Si lo consigues pinche, me dijo el capataz, jefe del exterior, te pago una bonificación de setecientas pesetas, ¿crees que lo podrás hacer?
– Yo no sé de qué se trata, no conozco esa alcantarilla vamos haberla y si se puede se hará.
De esta tolva de la tierra de todo el Grupo, se sacaban todos los días, a dos relevos, del orden de doscientos cincuenta a trescientos volquetes de tierra, algo más de 300 toneladas. Estaba destinada la locomotora Nº 16 a dos relevos, trabajaban las dieciséis horas exclusivamente a este servicio. Se llevaba un tren de tierra a la escombrera del pozo, dejaba el cargado y enganchaba el vacío que ya estaba preparado y a por otro viaje. Esta enorme cantidad de tierra, la subía una cadena de casjilones desde el lavadero, donde se lavaba hasta la tolva situada en las vía a una altura de 150 metros para poder cargarla en los trenes. Con la presión de tanta agua se caía mezclada con la tierra y no se podía evitar el lago que permanente mente se mantenía sin poder desaguar para ninguna parte y en medio de la vía. Por este motivo se perdían varias horas por los descarrilamientos de los trenes. De aquella tolva no cesaba de salir agua en los dos relevos y por ese motivo había como un lago permanente.
Los tres fuimos en ese momento a ver la alcantarilla que solo se veía por su terminación donde desaguaba a un escombrera muy pendiente. Era de cemento, cuadrada y muy pequeña. Por ésta no podía entrar más que un niño como yo, de complexión delgada. Estaba macizada por dentro, llena de una masa fina y muy compacta. Había que ir sacándola a mano. La cavidad de esta alcantarilla, era la justa para poder deslizarme por ella tumbado a la larga y con los brazos estirados para entrar y salir. Era un agujero de 30×30 centímetros aproximadamente, que aún permanece allá, pero que no puedo fotografiar y medir aunque se donde está la entrada es en una escombrera y está tapada por un poco de tierra.
Estos terrenos los lleva el Ayuntamiento y aunque hable con un encargado, le comente que me gustaría fotografiarla y medirla para el libro, ya que se podía descubrir con mucha facilidad, pero no me atendió mi petición, dijo que no, no quiso colaborar. Yo lo considero muy importante el poder mostrarla para que se pueda ver las peripecias que los hombres pasamos en terribles y peligrosos trabajos, como lo fue este y otros más.
Después de que mirarla de nuevo me pregunto que si podría con ello, le dije:
-Creo que sí, depende de que consiga poder deslizarme tanta longitud a rastro, voy a intentarlo.
Comencé a trabajar, ellos se marcharon, saqué los dos primeros metros con una rastrilla, el largo de esta mas lo que alcanzaron mis brazos. Cuando ya no alcancé desde afuera, entre por primera vez para poder sacarlo con las dos manos, pero resultaba muy difícil, fue cuando pensé que así no sería posible, y decidí que lo mejor sería ayudarme con un pequeño cajón parecido a uno que se empleaba para los higos pasos, y que su altura era la mitad de la cavidad de esta cantarilla, para que por arriba pudiera meter mis brazos y cargarlo a mano y con mi cuerpo tumbado en el suelo de esta y entre natillas muy resbaladizas.
Fui a ver al capataz para pedirle lo que precisaba para poder trabajar. Cuando me vio llegar y en tan poco tiempo, vi como si se quedaba sorprendió, muy serio, me dijo:
– ¿A qué vienes piche?
Creo que pensó: “este no acaba de empezar cuando ya lo deja”. Le expliqué lo que necesitaba. Un pequeño cajón y una lámpara, con muy buena gracia me dijo:
-Lo que te haga falta y me preguntó ¿Cómo ves la obra? ¿Crees que se puede hacer?
– Si no encuentro gases más adelante, puede ser posible.
Al escuchar mi opinión se quedó un tanto se rio, y dijo:
-Ten mucho cuidado, si notas que existen gases sal inmediatamente. Ya sabes que nadie puede ir a buscarte. Los mayores no caben y no trabaja ninguno de tu edad aquí que pueda entrar.
