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Arsenio Fernández

La falta de agua una esclavitud en mi pueblo. Al no haber agua en las casas y escasear en la fuente, mi madre o mis hermanas según a la que le tocara, iban a lavar la ropa al reguero de la Cerezal, a una distancia de 2 kilómetros de nuestra casa. Venían rendidas con un barcal en la cabeza cargado de ropa mojada que pesaba muchísimo. Peleando con el barro de los caminos, encharcados de agua y mucho barro. Además de las horas de trabajo, de ir y lavar la ropa, venían desfallecidas por el hambre y mojadas y con mucho fio, ya que no conocíamos ni había plástico para protegerse del agua.

Tampoco había wc, para hacer las necesidades. Había que ir a la cuadra. Era penoso desplazarse en los fríos inviernos a la cuadra por la noche, sobre todo al salir de la cama donde uno está caliente, aunque sin calefacción que tampoco se conocía. En todas las casas había una bacinilla que sólo se usaba con los enfermos que no pudieran levantarse de la cama. El resto del tiempo no era correcto usarlas sino de una persona vaga y poco educada.

Para el servicio de todo el pueblo, teníamos una fuente que puso la Empresa Duro Felguera, con una instalación de tubería metálica de varios kilómetros de longitud, la que nos daba agua para el consumo del pueblo. Esta traída venía desde los montes que daban vista a La Cerezal, donde recogieron un manantial dejando agua para el ganado de aquella zona.

En toda la zona las fuentes desaparecieron por las explotaciones mineras. Todos los manantiales de esos valles fueron a parar a los pozos San Mamés y Cerezal, de forma que solo disponíamos de esta traída que nos daba poca agua. El agua escaseaba en las épocas de estío, aparte de lo mal construida que estaba, no solo por las zonas tan accidentadas que atravesaba, sino por la poca profundidad que dejaron la tubería, estaba a flor de tierra y era fácil que la gente que tenía pastando los ganados por esos montes rompieran la tubería para dar agua a sus vacas y caballos. Éramos esclavos de sus reparaciones. Había gente de otras zonas que no le importaba dejar al pueblo sin agua. Amparados por lo  solitario de los montes, nos destrozaban lo que tan necesario era para un pueblo. Rompían la tubería que era de hierro fundido y la reparación de estos empalmes y emplomados era muy difícil y muy cara.

Un vecino nos reclutaba con mucha frecuencia para ir a reparar las averías que algún desalmado hacía sin tener en cuenta que dejaban un pueblo sin agua. Lo malo del caso no es por llamarnos a trabajar, ya que era de pura necesidad el repararla. El problema estaba en que este individuo se sentía dueño y señor de esa fuente. Cuando escaseaba el agua reñía a la gente que iba acoger la, llegando hasta faltarles el respeto y les echaba de allí. Fueron varias las veces que les tiró los calderos, llamándoles gochas y diciéndoles: “iros a coger agua al reguero de la Cerezal”, alegando que el agua solo era para el ganado. Otras veces decía no se podía lavar allí, que había que dejarlo para el servicio de las casas y de las vacas. En eso todos estábamos de acuerdo, pero cuando menos lo esperábamos, salía insultando a la gente, solo por coger para la casa, excepto a su mujer. Ésta podía lavar y hacer lo que quisiera, al resto las mandaba al reguero, a una distancia de dos kilómetros o más. Tenía mucho genio y peor boca, nadie le podía ver ni en pintura, pero tampoco se atrevían a reprocharle su actitud aunque todos conocíamos el problema.

Hasta que un día llegué al lugar y vi como le quitó el caldero a una de mis hermanas mayores. Se lo tiró a una gran distancia. Se me pusieron los pelos de punta como cuando te encuentras con una manada de lobos en medio de una gran nevada. Yo era un chaval, me acerque a él y con todos mis nervios de punta le dije.

-Que sea esta la última vez que hace tamaña barbaridad, no se le ocurra nunca más, no se lo voy a tolerar. Los abusos que usted viene haciendo con mis hermanas y otra gente más cesarán a partir de hoy. Le aseguro que no se lo vamos a tolerar, no se le ocurra y tome nota.

Otro en lugar de explicarle las cosas con educación pero con contundencia, al ver aquella barbaridad, cogería una estaca y lo pondría firme a estacazo limpio. No mucha gente tiene las agallas de resistir tanto daño.

-Cierto es que no se podía lavar, y me parece normal porque no era suficiente el agua que había y solo se debía utilizar para el servicio de las casas y para beber los ganados. Es normal que todos cumplamos con ese compromiso, incluidos también los de su casa, porque usted se cree dueño y jefe de todo. Si todos estamos de acuerdo y cumplimos con las normas que hay establecidas de respetar el agua al máximo ¿por qué se comporta de esa forma? Mi hermana no se salió de lo pactado, vino acoger agua para casa. Dígame qué derecho tiene usted para insultarla y tirarle su caldero. Nunca le perdonaremos el atropello que siempre cometió con nosotros.

