Trabajos en caldereria pesarada
Al ser destinado al taller estuve mes y medio con un tornero, para ser destinado más tarde con un equipo de calderería pesada, para montar una tolva y una cinta transportadora En la plaza del mismo cargadero del Lavadero, para almacenar y cargar los mistos del carbón a los trenes del ferrocarriles de Langreo y al de vía estrecha que iba hasta La fabrica de La Felguera. Esta cinta transportadora era tan larga como para pasar por encima del rio y descargar el carbón en una plaza que había junto a la carretera de santa Barbar, donde se apilaban miles de toneladas, lo que era muy importante ya que algunas veces no había la suficiente salida de carbón al mercado, por la competencia y los precios.
En esta plaza se llego a depositar 15.000 toneladas de mistos, que precisamente unos años más tarde ya depuse de perder las manos, trabaje de encargado a cubrir faltas de un vigilante, con un grupo de gente del cargue, mujeres y hombres.
Al ser destinado a este nuevo trabajo de montaje, se apaciguó un poco mi impaciencia, trabajaba más a gusto que él en el taller cerrado en aquella nave oscura y siempre con luz eléctrica. Me había criado trabajando en el campo libre y aquello me resultaba muy extraño y desagradable.
La altura de esta tolva donde se montó la cinta, era de veinte metros y con una vista panorámica muy agradable. Aparte de que me gustaba el subir y bajar por las viguetas cada vez que había que bajar a por alguna cosa, en lugar de ir por los andamios
Una mañana le cayó al oficial, una llave inglesa desde aquella altura y como el rodeo para ir por ella era grade, en lugar de atravesar todo aquel recorrido, me pareció que era más fácil y más rápido subir y bajar por una de las viguetas que sostenían a la tolva. Le dije al oficial:
-José, ¿puedo bajar por la vigueta?
-No creo que puedas.
-Voy a intentarlo, me parece fácil, me desplacé a un lateral de esta tolva y baje por ella.
Cogí la llave inglesa, la coloqué en mi cinto y volví a subir por el mismo sitio. Cuando llegué a lado del oficial y, que distraído está trabajando, me preguntó:
-¿Fuiste a por la llave?
Extendí mi mano para dársela mientras que me preguntó:
-¿Es que subiste por la vigueta?
-Sí, con la mimas facilidad que baje subí es muy fácil.
-¿Dónde aprendiste a subir con tanta facilidad?
-Es la primera vez que subo y bajo por una vigueta, solo había subido por los árboles y la diferencia no me pareció muy grande, se trata de practicarlo y como no tengo vértigo, se me da bien.
A partir de aquel momento ya utilizaría este lugar para subir y bajar porque era mucho más rápido que atravesar aquel largo recorrido por encima de una vigueta donde se precisa tener un buen equilibrio por la altura, ya que la tolva estaba sin chapear, solo tenía el montaje de las viguetas aisladas total.
Al terminar aquella obra, todavía no fue bastante para aquel capataz, dijo a Faustino del Campo:
-Arsenio volverá al taller, pero antes tiene que ayudar a los bueyeros a domar los dos bueyes que llegaron nuevos. Sabes que es muy difícil do marlos y Arsenio está acostumbrado al ganado y será un buen domador.
Faustino que ya estaba deseando que trabajase con él en su taller, le dijo, al capataz:
-¡Oye, no pensarás prepararle el tercer tajo! Ya estuvo bien con el primero, porque sino terminarás quedándote con él a tus ordenes solamente. Si por ser buen trabajador lo vas reventar, ya es demasiado, ya está bien de sacrificarlo.
Estos bueyes trabajaban tirando por los vagones del Ferrocarril de Langreo, para cargar los distintos trenes de carbones de las tolvas y colocarlos formado el tren que tenía que estar cargado y enganchado para cuando entrara la locomotora de Langreo con los vagones de vacío y pudiera llevar el tren cargado sin pérdidas de tiempo para la locomotora que era a vapor y con unas capacidad de tiro enorme. Cada vagón cargaba 73 metros cúbicos, 85 toneladas de carbón y el tren se formaba por unos 30 vagones, unas 2.550 toneladas que arrastraba cada tren.