En ese momento si me hubiera atrevido, le preguntaría, ¿Si me quedara allá asfixiado y hubiera otro niño, lo metería a morir con migo? Es increíble, pero tan cierto como mi existencia, las burradas que cometieron con los trabajadores. Un tanto por ciento de los accidentes ocurridos en las minas fu por falta de seguridad y la opresión de los mandos.
Me dijo que fuera a los carpinteros su de parte y que me hicieran este cajón en el acto porque poco tiempo llevaba el construirlo. Cogió el teléfono y mando a los lampisteros del pozo que mandaran una lámpara por el primer tren y me la entregaran en mi punto de trabajo. Esta lámpara ya era eléctrica, de no ser así no sería posible aguantar el olor de una de gasolina, ya que antes de llegar lámpara eléctrica, se alumbraba con las de gasolina, que dan un olor muy fuerte, lo que resultaría imposible de soportar en un lugar tan reducido como aquel, que era real mete un fondo de saco sin ventilación.
Si me pasara algo el único medio para sacarme sería contraatacar por las vías, a una profundad de dos metros. La excavación se hacía a pico y pala, no existía otra forma de hacerlo, y en el fondo había hormigón. Perforar éste les llevaría dos días, demasiado tiempo como para encontrarme con vida. Aunque todo esto yo lo ignoraba, no sabía ni como estaba, pero lo comprobé más tarde cuando ya había avanzado unos treinta metros, los jefes tenían mucho miedo a que no hubiera ventilación suficiente y me dijeron que había que contraatacar desde el exterior. Al llegar a ese hormigón no se podía picar con el pico por la gran dureza de éste. Tuvimos que volarlo con dinamita, única forma de poder calar. De haberme quedado atrancado dentro no lo podrían haber volado por eso el problema sería demasiado serio, para sacar un hombre de allí con vida. Tardarían varios días en llagar a donde me encontrase. Un enorme trabajo, y con otro difícil problema: ¿Cómo iban a saber a qué distancia me podían encontrar? Seguro que tendrían que hacer varios pozos para localizarme, lo que ya no iba tener demasiada importancia, ya que no me iba enterar de nada, y menos del tiempo. Ocurre lo mismo que cuando uno cae en un derrabe en la mina, después de un pequeño tiempo ya no hay salvación posible, ya es igual sacar a uno primero o después. Después de dejar de respirar ya no te enteras, los muertos no sufren. Un poco de estos efectos lo pude comprobar debajo de aquel peñón en la mina, cuando pensé que era mi fin porque el enorme peso del peñón, me iba oprimiendo a medida que pasaba el tiempo y mi resistencia iba menguando. Lo presión de tanto peso, me dejo cuatro días sin conocimiento.
Cuando se enteró el capataz, que era el jefe del exterior, que me habían destinado al taller mecánico, llegó una mañana cuando Faustino jefe de taller le daba instrucciones al tornero para hacer un trabajo. Yo estaba destinado allí con este tornero. Sin saludarnos y dirigiéndose a Faustino le dijo, muy enfadado:
-Me parece muy bien que se premie a este piche por sus propios méritos, pero yo soy el Jefe y no se contó con migo para nada. No me opongo a que se le traslade a este lugar pero antes ha de hacerme un trabajo que nadie pudo hacer en doce años, ni albañiles ni camineros ni peones, y que pienso que con lo hábil que es te, pueda conseguirlo.
Faustino le preguntó, ¿qué clase de obra tan importante pode hacer el niño? El otro le explicó que se trataba de limpiar una alcantarilla que permanecía macizada desde hacía muchos años y que nunca pudieron limpiarla por su profundidad y no tener más que 30 x 30 centímetros de cavidad y por lo tanto muy difícil de trabajar. Aparte de no haber personal que pueda entrar, este pinche que es muy trabajador y dinámico, además de ser de poco cuerpo puede que entre y lo consiga.
