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Arsenio Fernández

Además de herido, “trancado” en un pozo lleno de carbón, en la escribana de 4ª Pozo San Mames.

Lo que sufrió Payarin al ver que me quedé trancado desengolando un pozo en la Escribana de 4ª sur sin saber lo que me había pasado, primero por encontrarme herido y más tarde por quedar trancau en un pozo que él no conocía y al que yo había subido dos veces: la primera vez para reconocerlo y la segunda para cargarle el primer tren de esta rampla, parada desde mucho tiempo atrás y por lo tanto muy peligrosa ya que uno nunca sabía el estado en que se iba a encontrar aquella mina.

“Payarin,” era el (trenista) de aquella zona, no se su nombre porque siempre le llamaron por ese nombre, por ser de ese pueblo

Payarín colocó el primer vagón de su ntren para cargar y cuando me disponía a subir al pozo, ya sobre el vagón para entrar por la boca de la rampla, le dije:

-Payarín voy a soltar para cargar un vagón. Cuando se llene, toca en la tubería para que pare y puedas poner otro a cargar. Vuelve a tocar al terminar con cada uno y así sucesivamente para  todo el tren. No te olvides, porque si no lo haces, me dejarás trancau y no podré salir sin que me rescates por abajo y para eso tendrás que “esporiar” tú solo todo un tren de carbón y en esa llanura acabarás reventado o no podrás. Es un trabajo para un oso y no para un hombre con tu estado de salud.

Este hombre era asmático, debería estar retirado pero en aquel tiempo eso no sucedía. Era un dolor ver lo que aquel pobre hombre sufrió y yo lo sentí mucho porque era una gran persona: callado, trabajador, muy prudente y buen compañero.

Subí al pozo y comencé a soltar carbón. Salieron bien los tres primeros vagones y seguí soltando carbón para el cuarto. Yo no podía saber cuánto carbón había bajado. Cuando teníamos ya casi medio tren cargado el estrechón se tapó y el carbón llegó hasta mí. No sentí la señal, quizá Payarín se olvidó de hacerla, nunca supe lo que ocurrió. Aunque no había ningún peligro inmediato el caso es que yo me quedé trancado. Después del estrechón había un ancho lo suficientemente grande como para que el carbón no me enterrara y yo pudiera permanecer sentado sobre esa masa de carbón, libre estaba, pero sin poder salir.

El problema estaba en que la única salida era por la que había subido y que ahora estaba bloqueada por el carbón. Por la parte de  arriba el pozo estaba lleno con más carbón y no había salida. No me quedó más remedio que esperar sin saber lo que pasaría: si Payarín iba a resistir todo aquel esfuerzo, que era demasiado o le pasaría algo debido su delicado estado de salud.

 En este tiempo, pasaron por mi mente muchas cosas pero lo más importante era lo mal que él lo iba pasar. Él no sabía cómo me encontraba. El sufrimiento que tuvo que pasar pudo ser lo suficiente como para restarle fuerzas además de las que ya perdía el hombre por su grave enfermedad. Seguro estaría pensando que todo era por su culpa, por no haber dado la señal a tiempo, y que yo pudiera estar enterrado.

 Los dos estábamos sufriendo el uno por el otro esperando a que todo saliese bien. Además, eso iba suponer un retraso para terminar de cargar la tarea. Ya eran más de las cuatro de la madrugada y habíamos entrado a las seis de la mañana del sábado. Con un pequeño bocadillo, y en medio de aquella soledad tuve tiempo a pensar de todo, y hasta en la “fame” que tenía y la que podría pasar ya que no sabía cuándo podría salir de aquella encerrona. Podía pasarle algo al trenista, ¡sabe Dios cuando vendrían a buscarnos! Mientras se dieran cuenta de que faltábamos y hasta que nos encontraran seguro que llegaba el lunes. Estos y otros pensamientos pasaron por mi mente y no sé cómo nos las arreglamos para que siempre, en estos casos, uno pensara en lo peor.

