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Arsenio Fernández

D. Jose Moro Capataz Jefe del Pozo San Mames, nuestro jefe. Para incorporarnos al trabajo en esta Mina del Rimadero, en lugar de entrar por el Pozo y subir por la planta tercera a segunda, el camino más corto y con más facilidad era por el exterior. Atravesábamos Sotrondio para entrar por la boca mina del primero del Rimadero a las seis de la mañana. En una mañana de invierno, aún sin amanecer, íbamos un grupo de veinte hombres con la lámpara encendida en la mano. Vimos que en los prados cercanos al pozo, ardía una cuadra. Lo que no nos imaginábamos era que en aquel momento íbamos a pasar a lado del cadáver del que había sido hasta entonces nuestro Capataz jefe,D. José Moro, su cuerpo yacía sin vida a lado de lo que fue la antigua cuadra de Mulas del Pozo. Hacía muy poco tiempo que le habían disparado a boca jarro por un malentendido. Decían que un ciudadano de los del monte, le mató por celos ya que la novia de este trabajaba en la limpieza de las oficinas.

Aunque pasamos muy cerca, a unos tres metros de su cuerpo no lo vimos porque estaba muy oscuro. Cuando nos enteramos de lo ocurrido ya eran más de las diez de la mañana. Un tuero que vino del exterior para arreglar una fuga que había de aire comprimido en el transversal de 2ª, “es una mina en roca dura” como un túnel. Al pasar por nuestra rampla nos contó lo que había ocurrido.

 Al igual que todos vino asustado y con mucha pena por la muerte de este gran hombre, que muy apreciado fue y que todo el mundo lamentó su perdida, porque era una gran persona.

Aquel día quedamos todos de brazos caídos, no pudimos ni trabajar por la pena de aquel hombre, que era un buen jefe y con muy buen corazón, porque siempre atendió al trabajador con nobleza y sin imperialismo de ninguna clase. Fue de los pocos de aquel tiempo que dio al César lo que es del César y que con respeto y gran acierto trató a sus trabajadores y vecinos. Fue tan grande su categoría de ciudadano que todo el mundo lo sintió muchísimo y fue asesinado por un individuo que sin pensarlo llevó al otro mundo a alguien tan apreciado como D. José Moro, Capataz  del Pozo. Esta desgracia ocurrió en Noviembre o Diciembre de 1950, no recuerdo el mes exacta mente.

Según los mayores y entendidos de aquel tiempo, decían que fue una pena que no se lo merecía.  Y que quedo alguno que mucho daño hacia a los trabajadores Ese comentario se oía con alguna frecuencia.

La guerra, solo valió para la destrucción y maldad, creando con tanto mal, monstruos que enloquecieron por tanto dolor. Por eso motivo alguno se convirtió como el toro, un miura que sale a la plaza envenenado por la tortura. El problema es que muchas veces pagan justos por pecadores y eso fue lo que le ocurrió a D. José Moro, que no se metió en nada ni contra nadie, tuvo que pagar los vidrios rotos por otros, fue una lástima, nunca tuvieron que ocurrir estas atrocidades por lo que murió mucha gente inocente. 

Aquella visita al Ingeniero fue de sábado y el lunes comenzaría en el relevo de las seis de la mañana a trabajar en el interior de la mina como era mi propósito. Fui destinado a la Rampla de San Gaspar de segunda planta de la zona del Rimadero.

Faustino del Campo no supo nada hasta que vio mi falta el lunes en el taller. Preguntó por mí y le dijeron que había sido destinado al interior de la mina. Se llevó un gran disgusto y hasta intentó, a través del ingeniero, sacarme de nuevo de la mina. Vino a visitarme a la salida del relevo y a pedirme que por favor regresara al taller, que me quería tanto como a un hijo y que no le diera ese disgusto. Desde luego yo también lo pasé muy mal, me daba mucha pena ver como sufría aquel gran hombre que quería promocionarme y me apreciaba. Era hombre firme y serio además de muy inteligente. Para mí no fue fácil atravesar por aquel disgusto que se llevó. Yo también le apreciaba mucho porque siempre me valoro, yo creo que demasiado. 