De nada le sirvió a Faustino, exponerle lo peligroso de aquel tremendo trabajo.
-Yo no lo creo le dijo Faustino, es muy difícil por la profundidad y poco diámetro para poder trabajar. No puede dar la vuelta, tiene que salir arrastrando su cuerpo y con esa humedad y la finura de las natillas no podrá moverse. En mi opinión le dijo, no lo metería ¿si no puede entrar más que él y le pasa algo cómo lo sacamos? Hay que contar con la longitud tan grande que es de unos setenta metros y que la ventilación será muy escasa, hasta puede que haya gases. Esta cantarilla lleva un montón de años parada y esta macizada de unas finas natillas que no dejan salir los gases de la putrefacción que hubo, lo suficiente como para matar por asfixia. ¿Cómo lo investigamos después de que haya una desgracia?
Faustino no quería que me metiera en aquel trabajo. El capataz todo lo pintaba muy fácil, diciendo que era de una necesidad vital para la maniobra de todo el exterior, y que Faustino lo sabía tan bien como él. A diario muchos trenes descarrilaban, pocos se libraban de tan mal punto.
Se trataba de un problema de la tolva de la tierra, al cargar los trenes, por la existencia de un badén y al no salir el agua por el atasco de la alcantarilla, todos los trenes descarrilaban. No se podía ver el carril de la vía por el agua junto con la tierra y costeros que invadían toda la vía. El tren se salía de ésta. Si se conseguía limpiar esta alcantarilla, que nacía precisamente debajo de esta tolva del antiguo lavadero de carbón. Por ésta desaguaría toda el agua de la cadena de la tierra y el problema quedaría resuelto. Prieto siguió diciendo que yo lo podía hacer.
Me pagaban por cada vagón recuperado de este carbón que sacaba de diversos vagones a once pesetas, y llenaba cuatro por día. Como el jornal era de ocho pesetas nada más, la diferencia era más que notable. Me ganaba cuarenta y cuatro, que era un excepcional jornal para un pinche de catorce años. Esto le pareció a la Jefatura un disparate. Creyeron que en combinación con los del basculador, les robaba el carbón. Se preguntaban que cómo iba cargar un pinche esa cantidad, si entre dos peones nunca los cargaron. Yo trabajaba con la inocencia de un niño de catorce años y desconocía lo que estaba pasando, no sabía ni lo que producían los dos peones. Tanto que a uno de ellos nunca llegué a conocer, por la distancia que había de un trabajo al otro. A mí lo que me interesaba era trabajar y ganar cuanto más mejor.
Faustino del Campo jefe del taller mecánico del grupo
Una mañana llegó a mi vagón este gran hombre, jefe de talleres, del Grupo San Martin de Campo. Me encontraba picando a toda marcha como siempre. Este hombre dio un golpe en el vagón donde yo estaba agachado y dijo:
-Para de picar pinche, ¿cómo trabajas tanto?
Levanté la cabeza y vio mis gotas de sudor que bajaban por mi cara, le dije:
-Porque se necesita dinero en casa, somos muchos hermanos, y la cosa anda apurada.
-Baja un poco el trabajo porque te vas a quemar en poco tiempo; de seguir a ese paso no lo aguantarás, eres muy joven, no puedes trabajar a esa marcha me dijo, con una sonrisa, porque era hombre muy agradable.
-No pasa nada estoy acostumbrado ya desde niño le dije.
-Niño todavía lo eres, hijo, te aconsejo que no te revientes tan joven, es demasiado para uno mayor cuanto más para tu corta edad.
A continuación me dijo:
– ¿Sabes que dejaste a toda la Jefatura del Grupo asombrada, de lo mucho que produces?
-Nadie me dijo nada, ¿qué voy a saber?
-¿Tampoco sabes que te pusieron un guarda jurado a vigilarte porque según ellos era materialmente imposible que un niño tan joven pudiera cargar tanto carbón por día? Pensaron que podrías robar el carbón.
