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Arsenio Fernández

Hora y media de bajo de aquel enorme peñón cuando tenía 19 años

En el año 1.953, nos destinaron a levantar la rampla de San Luis de 2º planta sur Pozo San Mes.  Alfredo Lamuño, mi vecino, como posteador, Marcelino García Cuetos “Lino” del Cepedal San Mames, Cortina de Tiraña y yo como picadores

Esta rampla llevaba mucho tiempo parada por su escasa potencia en carbón, solo tenía unos de 0,50 a 0,60 centímetros en carbón, el resto tierra y al muro. Esta estrecha capa fue lo que me salvo de morir destrozado por aquel enorme peñón.

Después de cuadrar el tajo, comencé a picar la tierra. Dado lo estrecho que estaba yo picaba como siempre echado de medio lado en el muro. Mis hombros pegaban en el techo y en muro eso fue lo que amortiguo el golpe del peñón. Al desprenderse y encontrase tan cerca con mi cuerpo, este apilo hacia un lado, es decir, bajo y se apoyo en el muro, quedando mi cuerpo debajo del pero con una inclinación que evito que todo el peso de aquella roca sobre mi cuerpo toda, lo que sería más que suficiente como para dejar como una torta y muerto en el acto, ya que su longitud era de 2 metros de largo por de 1,10 m. Así me lo dijeron mis compañeros en el hospital cuando ya más tarde fueron a veme porque los primeros 4 días estuve sin conocimiento, solo que respiraba y podía oírla gente hablar. Por ese motivo no pude conocer el peñón que casi me manda al otro mundo.

Todo esto ocurrió por la negligencia de un vigilante que no tenía ni idea del peligro de la mina. Después de poner la rampla en un frente y cuando estábamos picando la tercera jugada de avance, mandaron unos picadores más y un vigilante.

Aquel día de mi accidente, a media tarea y cuando ya estaba a punto de cuadrar mi tajo, donde arrancaría con el suyo Aladino Suarez Llaneza, mi vecino, llego el vigilante y me dijo, Bobia, la gente van a comer el bocadillo, quédate para cuadrar y comenzar a picar la tierra. Así mismo dijo: esa jugada está muy estrecha y las chapas son muy anchas, no caben. El mismo vigilante cogió mi martillo y en un momento marco el ancho que le pareció para que yo siguiera con el resto de la altura de 12 metros.

Le dije: él carbón esta gruñido, como ceniza por el tirón de las rocas,  eso es un peligro exagerado, encima hay unos peñones cuarteados enormes que pueden bajar en cualquier momento.

– No se ve ningún peñón dijo.

 Si que los hay coge el acho y pela ese borle que tiene el techo y los veras, no te olvides que esta toda la rampla hundida, mira hacia atrás,  igual que esos que ves, los hay aquí mismo compruébalo. No me hizo ni caso. Nadie pudo entender como a aquel vigilante mando tamaña barbaridad. A los tres metros para atrás donde arrancamos, había peñones en bajo de todos los tamaños y por lo tanto todo el techo cuarteado del enorme tirón que sufrió toda la rampla al hundirse.

 La rampla de San Luis como la de San Gaspar, llevan un techo y un muro de pura roca y cuando lleva un avance como esa de sabe dios los metros de longitud, que habían sido explotado de allí para atrás, comienza atronar la roca, mete un ruido que hay que largarse, si da tiempo, porque cundo comienza a soltarse ya no hay remedio, solo salir corriendo. A sí estaba esta rampla era un lugar muy peligroso. Tenía que mandar hacer machones, “llaves” de madera, como se hizo en otras partes pero este necio vigilante ni se entero del peligro. Lo malo de esto es que siempre cae el inocente, el se libra, encima de mandar un hombre al peligro, si le tocara a él posible mente actuara de otra forma más segura.

Yo tenía la experiencia de la rampla San Gaspar de tercera, y de otras más, que a pesar de tener  cantidad de machones, esta iba bajando el techo poco apoco y a los 10 metros del testero llego el momento que ya no se cavia ni tumbado en las chapas para esporiar el carbón. Cuando llegan a estos extremos en cualquier momento se hunde toda la rampla.

