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Arsenio Fernández

Salimos de allí, ya nuca más volveríamos al lugar donde pudo ser nuestro fin. El vigilante ascendió al picador a posteador y nos destinó a otro filón, en La Julia de 3ª, a postear un contraataque que había que dividir en dos partes: una para el carbón y otra para la tierra, con una altura de veinte metros, y una anchura de cinco, donde había que almacenar el carbón de dos ramplas y la tierra de una galería de, lo que llamamos en términos mineros un “nivel”. Este contraataque tenía una pendiente casi vertical, como todos estos dedicados almacenar y cargar el carbón en los trenes para ser transportado al exterior. Esta obra era muy mala de realizar, las piezas para postearlo tenían que ser de eucalipto vigas de cinco metros de largo, verde y con un grosor muy elevado, para que pudieran resistir la presión tan grande que iban a soportar. Para entablarlo, en lugar de tablas, empleamos bastidores de eucalipto serrados al medio.

Para poder asegurar bien las piezas había que hacer una balsa al muro y otra al techo, con martillo de picar. Esto resultaría muy difícil. Para poder hacer la del techo, tenía que subir cinco metros por la pieza que ya estaba colocada y luego con una cuerda, subir el martillo de picar. Había que perforar la roca que estaba más dura que el cemento. Era arenisca pura, muy difícil de picar. Allí solo salían chispas y el esfuerzo era muy duro pero sobre todo para un joven, me faltaba experiencia porque solo tenía diecisiete años. Fue una obra de reventar, pesaba más el martillo de picar que todo mi cuerpo. Era de la cruz grande. En aquel tiempo no conocíamos los martillos de la cruz pequeña, que llegaron unos años después y que eran muchos más ligeros, pesan la mitad, aparte de que los de la cruz grande eran ya muy viejos y descalabrados, no daban el rendimiento normal, tenían demasiados fallos y eso revienta a quien sea.

No solo era el problema del peso, además estaban estropeados de tanto uso y no había material de repuesto para repararlos. Los sacábamos a reparar y volvían tal y como habían ido. Allí las pasé muy mal, andamiado en aquella altura. Si me hubiera caído me quedaría como una torta, estrellado en el fondo. Al recordar lo que luchamos y la esclavitud de aquella época y viendo como está la minería de hoy, me da mucha pena. Fue mucho lo que se luchó para conseguir poner las cosas un poco apunto. Aunque hoy en día los trabajo están mucho más humanizados, son más fáciles, están mejor organizados y tienen más seguridad, las cosas están muy feas. Después de conseguir todo esto lo mandaron todo a la porra, casi no lo creemos los que con tanta afición luchamos. Si los antiguos se levantaran de su tumba, volverían a morirse del susto que se llevarían al ver cómo están hoy nuestras minas, cerradas y abandonadas después de tanta inversión para prepararlas y el inmenso trabajo de la gente para conseguirlo. ¿Lo que han cambiado las cosas? Es para no lo creer, la destrucción de las minas, fábricas y la economía de nuestra región, paro, emigración y tristeza de la gente, sobre todo a los  que trabajamos durante toda la vida con alegría y dinamismo, a pesar de los malos tiempos y peores jefes que muchas veces teníamos que soportar. 

-¡Ya estamos a salvo, compañero! Dame mi lámpara que voy a saltar a la galería.

 Hasta ese momento todo lo hice con la oscuridad de la mina. Allí no se podía manejar más que las manos. Solo Alfredo podía tener luz con las dos lámparas por estar arriba.

Nada más saltar a la galería vi una luz que se acercaba con rapidez: era Alfonso Cuello, nuestro jefe que nos echó de menos y fue a preguntar a lampistería si habíamos salido. Al ver que no estaban nuestras lámparas ni las fichas cambiadas bajó al pozo y mandó a un maquinista de la locomotora que lo llevara hasta el final del recorrido, que era el desanche de la tercera planta, hasta donde estaba electrificado para sacar los trenes de carbón de todas aquellas minas. Desde allí le quedaban ya a unos veinte minutos andando a paso normal, supongo que ese día los recorrería en me nos, ya que estaba muy asustado. Sabía las que se guisan en esos casos y sobre todo a allí que no había auxiliar y que en la segunda rama, como en el Rimadero y en el paquete de Blimea, el gas era como el pan de cada día, nunca faltaba y en cantidad. Al llegar junto a mí y verme tan mojado y negro como el mismo carbón me dijo.