Mi punto de trabajo era en una de las vías que había cerca del basculador del carbón de todo el grupo para apartar los vagones con este carbón y poder trabajar sin molestar al resto de la maniobra de las locomotoras del transporte. A lado de un monte, con mucha maleza, urcias, árgomas, artos, arboles, la maleza normal de un monte muy cerrado donde se pueden esconder hasta las alimañas.
-Ves ese monte que tienes al lado, me dijo Faustino, ahí es donde se escondió el guarda jurado para vigilarte todo el día, hasta que comprobó los vagones que cargabas por día.
-Nunca lo vi, no pierdo el tiempo mirando como corre los aires, es la primera noticia que tengo, no sabía nada. Aquí estoy solo, y casi no hablo con nadie.
-¿Cómo vas a hablar con la gente si no paras de darle a esa pica todo el día? A tu corta edad ya eres más popular que el Gobernador de la Provincia. Estamos asombrados de lo trabajador que eres. ¿Quieres ir para el taller conmigo? Serás un gran oficial en poco tiempo, y más tarde si estudias un buen perito.
-No me gusta el exterior, quiero ser minero como mi padre le respondí.
-¿Qué dices hombre? ¿Cómo se te ocurre pensar en la mina y decir que no quieres el Taller? Para entrar en él en la actualidad es casi imposible, ¡y tú no lo quieres!
-Los del cotón en culo ganan muy poco, señor, yo prefiero trabajar en la mina, que aparte de que me gusta, se gana mucho más.
-! Ni hablar ¡ni hablar! dijo él¡ si te vas al taller serás un hombre el día de mañana, y si vas a la mina, un esclavo y terminarás silicóticos perdido como todos¡ No tiene comparación, ¿para qué te sirve el ganar mucho dinero si no lo vas a disfrutar?
-Depende de la suerte y la fortaleza de cada uno le dije riéndome un poco por la gracia y nobleza con que aquel hombre me hablaba.
-Para la silicosis no hay fortaleza ni suerte que valga, no te engañes, de siempre es conocido de que el destino de los buenos trabajadores de la mina es el mismo, morirse siendo joven. De ésta solo se libran los vagos, y tú trabajando a esa marcha lo cogerás en muy pocos años. Piénsatelo muy bien, que es tu vida. A las cinco de la tarde voy a ver al Ingeniero, y le pediré permiso para destinarte conmigo al taller, ya verás cómo te gusta y no te acordarás más de la dichosa mina.
No se olvidó de lo que prometió, y a los dos días me destinaron al taller. Este hombre tanto me quería, que hasta intentó adoptarme como hijo. Allí en el taller trabajaban dos primos míos, que también él apreciaba mucho, por ser trabajadores muy competentes y hombres formales: Mario y Sócrates, hermanos, hijos de una hermana de mí padre. Un día Faustino les preguntó que si podría ir a ver a mis padres para poder adoptarme. Le dijeron:
-¿Ni pensarlo? no se puede imaginar lo que a precian los padres y abuelo a éste, basta con decirle que nuestro abuelo dice que en todo el territorio no hay quien lo gane, ni a trabajar ni a nada.
Cierto era lo decían, pero todo era porque me gustaba mucho trabajar, y tenía habilidad para realizar las cosas, precisamente porque me gustativa y me salían bien.
Aquel hombre no cesaba en su empeño, dio vueltas y hasta me pregunto, si quería ir para su casa. Yo le dije que no podía, que quería mucho a mis padres y no podía vivir sin ellos, y ellos tan poco sin mí. Aparte de que les hacía mucha falta para ayudarles a mantener la economía de la casa. Explicándole que había, siete hermanitos pequeños todavía sin criar y los tiempos estaban muy mal.