Una mañana y cuando todos trabajábamos en este San Gaspar, 16 picadores y 10 rampleros,  tuvimos que salir a toda prisa para no quedar todos enterrados. Comenzó a meter un ruido al cortarse la roca como cuando truena. No dio tiempo más que librarnos la gente pero allí se quedo todo el material, martillos, mangas y todas las herramientas, así como un “combeyo”. Este es un sistema de chapas movido por un gran motor para bajar el carbón que vale mucho dinero.

Más tarde hubo que ponerse a levantar esta rampla como la de San Luis, pero con más seguridad. Allí había un vigilante de categoría, José Cuetos “Leto” de La Caguerna San Mames, un minero, no un oveya como el de San Luis que no tenía ni idea del peligro de la mina. Para mandar un grupo de gente sea en la mina o en el exterior, hay que poner a un hombre, no a un gallina. Estos problemas son las consecuencias de las tortillas que algunas veces mueven algún jefe de la misma categoría que el que pone como responsable de un grupo de trabajadores, sin pensar en el daño que esto puede suponer para el personal.

Alfredo Lamuño, Eladio, y Aladino Suárez Llaneza, hermanos, Marcelino García “Lino” del Cepedal y Cortina de Tiraña,  como buenos compañeros que fueron, permanecerá en mi mente mientras que tenga vida, que Dios los tenga en su gloria. Actuaron en mi salvamento, Eladio, librándome de la descarga de alta tensión y los  otros compañeros, que lograron sacarme cuando sepultado debajo de un peñón estuve hora y media, en San Luís de 2º a 3ª planta en el pozo San Mames, en el año, 1.953. En todo el tiempo que permanecí enterrado, aunque no podía hablar ni pedir auxilio, solo respiraba, pude oír lo que mis compañeros comentaban mientras picaban el peñón para liberarme de aquel terrible peso que poco apoco iba destrozando mi cuerpo por el tremendo peso. Lino era el que picaba, Aladino le dijo, pica con cuidado no baya ser que el martillo llega a pincharlo. Cortina dijo, ya no se entera, Arsenio está muerto no ves que ni se queja ni dice nada. Tampoco podía saber si respiraba porque no podían llegar a mi cuerpo. En ese momento Alfredo Lamuño dijo, Pobre Arsenio, era un gran trabajador, tenía una gran afición  a la mina y esta lo mato. Todo lo que ocurría en mi alrededor yo lo podía oír, aunque para ellos ya nada se podía hacer para salvarme, solo sacar el cadáver de un compañero.

Aunque haya sido hombre duro y soportado tantas adversidades, al escribir este episodio, me paro considerar lo desgraciada que fue mi juventud y lo mucho que tuve que sufrir.

A pesar de ir agotándose mis fuerzas por la opresión que ya no soportaba, ya que tenía rota la clavícula y el cuerpo estrujado como una sardina, mis esperanzas eran que si no tardan demasiado en quitarme el peso, podría seguir respirando aunque muy poco era lo suficiente para mantenerme con vida. En algún momento pensé que había llegado mi hora porque ya no podía con más peso y recordaba a mis padres y hermanos lo mucho que iban a sufrir.

 Aunque todos los compañeros actuaron lo más rápido que pudieron para salvarme. Hay que destacar la actuación de del picador Cortina.

Todos habían ido a comer el bocadillo. Cortina, era de Tiraña, un pueblo del Concejo de Laviana. Este gran compañero, se encontraba en el primer tajo de la rampa por arriba, yo en el segundo, picado en mi tajo más abajo. Entre el punto de Cortina y el mío no había paso, la mina estaba hundida y el único paso que había se quedo atrancado por el carbón de varios días. Por lo tanto Cortina no podía ir a mi tajo. Solo se dio cuenta de mi accidente porque no oía el ruido de mi martillo. Me llamo varias veces pero no le pude contestar, mi estado era tan duro que ya pensé seria mi fin. Cortina, sabía que yo me había quedado para cuadrar mi tarea y al regreso de la gente entregar el tajo a mi vecino Aladino Suarez. Al pensar en que algo me ocurría, este valiente hombre con un gran peligro se dispuso a pasar por la parte hundida de la mina. Atravesando entre peligrosos peñones que lo podían matar al moverlo para abrirse paso. Aunque le llevo mucho tiempo logro llegar a mi tajo donde pudo verme debajo del terrible peñón. Me llamo, Bobia, Arsenio, no me oyes. Asustado y pensado que ya era cadáver, fue a buscar al resto de los compañeros que estaban lejos en un anchuron que había junto al contraataqué de 3ª, a los que les dijo. Bobia está muerto segura  mente porque ni se le oye respirar, esta debajo de un enorme peñón y no hay quien lo mueva por su gran longitud, aparte de que ya lleva mucho tiempo con tanto peso, pues yo tarde en darme cuenta de lo que ocurría, les dijo. Además estaba trancado por el carbón y tuve que pasar por los minados pero me llevó mucho tiempo hacerme paso.    