Mi destino fue de ramplero a una sobreguía con Ángel Lamuño, para los vecinos “Gelín” de la Bobia, vecino de mi pueblo. Arrancábamos en una chimenea en dirección sur. En retroceso para el norte arrancaba con su sobreguía otro picador, Secundino. Las sobreguías tanto una como la otra estaban avanzadas hasta la tercera jugada, arrancaban con la de cuatro. Él ancho de la rampla era de 2.20  aproximadamente, la tierra que llevaba en medio de las dos venas era de gran cantidad,  se destinaba a hacer “encelegadas”, esto es colocar en la parte más alta de aquella sobreguia los costeros y la tierra que salía, sujetada por unas tablas y mampostas, que servían para postear Por lo que el ramplero “el guaje” estaba en la parte de abajo de esta tierra sacando el carbón que picaba el picador

El segundo día de mi llegada a esta mina me lleve el primer susto. El picador que trabajaba en la mencionada sobreguia frente a la nuestra era un poco chapuzas, no sabía postear. Por defecto al cabecear mal la madera y al colocarle tanto peso encima de éstas, no lo aguantaron y cuando el guaje estaba paliando, todo se vino abajo y se quedó enterrado. El picador pidió auxilio y rápidamente nos pusimos a quitar la tierra que cubría por completo a nuestro compañero, para poder sacarlo lo más rápido posible, ya que el riesgo era muy elevado. Había encima de su cuerpo varias toneladas de escombro y en poco tiempo podía morirse asfixiado por tanto peso. Trabajamos a gran velocidad Ángel y yo. El otro picador, casi no era capaz de moverse por lo nervioso que estaba, lo único que se le ocurrió fue gritar, chillar por el miedo que tenía a que se muriera el “guaje”, que así era como nos llaman a los Rampleros. Cuando llegamos a él, comprobamos que a pesar de tanto peligro todavía respiraba, aunque con dificultad. Lo reanimamos y, a pesar de que todo su cuerpo estuvo tanto tiempo bajo la presión de tanto peso, lo pudo aguantar pero sufrió múltiples golpes y magulladuras, además se había fracturado el dedo pulgar de la mano derecha, con herida abierta. Lo sacamos y lo trasladamos seguidamente al botiquín.

Aquel ramplero, que sólo sé que se apellidaba Villaamil, se quedó de baja hasta curarse aquella herida y reponerse de los golpes, pero no quiso volver al interior de la mina. Se fue de la zona ya que era de la parte occidental de la provincia y uno de los productores que la empresa tenía en su residencia llamada “La Colonia”. El miedo le alejó de aquí y nunca más supe de él. Era hombre muy fuerte de unos veinticinco años, pero nuevo en la mina y le cogió miedo, cosa muy normal después del gran susto que el hombre se llevo. También pensó que era su hora, así nos lo dijo al recuperarse.

El susto que me llevé fue gordo pero no fue lo suficiente, a pesar de ser nuevo en la mina, para que le cogiera miedo y desistiera en mi empeño de ser minero, seguí trabajando en el interior de ésta. Sin duda el vivir desde niño en el ambiente minero me valió para fortalecer la resistencia al miedo, además ya estaba acostumbrado a la mina por las que había en mi pueblo.

Trabajaba en estas sobreguías de gran potencia, llenas de grisú, que ayudaba a que el testero fuera fácil de picar y con esa facilidad, el avance del picador era muy elevado. Para poder seguir el ritmo del picador sacándole el carbón me veía agotado. Era un trabajo muy duro con el que yo no podía, aunque seguí aguantando hasta que mi fuerza física se adaptó a esta batalla que suponía paliar el equivalente a diez vagones al principio y el doble en las últimas jugadas de esta sobreguía, porque había que dar dos paliaduras al carbón por la distancia para echarlo al pozo,