Este hombre, asustado, se puso a bajar carbón a toda marcha, dentro de lo que él podía. No cesó de llamarme pero yo no le podía oír. Cuando llegó al estrechón y me estaba destrancando le sentí cerca trabajar y le llamé:

-Estoy bien, no te apures, descansa un poco.

Al oírme dijo:

-¿Falta mucho?

-Estas muy cenca desvansa un poco, le dije, no te revientes, no pasa nada.

¿Cómo estaría de nervoso y asustado, temiendo que me pasara algo, que no cesó en su empeño hasta que ya pude pasar a donde él estaba? Se quedó tumbado en la misma chapa ¡Le caían unas gotas de sudor enormes! estaba reventado. Me daba pena ver como respiraba entre aquella cantidad de polvo que producía el carbón al soltarlo. Se quedó rendido de tanto esfuerzo. Respirar en aquella atmósfera tan mala y con tanto polvo resultaba malísimo y desagradable hasta para los sanos. ¡Cómo las estaría pasando aquel hombre!

Allí estuvimos un tiempo hasta que pudo recuperarse pero ya contentos los dos de estar juntos de nuevo. Payarín se llevó un buen disgusto, lo mismo que yo, pero con la diferencia de su estado de salud. Yo, aunque sufría por él, estaba bien. El pobre Payarín estaba mal, sufría y tenía que trabajar hasta reventar para sacar a un compañero que no sabía como estaba. Le tocó lo peor en todos los sentidos. Pasé mucha pena por él.

Continuamos con la faena con mucho cuidado para que no volviese a ocurrir el mismo problema. Terminamos de cargar el último tren en esta Rampla para salir a las 6 de la mañana, nos tiramos exactamente 24 horas trabajando y todavía me quedaba bregar con la gran nevada para subir a mi pueblo. Payarín vivía también en un pueblo, pero de la zona de Blimea, donde había menos nieve por estar situada donde más daba el sol y tardaba más en cuajar la nieve. Mi zona con mas altura y azotada por el norte, donde las nevadas era muy grandes.

Mi pueblo de La Bobia, sin duda es uno los pueblos más castigados por las fuertes invernadas, donde la fuerte ventisca y la nieve azotan con fuerza y en cantidad. Además de la altitud, la muesca que hay entre las dos Montañas hace que haya unas corrientes en forma de cañón que son las que meten la tormenta, de agua o de nieve, vengab del norte o de poniente.

Cuando regresé a casa cansado y sudoroso, ya era media maña. El duro recorrido de cinco kilómetros montaña arriba y con tanta nieve lleva mucho tiempo. Desde luego ya había sido bastante mi tarea en la mina sin necesidad de esta nueva paliza con la nieve, pero las cosas son así. En casa me echaban en de menos y les suplían mucho las horas sin que llegara. No podían saber de mí, no había ni carretera ni teléfono.

También estaban aislados aunque en casa. Lo pasaron muy mal, les faltaba uno de la familia. Aunque suponían que estaría en la mina, pero sabían que sin nada que comer y que estaría pasando mucha “hambre”. Un simple bocadillo para 24 horas y trabajando es pasar demasdo, pero asi era la vida de los mineros, aquel dia nostoco a Payarin y ami , en otras ocasones toca a otros.

Antes de dar fuego bajé unos doce metros hasta donde el carbón paraba a causa de un llano que había en las chapas. Hice una guarida por el relleno para apartarme de la línea de tiro y que no me cogiera la explosión. Desde esta guarida y cuando se “desengolara” el pozo podría darle marcha al primer carbón para que bajara con marcha yt se parar toda la tarea de varios días trancada por aquel peñón. Por mucho carbón que bajara no me iba a quedar “trancau” porque éste pozo tenía auxiliar (pozo lateral que te permitía salir). Me sentí seguro pero sin darme cuenta de lo mal que lo hice y del terrible peligro que tenía a mi lado.