Se quedó mirándome sorprendido por la lección que acababa de aprender y que le iba a servir para el resto de su vida. Nunca más molestaría, ni a las hermanas ni a mi madre, que también le había tratado muy mal por el mismo motivo de recoger agua.

Una mañana íbamos mi hermano Constante y yo con el ganado a pastar a los montes cercanos. Era invierno, caminábamos por un lugar denominado El Depósito, una excavación que se hizo para construir un depósito de agua que nunca se haría. Antes de terminar dicha excavación estalló la guerra, y así se quedo. Allí estaba cobijado del frío un paisano, hermano de Jenaro el fiera, así le llamaban.

Sus vacas estaban sueltas atravesadas en medio del camino pastando, una de ellas, al cruzarse con las nuestras intentó engarrase con ellas. Mi hermano Constante le dio con la guiada para alejarla, el pollo que lo vio, salió como un tigre echando fuego por su maldita boca, y cruzó el cuerpo de mi hermano a garrotazos con su guiada, sin pensar que era un niño, y que solo quería evitar que las vacas se accidentaran en batalla, ya que algunas de estas vacas eran más bravas que un miura. Cuando se enganchaban una con otra era muy difícil separarlas y surgían accidentes. Una de las nuestras, la famosa Borrega, si se enganchaba con alguna no paraba hasta que las liquidaba, era demasiado brava para todo, hasta para el trabajo.

Mi hermano tenía siete años, yo nueve, y nada pudimos hacer. Dejó marcado a mi hermano por distintos lugares de su cuerpo. Al regreso a casa a la hora de comer nuestra madre, cuando lo vio, dijo que eso era un crimen, que por favor, no se enterara nuestro padre porque podrían enfrentarse. Ese hombre era muy malo y sería  peligroso llamarle la atención. Podría hasta arremeter contra nuestro padre y éste no lo iba a tolerar. Cuando al día siguiente mi padre se fijó en el cuerpo de mi hermano mientras se lavaba le preguntó:

-¿Qué pasó, Constante? ¿Cómo tienes esas marcas?

Yo, que estaba a su lado, con rapidez le dije, ayer en una pequeña batalla con otro niño, que se habían liado por lo de las vacas cuando estábamos en el monte y yo estaba más lejos.

Estos dos hermanos fueron como dos fieras, miraban a la gente por encima del hombro como si ellos fueran de otro linaje. Nunca perdonamos aquella paliza que dio a un niño de tan corta edad y por evitar lo que él mismo hubiera hecho de estar más cerca, para que no hubiera lucha entre el ganado. La pregunta es: ¿Qué habría pasado si en ese momento llega nuestro padre y ve la paliza que le estaba dando a su hijo? Aunque era muy educado y amigo de respetar a los demás, no sé si podría aguantar aquella salvajada cometida por un fiera de sesenta años.  

Cuando desperté tenía varias  metralletas apuntado a mi cabeza, del susto que me lleve casi me quede sin habla, tarde en reaccionar.

Una mañana, a las nueve llegaron a nuestra casa un grupo de la brigadilla, a cachear todo hasta la cuadra del ganado, por si teníamos a los de la guerrilla guardada. Los recibió mi hermana Laudina. Yo  me encontraba en cama porque  trabajaba en la mina, al relevo de la noche y me había acostado a las siete de la mañana. Hacía poco tiempo que me habían destinado al relevo de la noche.

Le preguntaron si había más personas en casa, asustada del miedo que les teníamos, no se recordó qué me encontraba durmiendo y les dijo que estaba sola.

Comenzaron el cacheo, cuando llegaron a mi habitación y me vieron tapado hasta la cabeza porque había una fuerte helada y no teníamos calefacción, me encañonaron con sus armas y gritaron

-¿Quién es él que está en cama?

Con los gritos de uno de ellos y de mi hermana, que llorando les dijo:

-Es mi hermano, no me acordé de que trabaja por la noche.

-¿Cómo se llama y qué edad tiene?

-16 años-. Les dijo Laudina.

Me desperté asustado, y les dije: porque me encañonan así, yo no hice daño a nadie.

Uno de ellos, como si fuera un salvaje, tiró de la ropa de la cama. Allí me quede asustado, delante de todos y casi desnudo, en “calzoncillos y camiseta de tirante”, no teníamos ni pijama. Seguramente para asegurarse de que no tenía armas, y con mucha brusquedad me ordenó que saliera de la cama inmediata mente. Revisaron toda la cama y hasta debajo de ella.