Cuando ya llevaba bastante tiempo con este pésimo trabajo, del que salía diezmado, tuve la gran suerte de que un picador, Secundino Caleru, de Santa Bárbara, me reclamó a subir un coladero con él. Mi trabajo consistía en velar por su seguridad, mientas picaba en el coladero. Aunque en esta mina la pendiente era casi vertical y el carbón bajaba por su peso Para poder calar el coladero en el día, cerrábamos la ventilación, yo mismo estaba al lado de la llave para cerrar el aire comprimido, que se producía a través de un difusor que proporcionaba ventilación evitando la acumulación de grisú. Al cerrar ésta se acumula el grisú y entonces el coladero se “ponía fácil de picar” pero el peligro aumentaba considerablemente. Sin embargo se conseguía subir el coladero en la jornada de ocho horas. Esto sería imposible si este coladero estuviera ventilado, llevaría, según los casos, hasta cuatro días, o más, calarlo. Cómo se dice en términos mineros “esto está más duro que un estaño” cuando está bien ventilado, si le quitamos la ventilación se pone como ceniza y es cuando se avanza en cantidad y muy rápido.

Mi jornal de 11 Ptas, se lo descontaban al picador del precio de su contrata, normalmente los picadores no tenían guaje más que en las sobreguías, donde había que paliar el carbón.

Secundino dijo al vigilante:

-Manda conmigo a Arsenio Bobia, así me llamaban los compañeros de trabajo.

-¿Cómo te voy mandar éste, si tú vas a subir un coladero? le dijo el vigilante.

-Voy a subir un coladero, es cierto, pero quiero tener conmigo alguien que vigile mi seguridad, no quiero morir asfixiado en el coladero.

-Si te empeñas te mandaré a Domingo le dijo el vigilante, Arsenio tiene que vigilar y cargar los     trenes porque es el que mejor lo conoce y no pierden tiempo los trenistas.

Él otro ramplero era nuevo y forastero. Secundino le dijo:

-No me interesa, tiene que ser Bobia, que a pesar de ser nuevo también, ya es un experto, conoce la mina como yo porque está acostumbrado desde niño a entrar en las chimeneas de su pueblo, aparte de que es muy a vil y de confianza. ¿Qué pasaría si me fio de uno y se duerme? El resultado ya lo sabes, quedarme durmiendo sin que me entere, para que encima dijeran, Secundino, se murió por torpe, de eso nada, le dijo.

El vigilante me destinó con él. Una vez en el punto de trabajo el picador me dijo:

-Bobia, voy a subir al coladero, tú te quedarás aquí a su entrada, cuando yo llegue al testero y comience a picar cierras el aire del difusor. Vigila muy atento y si ves que paro de picar rápidamente subes a buscarme por si me pasó algo, puedo quedarme asfixiado.

El picador sin duda confiaba en mí, pero como el sueño en la mina se produce con mucha facilidad cuando uno está parado, para evitar que durmiera, de vez en cuando paraba un momento de picar para saber si yo salía en su defensa. Efectivamente yo sabía el peligro que había, no solamente para él que arriba se encontraba, sino para los dos, ya que si él se quedaba asfixiado el riesgo también era para mí al ir a buscarlo, en este caso caeríamos los dos. Por muy rápido que actuara, el grisú lo puede ser más. Es un buen método para ganar un buen sueldo en el día, pero con ese método murieron algunos, hay que ser muy abril como lo era Secundino, un buen minero, y buen paisano.

Solo con pensar en que pasara algo, los dos podríamos quedarnos dormidos para la eternidad, era lo suficiente como para que yo estuviera atento. En cuanto veía que paraba su martillo, me lanzaba a la máxima velocidad al coladero a arriba a rescatarlo. Él veía mi grado de cumplimiento, se reía y decía:

-Eres bravo, eres bravo, por algo te reclamo conmigo.