Cuando terminé de hacer mi guarida subí y di fuego a las dos cargas. Regresé entonces a la guarida y esperé a que saliesen los tiros. Di fuego al del techo para que con retardo saliera el del muro y pudiera deshacer el peñón. Salió el primero y bajaron hasta el llano delante de mi escondrijo como unos ochenta o cien kilos de carbón y “costeru”. Sin yo saberlo, entre esa masa de

carbón había bajado la carga del segundo disparo que por lo tanto estaba a mi lado. Yo, sin saberlo, esperaba que al salir el segundo disparo bajara el resto del carbón, ya que allí tenía una gran pendiente, lo suficiente como para bajar con fuerza hasta donde yo estaba. Mientras que esperaba, miraba como salía humo del carbón que había bajado al salir el primer disparo y que estaba delante de mí a una distancia de apenas unos 30 centímetros. Mi posición era la de tumbado y en cogido en aquel agugero, por lo estrecho de la mina.

Al principio pensé que ese humo sería de la mecha del tiro ya disparado. Cuando vi que era demasiado el humo que había me di cuenta de lo que en realidad había ocurrido y salí de prisa a cuatro patas, corría con rodillas y manos (a gatas) que es como se anda en algunos lugares de la mina por ser estrecho. Al momento se disparó el segundo tiro

. Todo ocurrió en el acto. Apenas pasé por encima de la masa de carbón que contenía la segunda carga explosiva, cuando explotó me acribilló por atrás, yo sangraba por distintos lugares. No fue grave pero sí me dejó inmóvil por el susto tan grande y los resquemores de las heridas, que por un momento no me dejaban moverme tumbado encima de este carbón. Ese día volví a nacer, fue una gran suerte que no me hubiera destrozado completamente. Hay que conocer y saber lo que puede provocar una explosión de dos cartuchos de goma-1 para imaginarse lo que pudo haber ocurrido.

Una explosión de esa magnitud en un lugar cerrado y estrecho podría fácil mente haberme desecho todo mi cuerpo, cortarme las piernas o causar graves lesiones internas. Una explosión en luagar cerrado, puede reventar los órganos internos, lo suficiente para matar un hombre .Sabe Dios lo que me pudo haber pasado. Lo único que sé es que la carga, mientras que ardía, estaba casi pegada a mi cuerpo y al irme, se disparó en el mismo momento que me separé de ella. A mí mismo se me hace imposible el pensar cómo no me hizo más heridas de las que sufrí.

Me acribillos por atrás, me rompió parte de la ropa y me causo multiples heridas, que aunque no fueron grabes, sangraban mucho.

Me dejo tumbado un tiempo, por el susto y los dolores pero luego racione, pase la mano por atras de mi cuerpo y salió llena de sangre y eso me asusto. Aunque podía andar tuve muedo a desangrarme. Sali de allí, baje a la galería y tuve la suerte de que en aquel momento llegaba el tyrenista Payarin. Le conté lo sucedido y me miró las heridas que tenía muy asustado por la sangre que vio, pero afortunada mente no era tanto como él pensó al explorarme las heridas.

Lo que es la soledad, en el ,momento de encontrame con el trenista ya me sentí mas tranquilo y sobretodo que al pasar el iempo y coagularse la sangre ya bajo mucho y so me tranquilizo

-Tienes que salir a curarte me dijo un poco nervioso, cargaremos el tren y saldrás conmigo. No puedes estar sin curarte. Una vez que te curen, vuelves, te esperaré en la planta porque yo solo no puedo cargar los trenes.

-Si no me duelen mucho más las aguantaré hasta que terminemos la tarea. Si salgo perderemos mucho tiempo y ya vamos muy retrasados por lo mal que anda la maniobra. Tengo que preparar el carbón para que esté a punto a tu regreso. Ya me curaré después de que terminemos de sacar todos los trenes de carbón. No creo que tenga demasiada importancia si paran de sangrar, el curarme unas horas más tarde le dije.

 De aquella me salvé, pero lo que no sabía era que la dinamita me la tenía sentenciada y me iba desgraciar quitándome más tarde las dos manos. Así es la vida de dura y así la hay la que soportar.