Me preguntaron dónde trabajaba y por qué a ese relevo de la noche, con quién trabaja, en qué punto, quién era mi jefe. Al ver que era un chaval y comprobar mi carné de identidad ya se serenaron. Pero el susto que nos dieron fue demasiado. Una persona del corazón no lo aguantaría. Lo mismo mi hermana que yo nos llevamos un fuerte disgusto. Nos trataban a todos muy mal, seguro que el miedo les hacía rabiosos. Hay que decir también que con ellos venían siempre alguno de aquellos que pertenecía a la llamada contra partida y que conocían a la gente porque trabajaban por allí, eran de la zona. Por esa razón nos preguntaban, ¿Con que vigilante trabajas? en qué punto y que trabajo realizábamos.

Según los comentarios de los mayores, decían que algunas veces eran peor los que les acompañaban que la misma fuerza.

Con cierta frecuencia cacheaban las casas de los pueblos, porque decían que todos éramos rojos y  colaboradores de los maquis, así les llamaban. Llegaron a mi propia cama con metralleta en mano y más fieros que un puma. Cacheaban toda la fincas, no dejaban ni un rincón libre y nos obligaban a acompañarles siempre delate de ellos, maltratándonos unas veces de palabra y otras veces dando leña a la gente sin más, solo porque no les decíamos donde estaban los del monte. Lo que menos nos importaba a la gente eran sus problemas, nosotros lo que queríamos era trabajar y vivir aunque fuera con hambre, pero no despreciados sin ningún motivo, ni meternos a denunciar a nade.

Tiroteo con tres muertos y la casa de un vecino ardiendo hasta que se quemo toda, para que no se salvara nadie si quedan alguno dentro. O salían para ser abatidos a tiros o se quemaban dentro, no había otra elección, así de mala es la guerra.

Una mañana cuando salía de la mina a la una del medio día, iba para casa, al llegar a San Mamés, me dijeron que no podía ir a mi pueblo, que estaba ardiendo.

-¿Cómo no voy a subir si tengo a toda mi familia? Tengo la obligación de saber cómo están.

Desde allí se veía una gran humareda. La gente creía que ardía todo el pueblo. Nadie se atrevió ni a cercarse para ver lo que pasaba por miedo a las balas perdidas que con aquel tiroteo silbaban en todas direcciones.

Como siempre, emprendí el camino montaña arriba, y cuando llegué a mi casa, estaban mis padres y el resto de los hermanos más pequeños cerrados en casa, aterrorizados al ver que se quemaba la casa de un vecino. Los hermanos mayores estaban trabajando en las minas. Se sentían detonaciones con cierta frecuencia como ráfagas de ametralladora. Otras veces, tiros suelto aislados. Aunque ya había cesado el tiroteo de la lucha anterior, seguían las explosiones de la munición que había por allá y que al quemar explotaban.

La casa de mis abuelos estaba al lado de ésta, situadas una a cada lado del camino y a una distancia de diez metros. Pensando en lo asustados que estarían, dije a mi padre:

-Voy a ver a mis abuelos, lo estarán pasando muy mal, se encuentran solos. A pesar de solo tener diecisiete años, no quise dejar solos a mis abuelos y decidí ir con ellos, aunque a mis padres no  les gustaba, tenían miedo.

-Imposible no puedes ir, puede pasar te algo con los disparos, además está lleno de la fuerza y no te dejarán pasar, dijo mi padre.

-Tranquilo padre, les explicaré lo de los abuelos y seguro que me dejan pasar En cuanto al peligro creo que no pasa nada porque ya no están luchando, y los disparos que salen están dentro de las paredes de la casa, y aunque pueda salir alguna bala por las ventanas de la parte de acá pasaré agachado por debajo de la pared del camino y no me podrán darme.

Salí de casa y al llegar al cruce de caminos estaban dos guardias con su metralleta en mano, les saludé y me preguntaron:

-¿A dónde va?

 -Voy a casa de mis abuelos que están solos, viven en la casa de al lado-. Les dije.

-No te vayas por el camino, puede cogerte algún disparo. Vete por el prado y cuando vayas a pasar a la altura de aquellas ventanas, pasa agachado, me dijo uno de ellos. Así lo haré señor.

La distancia que había era de unos doscientos metros, aunque había tres muertos sólo podía ver a dos. El primero estaba tapado con una sábana y dentro del prado. El otro estaba destapado en medio de una pequeña plazoleta que había entre las dos casas al pie del camino. Cuando llegué cerca  del resto de la fuerza, de nuevo me preguntan:

-¿A dónde va?

Les expliqué a donde me dirigía. 

-Venga a ver si reconoce a este hombre, me dice uno de ellos.

Lo miré y estaba lleno de barro y sangre, con su camiseta arrollada hasta debajo de los brazos. Entre lo asustado que me encontraba y lo desfigurado que estaba el hombre, no lo pude reconocer de momento. Lo habían traído arrastro por entre el barro desde una distancia de unos 30 metros y como en el lugar donde cayó había mucho barro, no se molestaron en apártalo, estaba lleno de barro por todo su cuerpo y hasta por la cara.

