levanté velozmente pero no me dio tiempo a nada, sólo vi volar mi mano derecha. Pero el que llevaba en la izquierda también se había disparado con el mismo resultado, y ya sólo vi fuego y sangre a mi alrededor.

Gracias al instinto de conservación y a pesar de darme cuenta de que ya no tenía manos, sólo un reguero de sangre, se me ocurrió salir corriendo a toda velocidad. De no ser así, los otros tres cartuchos que aún no se habían disparado, pero que ya estaban ardiendo, me hubieran volado todo mi cuerpo en un lapso de tiempo muy corto, ya que detonaron en el mismo momento de darme la vuelta. Era una cantidad de explosivo suficiente como para volar una montaña de roca. Además, había otro peligro y ese estaba en mi propio cuerpo, pues en el bolsillo superior de mi chaqueta llevaba otros siete detonadores, también más que suficiente para “enviarme a Marte” si los hubiera alcanzado la onda expansiva al detonar los primeros. A pesar de la grave situación, mi vida estuvo en un peligro incalculable. Al levantarme  hice un giro hacia la derecha lo que fue suficiente para salvarme de una muerte segura, ya que ese movimiento  dirigió la onda explosiva hacia mi derecha, la prueba es que me causo varias heridas en la cara y piernas,  cortándome parte de mi chaqueta y la cadena del reloj de bolsillo pero no me tocó mi parte izquierda que era donde tenía los siete detonadores.  

Técnicamente es imposible sobrevivir a una explosión de esta envergadura pero en este caso así fue, me salvé de milagro.

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