Solo quedamos Cortina y yo, el resto ya murieron, Alfredo Lamuño, Eladio Suarez Llaneza y su  hermano Aladino, Marcelino García Cuetos, “Lino” ya no están para contarlo. Siempre que nos encantábamos recordábamos nuestras peripecias en la mina.

Tengo el honor de decir que todos estos hombres fueron a cual más trabajador y buenas personas.  Gente de pueblo con toda seriedad, y de dicados al duro trabajo y a su familia con arte y dinamismo y padres de familia.

Alfredo Lamuño de La Bobia, trabajamos juntos en varios lugares el cómo picador y yo como su ayudante, un gran hombre y buen compañero, murió de mayor y seguro por consecuencias de la silicosis. Los dos quedamos trancados en una peligrosa mina donde el gas a punto estuvo de matarnos.

Aladino Suarez Llaneza, padecía de una fuerte silicosis, como casi todos los mineros, pero no estaba como para morir, todavía trabajaba en las labores de sus fincas y vivía con normalidad, dentro de lo que supone padecer esta terrible enfermedad. La muerte lo sorprendió precisamente en una de sus fincas, La Raposa, su preferida, por estar situada en la montaña. Allí tenía una buena cabaña provista de lo necesario para dormir y cocinar. Consideraba ese lugar para recrease y tomar buenos aires de montaña. Tiempo atrás había hecho un comentario a la familia, de esos que surgen en la vida y sin pensar en morirse claro. Les dijo que cuando le llegara la hora le gustaría que fuera en el prado de La Raposa. Aquello se iba a cumplir. Un día, ya cercano a la Navidad, aunque estaba nevado, fue hasta ese prado a buscar el árbol de Navidad. Allí, sin más, se quedó para la eternidad. Cuando la familia vio que se retrasaba fueron a buscarlo y se encontraron con su cuerpo sin vida. Allí le sorprendió la muerte sin darse cuenta, aunque haya sido como él mismo pidió.

Fue un buen minero, aunque solo trabajamos unos días en la misma rampla. Los dos éramos picadores de carbón. Por eso le tocó intervenir, junto con otros compañeros, en mi salvamento cuando me quedé enterrado en la mina.

Eladio Suarez Llaneza, lo mismo que su hermano Aladino, fueron muy buenos vecinos y unos trabajadores de marca. Por ser vecinos de toda la vida nos vimos casi nacer y crecer, juntos por aquel pueblo de montaña, en La Bobia. Lo mismo uno que el otro tuvieron mala suerte porque murieron muy jóvenes. Aladino de la silicosis y Eladio no se que le pudo pasar, solo con unos días como si fuera una gripe y se lo llevo. Este hombre había sufrido la pérdida de una hija muy joven y eso fue un trauma muy malo para toda su familia. Todos los vecinos lo sentimos mucho porque en estos pueblos siempre hubo una convivencia muy amistosa y muy unida para todo. 

Siento la pérdida de estos hombres de corazón, siento por ellos y por su familia, que siempre estuvo muy unida a la nuestra. Con frecuencia recuerdo a sus padres, Bernardo Suárez y Josefa Llaneza, dos personas muy apreciadas, buenas y nobles. Trabajadores y buenos padres, y vecinos de toda la vida. Bernardo Suarez, para los vecinos Bernaldo el de Josefa, murió en accidente te trabajo en la mina, cuando sus seis hijos eran muy pequeñitos. La mayoría de los hombres de nuestro pueblo murieron en accidentes de mina o por la maldita silicosis, así discurrió la vida de los mineros, entre el duro trabajo accidentes y las peripecias de la pos guerra. 