Me llevó tiempo reconocerlo, después de mirarlo unas cantas veces me preguntaron si le conocía.

-Creo que es el dueño de la casa, por lo menos los zapatos que lleva son los de él.

-¿Por qué lo sabe? me pregunta otro de los del grupo.

-Porque tienen ese redondel cosido en la parte exterior del zapato derecho. Lo cortó con un guadaño segando hierba y como somos vecinos, él mismo me lo contó. La camiseta también es como las que él gasta, es de las llamadas de punto inglés, muy fuertes y con una nos botones a la derecha. Si les parece bien voy a por un caldero de agua, lo lavaré y ya se podrá reconocer mejor.

-Vaya por el agua.

Fui a por el agua y a ver a los abuelos, les saludé y les dije que no tuvieran miedo, ya había cesado el tiroteo y que volvía en un momento porque iba a llevar un caldero de agua para lavar a un señor que estaba muerto a lado del camino.

Lave la cara y vi que era Valiente mi vecino, había caído bajo una ráfaga al abandonar su casa por no morir abrasado por las llamas. Imposible aguantar más porque ya se caía hasta el techo en llamas. Salió dando fuego con una escopeta del “12” que tiraba con cartuchos de 28 postas. Eso equivale a 28 balas, que lleva por delante lo qué pilla, Es muy mortífera, así lo contaba uno de los que intervino en la batalla. Valiente salió por una de las ventanas de atrás, por las que salieron los compañeros antes de que la fuerza se replegara para el combate. A Valiente no le dio tiempo por ser el último y por eso lo mataron. Un minuto o poco mas y le hubiera dado tiempo a ocultarse en los maizales y largarse, que pena, allí la tenia destinada.

Todos pasamos mucha pena por él, a pesar de que él y mis abuelos se llevaban mal, nosotros siempre nos tratamos mucho, como vecinos que éramos. Nos apreciaba por dos razones: una, porque pasábamos mucho tiempo junto con el ganado y otra, porque nunca le cogimos las frutas de su finca. Tenía mucha fruta sobretodo piescos, pero lo respetamos. Sabía que se lo robaban cuando él no estaba. No sé cómo se las arreglaba para saber quiénes eran, pero él lo sabía y por eso nos apreciaba.

Recuerdo que nos daba muchos piescos, sabía que los necesitábamos. Un día dijo a nuestro padre que le prestaba darnos la fruta porque éramos los únicos que se la respetábamos. Nunca  entramos sin su permiso a su finca. Aquello nos prestaba mucho porque reconocía que le respetábamos como vecino. También le gustó a mi padre, porque la convivencia es muy importante, siempre se trataron  muy bien. Cuando íbamos para casa nuestro padre nos dijo, hay que ser buenos y respetar a los demás, acabáis de ver una  muestra de cómo el vecino os aprecia y reparte su fruta, porque sabe que no la robasteis. Es muy importante, la buena convivencia empieza por ahí, respetándose unos a otros como buenos vecinos.

El que estaba tapado en el prado era el Brigada Victorio, que cayó bajo una ráfaga de metralleta al entrar a la casa, pero de éste nada me dijeron. No pude saber de quién se trataba ni lo que había ocurrido hasta que llegaron los jefes y oí comentarlo.

El tercero de los caídos estaba en la huerta de mi abuelo, este salió por la puerta de la casa, allí estaban dos de mis hermanos los dos más pequeños, llindaban las vacas y un burro. Estaban sentados encima de la pared delante de ambas casas, junto al camino vecinal. Las dos casas estaban situadas precisamente donde el camino hacía curva. Por este motivo el caminante de la parte derecha no podía ver al de la izquierda, hasta delante de las casas, de forma que por el de la izquierda llegaba la brigadilla y por la derecha venían de catar nuestro vecino y su compañera. Fue una fatalidad terrible, con unos metros más atrás, lo mismo de una parte que de otra, hubiera sido lo suficiente para que vieran llegar a la fuerza y dar la vuelta. Al estar la casa sola seguirían cacheando el resto de las casas del pueblo como siempre y no hubiera pasado nada. Al encontrarse con la fuerza le preguntan:

-¿Tiene alguien en casa?, Les dijo que no, el brigada le ordenó que pasara el primero. La señora que se dio cuenta del lio que se iba armar, dejo su caldero en el suelo y puso pies en polvorosa. Se alejó con veloz carrera y se libró de aquella tragedia, sin que la fuerza se percatara de su huida, ya que se disponían a entrar a la casa. 