Al terminar esta tarea el dolor de cabeza de ambos era grande, la cantidad de polvo y maleza que tragábamos era muy dañina. El grisú de la zona del Rimadero siempre fue temido, era una zona peligrosa, no solamente por la falta de tecnología adecuada para la ventilación de aquel tiempo, sino por la excesiva cantidad de éste que allí había, y que se oía “cantar” en las sobreguías, coladeros y chimeneas, como si fueran culebras en el bosque. Producía muchas veces pequeñas explosiones a medida que se picaba el carbón, porque aparecían pequeñas bolsas de este gas.

Estaba terminantemente prohibido cerrar la ventilación de los coladeros para evitar accidentes mortales, pero teniendo en cuenta la veteranía de un profesional y del trabajo que se realizaba en una sola jornada, aunque un poco arriesgado, resultaba muy rentable el trabajar sin ventilar

Secundino era muy buena persona, buen compañero y un gran picador. Manejaba el martillo para picar y el acho para postiar con arte y destreza, era un veterano de la mina.

Trabajando en aquella rampla de san Gaspar del Rimadero, me salió una hernia por tirar por las piezas de eucalipto muy pesadas. Después de operarme de esta hernia, fui destinado para la zona sur, del Pozo, ya nunca más vi a Secundino Caleru. Era mayor, yo un niño de dieciséis años, No sé qué fue de él. Lo recuerdo como buen compañero que fue, porque me trato muy bien, sabiendo valorar el merito de los demás, al revés de algunos que pegaban a los ayudantes. Seguramente moriría de la silicosis porque era muy trabajador y en aquellos tiempos, ese era el destino de los mineros, morir casi reventados de trabajo y silicosis. Siempre recordare a Secundino, con mucho afecto, y como un buen compañero que fue, además de inteligente para trabajar y para conocer a la gente, valorando las cosas como son.

A parte de los trabajos anteriores, estuve en el taller cuatro mese hasta cumplir los dieciséis años. El mismo día que los cumplí, pensaba ir a la salida del trabajo a pedirle al Ingeniero el traslado para el interior de la mina. Cuando me disponía a marchar, a la hora de terminar la jornada, me llamó Faustino del Campo, mi jefe y me dijo:

-Arsenio tienes que ir a buscarme el tabaco al estanco de Santa Bárbara, pero antes tienes que ir por mi casa a recoger la cartulina de racionamiento y el dinero para pagarlo.

Al momento cogí el camino y a la velocidad del rayo, pasé por su casa. En muy poco tiempo subí a recoger el tabaco y regresé al taller de nuevo. El recorrido que había desde el taller hasta el Canto Las Matas, Santa Barbará, era de unos dos kilómetros y medio. En un momento recorrí los cinco. Al regresar con el tabaco, Faustino sorprendido por el poco tiempo que había tardado me preguntó:

-¿Cómo es posible que hayas tenido tiempo de recorrer tanto camino y en tan poco tiempo? ¿Qué motivo tienes para ir tan deprisa?

Aunque mi aprecio por él era muy importante, por miedo a que me impidiera mi propósito de ir a la mina no le dije la razón de mi prisa. La verdad era que yo pensaba que no me daría tiempo a visitar al ingeniero aquel día y era fin de semana, además el lunes era primero de mes. Yo quería comenzar a trabajar en la mina ese mismo día. Llegué a la oficina con tiempo suficiente para pedir paso para ver al ingeniero. Me preguntaron para qué quería verle. Les dije el motivo y me dieron un impreso para que lo rellenase y que lo firmara. Yo no sabía rellenar aquella solicitud, pedí por favor que lo rellenaran y lo firmé. Lo pasaron al Ingeniero y éste lo autorizó de forma que ya no hizo falta pasar a su despacho, por lo que éste no se dio cuenta de que era yo el que solicitaba pasar a la mina.

Posiblemente de haberlo sabido, no me hubiera firmado el traslado y casi seguro que seguiría insistiendo en enviarme a estudiar como antes lo había pretendido.