Allí, delante de la casa de Josefa Bernardo, pasamos parte de nuestra juventud. Había un cobertizo donde tenían el carro para bajar la hierba de los prados de alta montaña y los aperos de labranza. Por estar bien ventilado y con hueco suficiente nos servía para cobijarnos de la lluvia y del calor y para estar de tertulia. La casa de esta familia está situada en un lugar estratégico, con vistas a casi todo el valle. Este lugar y el Xerru de la Muezca de La Bobia siempre fueron los lugares preferidos por todos nosotros para tomar el sol y pasar el tiempo de la invernada cuando no se podía trabajar en el campo. 

Mientras que aquella rampla seguía mal, sufrí un pequeño accidente. Estaba postiando el tayu cuando se me escapó el hacho hacia mi dedo índice de la mano izquierda. Lo cogió por la primera falange y lo abrió. Sangraba abundantemente, parecían las mandíbulas de un lagarto. Arranqué el bolsillo de mi camisa y lo tapé, avisé al vigilante que me había herido al hacer una cuña para forrar una manposta, y salí de la mina para ir a curarme al botiquín.

En este tiempo había algunos accidentes de gente que se encontraba pasándolo muy mal. Se auto-lesionaban para quedarse de baja por accidente. Parece duro el que puedan surgir esas cosas pero es de toda la vida, que el hombre busca recursos muchas veces de la única forma que puede, para libarse de la opresión. En aquellos tiempos, bajo la dictadura de algún jefe, la gente tenía que soportar obligado a tragar lo que le echaran. No se tenía defensa alguna, no se podía mover una paja sin permiso. Trabajar a reventar sin ninguna clase de seguridad, por poco dinero, poca comida. A la mínima te ponían firme.

Fue una esclavitud, no hay otro nombre para describir lo que pasamos. Desde luego que esta dictadura que muchas veces teníamos en la mina ya era por sistema. No la mandaba el ejército ni el General Franco, eran algunos de nuestros mismos vecinos, amparados por el mando y la costumbre de lo que había sido en la guerra. La prueba es que había jefes con prudencia y honradez que sabían tratar al trabajador y pagarle lo estipulado aunque era poco. Así de grande era la diferencia de unas personas a otras y así efectivamente había gente que se auto-lesionaba para librarse de esa opresión, y como todo se sabe, esto estaba perseguido y castigado con el despido.

La diferencia entre aquellos tiempos a los de hoy es abismal. Primero por mucho y después por poco, como dicen en mi pueblo: “pasó el carro por delante de los bueyes”. Por esa razón y muchas más la gente en secreto hacía de las suyas. Como era normal, los jefes sabían que existía el auto-lesión y lo perseguían, aunque les era difícil de demostrarlo. Si tú estabas solo en tu punto de trabajo no era fácil saber el motivo, si fue casual o no. Lo malo de todo esto es que algunas veces pagamos unos por otros.

Cuando llegué al botiquín el practicante quiso investigar si lo mío era auto-lesión. Cuando me estaba dando más vueltas que a un mono llegó Felipón. Siempre estaba metido donde no le llamaban. Era un miserable, arrastrado, que trabajaba allí, en el exterior, de peón. Según las malas lenguas había sido condenado a muerte por ser del bando contrario y después se pasó al otro, y que al parecer, lo habían castigado de duro. Después se arrastró ante los mismos que le dieron leña. Se metía en todo y siempre a favor de los jefes. Tenía muy mala fama, fue muy criticado por los mayores, que bien le conocían, y que por su dudosa conducta le temían. Yo no le conocí hasta aquel día y me di cuenta de que era cierto lo que se comentaba de él.