Para que los bueyes trabajaran había que enseñarle la buena marcha de la maniobra. En trabamos al trabajo a las cuatro de la madrugada, para poder cargar el primer tren para las siete, que entraba Langreo. Era por el mes de enero y después de caer una nevada que nos hizo trabajar mucho para dar paso en las vías, comenzaron a caer unas fuertes heladas. No sé los grados bajo cero que habría porque en aquel tiempo ni conocíamos los termómetros del tiempo, pero debían ser varios bajo cero, porque una madrugada cuando llegamos, sacamos los bueyes de su cuadra y nos disponíamos a cargar, sentimos un ruido muy fuerte, como una explosión cerca de nosotros. Había reventado un carril de la vía con el hielo. Este problema lo tenían en aquel tiempo en Siberia, y el resto de Rusia, les reventaban todos los ferrocarriles, hasta que más tarde consiguieron una aleación de carril especial para estos lugares tan fríos. Desconozco si hubo algún lugar más en nuestra región que reventar el carretil.
Con estos bueyes estuve algo más de un mes. Pasé el mayor frío de mi vida, Iba con el ramal del buey. Estos eran tan pesados como grandes, tenían unos cuernos de un metro cada uno, andaban muy despacio, eran muy nobles. Todo este trabajo resultaba muy pesado. Cuando se trabaja no se tiene frío, pero a este paso no se podía soportar. Aparte de que el tiempo pasa más despacio, resulta mucho más fácil el trabajar aunque sea a pico y pala que pasear delante de estos pesados bueyes, que dan la impresión de que siempre tienen poca gracia y menos gracia.
Una vez domados estos bueyes, me destinaron de nuevo al taller, el proyecto de Faustino del Campo era que pasara por todos los trabajos, tornero, ajustador, y calderería. Quería que yo conociera todos los trabajos con el fin de promocionarme después de estudiar. Este gran hombre quería a toda costa que yo fuera un buen perito, pero no lo pudo conseguir.
Reconozco mi torpeza de aquel tiempo, sin cultura y con mi corta edad no fui capaz de asimilar la oportunidad que este hombre y el Ingeniero me propusieron con la mejor intención del mundo. Quería ser minero, yo, más torpe que un mulo, no comprendí la importancia que aquello podía tener para el resto de mi vida. Encaminado únicamente al trabajo, no tuve capacidad suficiente para valorar lo que podría haber revolucionar mi vida, llegando a ser un buen jefe de taller, con una carrera; y vivir fuera de la esclavitud que pasé toda mi vida. Esto pudo haber cambiado totalmente mi forma de vida, pero no pudo ser de otra forma, el destino de una persona no se puede cambiar. Cada uno tiene el suyo y no hay otro camino más que el que el mismo destino nos trazó. De haber estudiado, es posible que no perdiera mis manos, sabe dios lo que pudo ocurrir en mi vida. Lo importante es que aun que me haya equivocado, estuve contento con mi trabajo porque siempre fue lo mío, el trabajar con esa afición que aprendí de mis padres y hacer cosas nuevas.
En esta pequeña historia hay tres cosas que quiero destacar:
Una, el enorme peligro por el que pasé metido dentro de aquella alcantarilla y la fuerza de voluntad de aquel niño para soportar la dureza de aquel trabajo tan infame. Hay que valorar lo que supone el estar metido en un agujero tan oscuro y lejos de la luz del día, solo y sin ninguna ayuda para salir de allá y que duró más de un mes, lo que yo no deseo para nadie. Ese trabajo fue como un infierno, mala ventilación, mucho esfuerzo para salir y entrar arrastro, una tremenda mojadura y lleno de fango todo el día, para ganar un mísero jornal de 8 pesetas por día y encima con escasa comida.
Segundo, que a punto estuve de quedar electrocutado. La entrada de esta alcantarilla, estaba en la misma escombrera, con una pendiente de 45º a 50º. Yo tenía que desplazarme arrastro hasta salir al exterior, pero me era muy difícil por esta pendiente por la que podía marchar a rodar. Por ese motivo pensé que lo mejor sería, hacer un rellano para poder maniobrar mejor y evitar el marchar rodando por aquella escombrera abajo. Empecé a quitar escombro y cuando menos lo pensé me encontré una maroma metálica y vieja que me estorbaba, pose el pico y la cogí con fuerza para quitarla, pero ya no me pude soltar, quedé pegado dando gritos de socorro. El cable me azotaba de un lado para otro. Estaba solo, aunque cerca y en la fosa de engrase de los vagones estaban Modesto Rabuca y Eladio Suárez Llaneza, vecino de mi pueblo. Modesto casi no se podía mover porque era asmático pero Eladio salió corriendo como una posta en mi ayuda. Fue muy hábil, evitó cogerme por mi piel, para no quedarse también pegado. Me cogió con sus brazos por la cintura y tiró hasta que mis manos recorrieron todo el cable hasta el final, que, por cierto, él pensó que las tendría destrozadas por los hilos ya viejos y medio rotos. Tuve algunos desgarros pero no fue nada para lo que pudo pasar, me curaron y a seguir trabajando como antes, aunque con molestias lo pude aguantar.