Seguimos trabajando hasta las cuatro de la mañana cuando terminamos de cargar todo el carbón que había en la rampla del medio y nos fuimos a cargar a la de atrás. 

Mi primer accidente con la dinamita desengolando un pozo de carbón en la Escribana de 4ª planta sur, Pozo San mames en la rampla del medio.

Un sábado del mes de diciembre de 1952 fue primer día de trabajo en aquel punto. Llevaba nevando muy fuerte varios días y las vías del exterior estaban cubiertas de nieve. En aquellos tiempos nevaba tanto como para no poder ni circular por las pocas carreteras que había. Cuanto más nieve quitaba la gente, más nevaba. La maniobra del pozo andaba muy mal. Los vagones vacíos no llegaban a la mina muy retrasados y eso nos retrasaba mucho en el arrastre del carbón. El vigilante a primera hora de la mañana, me dijo que se encontraba muy enfermo y que se iba para fuera. Cierto, tenía unos forúnculos en el pescuezo que le machacaban de duro. Nada tiene que ver lo retorcido y mala paga que era con lo que estaba sufriendo por la gran inflamación que tenía en todo su cuello. Los dolores de estos forúnculos eran muy malos, dejaban a cualquiera fuera de combate, daban hasta fiebre. Estos forúnculos o “lluviesos” eran como una epidemia que hubo en aquel tiempo. Pocos se libraron de padecer aquellos tremendos dolores, a mí también me toco soportarlos. Desconozco la razón de esta epidemia, no sé si por la fame que pasmos o por lo malo de los alimentos falsificados casi siempre por los estraperlistas. Recuerdo que para cocer los garbanzos, las lentejas y fabes, había que ponerle bicarbonato. Estaban “ardías” y olían mal, y muy cocosas. “Ardias” es un estado muy malo de las legumbres, que al ser muy a trasadas o estaban con humedad y ese moo, que huele muy mal, o con demasiado calor porlo que surge una fermantación mala. Sabe Dios como las tendrían almacenadas. Les llamaban perdigones por lo duros que venían.

Asimismo me dijo el vigilante, que tampoco estaba el postiador porque estaba de boda. Este postiador era Celso del Rio La Piedra de San Mames un pueblín muy cerco del mío era buen trabajador y muy buena persona y yo le conocía de toda la vida.

– Así mismo me dijo; no podréis ni tú ni el trenista, salir hasta que carguéis la tarea, aunque tengáis que estar trabajando hasta mañana domingo. Atenderás los trenes y mientras el trenista va a la planta con su tren de carbón, subes a la rampla del medio para que veas un peñón que está “engolado” (trancando el carbón) en un estrechón y que Domingo (el otro esporiador) no fue capaz a “desengolar”. Seguramente que lo tendrás que volar con dinamita que puedes coger en el arca del travesal (galería en roca), lo que te haga falta. Ya sabes que lo primero es cargar toda la tarea de la rampla de adelante para dar paso a los picadores y una vez terminado esto, empieza por las otras dos ramplas. Recuerda que tienes que dar fuego en la rampla de adelante a los tiros que haya “forados”. Cuando llegue la hora de salir el relevo, sube al contraataque, espera a que baje todo el personal, cuéntalos, asegúrate de que haya bajado todo el personal y luego sube y dispara en todo el frente. Cuenta bien los tiros, antes de ponerte a disparar, no te vaya quedar uno sin darle fuego y la armes. Ya sabes que un tiro sin disparar puede matar a un picador al día siguiente al ponerse a picar y no saber cómo esta su tajo.

El trenista tardaba mucho en regresar de llevar el tren, era muy larga la distancia. Ya estábamos cerca del Pozo Barredos y mientras tanto yo preparaba el carbón para que no perdiera tiempo en cargar de nuevo a su regreso. También me dio tiempo a inspeccionar los dos pozos de las ramplas que estaban aislados del resto y que yo no conocía. Los picadores estaban por tercera y no me podía comunicar con ellos por estar muy lejos y macizado de carbón, ya que estos tenían la producción de varios días sin sacar por culpa de estar “engolados” y ser peligrosos.