Desde niño ya me gustaban toda clase de trabajos, sobre todo los de las minas, Siendo muy joven y con la ayuda de otro niño mayor que yo, vecino, me ayudó a la construcción de un cable aéreo para transportar el carbón, como los que había en las montañas, sin camino ni carretera. Atravesaban desde una montaña a otra, muy parecidos a un teleférico, pero con mucha más altura. Estos cables con mucha pendiente y gran altura, no necesitaban energía eléctrica porque funcionaban por el peso de la carga. Se trataba de dos cajas con trampilla por abajo para que salga el carbón al llegar a su destino y descargara automáticamente al encontrarse la palanca que mantiene cerrada la trampilla o fondo de la caja con un tope. Una de estas cajas siempre en la parte de arriba y la otra, como es natural abajo. Cada una circulaba por su propio cable carril, pero había un tercero que sujetaba a las dos para hacerlas funcionar. Se cargaba la de arriba en la tolva del carbón. Se aflojaba un freno por medio de una palanca que presionaba una gran polea que rodaba y sostenía el cable de las cajas. Debido al peso de la carga y de la pendiente, está cargada de carbón comienza a bajar a una velocidad controlada por medio de ésta palanca, ya que de no ser así se estrellaría por el exceso de velocidad. Mi cable en lugar de transportar carbón, transportaba tierra. Fue una obra muy curiosa y que mantuve varios años aunque el tiempo para trabajar con éste era escaso, me conformaba mirando lo la mayoría de las veces, pero que sí funcionó como uno real, solo que en pequeño tamaño.
Mi padre me acompaño a perder trabajo para el exterior del pozo San Mames. Aquella tarde tuvimos suerte. A la puerta de la oficina, estaba el jefe de guardas jurados de la empresa, Adolfo Bernardo Antuña, un gran paisano, después de saludarlo, Adolfo, le pregunto a mi padre:
-¿Arsenio es tu primer hijo?
-Sí, le dijo mi madre, venimos a pedir trabajo para el exterior hasta que cumpla los dieciséis años para ir a la mina.
-No filian para el exterior, a nadie, solo hay trabajo para los mayores de diezciseis años y para las minas. Pero tranquilo que yo mismo hablaré con el ingeniero para que pueda entrar. Tú bien lo mereces, eres muy cumplidor, y él se aparece a ti mucho, va a ser tan trabajador como tú, el jefe seguro que hará una excepción y lo conseguiremos.
En efecto, nos dijo que le acompañáramos, subimos al primer piso donde estaban las Oficinas centrales de todo el Grupo. El cavo pasó al ingeniero, y después de hablarle, abrió la puerta del despacho y nos presentó al Ingeniero Jefe del Grupo, que muy atento felicitó a mi padre como buen trabajador que era. Estas fueron sus palabras: Le estrecho su mano y lo felicito, “teniendo en cuenta lo trabajador y cumplidor que es usted le doy trabajo a su hijo” porque seguramente será tan trabajador y formal como lo es usted. Allí mismo, y al momento me harían la afiliación.
-Acompáñeles a la oficina del pozo para que lo filien y lo manden a reconocimiento médico, dijo al cabo.
Le dimos las gracias, y nos despedimos de él. Pasamos a otra oficina donde me afiliaron. Los dos marchamos para casa muy contentos, y agradecidos del cabo de guardas jurados por su buen comportamiento y aprecio hacia mi padre; y también del ingeniero, por la excepción que hizo al apreciar el valor como buen trabajador que era mi padre, y darme el trabajo que tanto deseábamos por lo necesario que nos era, ya que era muy difícil conseguir trabajo hasta no cumplir los dieciséis años, cuando se podía entrar al interior de las minas, con la categoría de “guaje” o ramplero. Otro trabajo no lo había.
A los pocos días de visitar al Ingeniero Jefe del Pozo, empecé a trabajar, dos años al exterior y cinco en la mina hasta mi accidente en el que perdí las manos. El resto en la oficina. Trabajé en esta empresa cuarenta y dos años. ¡Quién le iba decir a mi padre o al ingeniero que más tarde iba ir a trabajar con él bajo sus órdenes, donde estuve hasta que llegó la hora de mi retiro! Y lo mismo con Adolfo Bernardo, que fuimos compañeros y muy buenos amigos toda la vida.