El médico dijo que después de lo ocurrido tuve mucha suerte porque mi cuerpo ya estaba amoratado de la fuerte descarga que soporte y que en poco tiempo iba sufrir un paro cardiaco. De haber sido así, la tragedia seria doble, porque unos años más tarde moría mi hermano Constate electrocutado en el pozo Santa Barbará, hoy llamado Cerezal. Más adelante y cuando corresponda, describo el articulo de lo que fue la muerte de mi hermano, cuando estaba lleno de vida y en plena juventud, ilusionado con su esposa y sus dos hijos.
Todo lo que escribo es con la memoria y por orden del tiempo en que ocurrió cada caso, bueno o malo, pero en todo caso con realismo y seriedad, como me gustan a mí las cosas. Porque considero que la verdad es una de las cosas más bonitas que hay, en cambio la mentira es tosca y repugnante, porque no dura más que hasta que llega la verdad y descalifica al que la práctica y pierde hasta su personalidad.
Punto tercero, que el capataz todavía no me ha pagado las setecientas pesetas de bonificación que prometió pagarme al término la obra. Esta cantidad era mucho dinero en aquella época. Teniendo en cuenta que mi salario era de ocho pesetas por día, y por 25 días de trabajo, yo cobraba en el mes 200 pesetas, esta cantidad suponía más que el solario de tres meses que nunca me pagó. Después de haberme sometido a un penoso y peligroso trabajo como aquel que el mismo consideró difícil de hacer y que en doce años nunca pudo conseguir hasta que me conoció a mí. No tuvo consideración ninguna de mí, ni de nadie porque siempre fue muy duro. Esto fue poco menos que abusar de la gente y robarle el propio sudor. Así de torpe y de mala paga fue aquel capataz Para mí no tiene calificativo, lo mal que se portó. Eso junto con lo que me pudo pasar, es intolerable y más aun que lo haya hecho un hombre que se entiende como un técnico y responsable, que manda un grupo de tanta gente como era el exterior de todo el Grupo San Martin, donde trabajábamos cuatrocientos cincuenta personas, entre mujeres y hombres, no animales. Para mandar y dirigir, no se puede poner a cualquiera, sino a un hombre que sepa por donde va y para qué. Por mucho que Faustino del Campo y Manolin el vigilante pelearon con él, no lo convencieron. Estos dos señores en todo momento defensores de la verdad de aquello que pudor ser un grave problema para la vida de un niño inocente, que fue a trabajar sin conocer el inmenso peligro en el que estuvo metido.
La maroma que casi me mata tenía una derivación de alta tensión A unos siete metros de distancia entraba la acometida de alta tensión 25.000 de energía eléctrica para la alimentación del lavadero y del resto del exterior del grupo y que sin saberlo la maroma estaba cerca de esta entrada.
El día que calé ya estaba libre de aquello que había sido como una pesadilla, no solo para Faustino del campo y Manolin, que también la sufrían, sino para los maquinistas y guardafrenos, quienes soportaban aquellos descarrilamientos por la invasión de agua y costeros. A partir de ese día ya tenían libres las vías, cosa que me agradecieron a la vez que valoraron aquel trabajo que creían imposible. Todo el personal vinieron a saludarme, maquinistas y guarda frenos, los del el basculador y algunos del taller. Faustino del Campo y Manolin el vigilante, me felicitaron y me a acompañaron a las Oficinas para que me conociera el Ingeniero jefe de grupo, que nos recibió muy atento y después de saludarme y darme las gracias me dijo:
-Es usted un bravo trabajador, consiguió hacer una obra que considerábamos casi imposible de realizar. Un hombre tan hábil como usted no se puede quedar donde está. Debe de ponerse a estudiar, vamos a enviarle a la Escuela Elemental de La Felguera, para estudiar perito. Y para evitarle gastos y le resulte más fácil desplazarse después de trabajar, viajará en la locomotora que lleva el carbón desde nuestro Grupo a fábrica, situada en la misma Felguera de la Empresa Duro Felguera.