Bajé con mi solicitud muy contento para presentarme a destino al capataz jefe del pozo, Don José Moro, aquel gran hombre conocía mi historial como trabajador y también el de mi padre, por una desgracia que había ocurrido en aquel pozo. Hacía poco tiempo que un hermano de mi padre, Silvino, el mayor de los hermanos  que era vigilante, un peñón de grades dimensiones que se descolgó del techo en el taller de la Julia de tercera planta lo mató. Era el segundo hermano de mi padre que moría en la mina. Anteriormente, unos años antes también se murió Plácido, en la mina el Gallinal en San Mamés. Este joven no había cumplido los veinte años cuando sufrió el mortal accidente.

Al presentarle la solicitud a D. José Moro, dijo que no podía autorizarme sin permiso de mi padre, que cómo se me ocurría abandonar el Taller e insistió en que debía de ir a estudiar como el Ingeniero me había propuesto. Me recordó la muerte de mis dos tíos, así como la de otros más de nuestra zona, pidiéndome también que reflexionara a cerca de la importancia que iba tener en mi vida el estudiar, llegando a ser un buen jefe de taller, un buen perito, teniendo en cuenta mis cualidades sería una pena que fuera a desgraciarme en el interior de la mina.

Insistí en mi propósito y le dije que quería trabajar en este pozo, que sería una pena para mí tener que marcharme de la empresa si no me destinaba. Se quedó por un momento pensado y me preguntó

-¿A qué mina piensas ir si no te destino a ésta?

-A la mina “La Revenga” le dije.

Me miró con tristeza y dijo:

-No me queda más remedio que destinarte, no quiero que por mi culpa dejes esta empresa que tanto te aprecia, al igual que a toda tu familia por ser todos unos grandes trabajadores.

Me dio la papeleta de destino, me fui a lampistería donde me asignaron mi número de lámpara que aún recuerdo: el 696. Seguidamente fui a la casa de aseo donde escogí la que iba a ser mi percha para dejar la ropa. Estas perchas consistían o se formaban con tres platos circulares, uno más pequeño que el otro con varios ganchos a sus alrededor. Donde se colgaba  la ropa limpia a una parte y las de la mina a la otra, con un largo cable provisto de una pequeña polea para subirlo hasta lo más alto de la casa de aseo. Se ponía un candado para evitar el robo, ya que siempre hubo algún amigo de lo ajeno. Precisa mente en una de las fiestas de mi pueblo, me robaron los calcetines, zapatos y el dinero que lleve, para que a la salida del trabajo ya por la tarde pudiera ir a la fiesta, donde me esperaban mis padres y hermanos, que al verme llegar calzado con las alpargatas de la mina más negras que el mismo carbón, se sorprendieron. Mi madre, mando a una de mi hermana que fuera a buscar unos zapatos a casa, que no está muy lejos.

 Quemaduras con antificción en la llera de Sotrondio Blimea. Cuando tenía quince años y trabajando en el taller mecánico del Grupo, era ayudante de José Pinón. Un fin de semana nos destinaron a cambiar el cable carril del teleférico que transportaba el carbón de las minas de montaña de la sección Valdelospozos.

Este cable tenía una longitud de unos mil metros aproximadamente, ya que atravesaba la vaguada que hay desde la montaña a lado de Blimea hasta la plaza del pozo San Mames, por encima del rio Nalón y la llera Sotrondio-Blimea.

Dado que por la semana no se podía hacer esta obra porque tenía que transportar unas 300 toneladas diarias de carbón, producción de estas minas. Esta obra teníamos que hacerla entre el sábado por la tarde después de parar la maniobra y el domingo, hasta terminarlo fueran las horas que fueran, el tema era dar paso a la maniobra del lunes.

Comenzamos a las cuatro de la tarde un sábado, a bajar los canjilones a la base de la plaza, para después arrastrar el nuevo cable con la máquina de este, para cortar el cable carril viejo y preparar el nuevo que había que poner.