Se unió al practicante y los dos comenzaron a buscar posturas metidos bajo la mesa para averiguar la forma en la que me había accidentado, a la vez que me interrogaban. Me atormentaron durante largo tiempo y lucharon para ver si entre los dos sacaban lo que no era cierto. Al final  claudicaron porque no pudieron conmigo. El practicante era también de órdago, más tarde tuvo que meterse su piquito debajo del ala porque algún obrero le puso firme. Faltaría a mis principios de paisano si no dijera que yo, en aquel momento, también pasé ganas de coger una estaca y sacarlos de allí a estacazo limpio y mandarlos a trabajar como animales que eran, lo mismo al practicante por mala persona, que no debía ocupar un puesto de esa envergadura al maltratar a un trabajador sin razón alguna ni fundamento, solo por quedar bien ante los Jefes y declararse él mismo el listo de turno; lo mismo que al tal Felipón. Es muy triste verte entre dos miserables de esa clase, un par de sinvergüenzas, intentando obligarte a decir lo que no era, sabiendo que me podía costar el despido.

Lo del practicante era ya por sí despreciable y duro ¿por qué tenía que ser como ellos pensaban? Pero lo del peón, que había sido oprimido por la dictadura y condenado, a lo mejor hasta sin razón, o por el simple hecho de ser político, y que iba en contra de los pobres trabajadores, era lo que jamás podré concebir, el que una persona pueda ser tan traidora y capaz de vender a su propia madre. ¿Cómo puede haber miserables de esa clase? Fue siempre y hasta que se murió de esa calaña.  Metido donde no tenía que estar y perjudicando, si podía, al más débil. ¿Qué le importaba a él como me accidenté? Fue mucho peor que el mismo practicante. Nunca lo olvidé, ni a uno ni a otro, por sinvergüenzas y avasalladores. Yo era muy joven no había cumplido los 19 años, pero bravo y valiente, seguramente más fuerte que los dos, porque nunca dieron ni golpe. Los hombre de la montaña, por ser nacidos y criados en aquel medio, siempre fuimos duros cómo los regodones, pero nunca nos dejamos avasallar, aunque no seamos guerreros como los dos pigarras, que tan mal se comportaron con migo.

Más tarde cuando fui a trabajar a la oficina del lavadero, ese fulano trabajaba en el cargadero y pude comprobar cómo se arrastraba al capataz y a los vigilantes. Hasta con sus compañeros, se porto mal, siempre fue un traidor, esa era la fama que tenia.

Solo estuve tres semanas de baja, para regresar a trabajar en aquel infierno, donde todos estábamos desesperados, porque seguía igual de malo.

Todo el personal estuvo amargado hasta que pasó una buena temporada y decidieron los Jefes, parar aquella rampla. Era sábado y como siempre el zorro del vigilante nos hizo una de las suyas. No sabíamos nada, y cuando llegó la hora de salir subió por los tajos y nos dijo que íbamos a ser destinados para la Julia de segunda planta del Rimadero. Que había que entrar por Sotrondio. Nos ordenó que sacáramos los martillos, mangas, hachos, palas y picas, y lo cargásemos en un vagón. Que lo engancháramos al tren para que saliese después del personal y pudiéramos recogerlo antes de irnos a casa. Así meterlo en la chabola y el lunes cargarlo en el carro que, tirado por una mula, lo llevaría hasta su destino: la boca mina del Rimadero.

Todo esto lo tuvimos que hacer corriendo para llegar tarde a la jaula. La maldad del vigilante fue que no quiso decirlo primero y así evitar estas carreras. Si su comportamiento fue malo con el personal, conmigo lo fue peor, porque yo era el único que no iba para el Rimadero. Alfonso no quiso soltarme de su zona. Una vez que nos mudamos y que esperábamos a que el vagón saliera del pozo, el canalla me dijo:

-Bobia, te libras de la julia, te quedas para el sur. Coge lo tuyo y sepáralo para quedarte con ello.

Si este vigilante fuera como debe ser un hombre y hubiera tenido un poco de sentido, me lo hubiera dicho en la mina. Mis herramientas se hubieran quedado escondidas en la misma galería, muy cerca donde iba ser mi destino, y me hubiera librado de bajar con ello al Pozo de nuevo y recorrer la distancia de galería tan grande que había con mi cargamento, aunque algo me ayudaron mis nuevos compañeros. La molestia no fue pequeña. Así como éstas nos las hacía aquel individuo con mucha frecuencia, era más zorro y más duro que un asno. Siempre con su falsa risa se reía hasta de su sombra.