-¿Qué pasó, Arsenio? ¿Estáis los dos bien?

-Sí, no hay problema, a la vez que tiraba el carbón de la boca rampla abajo para que pudiera salir el picador, que no podía pasar por el pequeño agujero por el que salí.

Salió el picador y después de saludarlo le dijo:

-Nos asustamos un poco pero Arsenio reaccionó muy rápido, a mí no se me ocurrió lo que él hizo.

Le contó todo el proceso y Alfonso, después de darme las gracias dijo:

-Eres decidido y duro como el acero, no se atreve cualquiera a meterse cabeza abajo en una vertical de tanta distancia y de esa forma, impone respeto, ¿no pasaste miedo Arsenio, me pregunto Alfonso?

Si pase miedo, claro, pero al grisú, usted sabe que el peligro lo teníamos a nuestra espalda y que en poco tiempo podíamos dormirnos. En cuanto al resto del trabajo sí que impone respeto le dije, pero era más el miedo a que llegara el grisú que a la profundidad del agujero y al tremendo esfuerzo que eso supone. Trabajando no sufres tanto. Pobre de nosotros si nos invade el miedo y nos quedamos parados esperando, sería mucho peor, allá nos podíamos quedar para la eternidad, el gas no perdona y lo teníamos ya a nuestro lado. El tiempo fue fundamental, un poco  más y pudo ser trágico.

Así es dijo Alfonso, menos mal que se te ocurrió esa idea de buscar salida, sino a estas horas ya seria tarde, tuvisteis bajo un grave peligro.

Cuando describo este párrafo, recuerdo a los que lucharon en la guerra, que a pesar de ver caer a los compañeros en el campo de batalla como mosquitos, siguieron la lucha hasta caer ellos también y sin miedo a la muerte. Algo parecido nos ocurre a los mineros cuando vemos que estamos en un grave peligro de muerte, luchamos contra el miedo y los problemas de la mina, unas veces con suerte y otras nos quedamos allá como los del frente en la guerra. Así es la vida de dura, unas veces con alegrías y otras con duros avatares que hay que soportar.

Desde muy joven y no sé por qué razón, siempre tuve muy claro que el peligro nos acecha ya desde el momento de nacer. Nunca se sabe cuando nos toca, ni de qué forma y por eso lo mejor es luchar hasta el final y sin miedo claro. Porque eso es una ayuda muy grande para defenderse del peligro. Pensando de esta forma te evades del miedo, porque es así, realmente no sabemos nada de lo que va ocurrir. Todas estas cosas hacen al hombre más resistente, más valiente, no os olvidar de este consejo que es muy importante. Es posible que después de tantos problemas como tuve en los trabajos, me haya salvado por esa capacidad de reacción para luchar  

La verdad es que al abrir aquel agujero, aunque no había llegado a la boca rampla, después de un tiempo comenzó a rodar en mi entorno la ventilación y eso ya evito que el grisú nos atacara. De no haberme decidido a sacar aquel carbón del agujero, ya no había más remedio que aguantarlo hasta que nos durmiera para siempre, ya que lo teníamos mismo a lado y este avanza con rapidez cuando no hay ventilación. Desde luego que esas decisiones en momentos trágicos, unas veces nos salva pero otras nos matan, así que adelante y hasta el fin.

Los tres salimos por todo el recorrido, como siempre andando y comentando la odisea que pasamos, mientras que nuestro jefe nos dijo que esa chimenea quedaría parada hasta que se le hiciera un auxiliar.  

Trabajando en la chimenea de la segunda rama de 3ª sur Pozo San Mames, una mañana quedamos trancados sin ventilación ninguna y con el gas muy cerca de nosotros, lo que suponía un peligro para morir asfixiados en poco tiempo, si no lográbamos abrirnos paso para salir de aquella mina, que era como una ratonera, porque no había “auxiliar” el auxiliar es un paso que se hace a lado de la misma chimenea para poder entrar y salir el personal, ya que el carbón se almacena en la chimenea y no ha salida.

Después de calar la chimenea de San Luis de cuarta, Alfredo Lamuño de La Bobia y yo, fuimos  destinados, a subir otra chimenea de la segunda rama. En este trabajo a punto estuvimos de sufrir un serio percance.