Cuando José Pinón, cortaba este cable en el primer caballete de la plaza, dando vista al rio y a una altura de unos quince metros, yo permanecía atendiendo el gasómetro, que en aquel tiempo era de carburo, que por cierto, era un viejo gasómetro que perdía por varias partes la presión del gas. Era una tarde de mucho aire y bastante fresco, por lo que este fuerte aire dispersaba las chispas del soplete y cayeron sobre mí, quemándome en la cabeza, a la vez que se inflamo el gasómetro, ardía por las cuatro partes de este. A pesar de las chispas y tapando con el brazo mi cabeza, intentaba apagarlo, cerrando las llaves de paso, pero esto no era lo suficiente, el único remedio que se me ocurrió, por miedo a que explotara, fue el quitarme mi chaqueta y tapar las llamas con ella. La idea no fe tan mala, aunque me quede sin chaqueta porque la quemo, pero conseguí apagarlo y seguir aguantando las leves quemaduras de mi cabeza.

Aquella tarde trabajamos hasta las diez de la noche, a pesar de a ver entrado al trabajo a las ocho de la mañana, para seguir trabajando con la obra al día siguiente domingo hasta terminarla.

En la mañana de aquel domingo después de extender el nuevo cable, que por cierto era muy pesado, una maroma de acero de un grosor de 50 mm con un kilometro de largo. Al extender el cable procuramos dejarlo de forma que el empalme lo pudiéramos hacer en la llera Sotrondio-Blimea, lugar más apropiado por estar llano. Mientras que los compañeros trabajaban con este cable yo calentaba la antifición para hacer el empalme. Tenía un fuego en el suelo y un cazo bastante grande para fundir la antifición. Le pregunte a José Pinón, si sería bastante la cantidad que puse, se acerco lo miro y dijo que pusiera otras tres pastillas más. La cantidad que había ya estaba licuada y con una alta temperatura. Al poner las otras pastillas estaban un poco mojadas, pues aunque llovía muy poco, fue lo suficiente para que este líquido con alta temperatura, saltara por los aires al entrar en contacto con estas, cubriéndome la cara, la cabeza, y manos, además de la ropa.

José Pinón, que estaba a lado se lanzo a librarme de aquello que me podía abrasar, quitando lo que pudo, pero sin evitar que me quemara, aun que sin gravedad. El susto que llevamos fue terrible. No pasó nada, simples quemaduras que no hizo falta ni quedarme de baja. Aunque el mayor peligro fue en el acto de cubrirme, que pudo haberme cogido la vista, afortunadamente no ocurrió.

Aquel día trabajamos catorce horas para poder terminar y con un simple bocadillo. Había que dar paso al trabajo del lunes. Nuca me olvidé de aquella tarde de sábado y de la mañana del domingo, en las que llevamos un susto tremendo, pero sin más y con suerte se terminó el trabajo que duró muchas horas entre viento y lluvia todo el día y parte de la noche. Así era la esclavitud de aquel tiempo, pero lo peor la fame que pasábamos.

Trabajando en las calderas del pozo Cerezal

El Pozo Cerezal que pertenecía a nuestro grupo, tenía una máquina de extracción a vapor y como es normal, esta máquina disponía de dos calderas: una trabajaba y otra de repuesto. Estaban colocadas en lo más alto a lado de la casa de máquinas, una junto a la otra siempre a punto por si surgía una avería en la que se estaba trabajando. A medida que transcurría el tiempo en servicio, se le iba pegando una costra dentro que había que limpiar a base de ir picando con una piqueta. Era una obra muy mala, saltaba a los ojos al picarlo y no se podían poner gafas porque el vapor las empañaba. Estas dos grandes calderas estaban enlazadas por las tuberías que conducían el agua caliente a una temperatura de muchos grados para mandarlo a cada una en su momento. Con la presión de esta agua tan caliente, siempre pasaba algo de vapor a través de las llaves que perdían, por lo que las gafas se toldaban y no podía ver. Se trataba de un penoso trabajo. Ademas del calor del vapor, estas calderas estaban colocdas en la parte de arriba de un gran horno que daba un inmenso calor. Aquel horno era el que calentraba el agua para que funcionara una potente maquina de extracción del pozo, que tenia 9 plantas unos 600 metros de profundidad