Se cargó la tarea de la rampla de adelante y llegó la hora de salir el personal. Subí a lo alto del contraataque. Esperé a que bajara todo el personal de aquella mina, hasta el último, y les pregunté si quedaba alguien en la rampla. Me respondieron que ya no quedaba nadie y nos despedimos, les dije:

-Hasta mañana, amigos.

-¿Por qué hasta mañana?

-Porque las noticias de la calle son de que está nevando muy fuerte. Así lo dice el trenista que ve la nieve que traen los vagones. Según se presenta, todo indica que no terminaremos de cargar la tarea hasta mañana de madrugada. Con suerte podremos llegar a casa mañana al medio día para comer.

-¡Que tengas suerte! porque si no lo vas a pasar mal sin nada que comer.

Así es, no hay más remedio que aguantar la fame.

Se marcharon y, como siempre, me quedé solo en aquella larga y lejana mina. Subí contando los tiros “forados” y comencé a dar fuego por arriba. Esperé para contarlos y en lugar seguro para saber si se quedaba alguno sin disparar. Esto era muy importante ya que de surgir un fallo de un disparo podría ocurrir un accidente. Si quedaba alguno sin disparar había que dar cuenta a los jefes para tomar las medidas de seguridad necesarias y evitar el peligro de lo que llamamos “un tiro que se quedó”. Una vez que salieron todos los tiros bajé a la galería, fui al transversal, preparé dos cargas de dinamita con dos cartuchos cada una. Subí a la rampla del medio y puse una de las cargas al muro y la otra al techo para volar el peñón que trancaba el carbón. Esto que acabo de describir fue una falta muy grave que yo cometí por ser inexperto. Siempre es peligroso el “desengolar” un pozo, siempre es un peligro, en unas partes mucho más que en otras. Todas las precauciones son pocas ya que algunas veces aparecen imprevistos que te pueden matar. En este mi caso poco faltó. Creo que por décimas de segundo me salvé de morir deshecho por aquella carga explosiva tan tremenda. 

Trabajando en peligro permanente en la Escribana de 4ª Sur Pozo San Mames

Después de este pasado trabajo en el contraataque, me destinaron a rellenos en una mina muy peligrosa, ya que trabajábamos en la parte explotada y hundida por muchas partes. Había que estar toda la jornada debajo de grandes peñones, (rocas) cuarteadas que se podian soltar cuando menos lo piensas sobre nosotros. Pero había que rellenarlas para que no se hundiera la rampla. Aunque esta era muy falsa y peligrosa, daba mucho carbón y de muy buena calidad. Tenía una “potencia” (anchura) de techo a muro de tres y hasta cuatro metros, con terribles (repuelgos), siempre muy desigual. Un “repuelgo” es un techo en roca desigual y con ondulaciones muy peligrosas, Fallos de la roca que se cortan con facilidad y los hundimientos son frecuentes.

 Éramos un grupo de cuatro hombres: Corsino de la Potoxia Santa Bárbara, dos forasteros y yo. Corsino era un gran trabajador y muy buena persona, vivo como un rayo para el trabajo. Siempre nos apreciamos mucho. En aquel tiempo estábamos considerados los dos guajes mejores del Pozo aunque él era mejor que yo, ya que sabía postiar bastante bien, aparte de ser mayor dos años, pudo aprender en la rampla con los picadores. En cuanto al resto de los trabajos éramos igual de bravos y decididos. Para estos trabajos normalmente iba un “postiador”, con dos o tres rampleros. Un “posteador” es minero esperto en la mina y que a falta del vigilante es quien dirige los trtabajos. A pesar de ser un trabajo difícil, Alfonso sabía que los dos podíamos defendernos al frente de estos trabajos.