El dueño de la casa entró y detrás el brigada y un guardia. Así se lo contó uno de ellos a la llegada de los jefes. Al lado de la entrada y a la derecha estaba la puerta de la cocina, el primero se desvió a la derecha y entró en ella, el brigada quedó en la línea de tiro, donde fue ametrallado, ya que, en el fondo del pasillo estaba la escalera que subía al desván, y que por ser un lugar estratégico y oscuro, así lo sigue diciendo el que informa de lo sucedido, estaban atrincherados los que hubieran allí escondidos. Disparan y cayó el brigada, el que le acompañaba y que estaba en la mima entrada, salió para atrincherarse.

Seguida mente y con mucha rapidez silo Canales por la puerta de a lante, lanzó una bomba que se estrelló en la antojana de la casa y delante de la misma puerta de entrada, lanzó la segunda y ésta dio en la pared donde momentos antes estaban mis hermanos. Casi nos les dio tiempo de alejarse. Al sentir los primeros disparos salieron corriendo asustados para casa.

Los otros compañeros salieron por las ventanas de atrás y se largaron por los maizales que les sirvieron de protección para no ser vistos. Canales, tuvo mala suerte, salió de prisa detrás de las bombas y con el camino despejado, pero al saltar la pared hacia la huerta de mi abuelo, que estaba delante de su casa, en su fatal carrera perdió el equilibrio al caer al otro lado, se rompió una pierna. Al verse perdido, con su misma metralleta se disparó a boca jarro en la sien. Allí cayó fulminado. Esa escena de dolor la presencio mi abuelo que se encontraba sentado delante de casa pero a cubierto del tiroteo por la protección de los lateralesde.la mima casa

La fuerza no lo conocía a Canales. Vestía un traje color café, estaba gordito y seguro que con su peso no pudo dar el salto necesario para rebasar la pared. Al ir a reconocerle, estaba tendido en el suelo de medio lado. Además del tiro que el mismo se dio para morir, tenía el dedo índice de la mano derecha, el que se utiliza para disparar, cortado y colgando por un poco de su piel. Yo no sé si por el miedo o porque, no pude conocerle, aunque alguna vez lo había visto, no pude darme cuenta de quién era. Al momento llamaron a Alfonso Cuello, al que vieron delante de su casa, y éste si lo conoció. 

En el momento de reconocer a Canales, llegó un pequeño escuadrón acompañado de un alto jefe. Lo saludaron y le explicaron lo ocurrido.  Cuando le tocó el turno al que más cerca estuvo de Canales, le dijo que atrincherado muy cerca él, le dio muerte con una ráfaga de metralleta, que le cruzó diagonalmente desde la ingle hasta la cintura. A lado del cadáver le indicó la entrada de los tiros. Es cierto que ese individuo le cosió a tiros en toda su barriga, pero después de estar ya muerto. Mi abuelo que lo vio todo, me dijo.

-Si no se rompe la pierna no lo hubieran pillado ni con un tanque de guerra, ya que se pudo perder de vista entre los grandes maizales que lo pudieron proteger, sobro bastante tiempo para estar ya lejos y fuera de la vista del que llego mas tarde y se encontró con el cadáver de aquel hombre. Y agrego: Ese individuo quiso coger honores ante su jefe paro no le conto más que mentiras. Se avía atrincherado como él le dijo, pero más escondido que un jabalí, detrás de la cuadra de mi abuelo donde no podía ver ni la casa quemar. Así son muchas cosas. Cuando aquel tipo llego ya llevaba un buen rato muerto Canales.

Aunque mi abuelo no pudo ver los que huyeron por las ventanas de atrás, si contemplo toda aquella escena de dolor, vio hasta como Canales se disparo el tiro en la sien.

Más tarde se pudo saber que había cinco compañeros y que les dio tiempo a salir por las ventanas mientras la fuerza se retiro a posiciones seguras para evitar las bombas y el tiroteo. Mientras los huidos se largaron a trabes de los maizales de la vega de arriba y muy cercanos a la casa. Se comento que se metieron en el sótano de un primo mío, donde pasaron todo el día hasta llegar la noche y muy cerca donde estaba la fuerza.

Lo que nunca olvidare es aquel triste episodio por lo que atravesamos, fue una gran pena, nuca tuvo que surgir, también recuerdo los piescos que el vecino que con cariño nos daba en aquel tiempo de tanta necesidad.

Al caer la tarde ya la casa había quemado. Después de inspeccionarla en caso de haber quedado algún cadáver dentro, comentaron que podrían estar debajo de los escombros, que todavía seguían ardiendo.

Pidieron un caballo para llevarse a los dos cadáveres. Al brigada lo bajaron en camilla.

También recuerdo que los encargados de cargar a los cadáveres, no tenían ni idea de lo que tiraba un caballo. Intentaron cargar los dos en uno, cómo se cargan los sacos de carbón, pero el caballo no podía con ellos. Pesarían unos 180 kilos entre los dos y un caballo ya va bien cargado con los 100. Alfonso Cuello que también estaba allí les dijo, hay que poner otro caballo, es imposible llevarlos en este. Pidieron otro caballo i marcharon con ellos.