Mis jefes me pusieron en lo más alto que se puede poner a un trabajador, les di las gracias por todo, pero diciéndoles que no iba a estudiar porque mi destino iba ser como el de mi padre, ser minero, ya conocía un poco lo que eran las minas que había en mi pueblo, por bajar a conocerlas con los vecinos, por lo quería irme a ella nada más cumplir los dieciséis años. Normal mente a los niños suele gustarles el oficio de su padre, aunque vivan en otro tiempo y con distinta cultura, ocurre hoy todavía.
Esta empresa Duero Felguera, era la propietaria de casi todas las minas que había en Langreo, El Caudal, Aller, Turón, Riosa y las minas de hierro de Llumeres, en el Concejo de Gozón. También de un gran Astillero que tenían en Gijón. Pocas eran las minas de otras empresas. Además de la fábrica de la Felguera y la de Mieres. La Duro Felguera fue la empresa minera más fuertes del país.
Contraataque para ventilar aquel fondo de saco que tan penoso era de soportar. Cuando estaba a una distancia de treinta metros aquel agujero, un sábado del mes de noviembre, de 1949, vino el capataz y me dijo:
-Arsenio, mañana domingo vienes a las ocho, como siempre. Estas muy lejos y el esfuerzo se multiplica. Vendrá contigo Pepón, el Caminero, vais a contraatacar desde las vías. Lo haremos de domingo por la semana no se puede por la maniobra de los trenes. Procura calcular a qué distancia has llegado, para que podáis perforar y calar al testero. Una vez que descubráis el hormigón, se volará con dinamita, porque es imposible hacerlo a pico por su grosor y su fuerte estructura. Con este contraataque ya podrás tener mejor ventilación, es muy largo el recorrido y te podrías quedar sin oxígeno.
¡Cómo sería de reducido el hueco de esta canal, que me resultaba imposible dar la vuelta! Si entraba de espaldas, así tenía que salir, y si lo hacía de barriga, que era lo más práctico, lo mismo. Los únicos movimientos que podía hacer eran los de contraer mi cuerpo apoyándome en los laterales con mis brazos aunque total mente estirados, lo que también resultaba difícil por la humedad y la finura de la pasta que era resbaladiza y me impedía hacer la fuerza necesaria para desplazarme. Muchas veces, al resbalarme los brazos me quedaba rendido por el esfuerzo tan fuerte que había que hacer.
Cuando escribo estas líneas y considero el terrible peligro en que me vi metido, casi no me lo creo, me da pavor hasta pensarlo. El peligro de quedarme dentro pudo ser múltiple. Hoy este trabajo sería considerado una locura. Está prohibida terminante mente meter un niño en esos lugares tan peligrosos. Así fue comentado por la gente que trabajaba por allí, dijeron que era anti humano meter a ese peligro y duro trabajo a un niño. En cualquier momento podía aparecer una bolsa de gases, debido al macizo del material que allí había, con una gran densidad de esta masa, lo suficiente como para producir y mantener un gas, por el paso del tiempo y el estado de putrefacción. O simplemente si me pusiera nervioso, y quedar bloqueado y sin poder salir de allí.
Este problema de la impresión que se produce automáticamente en un estrechón, lo desconocía, no pude saber lo traicionero que es, hasta que me fui a la mina ya más tarde. Una mañana después de salir todo el relevo de la mina, yo me quedaba solo en la rampla de san Gaspar de 3ª planta Sur, para cargar los trenes. Mientras que el trenista iba con sus trenes hasta la plana, con un recorrido de casi dos horas, yo me quedaba en la rampla a preparar, recorriendo el carbón hasta los contraataques para que el trenista pudiera cargar nada más regresar.