Entre los dos nos las arreglábamos para dirigir los trabajos y nunca tuvimos un accidente. Manejábamos este trabajo como si fuéramos veteranos. Mientras que trabajábamos en ese punto un día faltó Domingo, “el esporiaor”. El vigilante de la rampla me dijo que fuera a sustituirlo por unos días hasta que volviera de baja. Pocos días estuvo sin trabajar pero lo suficiente para que aquel vigilante, que era como el anterior, no pagaba ni los trabajos reales cuanto más las horas extras, se diera cuenta de que yo manejaba aquel trabajo como tenía que ser y sin problemas. Por lo que ya no quiso dejarme ir a mi punto anterior. Le dijo a mi jefe que no había nadie que resolviera tan fácilmente como yo aquel maldito trabajo donde casi me cuesta la vida un poco más tarde.

Fue costumbre de toda la vida de los jefes el reventar de trabajo a los que dábamos el pecho. Ellos con decir: “ese no vale” se cubrían. Si ese no vale paga bien al que lo merece “canalla,” pero de eso nunca se acordó. La mayoría de los vigilantes siempre pagaron bien al que lo merecía por sus trabajos extras y peligrosos. Éste, en lugar de pagar, se reía de la gente, además de explotarte.

 Allí tuve que tragarlo aun sabiendo que era muy peligroso y de mucho trabajo además de estar siempre solo “desengolando”. Si no era un pozo era otro, por si uno fuera poco a había nada menos que tres pozos: el de La Escribana de cuarta planta de adelante, la del medio y la de atrás. Este tremendo trabajo, lo soporte por obedecer Alfonso, que pagaba muy bien y que siempre le aprecié mucho por eso de saber mandar a la gente y valorar los trabajos como son, pero con el problema que allí el que tenía que pagar era el otro vigilante, pero eso nunca lo entendió.

En la rampla de a lante había doce picadores; en la del medio tres, y en la de atras cinco, que estaban sacando “las llaves” (un macizo de carbón), que tiene por la mina hasta abandonar la rampla. Para bajar el carbón, el pozo era de tercera a cuarta y por un lugar ya hundido toda la rampla y el pozo en muy malas condiciones, por estar parado de mucho tiempo y con “pelgones” (Anchurones) muy desordenados, hasta cuatro o cinco metros. Muy falso y peligrosos. La madera estaba rota y atravesada por cualquier lugar. A unos cien metros de la bocarampla había un estrechón donde se quedaba engolado el carbón con cierta frecuencia, por un peñón que se atravesaba.

La rampla de atrás con sus cinco picadores, tenia la producción de cinco dias igual que la anterior, estaban sacando las llaves de la parte de tercera planta.

El Pozo también estaba matado, hundido por los lados, y con bastantes peligros, era la misma “escribana”, o capa, con la misma falla y con los mismos “pelgones” y “sotambios,” pero con un problema añadido. En los últimos cuarenta metros por abajo estaba tumbado, el carbón no andaba ni por las chapas. Para conseguir que éste bajara había que antes limpiar bien y soltarlo desde arriba con fuerza. Por cualquier cosa el carbón se paraba y el minero se podía quedar trancado; ya que había la misma falla que en la rampla del medio. Esta maldita falla, que además de lo falso que resultaba, iba diagonalmente y por lo tanto había otro estrechón  más, que si se “engolaba” te la jugaba y no podías salir hasta que fueran a rescatarte, sacando carbón por la parte de abajo del estrechon para abrirme paso.

 

Cuando llegué a chaval me gustaba salir con los amigos y como el dinero era escaso, mis padres me daban diez pesetas al mes. Algunas veces se terminaban antes y el domingo sin salida.

Mi abuelo me decía:

-¡Qué, amigo! ¿Hoy no hay parné?

-Sin blanca no puedo ir a ninguna parte abuelo.

-¿Cuánto precisas?

-Cinco pesetas.

-Toma diez, pero no gastes más que lo necesario. Un hombre no debe andar sin dinero nunca.

Aunque tenía que devolvérselas algunas veces no me las cobraba y me sacaba del apuro. Siempre fue muy generoso, me decía:

-Si trabajas toda la semana más que un chino, normal es que el domingo puedas divertirte un poco, pero con cautela, que ya sabes que hay poca plata.

– Muchas gracias abuelo, te lo agradezco mucho, le daba un beso y me iba.