Al incorporarme al trabajo Alfonso me destinó a la Rampla San Luis de cuarta Pozo San Mames. Era la chimenea que habíamos subido, anteriormente cuando yo era ramplero y que tan mala era. Tenía todos los defectos: falsa, había que empiquetar el techo, daba agua, el carbón duro de picar y del medio para bajo era tumbada y no andaba ni el carbón por las chapas. Era de lo malo lo peor, como estaría de duro que en algunas series había que disparar al carbón.

Cuando fui a destino el sábado, antes de entrar el relevo de las tres de la tarde, Alfonso me destinó para entrar el lunes a las seis de la mañana a esa Rampla. Terminó de meter a la gente y más tarde bajó por esa Rampla. Al llegar a lo alto del contraataque se encontró con el vigilante y cuando atravesaron por el paso de obreros que había en la parte superior de la Rampla comentó con el vigilante:

Los picadores que tienes “no pican ni para el vale de carbón”. Era l cupo de carbón que daba la empresa a los mineros casados. El lunes vendrá un picador que va a darles una lección de cómo se trabaja. Es un chaval muy joven, mira por él, hay que hacerlo posteador y más tarde será vigilante.

-¿Quién es, Corsino? Le pregunto aquel zorro de vigilante.

– No aunque también es muy bueno, los dos son de lo mejor del pozo éste le dijo.

-Es Arsenio Bobia.

-Si es bravo, trabajo con migo en la escribana de 4ª y fue un buen esporiador, nadie consiguió manejar aquel mal trabajo como él.

Corsino de la Potoxia Santa Bárbara, siempre fue de lo mejor que hubo. Fuimos compañeros y amigos, trabajamos juntos en rellenos. Aunque nos vemos muy poco nos seguimos apreciando como siempre, cuando nos encontramos, siempre recordamos algo de nuestra historia de mineros, todavía nos consideramos compañeros. Esas cosas del duro trabajo de la mina nunca se olvidan y a los compañeros tampoco.

Mientras que los dos tenían esa conversación, un picador de aquella rampla se encontraba detrás de una encelegada haciendo sus necesidades. Al sentirlos llegar apagó su lámpara para escuchar su charla.

Dado que la Rampla era muy mala y el precio del metro por avance era muy bajo, los picadores habían decidido ponerse a bajo rendimiento, y con toda la razón.

Desde luego que aunque no fueran muy bravos, tenían toda la razón, era uno de las Ramplas peores del pozo y con poco precio.

El picador que escuchaba y que bien me conocía, pues había sido su ayudante en otras Ramplas antes de irme a picar, además de vecinos. Comunico a los compañeros lo que a cava de oírles.

 El lunes entramos al y trabajo, pero por el camino no me enteré de nada. Íbamos un grupo de varias ramplas, se charlaba normalmente como siempre. Al llegar al contraataque y poner la madera en tira, observé que nadie me decía ni hola, aunque todos eran conocidos de haber trabajado juntos o cerca. Estaban en silencio, cosa anormal en un grupo que siempre tenía algo que comentar.

Al darme cuenta de que era conmigo el tema, pregunté a uno que había sido mi picador y que siempre nos apreciamos mucho:

-¿Qué es lo que pasa, Tino? Observo algo anormal entre la gente de esta Rampla.

Éste, que no quería quedar mal con los otros, se rió y me contestó con sus chistes sin darme ninguna clase de explicaciones.

No tuve más remedio que dedicarme a investigar por mi cuenta. La primera medida que tomé fue el controlar a todos la tarea de cada día. El vigilante me destinó a la última serie de abajo. Cuando terminamos la tira y llegamos al punto.

Ya estaba solo en mi tayu, llegó este vigilante y me dijo:

-Bobia, en esta serie no vas a poder trabajar casi nada, el carbón no baja por lo llano  que está, tendrás que dedicarte a exporiar. Pica lo que puedas, ya te pagaré un promedio.

Me puse a picar y se fue. Entonces aprovecho la ocasión para ir a la serie junto a la mía donde estaba Tino Asenjo y de nuevo le pregunte:

-¿No sueltas prenda, muchacho? ¿Qué pasó por ahí?

Nada le pude sacar. Siguió con sus bromas. Al marchar le dije:

-¡Qué equivocación hay por ahí si yo no hice daño a nadie!  No entiendo nada de lo que pasa.