Cuando atravesaba por el medio del relleno donde todo estaba hundido, desde el contaataque de atrás para el de a lante, me quedé sujeto sin poder salir de un estrechón, y por un momento las pasé muy negras, pensando que ya no podía salir de allí. Está probado que el mismo miedo al quedar sujeto, te traiciona y algunas veces no te deja reaccionar, te atrofia el sentido y te puedes quedar allí. Aquel día en la mina pude salir de aquel maldito estrechón pero no sin llevarme un gran susto. Luché lo que pude para poder pasar, no podía ir ni para adelante ni para atrás. Era peligroso por estar solo en la mina, donde nadie me podía auxiliar. Al verte en un lugar apretado y solo, hace que uno se ponga tan nervioso, que hinchas y si no te ayudan allí te quedas. Lo mejor para salvarte es la serenidad, esperar y pensar para darte cuenta que si no tienes la ropa enganchada puedes salir. Si uno se encuentra con este problema nunca sabe cómo va ser, el miedo que se pasa puede ser demasiado peligroso, lo suficiente para morir allá y en poco tiempo ya que la impresión mata muy rápido.
Como anécdota puedo describir una experiencia que vi en cuatro ratones. Tengo una especie de jaula que hice para pillar a la gineta que con frecuencia nos mataba las gallinas. Está preparada para pillar también a los ratones. Dado que es bastante grade y que la trampa para disparar está en la parte de atrás. Se pone comida en distintas partes de esta, los ratones se dispersan una por un sitio y otros por otros a comer, de tal forma que pueden entra varios antes de dispara la trampa que les deja cerrado vivos. Siempre la armaba a la puerta de donde curábamos los chorizos. Una noche cayeron cuatro pequeños y como la perrita que teníamos era ratonera, en cuanto los vio, no ceso en intentar cogerlos, ladro y ladro y los ratones se murieron de miedo. Así le puede ocurrir a una persona, el miedo mata. Yo no sé exactamente el tiempo que doraron aquellos ratoncitos bajo el ataque de la perrita. Solo sea por la literatura que un gato, cuando lo ataca una fiera, pone el lomo muy curvado y los pelos de punta. Bajo esa presión de la fiera, solo dura de 15 a 20 minutos, el miedo tan terrorífico que siente lo mata.
En esa alcantarilla, no tenía ninguna clase de ayuda, nadie se iba enterar de lo que me podía pasar. Estaba siempre solo y donde nadie me podía ver por la larga distancia. Era un peligro permanente y total. Por aquellos tiempos y la poca compasión de los jefes y empresarios, se murió mucha gente en los trabajos sin sanear ni preocuparse de los peligros. Si cierto es que la minería asturiana y sus empresarios dieron economía a la nación y trabajo a los pueblos, tan cierto es que fue a base de una explotación excesiva de los trabajadores, además de un montón de vidas que se perdieron por no haber seguridad ni jefes que lo defendieran
Trabajamos Pepón y yo todo el domingo para hacer aquel contraataque, no paramos más que para comer un bocadillo al medio día. Seguimos hasta las nueve de la noche para poder perforar y dejarlo limpio entre las dos vías, para que el lunes los trenes tuvieran libre el paso para el carbón y la tierra. De no haber sido por la dinamita no se hubiera podido realizar ese trabajo en las trece horas que nos llevó el calar el contraataque.
Lo calamos al centro de la canal, pero a una distancia de tres metros del testero. No me fue posible calcular con exactitud el lugar aproximado desde afuera, a donde había llegado con el testero, pero como sabíamos su dirección, desde allí pude sacar todo lo que había hasta llegar a dar ventilación, (esto en términos mineros lo llamamos calar). Ayudado por mi compañero, que tiraba por la cuerda del cajón cargado hasta vaciarlo en el exterior, fue suficiente como para poder dejarlo como nos propusimos al empezar, limpio y con ventilación de allí para atrás.
Quedaban cuarenta metros, estos resultarían un poco más fáciles, porque decidimos que se sacarían veinte metros por esta parte del contraataque y los otros por donde empezaba esta alcantarilla, que era a donde había que llegar para que se produjeran bien los desagües de la tolva. Al día siguiente volví a este trabajo, pero sin ayuda del compañero del día anterior, allí no puede entrar. Solo me pudo ayudar otro domingo para perforar en el comienzo de la alcantarilla, y de esta forma acortar las distancias, con lo que se ganaba mucho tiempo, sobre todo teniendo en cuenta la ventaja de estar mejor ventilado al comienzo pero después y como siempre metido en un fondo de saco
Todo esto resultó muy trabajoso, pero se pudo conseguir. Yo estaba muy contento porque ya había terminado con aquella esclavitud y también pensando en las setecientas pesetas que me pagaría el capataz, pero que nunca cobre.
