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Archivo mensual: agosto 2012

 

En esta foto estamos mi hermano Constantino, con dieciocho años, Alejandro Antuña, con veinticinco años, y yo con veinte. Nos la hicieron el día 2 de Febrero de 1955. Unos días más tarde, el 23, marchamos a Madrid para ingresar en La Clínica Nacional del Trabajo, para hacer nuestra rehabilitación. Mi hermano nos acompañó hasta la estación de Oviedo para coger el expreso que salía a las once de la noche y tenía la llegada a Madrid a las diez de la mañana, o más tarde pues, en aquel tiempo, los trenes eran muy lentos y había que cambiar de locomotora tres veces, ya que en unos tramos de vía la locomotora era a vapor y en otros, eléctrica. En la parte de Asturias y León trabajaban las de vapor y como no tenían la fuerza suficiente para subir el puerto de Pajares, enganchaban dos locomotoras. Hay que decir que las eléctricas, más modernas, comenzaron por Madrid y pasaron varios años antes electrificar todo el recorrido hasta nuestra región. También hubo que mejorar las vías, que eran muy deficientes, para poder aumentar la velocidad de las locomotoras eléctricas.

En aquella estación de Oviedo mi hermano y yo lloramos como dos niños al despedimos. No lo pudimos evitar, éramos hermanos y amigos, nos criamos juntos y no vivíamos el uno sin el otro. Esta separación fue muy dura para toda la familia pero más todavía para él y para mi hermana Laudina por ser de edad aproximada y criarnos a la vez. Tan grande fue el sufrimiento de mi familia que mi hermana Laudina, que estaba recién casada y embarazada de su primer hijo, tuvo un aborto.

Nuestro accidente surgió poco antes, el día 4 de Diciembre anterior, al detonar unas cargas de dinamita, para festejar la patrona de los mineros. Alejandro, en Blimea, a las dos de la madrugada, cuando venía de trabajar. Yo, a las nueve menos diez de la mañana, muy cerca de casa, en La Bobia, mi pueblo.

Si yo tuve mala suerte, peor fue la de mi hermano Constantino, que murió en accidente de trabajo en el Pozo Cerezal, el día 29 de Junio de 1.964, la mina se lo llevó con sólo veintisiete años, casado y con dos niños de corta edad. El recuerdo de Constante, mi hermano, y de Alejandro, por ser compañero de trabajo del mismo Pozo y luego por vivir juntos la lucha que la vida nos presentó, siempre estará conmigo.

Los dos ya descansan en paz.

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Hay personas a las que las adversidades de la vida les dejan fuera de combate. Sin embargo la vida es una sucesión de elecciones. Cada vez que sucede algo malo, se puede escoger entre ser una víctima y maldecir a la mala suerte o sobreponerse y aprender de ello, para salir adelante y liberarse de tanto dolor.

Recuerdo una tarde, después de regresar de Madrid a mi casa, que Elviro Martínez, el alcalde, me llamó para que bajara a verle. Quería charlar conmigo sobre mi compañero Alejandro, que tenía una niña con la que aún era su novia. Yo, que le apreciaba como si de mi familia se tratara, al momento bajé. Nos saludamos y me dijo:

­–Arsenio, perdona que te haya molestado.

­–Tú nunca molestas, tranquilo, me resulta muy agradable charlar contigo y te aprecio mucho porque sé lo que luchaste por nosotros. Puedes estar seguro de que siempre recordaré tu gran generosidad para hacer por la gente todo lo que esté de tu parte. Todos te apreciamos por tu buena forma de ser.

Me dio las gracias y comenzó diciendo:

­­­–Estoy preocupado por Alejandro porque no hace como tú, que trabajas y estudias. Bebe mucho y quisiera poder convencerlo para que dejara de beber tanto y diera apellido a su hija. No hay nadie más indicado que tú, me dijo, porque sé que te aprecia porque le ayudaste mucho. Supiste ser fuerte, luchaste por ti y por él. Le llamaremos y entre los dos haremos lo que podamos. Todo el mundo dice que lo mejor para él será que ponga nombre a su hija y que siga con su novia. Aquí está solo y no saldrá de la bebida. A ver si entre los dos podemos conseguirlo. ¿Tú qué opinas?

­–Lo mismo que tú, eso sería lo normal, pero no lo conseguiremos, podemos intentarlo pero ya comprobarás que es imposible.

Le conté mi lucha con él. Ya no me quedaban argumentos posibles para poder convencerle porque ya en el Adaro de Sama, recién accidentados, le había pedido que recibiera a su novia que, con mucha frecuencia, lo visitaba en el hospital intentando darle su cariño y su ayuda. Muchas veces le dije:

­–Alejandro, no tortures a esa mujer que te quiere y te adora, no la dejes sola, sigue tu relación con ella, no tomes decisiones que más tarde puedas lamentar. Espera a venir de Madrid y, cuando empecemos a trabajar, si nos colocan en Duro Felguera, ya puedes cumplir con el compromiso de padre y de marido. Deja que corra el tiempo que es el mejor consejero y podrás seguir por el mejor camino que tú creas conveniente, pero no rompas con ella.