En este pasaje de la vida, podemos apreciar y valorar lo importante que es el ser un buen trabajador y cumplidor de los deberes, tanto en el trabajo como en la vida social. Así fue mi padre de apreciado siempre, lo mismo por los jefes que por los compañeros de trabajo. Está muy claro que a la corta o a la larga, las cosas van por su cauce, el que hace bien, bien recibe el que va por la vida dando tumbos, poco puede esperar de los demás.
Mi primer trabajo para la empresa Duro Felguera fue en el exterior del pozo, picando vagones; y cuando llevaba cuatro meses, los dos peones que hacían la misma labor que yo, en el lavadero del Grupo, situado al oeste del pozo y al otro lado de la montaña, dando vista a Santa Bárbara. Uno de estos fue destinado a otro trabajo, y el otro se quedó de baja por enfermedad. Estos dos, con categoría de peones, tenían veintiocho y treinta años, yo catorce, y me destinaron para ese punto.
Mi trabajo consistía en picar el carbón que se quedaba pegaba en el fondo de los vagones, y que si no se quitaba terminan llenándose y no se caía al vascular. El cargamento que traían de la mina, sería mínimo al no caber por éste que queda pegado en el fondo. Este carbón se echaba en una pila y cuando ya había para llenar un vagón se cargaba y para el basculador donde tenía que dar nota de todos los que yo produjera. Allí se apuntaba toda la producción que se basculaba, y el vigilante, todos los días, tomaba nota para pasarlo a las oficinas y a la jefatura.
Al terminar con los chamizos, yo como mucha gente me quedé sin trabajo, tenia doce años. A los pocos días decidimos dos vecinos y amigos, Gustavo González Suarez y Anselmo Suarez, “Mito” a pedir trabajo a un contratista de obras que había en Blimea, el Sr. Julio Díaz, nos dio trabajo y al día siguiente comenzamos a trabajar en la construcción.
Nos destinaron a realizar diversos trabajos para la Empresa minera de Coto Musel. Situada en el concejo de Laviana. Donde había que hacer distintas obras, como la reparación de la casa de aseo de las minas del Caniquín, la construcción de balsas para los finos del carbón en el Lavadero del Sutu Laviana. Un edificio para sala de máquinas, y un profundo desagüe hasta el río Nalón. Esta excavación de una profundidad de 3 metros fue muy penosa para nosotros, pero sobre todo para mí, que era uno los más jóvenes. Cuando lanzaba la palada, como no tenía fuerza suficiente para lanzarla a tanta altura, la mayoría de las veces se caía por mi cabeza todo el escombro, recibiendo los golpes de los regodones y el polvo que me cejaba los ojos. No hace falta mucha inteligencia para comprender cómo lo pasaba. Caminaba desde La Bobia a Laviana, atravesando los montes con diversos valles y cañadas por caminos con grandes barrizales y diversos arroyos, que en la mayoría de los casos discurrían por el mal camino que había, lloviendo o nevando. Otras veces con fuertes heladas. Trabajaba diez horas y con un pequeño bocadillo. Salía de noche de casa y llegaba de noche, además de cansado y hambriento. Y por si todo esto fuera poco, había que aguantar al encargado, que era un vestía insoportable, todo el día estaba encima de nosotros, exigiendo más rapidez, cuando ya estábamos reventados y a tope de nuestras fuerzas. Todavía no me atrevo a juzgar aquel encargado. No sé si de ignorante, tonto, o criminal, ni cuál era el motivo para reventar y maltratar a la gente, a demás de insultarnos y de ser unos niños mal alimentados y con pocas fuerzas para soportar el duro trabajo de aquel, maldito tajo.
La jornada era de ocho horas, pero nos obligaban a trabajar otras dos más extraordinarias, lo que se llamaba echar el “cuarto” que era desde las cinco a las siete. Unas veces descargando cemento, que había que subirlo por una escalera de hierro muy pendiente, estrecho y muy largo. Yo, que era pequeño y muy delgado, pesaba más el saco que yo, cuando llegaba arriba ya no podía más, estaba reventado. Hay que tener en cuenta que cincuenta kilos son muchísimo para un niño de doce años mal alimentado.