En aquel tiempo los trabajos se hacían sin la seguridad adecuada, lo que le importaba a la empresa era sacar mucha producción, de seguridad ni se acordaron. En aquellos tiempos no había cursillos de formación para los mineros. Solo lo que aprendíamos a base de llevar porrazos con los accidentes que la mina nos dio. Si se moría un hombre en un derrabe, otro para levantar rápida mente los hundimientos y poner el tajo en producción otra vez. En algunos casos no se ponían auxiliares ni en las chimeneas, como ocurrió en este caso

En algunos trabajos, había mala ventilación, por lo que había grisú en cantidades excesivas, por eso hubo explosiones de gran potencia donde murieron todos los que había en la mina. En una explosión de este grisú no se salvan ni los ratones, es muy peligroso.

 Perforamos los primeros seis metros de la chimenea, con una pendiente de 80º casi verticalmente. Luego la capa de carbón se inclinó hacia el muro y siguió casi llana unos siete metros más, donde falló y desapareció el carbón. A la salida se lo comunico Alfredo a nuestro jefe Alfonso Cuello y nos mandó contraatacar al techo. “Foramos” perforar la roca con barrena, una pega por día durante cuatro días y avanzamos unos cinco metros con una pendiente de 80º, para que el carbón bajara por su peso. Se caló a la capa que por un resalto se había desplazado al techo.

Cuando llegamos al quinto día vimos que ésta capa de carbón tomaba la misma dirección que la primitiva. Aunque era mucho más estrecha, con una potencia de unos noventa centímetros y también con muy poca pendiente. El carbón no andaba ni por las chapas, había que ir sacándolo  al lado del picador. Con las cuatro explosiones de los días anteriores en lo llano de la misma falla  y en la parte de abajo de este contraataque y por el testero de la misma curva apareció una fuente fría y con bastante caudal. Esta cantidad de agua arrastraba el carbón que yo echaba por el contraatque desde el ultimo “zigzag” de los tres que había. “Zigzags “es una mina que va en una dirección y cambia radicalmente hacia el techo, es decir, en la forma de una “z”. La tarea de aquel día fue buena, se dio muy bien. Dado que estábamos más arriba del tercer zigzags la ventilación era muy escasa ya que el último tubo del difusor solo llegaba el primero de los zigzags por eso había gas y se puso muy fácil de picar. Alfredo era muy trabajador ¡Venga carbón abajo! Él lo picaba yo lo echaba al pozo. Cuando llegó la hora de salir, bajamos del contraataque y vimos que estamos trancados. No se veía el carbón que habíamos ido bajando solo agua, lo que quería decir que en poco tiempo nos quedaríamos sin ventilación. El aire que debía entraba por el tubo del difusor no tenía salida. Nos quedamos asustados, los dos nos pusimos muy nerviosos y nuestro comentario fue: “si no se dan cuenta de que faltamos, en poco tiempo nos invadirá el gas.  Solo podremos aguantar hasta que baje el contraataque y llegue a nosotros”. La cosa era seria de verdad. Después de lo malo y mortal que es el grisú, una cosa tiene buena y es que te quedas dormido sin sentir la muerte llegar.

El picador era muy buena persona, además de trabajador, pero muy tímido y no reaccionaba. Yo siempre he tenido la suerte de ser de reflejos rápidos. Mientras que éste permanecía inmóvil y muy nervioso, se me ocurrió desmontar uno de los travesaños que sostenían la tubería del viento comprimido. Me preguntó:

-¿Qué haces?

-Poner a perder el aire de la tubería, que de algo nos servirá y a la vez aprovechar el travesaño para sondear la profundidad del agua y ver si podemos echarla abajo, le dije al picador.

-Coge el travesaño por un lado yo por el otro, voy a meterme en el agua, si ves que me cubre más de la cuenta, tira y ayúdame a salir. Llegué al techo, el nivel era el mismo en toda la superficie, solo me llegaba un poco menos de la cintura. Comencé a “escargatar” con esta madera precisamente allí  por el techo, que se suponía que es donde menos macizo podía estar. Después de un tiempo, conseguí que el agua se fuera por esta parte, empezó a bajar de nivel aunque muy despacio porque el caudal de la fuente seguí a su marcha. Dado que allí era ancho bastante podía moverme con cierta facilidad, aunque trabajando de rodillas y metido entre el agua.