Al día siguiente, a las tres de la tarde cuando me encontraba con nuestro ganado, se presentaron de nuevo allí, y me cogieron por sorpresa. Si los viera antes me hubiera largado, pero no los vi hasta que ya no podía marchar. Al momento se acercó otro vecino Mito, que iba a limpiar uno de sus prados. A los dos nos ordenaron que nos pusiéramos a quitar todo el escombro de la casa quemada, para saber si quedaba alguna persona enterrada. Todos miraban y mandaban, pero la pala ni verla, nos dieron un reventón de trabajo. Éramos dos jóvenes y la tarea fue muy dura,  trabajamos hasta que ya no se veía nada, eran tíos duros y exigentes, nos trataban como a los animales no se dieron cuenta de que ya no podíamos con más.  

De ser un poco prudentes y conocer lo que es un reventón de tanto trabajo, ya que no les gustaba trabajar, por lo menos podían pedir más gente, para que nos relevaran en aquel fuerte trabajo de tantas horas. Como no nos atrevíamos a protestar, tuvimos que tragarlo y callar. Cuando marchamos no nos dieron ni las gracias, hay personas que se creen que los demás somos animales de  carga y aquellos tipos eran de esa clase. Solo les falto coger el látigo para apurarnos más. Fue una casualidad que me pillaran, no esperaba que pudieran venir, teníamos allí las vacas, y acaba de  soltarlas al prado cuando llegaron y me ordenaron que prepara unas palas.

 

Cuando acababa de cumplir los 14 años, iba al trabajo a las cinco de la madrugada, me encontré con la brigadilla. Como siempre en las minas hay que ir a distintos relevos. Si entrábamos a las seis de la mañana, salía de casa a las cinco; porque tenia de desplazarme 5 kilomestros desde la montaña hasta el pozo San mames que estaba situado a lado de la Villa de Sotrondio, si entrábamos a las tres de la tarde, regresaba a casa de noche, y el tercero relevo a las doce de la noche.

El problema estaba en el miedo que pasaba al desplazarme solo por esos caminos del monte, temiendo encontrarme con los del monte o con la brigadilla. Aunque los del monte no hacían nada a los mineros. El miedo estaba en que te podrías encontrar con unos a un lado y los otros al otro, ya que hubo algún tiroteo por estos lugares varias veves. Y por si esto fuera poco, por las noches había un fantasma que recorría por los pueblos, amedrentando a la gente. El miedo que pasmos fue de terror. Era un personaje muy alto, vestido de blanco. Daba unos saltos enormes, era terrorífico encontrarle. No hacía nada a la gente, solo quería que lo vieran. Con eso hubo quien se desmayó y no volvió circular más por la noche.

En aquella madrugada, dos horas antes habían matado, a lado de la misma casa de aseo, a un minero trenista, y compañero de mi hermano Mino.

Me encontraba desayunando para ir al trabajo, cuando llegó mi hermano Mino. Eran las cinco de la madrugada. Mi hermano, trabajaba por la noche y cuando estaban él y varios compañeros de trabajo duchándose llegaron a la casa de aseo unos señores metralleta en mano y se llevaron a Josepín Barlomba, de Santa Barbara, que también era trenista y compañero. Al poco tiempo sintieron disparos, allí cerca lo mataron. Mi hermano, muy asustado, no se atrevía a salir de lampistería. Pensaba esperar a que amaneciera para regresar a casa. Elviro el lampistero, precisamente primo carnal nuestro, aunque estaba prohibido dejar lámparas al personal, le dijo:

-Es mucho esperar, como viene Arsenio para entrar a las 6, te daré una lámpara, ya que te dará  tiempo a llegar a casa y la en vías por él. Como se trata de poco tiempo no hay ningún problema. Así no subes a oscuras ni esperas a que amanezca.

Mi hermano tenía veintitrés años. Era muy joven y llegó a casa con mucho miedo. Yo era un niño que mhabia comenzado atrabajar hacia muy poco tiempo en aque trabajo en el que había que madrugar. Después de contarnos a mi madre y a mí lo ocurrido, dijo:

-Llévate esta lámpara y entrégala en lampistería. Me la dejaron porque no me atreví a subir con tanta oscuridad y no podía moverme de miedo. Vete con mucho cuidado, es posible que te encuentres con la fuerza, tú eres un niño, no te harán nada, procura no tener miedo. 

Era una forma de quitarme el miedo, sabía que tenía que circular por donde él había subido y eran parajes muy solitarios y miedosos, castañedos y caminos malos con barro por los cuatro hastiales.