La ducha con manguera en plena calle y con las fuertes heladas de aquel invierno, que fue el más frio que conocimos los nacidos. La mojadura y la masa de natillas que tenía encima me restaban movilidad, pero no podía descansar ni un minuto porque me a tacaba el frío por aquella mojadura tan tremenda. Al acabar la jornada tenía que meterme debajo de una manguera de agua fría a presión para quitarme todo el fango. Una tarde estando bajo esta manguera llegó el vigilante Manolín, que fue un gran vigilante y buen hombre, me miró y dijo:
-Arsenio, no se puede estar tanto tiempo con esa mojadura, esa alcantarilla es muy trabajosa además de peligrosa. Tienes que terminar reventado de tanto trabajo, sin poder descasar ni un momento en toda la jornada por el frio, eso no hay animal que lo aguante, a partir de mañana trabajaras de ocho a una, cinco horas porque si no vas destrozarte, ese trabajo es enfermo.
-Sí que es desagradable y todavía tengo que ir a casa para poder quitármelo de encima. Mañana traeré una funda aparte para quitarme la ropa al comenzar a trabajar y ponerme solo la funda y unas botas. Al terminar la jornada me quitaré la funda y desnudo, con la manguera a presión me quitaré el lodo y podré ponerme ropa seca. Coloque la manguera en alto de un muro que había, aunque la potencia del agua era más fuerte que la ducha, me serbia para líbrame más fácil de aquellas natillas que no se quitaban sin antes flotarlas con fuerza, eran muy pegajosas como si tuviera grasa.
Le di las gracias y nunca me olvidaría de la bondad de Manolin El “Gijonés” así le llamaban. Fue un hombre muy educado para mandar al personal, siempre con amabilidad y seriedad, nunca lo vi poner mala cara a nadie, sin duda fue uno de los pocos que en aquel tiempo mandaba con esa tranquilidad y respeto al personal. Un gran hombre, que sabía lo que era trabajar y mandar con todo orden., pero sin presumir de ser jefe como otros animales que reventaron a la gente, además de someternos a peligrosos trabajos sin ninguna compasión del trabajador.
El agua que se bombeaba para lavar el carbón era del Río Nalón, estaba tan fría como las heladas que caían. Me duchaba debajo de la manguera que había para lavar los vagones y en plena calle. Desde luego que a lo primero es un fuerte impacto, pero después uno ya se va acostumbrado, ya que no iba ir para casa cinco kilómetros montaña arriba con aquella mojadura y lleno de natas, era muy molesto aparte del intenso frió. Lavarse en casa era más difícil, solo podíamos lavarnos en un barcal y el agua había que traerla desde la fuente lejana. Después de aguantarlo, posiblemente me haya servido aquella agua tan fría para acostumbrarme a ella, porque siempre me bañaría con agua fría, y todavía hoy lo sigo haciendo. Pero con la gran diferencia que encasa hay calefacción, allá no Nunca me lavo ni me baño con la caliente, no me gusta. A pesar de pasar los años no perdí la costumbre. Aunque mi esposa protesta cuando me enjabona la espalda, se queja de que le duelen los dedos. No tiene comparación, el agua helada molesta más a la intemperie que dentro de casa.
Para desplazarme por aquella alcantarilla, reptando como una serpiente por lo estrecho que era. Delante llevaba el cajón al entrar, y al salir lo arrastro con una cuerda dando marcha atrás, y a oscuras. La lámpara siempre la tenía a lante en el testero, ya que no podía manejar el cajón y esta a la vez. Con las manos cogía la masa y la cargaba por encima del cajón. Allí no había otra forma de poder hacerlo. Tiraba por ésta hasta que lo acercaba a mí, y luego podía desplazarme la longitud de la cuerda para repetirlo en todo el trayecto hasta la calle. No podía tirar por este y moverme a la vez porque no había espacio libre, solo el necesario para mi cuerpo y con los brazos estirados.
Cuando salía de allí no me reconocían nadie, lleno de aquel lodo y negro como el carbón. Por eso le dio pena a aquel buen hombre y me ayudo a quitarme de encima parte de las horas. Cada día que pasaba más avanzaba. Manolin, muy preocupado pasaba por allí y como no sabía cómo me encontraba, ni sentían mis movimientos por la lejanía, me llamaba para saber cómo me encontraba. Así lo hacía Faustino del Campo, que también paso mucha pena por mí, al ver aquella esclavitud que el capataz me preparo, sin pensar en lo que podía ocurrir.





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