Aquello ya era un gran paso adelante, seguí dándole hasta que se quedó el carbón a la vista, en esa parte más alta. Al bajar el nivel del agua pude comenzar a sacar carbón con las manos hasta que ya no podía salir, pues estaba trabajando cabeza para bajo, en una pendiente casi vertical. Le dije a mí compañero:

-Vuelvo a entrar pero  yo solo ya no podre salir de esa pendiente tan larga, tienes que ayudarme. Me cogerás por las patas, tiras para que pueda extraer más carbón hasta ver si podemos llegar a las tablas de la “boca rampla”, es la que cierra la entrada de la chimenea en la misma galería y que tranca el carbón en esta para ser cargado en los vagones, muy parecido a como se carga de una tolva.

Seguí sacando carbón de aquella forma hasta que llegué cerca de la primera tabla. De esta forma trabajamos largo tiempo, tardamos hora y media, lo suficiente para que no llegara el gas que había y que avanzaba a medida que pasaba el tiempo por la falta de ventilación. A pesar de estar muy mojado y lleno de natas y con agua de manantial muy fría, no pase frio, porque el esfuerzo de tanto trabajo me producía calor. Cuando llegué a una distancia de unos dos metros de la primera de las tablas, que son las que cierran la boca rampla le dije:

-Tira, voy a salir para bajar al revés, no puedo llegar a las tablas por lo estrecho que esta.

Me ayudo a salir como siempre tirando por mis patas, ya que trabajaba cabeza abajo para con las manos extraer el carbón. Es el mismo sistema que hacen los animalitos para hacer sus guaridas. Di la vuelta y bajé cabeza arriba para hacer más fuerza con los pies y poder romper la tabla a base de tirón, ya que no podía mover mis piernas para darle patadas, el hueco donde yo me encontraba solo era lo justo para mi cuerpo, un agujero casi a la medida pero muy difícil de moverse, por eso necesitaba ayuda para salir de allí. No había otra forma de poder romper la tabla, además de trabajar sin luz en aquella estrecha ratonera. Había que vencerla a puro tirón, me costó mucho trabajo y llevó un poco de tiempo y esfuerzo, pero al final lo conseguí reventar la primera tabla.

 

Al poco tiempo fui destinado con un picador a subir una chimenea. Ya estaba considerado como un buen ramplero, además de ser “del país”. Ya que éramos a los que los picadores reclaman como compañeros para lugares peligrosos, pues aunque había gente de afuera muy trabajadora que acaban de llegar, no conocían todavía bien la mina y eso lo consideraban muy importante.

Comenzamos a subir una chimenea en San Luis de cuarta planta para la zona sur. Alfonso Cuello apreciaba mucho a aquel picador Alfredo Lamuño, era vecino también de nuestro pueblo y muy trabajador.

Para calar la chimenea de San Luis desde cuarta a tercera, se trabajaba a dos relevos. Con el otro  picador trabajaban dos rampleros, de veintitrés y treinta años, que llegaban de afuera y vivían en la residencia de la empresa. Para llegar a esta chimenea había que bajar dando “tira” ( ir dando la madera, de uno a otro hasta llevarla al punto de trabajo, para postear la mina) desde la tercera planta hasta el contraataque de cuarta, por la Rampla de San Gaspar, para luego subir por un contraataque que chorreaba agua por sus cuatro hastiales.

Es decir, para llegar a nuestro punto de trabajo, había que a travesar por otra rampla más, cosa anormal, porque una chimenea, normalmente arranca desde la galería de una planta a otra. En este caso desde cuarta a tercera. Alli la galería muy lejos y si entramos por cuarta había que subir por un segundo contraataque, muy largo y mojado tambien.

En la tira subíamos los materiales necesarios: la madera para el posteo, una chapa para bajar el carbón y la tubería para el difusor. Si esta tira resultaba muy pesada por ser la rampla larguísima y muy tumbada, peor era subir todo un equipo por el contraataque de unos veinte metros, casi vertical con tanta agua, donde cogíamos ya la gran mojadura. Lo mismo ocurría en la chimenea que también daba agua por toda ella, A medida que el testero avanzaba, el agua se iba recalando, por eso había que “empiquetar” poner tablas en el techo para evitar que se hundiera.