Una tarde al comenzar el ”cuarto”, nos destinaron a los tres vecinos a descargar un tren de ladrillo que venía en unos volquetes grandes de basculante, y para darles la vuelta, había que limpiar bien los ladrillos de la pila, para evitar que el basculante se saliera de su sitio y que no descarrilara. Seguro que por falta de experiencia, que no teníamos por ser niños, no quitamos lo suficiente y el volquete al darle vuelta descarriló, salió del cangrejo. Al momento llegó el encargado, que era como un tigre y nos dijo:
-¡Hijos de puta! no servís para nada, voy a coger un ladrillo y daros con él en la cabeza.
Yo estaba reventado de tanto trabajo y con los dedos sangrando gastados por los ladrillos y la cerámica, además de algo quemados por el cemento. Asustado pegué un salto para atrás y le dije:
-Yo no soy hijo de puta, ni tampoco un esclavo, ya no podemos con más y nos amenazas con pegarnos, trabaja tú, que tienes más fuerza, yo no puedo con más y en el acto les dije a mis compañeros, yo aquí no trabajo más, si queréis nos vamos ahora mismo.
Nada dijeron, yo marché. Los compañeros lo aguantaron, eran mayores que yo. No pude soportar tanto trabajo y despotismo de aquel fiera, que más bien parecía mandar un rebaño de animales que a niños.
Reventado de tanto trabajo marche para casa
Al llegar a casa dos horas más temprano que otros días, mi madre me peguntó cómo había llegado tan pronto. Le conté lo sucedido, y me echó la gran bronca, diciéndome que si me iba a quedar en casa a colgarme del sueldo de mi padre que no alcanzaba para el gasto de la casa.
-Nada de eso, madre, ya no puedo soportar más tanto trabajo estoy reventado.
-A trabajar, como siempre, ¿cómo te vas a quedar en casa? me dijo sin pensar en mi problema.
Mi madre no había reconocido las circunstancias por las que yo a travesaba. Era dura para sí misma y no se daba cuenta de lo joven que yo era para tanto esfuerzo, ni tampoco comprendió que ya no podía con más. Desconocía aquella clase de trabajo, no sabía el terrible esfuerzo que supone trabajar a una profundidad de tres metros y paliar la pesada tierra mezclada con regodón. Por eso me regañó de duro. Al momento y antes de que terminara con la gran regañina, llegó mi padre que nos escuchaba, y preguntó:
-¿Qué es lo que pasa?
Mi madre seguía en sus trece de enviarme de nuevo al trabajo. Mi padre le dijo:
-Tranquila mujer, lo primero es escuchar a nuestro hijo.
Y con las mismas se dirigió a mí y me pidió que le explicara lo sucedido. Le conté realmente como fue todo, por lo que había pasado. Él, que bien sabía cómo era yo en todos los órdenes incluido en el trabajo, le dijo a mi madre:
-Arsenio no dice mentiras, y tampoco es por no trabajar, y tú eso bien lo sabes, es bravo, le gusta trabajar, lo lleva en la sangre lo mismo por ti que por mí. Tiene que ser muy gordo para que él reniegue del trabajo, así nos lo acaba de explicar, todo eso es demasiado para su corta edad. No volverá más a ese lugar, porque yo no quiero que encima de reventarlo, le quieran pegar. Ya le encontraré otro trabajo y mientras éste aparece, trabajar en la sementera y cuidara del ganado.
Tenía trece años, en aquella obra solo trabaje solo un año, pero de una verdadera tortura, por la falta de comida y el exceso de trabajo y el mal trato del encargado.
Desde esta fecha hasta cumplir los catorce, trabajé en labores del campo de la casa, fecha en que mi padre, me acompañó a pedir trabajo al Ingeniero del pozo San Mamés, de la Empresa Duro Felguera.





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