Para limpiarla se necesitaba más de una semana. Hacer este pesado trabajo que aparte de la dureza de esta capa que más bien parecía de hierro que de material de la caliza, era peor el calor  del vapor y la poca visibilidad, pues la lámpara se cubría de vapor, por que trabajaba en lugr muy oscuro . De todo este duro trabajo, recuerdo sobretodo el primer día por dos razones: una, por lo difícil que resultaba el adatarse a aquel medio con un tremendo calor y con una mojadura enorme, además de muy oscuro y cerrado, pues la escotilla de entrada era tan pequeña que era lo justo para que mi cuerpo pudira entrar. Ese vapor resultaba muy molesto y no dejaba ver lo suficiente. Te sentías aislado como si estuvieras fuera del mundo, solo con tu lámpara que no alumbraba lo suficiente para trabajar. Al principio pase algo de miedo por lo aislado que me sentia.

 Lo que tampoco nunca olvidare, fue que mi padre que trabajaba en aquel pozo, no sabía que yo estaba metido en aquellas calderas, ya que mi lugar de trabajo era en Taller de San Martín, que así se llamaba. Situado en la Sección del pozo San Mamés, del mismo Grupo al lado mismo de Lavadero, a una distancia de unos 3 kilómetros aproximadamente. Mi destino para ese punto fue aquella misma mañana y mi padre ya en la mina, no podía suponer que su hijo estuviera allí. Después de un duro trabajo de toda la mañana, salí un momento a descansar y poder respirar oxígeno puro, ya que adentro se respiraba mucho vapor, había excesiva humedad y mucha temperatura. Desde aquella altura de las calderas, aunque no sabía la hora que era, vi que ya salía el relevo de la mina, bajé y esperé a una de las jaulas de donde salió mi padre para saludarle. Entraban a las seis de la mañana y salían a las dos para irse a casa, pero yo no salía hasta los seis de la tarde.

Cuando mi padre salió de la jaula yo le estaba esperando, pasó por mi lado y no me conoció, le dije:

-Papá, ¿no me conoces? 

-Pero ¿cómo estás así, hijo mío? ¿Qué te pasó? muy sorprendido me dijo.

-Nada, padre, es que me destinaron a limpiar las calderas y salí para descansar y verte.

-¿Cuánto tiempo tienes que estar allí? me preguntó.

-Todo el día y muchos más porque es una obra de más de una semana.

-¿Y vas a trabajar con esa mojadura tanto tiempo?

-No hay más remedio que soportarla. Si cambio la ropa en el momento de entrar ya se pone como ésta, completamente mojada, lo único que tiene es que no paso frío, hace mucho calor y la mojadura se soporta mejor que cuando es fría. 

Mi padre se marchó mal a gusto, aquello no era normal, nos saludamos y volví a mi trabajo. Una vez en casa me dijo:

-Eso es demasiado, deberían por lo menos rebajar la jornada a cinco horas. Es muy enfermizo trabajar en ese lugar cerrado, además de mucho trabajo.

Cierto que era demasiado, pero nada se podía hacer solo trabajar y cumplir. El que manda, manda, en aquel tiempo las cosas fueron así. 

Este trabajo, sin duda, había que hacerlo y alguien lo tenía que hacer, pero era un trabajo considerado como muy penoso y por lo tanto eran suficientes trabajar las cinco horas que mi padre proponía y no las ocho. Además de pagarme una bonificación por exceso de sufrimiento. Era insoportable tanto calor y tanta oscuridad, además de la gran mojadura y dentro de aquella caldera con una entrada muy pequeña para uno como yo, si tuviera más gordo ya no podría  entrar. Aguanté hasta terminar de limpiarla, no me dieron ni las gracias. Mucho aprecio, mucho valorar lo que hice primero, pero nadie se acordó de pagar al esclavo, ni antes ni después, más que el mínimo salario de ocho pesetas. Así de gordas las pasamos, unos de una forma y otros de otra, había para todos.