El picador en la tira se cogía la misma mojadura que yo, pero tenía la ventaja que subía otra ropa envuelta en un plástico para cuando llegáramos al punto de trabajo, se pudiera quitar la mojada y ponerse la seca, que era en el testero de la chimenea donde ya no se mojaba. No era ese mi caso, que tenía que aguantarme con la mojadura que cogía en la tira durante toda la tarea, porque el carbón había que esporiarlo” desde el testero hasta el contraataque a tirón de paisano. Y el agua que daba esta chimenea se iba corriendo para arriba cada día; por el mismo recorrido que los picadores avanzaban en su tarea. Estos tenían la suerte de que el techo tardaba en recalarse dos días, por lo que había unos tres metros donde no daba agua y que era precisamente donde el picador trabajaba.

Llovía como si de una nube se tratara. Hay que tener en cuenta lo que supone trabajar una jornada de siete horas en este trabajo. La jornada en el resto de la mina era de ocho. A pesar de tanta agua y bastante fría, no pasaba frío porque trabajando se entra en calor, pero la humedad y esa maldita lluvia penetrando tantas horas por el cuerpo resulta difícil de aguantar. Aparte de que no podía parar ni descansar por exceso de trabajo que había y por él frió que entraba si paraba, era un reventón diario. Por si esto fuera poco, los dos rampleros del relevo del otro picador me dejaban todos los días la chimenea “enrrastrerada” de carbón, dejarlo lleno y sin bajarlo al pozo. El trabajo para bajarlo, se multiplicaba por estar debajo del agua varias horas, se ponía duro como el cemento y pegado a las chapas. El esfuerzo para arrancarlo era doble, mientras que el trabajo diario, al no perder tiempo no le daba lugar a empaparse. De esa forma resulta mucho más fácil arrastrarlo a tirón de piernas, “eso es lo que se llama esporiar”. En un lugar donde está muy llano y no corre el carbón por las chapas.

A pesar del duro trabajo lo pude soportar, el picador se daba cuenta del exceso de mi trabajo y con su gran conocimiento de lo que esto suponía, un reventón de trabajo diario, Alfredo lo explicó a nuestro jefe, Alfonso. Le dijo que yo estaba reventado de tanto trabajo, que era insoportable, que me dejaban la chimenea enrastrerada los del otro relevo. Yo supongo que Alfonso nunca dudó de lo que Alfredo le dijo y tampoco de mí. Sabíamos que nos apreciaba mucho, pero un día quiso ver lo que allí había y el esfuerzo que me costaba poder dar saque solo a todo el carbón de mi picador, más lo que correspondía bajar a los otros, que eran dos.

Una tarde que entramos a las tres, cuando íbamos dando tira a lo último de la rampla de San Gaspar de 4ª, ya casi abajo para comenzar a subir el contraataque a San Luis, Alfonso después de meter al personal de todo el relevo, se desplazó para ver aquel tremendo trabajoy ayudarnos a dar la tira que tan mala resultaba. Quiso comprobar todo lo que allí había, cogiendo la gran mojadura como nosotros, y aguantó hasta finalizar el transporte del material que llevábamos y comprobó que, efectivamente, la chimenea estaba enrastrerada y llena de carbón, como siempre y de la forma que Alfredo le había dicho.

Cuando llegamos al testero se acercó a mí y dijo:

-Arsenio aguanta, sé que estás trabajando mucho pero te prometo pagártelo bien. Te he de ayudar porque eres un pura sangre como lo es tu padre y lo fue tu abuelo.

Le di las gracias por lo atento que fue al reconocer el enorme trabajo que había. Se despidió de nosotros y marchó a su trabajo, que era visitar como vigilante de primera que era, los puntos de trabajo: ramplas, chimeneas, contraataques, guías, travesares, pozos maestros y también el mismo transporte de la galería. Fue un hombre competente, trabajador y un buen jefe. Sabía bien quién trabajaba, así como el valor de cada productor. Fue un experto minero y con conocimiento para reconocer las cosas por su valor real. Sabía mandar y también pagar al que trabajaba. Eso es muy importante: reconocer y dar a cada uno lo suyo. Aunque siempre haya alguno que lo critique porque para todos no somos iguales, por muy bien que uno lo haga y sobre todo para el que no le gusta apurarse. Alfonso Cuello sí que fue un pura sangre.

Me pago una bonificación extraordinasria y más tarde al cumplir los diciocho años, me destino apicar carbón a una buna rampla donde se ganaba un buen jornal. Nunca se olvido de mibuen servicio como trabajador y cuando ya llevava dos años como picador de primera me puso de encargado, para ser vigalante al poco tiempo, pero la desgracia me lo impidió, cuando mejor vivia en la mina y ganando mucho dinero, perdi las dos manos y eso fue terrorífico lo que sufri.