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Nada pude hacer, siempre me decía lo mismo, que no iba permitir que su suegra se riera de él por encontrarse sin las manos y que si no se había podido arreglar con ella antes peor sería al verle sin manos. Esto fue superior a sus fuerzas y nunca lo pudo quitar de su mente. Varias veces me contó que habían tenido fuertes discusiones, sobre todo las dos veces que intentaron preparar las cosas para casarse, antes de su accidente. En cambio me decía que quería a la chica pero que nada podía hacer. Aunque yo le decía:

­–Tú no vas a vivir con la madre, podrás ir a una casa y, como los demás, montar tu propio hogar. Las discusiones con su madre, nada tienen que ver con tu novia que es muy buena chica y te quiere a pesar de tu estado. Eso a mí no me parece ningún obstáculo que te obligue a dejarla y a renunciar a tu propia hija. Ella siempre dice y creo que lo dice de corazón, que lo de las manos no impide que seas su marido. Fíjate en lo mucho que te quiere, que me pide que te ayude a levantar esa moral, rogándome que te anime porque dice que para ti será lo mejor y que los dos, junto con vuestra hija podréis ser felices porque te quiere. Alejandro, yo mismo veo las dificultades que los dos tendremos en la vida y me parece normal que tengas dudas, por eso te pido que no decidas nada ahora, pero que tampoco la eches, debes esperar”.

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Medalla del trabajo a Don Severino García Iglesias, de Riolapiedra San Mamés

El mismo día del accidente, el 4 de diciembre de 1954, impusieron la medalla del trabajo a varios productores del concejo. Uno de ellos era Don Severino García Iglesias, vigilante de primera del grupo de minas de montaña del paquete San Mamés. Este acto fue presidido por el gobernador de Asturias, Don Francisco Lavadíe Otermín, Don Elviro Martínez, alcalde de San Martín del Rey Aurelio y altos cargos de la empresa Duro Felguera.

Don Severino, casado y padre de varios hijos, fue un hombre ejemplar, buen vecino, cumplidor en todos los órdenes, además de un buen profesional, ejerciendo como jefe de grupo de Minas de San Mamés, donde trabajaban mi padre y mis hermanos. Fue un gran protector del trabajador, procurando dar a cada uno lo suyo con un grado de honradez digno de apreciar y así fue considerado por todos. Muchas veces oí decir a mi padre y también a mis hermanos que era muy buena persona y en eso coincidían con la opinión de mucha más gente.

Allí mismo, ante las autoridades, Don Severino nos mostró su interés por defender a su gente: con su bondad y gran sentimiento se le ocurrió pedir ayuda para los dos mineros que aquella misma mañana habíamos perdido las dos manos. Dio una lección de solidaridad, de buen compañero y de sufrir por sus semejantes. Don Severino pidió que hicieran por nosotros todo lo necesario para que pudiéramos emprender una nueva vida, que no nos dejaran sin protección. Así de grande fue, así de noble, ayudando siempre al necesitado.

Don Francisco Lavadíe y Don Elviro Martínez, al igual que el resto de la gente, le ovacionaron como él se merecía. Le dieron las gracias por su gran acierto y le prometieron hacer lo necesario. Dijeron que nos llevarían a Madrid para rehabilitarnos y lo cumplieron, lo que iba ser para nosotros muy importante. Mi familia que siempre le había apreciado, al igual que a toda su familia, nunca olvidaron aquel bien que él, con cariño, pidió a las autoridades y que se cumplió.

Desde aquí quiero recordar a este gran hombre, Severino, con el mayor de mis afectos, manifestar mi agradecimiento y felicitar a toda su familia porque él ya no está.

A partir de aquel día, Don Elviro Martínez estaría siempre pendiente de nuestra estancia en el hospital. No se olvidó de la desgracia tan enorme que dos hombres, trabajadores de su tierra, padecían. En contacto con el gobernador, Don Francisco Lavadíe del que era amigo, no cesó en su empeño hasta conseguir que ingresáramos en el Hospital Clínica  Nacional del Trabajo de Madrid, uno de los mejores de nuestro país y siguió interesándose por nuestro estado en la clínica y también después de regresar.

Fue un gran hombre muy popular, no sólo por ser alcalde, sino también por su cumplimiento del deber. Fue un hombre humanitario, amigo de ayudar, era culto y educado. Con su nobleza, trató siempre a la gente sin diferencias de clases, pobres o ricos, todos eran iguales para él. Siempre luchó por causas justas con honradez y con entrega a sus deberes como autoridad que fue. Murió muy joven y fue una pérdida para todo el pueblo que mucho lo sintió. Se notaba la tristeza de toda la gente que asistió a despedirlo en su último viaje. No tengo palabras para describir su gran personalidad. También quiero destacar la gran personalidad de su esposa, Doña Laurita, inteligente y culta, agradable, sencilla, amable para tratar con la gente. Muy valiente para soportar la pérdida de su gran esposo, el hombre de su vida que se lo llevaron siendo muy joven, pero ella supo resistir y luchar para seguir con sus hijos que la necesitaban.

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