Salí de casa y no me atrevía ni a mirar a los laterales del camino, solo al pequeño círculo que la lámpara iluminaba. Caminé como un sonámbulo invadido por el miedo. Cuando llevaba recorrido algo menos de un kilómetro, en un paraje denominado la “Rasa”, había un camino que discurría entre dos partes altas. A la derecha había una pared y a la izquierda un alto talud de la propia montaña. Esta caleya estaba llena de fango, barro y agua que por su profundidad no podía desaguar, y cubría en algunos lugares hasta treinta centímetros. Había unas pozas producidas por motivo de los arrieros a su paso con los caballos y mulas que transportaban carbón maderas y otros materiales.

Para poder pasar y no mojarme, circulé con mucho cuidado por un surco que había arrimado a la pared derecha para no caer al charco, pero cuando estaba encaramado a éste, oí una fuerte voz:

-¡Alto! ¿Quién va? ¡Manos arriba! ¿Cómo se llama? ¿Qué edad tiene? ¿Dónde vive, y adonde va? 

Parado con las manos en alto, y en aquel altillo muy asustado, y después de contestar a cada pregunta, me ordenaron que me acercase.

-¡Camine con manos en alto! me dijo.

En el momento que empecé a caminar, como no podía ver nada deslumbrado por la lámpara que me alumbraba a los ojos, me caí al chapatal.

-¿Qué hace usted! me grita uno?

-Me he caído a la charca.

Con el miedo tan grande que tenía me quedé en el barro sin moverme.

-¡Levántese y acérquese!

A pesar de que me contralaban todos mis movimientos porque me enfocaban con potentes linternas, me gritaban para acabar de darme más miedo. Seguía sin ver nada por la luz de ellos que me deslumbraba. No encontraba mi lámpara que también tapada por el fango no dejaba paso a su luz. De rodillas en el agua busqué la lámpara palpando para encontrarla. La cogí y caminé por medio de aquel barro, hasta llegar a ellos que estaban en la parte seca fuera de la charca. Eran unos cuantos, no supe el número. Metido en medio de estos me alumbraban y no sé si porque les había dado pena de lo mal que lo estaba pasando, o porque no quisieron mancharse del barro, no me cachearon, cosa que hacían siempre. Me preguntaron:

 -¿Ha visto a los del monte?

-No les vi.

-¿Cuándo los vio por última vez? dijo otro.

-Yo nunca les vi, no les conozco. 

-No sea cínico ¿es que no conoce a su vecino Alarido?

-Sí, pero no sé dónde está. Nuca le vi después de irse.

-¡Sois todos iguales! ¿Tenéis miedo de ellos o es que queréis protegerlos porque sois rojos como ellos?

-Le he dicho que no les conozco. A mi casa nuca han llegado, somos 14 hermanos todos pequeños y muy pobres. Mi padre trabaja mucho y no alcanza para comer, ¿qué van buscar en nuestra casa si no hay nada?

Por fin me dejaron marchar y cuando llegué al Pozo la gente me miró con asombro. Asustados de lo que había ocurrido poco tiempo antes. Preguntaron que me había pasado, cómo venía de esa forma. Les expliqué lo sucedido, cambié mi ropa y fui a mi trabajo.

Aunque les dije que ni los conocía, ni les había visto nunca, eso no era cierto. Sabía donde dormían muchas veces y los veíamos con cierta frecuencia. Sabían que no les denunciaríamos, eso sería una grave traición. No se escondían de nosotros, todo lo contrario, algunas veces me mandaban a por vino y tabaco. Muchas noches dormían en la tenada de mi abuelo, donde teníamos las vacas. Al ir a darles de comer los encontrábamos allí y charlaban conmigo y con mi hermano Constante, que siempre íbamos juntos hasta que comencé a trabajar. Yo conocía a unos cuantos aunque no sabia como se llamaban. Larido,de Carabeo, vecino del pueblo mas cercano al nuestro, muchas veces me arregló el pelo en su casa. Siempre nos tratamos mucho con su familia, como vecinos que son. Conocía también a Canales y a Ignacio, el Raxau, Aladino y Nofre. Algunos trabajaron en la mina de mi pueblo junto con otros vecinos y mi padre. Entraban por aquellas chimeneas y recuerdo que al salir de la mina jugaban a los bolos. Yo mismo les llevaba el porrón con el vino y me daban algún traguín Este hombre, junto con unos cuantos más de sus vecinos, venía desde Les Voríes andando. Era una esclavitud, aparte del fuerte trabajo de la mina y la escasa comida, tenían que atravesar por lo más alto de esas montañas con mucho calor en el verano y mucho frío y nieve durante los duros inviernos. Para recorrer este trayecto ida y vuelta necesitaban hasta dos horas para ir al trabajo y otro tanto para regresar acaso. 