La mina era el lugar de trabajo preferido para mi, donde yo mejor me encontraba, me gustaba, era minero de profesión y lo vivía con afición ya desde niño y nunca olvide a la mina.

Al perder las manos y dejar la mina, casi me buelbo loco, ni yo mismo se como pude salir delante de tanto dolor. Hay que ver que algunas veces hasta sueño trabajando en la mina, después de pasar 59 años de dejarla.

Él gran jefe más enfurecido que un puma, porque no conseguía hacerme tragar lo que él decía y con el fumillo de siempre, me dijo que a la salida del trabajo pasara por su despacho y se fue. Empleaba este sistema para amedrentar a la gente y echarles la gran bronca. Yo no le tenía ningún miedo, bien seguro estaba de haber trabajado más de lo normal. La realidad era que siempre cumplí como un buen trabajador porque así fui siempre. Esa era mi fama, no solo entre ellos mismos, sino también entre el personal del Pozo. Mi forma de ser de hombre duro y cumplidor en el trabajo ya eran conocidos por los altos mandos del la empresa, desde que comencé a trabajar en el exterior del Pozo y del lavadero, cuando solo tenía catorce años. No tenía ninguna razón para tenerle miedo aunque siempre sería un palizas y avasallador, presumiendo de gallito y gritando a la gente. Conmigo no le valió su sistema de meter miedo con sus broncas y mala boca que tenia, la verdad una vez más triunfó.

Seguíamos trabajando, el vigilante viendo que no había arreglo, se colocó en un punto estratégico para vigilarnos. Éramos diez hombres desplegados por todo el recorrido del pozo, que tenía una longitud de sesenta metros y alejado del frente de la rampla por aquellos estrechones, que no cabíamos ni de rodillas y donde había que trabajar tumbados en las chapas para arrastra el carbón hasta el contraataque. Dije a un compañero:

-Por las malas no pueden con nosotros, vamos echarlo de ahí.

-¿Cómo? dijo mi compañero.

-Muy fácil, ¿tú acabas de llegar de hacer una necesidad, no es así? Pues vete y lo coges en una rajola y lo depositas en la parte de debajo de la “encelegada” donde está el vigilante. La encelegada es un mazizo de tierra y costero entrabalado para sostener el techo de la mina. lleva la lámpara a pagada para que no tebea, le olerá mal y se irá  muy rápida mente.

Las deyecciones humanas en la mina apestan, no hay quien las aguante, sobre todo cuando los ratones las mueven. En el momento que las coloques comenzaremos a quejarnos de que los ratones lo están comiendo y que nos apestan con tan mal olor. Estas picardías y otras más, eran la única defensa que teníamos los trabajadores, ante aquellos déspotas y dictadores, que no valía más que lo que ellos mandaban con razón o sin ella. 

Así fue, en el momento que regresó dije en voz muy alta:

-Aquí no hay quien pare, esto es insoportable, los ratones nos arruinan. Todos comenzaron a protestar. Sin decir nada se alejó, y nos dejó a nuestro ritmo de trabajo normal. No teníamos por qué reventarnos si no pagaba lo que era justo. (El cebo se lo colocamos mismamente debajo de él para que no nos molestara a nosotros). Aunque nos quejamos como si fuera verdad, así se la tuvo que tragar por ser más torpe que un mulo. Otro vigilante cualquiera no tendría ese problema porque era fácil de resolver. Siempre respetamos al que sabe por dónde anda y cumple con su deber, mandando y dirigiendo los trabajos, pero con orden y seriedad.  Los falsos y trafulleros nunca tiene salida, porque la verdad es poderosa y no hay quien la mueva.

Cuando ya se terminó la jornada, después de ducharme en la casa de aseo, salí con dirección al despacho del fiera, que así le llamaban, con toda mi tranquilidad, porque si seguía con su bronca y no razonaba, pensaba dejarlo en su despacho para que riñera con la mesa, lo que iba suponer un desprecio que le iba molestar mucho, teniendo encuenta su rango de ditador, pero no ocurrió así. Al pasar por delante de la oficina de los vigilantes, que estaba antes de ésta, me esperaba el vigilante. Con palabras ya diferentes y con cierta amabilidad, cosa anormal en él, pues pocas veces sabía comportarse con cultura, me dijo:

-Bobia, no vayas a ver al capataz porque los dos tenéis mucho genio, y seguro que la volvéis armar. Sería una pena que terminaras marchando del Pozo. No vayas me repitió, no pasa nada yo te destinaré para el lunes a tu punto de partida con el postiador, a los contraataques. No se te ocurra marchar del Pozo, estás bien mirado, eres muy buen trabajador, estás cerca de casa, no te marches, porque un día llegaras a promocionar.

-Con la misma prudencia que él me había hablado le dije:

-Vale. Si efectivamente me mandas a mi punto de partida, seguiré dispuesto a prestar ayuda en cualquier momento e incluso a esporiar, pero no permanentemente como vosotros queríais. Cubriré faltas, pero no para seguir, ya sabes que siempre me gustó colaborar, pero no de esa forma. Tú bien sabes que yo no ando al revés, no quiero problemas y que cumplo siempre y a donde vaya.

-Cierto, por eso no quiero que te vayas.

En lugar de decirle, ¿si reconoces que es cierto y que tenemos razón, porque no lo reconociste primero cuando te dige lo necesario que era el bonificar a los rampleros? Mira el lio que armaste por no pagarles  cuatro perras.

 Para no liarla de nuevo y teniendo encuentra que el hombre prudente y educado debe perder muchas veces de su derecho, redije:

Muchas gracias por reconocer la verdad y destinarme a donde me corresponde, quedamos de acuerdo, aun sabiendo que no iba pagarme las horas extras que me debía, pues era costumbre de algunos vigilantes no pagar todas las horas extraordinarias. Nunca supimos si era cosa de ellos o norma de la empresa, pero si sé que otros me pagaron siempre lo que trabajé, lo mismo que a mis compañeros. Nunca pude entender ese sistema de explotar al que trabaja.

Seguí en mi puesto de trabajo en los contraataques hasta que un día el postiador con el que yo trabajaba se quedó de baja por enfermedad. Me destinaron a echar carbón con un picador. Entrábamos por segunda para “dar tira” o llevar la madera para abajo. Un día de éstos estando dando la tira todo el personal de la rampla, “Manolón”, un picador de 1.90 de altura, tan grueso como un hipopótamo, torpe y avasallador sin ningún motivo, dijo a mi picador: 

-Vallina, él tu guaje ye un hijo de puta, me robó ayer las tablas del tayú.

El picador le respondió:

-¿Cómo te atreves a decir esa salvajada? ¿Cómo te va a robar si hay tablas bastantes? Él, cuando llega la tira a nuestro tayu, aparta las que yo le mando. De eso bien seguro estás tú. ¿Por qué te empeñas en decir esa grave mentira? Fíjate lo tonto que eres, si todos llegamos a la vez y marchamos juntos, ¿Qué viene el guaje de noche arrobarte tus tablas? Es de ridículo Manolon, ni se te ocurra. 

Siguió ladrando, que era lo que casi siempre hacía, y amenazándome con pegarme unas ostias cualquier día. Todo el personal le oyó. Unos se reían, otros callaron, pero un picador, Miliano le dijo:

-Manolón, el único hijo de puta que hay aquí eres tú. Si pegas al mejor guaje del pozo, te cuelgo el hacho del pescuezo. Eres un mentiroso ¿qué tienes contra él? ¿A qué fin va a robar tablas para nadie si lo que sobran son tablas en la rampla?

El picador, que precisamente no era muy alto sino más bien bajo pero dinámico y muy buena persona, tuvo los cojones de enfrentarse a aquel que presumía de matón y consiguió meterle miedo en el cuerpo. Mientras que estuve en aquella rampla jamás volvió a chillar ni a meterse con nadie. Aquel día había recibido una gran lección y avergonzado no le dio ni contestación.

El picador, que le reprochó su mala forma de ser, me defendió porque bien le conocía. Le siguió diciendo:

-Todos sabemos que quieres ser postiador y que no lo consigues porque el vigilante no te hace ni caso, y como el guaje ye sobrin de él, quieres vengarte. ¡Qué culpa tiene el guaje de que tú no valgas o el vigilante no te quiera para ser posteador!

Aquellas palabras del picador Emiliano, dejaron fuera de combate al que siempre fue amigo de dar palos, y que presumía de ser muy valiente.