Igual que a mis abuelos, padres y hermanos, nunca me interesó la política. Siempre nos decía nuestro padre que había que mirar a la gente sin fijarse de qué color era. Los había buenos y malos en todas partes, lo que se debía valora era su caballerosidad, su forma de ser y cómo se comportaba con los demás. Yo tengo amigos, comunistas, socialistas y del P.P, unos por ser vecinos, otros por compañeros de la infancia, o por ser compañeros de trabajo. Respeta a los demás y serás respetado, eso es lo importante.

Aquel vigilante, además de ser mal pagador, no tenia compasión de nadie, no savia o no quería  valorar las cosas ni los trabajos, era como un burro, le gustaba explotar y reventar a la gente.

A los pocos días de trabajar en aquel mal punto de la mina, viendo que le resolvía bien el trabajo, mientras el trenista recorría el trayecto de ida y vuelta, me destinó a picar carbón  a una “llave”  (es un macizo de carbón) que se dejar para tener por la mina y que se saca después de abandonar esta. En este caso era muy mala por lo ancho, colgado y falso de la rampla con una potencia de tres metros, “altura de techo a muro”. En todos estos lugares era muy peligroso sacar el carbón, ya que la mina se iba hundiendo y por todos los lados había peñones con grietas que pueden caer sin avisar. Era un lugar malísimo para un buen picador veterano; lo que supone mucho más peligro para un joven sin experiencia.

Era casi como un suicidio obedecer las ordenes de aquel hombre, al destinarme solo a un trabajo de esta envergadura y tgaan peligroso. No había nadie en una mina parada, si me pasaba algo, ¿quién me auxiliaría? Cuando llegaba el trenista a la galería, tocaba en la tubería para que bajase a cargar el tren, pero no sabía lo lejos que estaba ni el peligro que había. Bajaba, cargábamos y de nuevo a picar en solitario a la Rampla del medio, que ya llevaba mucho tiempo parada, y que estaba prácticamente hundida por la mayoría de las partes.

Hoy es imposible comprender aquella esclavitud. Desde luego que a través de todos los tiempos hubo gente buena y mala. Los hubo que trataron muy mal a los trabajadores. Algún vigilante hasta “potelaba” a tiro de su pistola “El potel” consistía en hacer una marca en la mamposta del testero para saber lo que se avanzaba el picador y pagarles, ya que los picadores trabajan a contrata por metros de avance.

El hombre serio siempre paga lo estipulado y no permite robar los dechos de un trabador, porque el sistema de aquel era eso “robar”. Todo el personal pensábamos de estos mal pagadores que eran así por el miedo a su jefe, aunque algunos querían sacar el carbón a cuenta del esclavo. Les llamábamos un “gallina”explotador y sin conocimientos normales. Si otros pagaban ¿por qué ellos no?

Yo quería aprender, quería ser picador, y sin darme cuenta, mi afición me llevo a trabajar en un peligro excepcional, aparte de trabajar demasiado. El manejar aquellas piezas de madera para postiar tan pesadas. En una rampla donde hay más gente nos ayudamos unos a otros, allí no había ayuda de nadie lo hacía como podía. La ignorancia de un joven muchas veces es la que te lleva a sufrir un accidente y algunas veces hasta la muerte, yo cerca la tuve varias veces, unas por los peligros de la misma mina y otras por negligencia del joven que no sabe lo suficiente y por el  mal vigilante que lo mandaba.

En aquel trabajo tan malísimo, tuve suerte, nada malo me pasó, aunque reventado de trabajo y arto de tanto polvo lo soporte. A pesar de pelear con aquellas piezas de cuatro metros, conseguí terminar la obra y seguir con otra. Cuando me destinó a este doble trabajo dijo que lo pagaría en horas. Fue tan miserable como mal pagador, no me pagó ni las horas extras que me pasaba cargando trenes, ni tampoco la diferencia por hacer de picador, ni siquiera pago las extras de aquel día de 24 horas de trabajo y sin comer. La pregunta es, ¿cómo se pude ser tan infame con un semejante?

Este explotador vivió cuarenta años mas desde aquellas fechas, porque nunca dio ni golpe, solo esclavizar a los mineros, no figuro su nombre porque no merece la pena. De ser como él, merecía recordarle lo mal que lo hizo y con educación decirle la cantidad de dinero que no me pagó, y preguntarle que ganó con no pagar a la gente, ¿por qué fue tan tirano y sin vergüenza? ¿No te avergüenzas de tu forma de ser?

Tampoco me informo de cómo debí colocar la dinamita que a punto estuvo de liquidarme. Fue un hombre poco inteligente y avasallador del trabajador. Por circunstancias de la vida tuve que tratar con un hijo suyo que trabajaba en una entidad oficial. Este hombre siempre me trato muy bien, al revés de su padre. Nuca le dije nada de lo usurero y mala persona que fue su padre, porque él no tuvo ninguna culpa y además con agua pasada no muele el molino. Se trata de mostrar lo mal que lo pasamos y la maldad de alguno más torpe que un pollino.