El tipo, sin soltar nada pero con su forma de actuar, que yo bien conocía, insinuaba que algo había. Se reía y no le saqué de sus gruñidos.

Regresé a mi tayu y seguí trabajando. Terminó la jornada y al salir tenía que pasar por el punto de cada uno, y vi que no se rendía lo normal, lo que me hizo  pensar: “estos traidores no me dijeron que estaban a bajo rendimiento”. Desconocía lo que habían oído decir a los dos vigilantes. Quise estar seguro de lo que pasaba. A los tres días fue la primera visita del vigilante, que precisamente era el que no me pagó las horas en la Escribana de cuarta, y que me explotó picando en un lugar peligroso. Yo, muy disgustado por lo que estaba pasando sin haber intervenido en nada y sabiendo quien era aquel zorro vigilante, le dije:

-Eres un traidor, tan traidor como estos oveyas que no saben a quién tienen delante.

 Me escucharon por lo menos dos o tres picadores, los más cercanos a mi serie. Seguí diciendo:

-Ni ellos ni tú me dijisteis que están a bajo rendimiento. Yo no soy un esquirol, no voy a marcar el paso a nadie, así que en esta serie, rotaremos una semana cada picador por turno, comenzando por el que me sigue y así sucesivamente. Y que os quede bien claro a ti y esos malditos borregos. Todo esto lo digo en voz alta para que se enteren y aprendan que yo no traiciono a nadie; eso es lo más bajo que un minero puede hacer.

El más cercano, Tino, se tronchaba de risa. El vigilante se fue y yo continué trabajando hasta la hora de la salida y tampoco me dijeron nada.

Al día siguiente, ya en el tayu, me llamó Tino y me dijo:

-Para un poco, Bobia, no quieras comerlo todo en un día, deja algo para mañana, y a ver si te pasa el enfado.

Yo, que bien le conocía, me di cuenta de que quería charlar conmigo. Me desplacé a su serie y con una sonrisa le dije:

-¡Habla canalla, habla! No debía perdonarte, fuiste duro conmigo,t ú sabes que yo no merezco esa farsa. Fuiste el peor de todos, porque siempre te concederé un amigo y me fallaste, me trataste como si fuera un desconocido y eso lo has hecho muy mal. Bien sabes que ante todo soy un compañero, no un traidor.

-Perdóname, metí la pata, es cierto que no mereces eso. Por eso te voy a informar de lo ocurrido.

-¿Por qué tardaste tanto si sabías cómo era yo? Las pasé mal y me hiciste enfadar con el vigilante.

-No te preocupes, se lo tiene bien merecido, le dijiste la verdad. Es muy mala persona, un traidor de los malos de verdad, lo mismo que no te pago, lo hace con todos, es un ladrón del sudor de los mineros, no tiene otro otro caslificativo, dijo Tino Asenjo.

-Es de lo peor que se conoce, se ríe hasta de su.sombra. Pero conmigo esta vez se equivocó, yo no marco el paso, pero tampoco me voy a pelear con él, le dije, prefiero marchar de la rampla si fuera necesario, no me pondré a la altura de ese farsante.

Porque vas amachar, tú cumples como uno más y nada te puede hacer, le dijiste la  verdad pero con respeto.

A partir de aquel momento todo se acabó. Seguimos a bajo rendimiento y sin problemas, aunque con aquel vigilante no se arreglaba nadie. Lo tuvimos que tragar largo tiempo. Tino Asenjo fue el que escucho la conversación de los dos vigilantes y el mismo me lo conto.  

Trabajé una temporada en esa maldita Rampla que, era una de las peores del pozo. Mi serie, como algunas más, echaba agua sin cesar, pasaba toda la jornada debajo de esta lluvia con una gran mojadura. No había con quien tratar. Hasta el vigilante era malo. Todos estábamos a disgusto, no se ganaba casi nada y no se veía forma de que le pusieran precio. Trabajar en un punto tan mojado, con un techo tan falso y, además, sin dinero era demasiado, un suplicio.

Los pasé mal, al principio por no haber ido al médico primero y luego por no poder caminar a causa de los dolores. Cuando iba a la consulta del médico apunto estuve de echarme en el monte, ya no tenía fuerzas para caminar por lo débil que estaba, pero sin olvidarme del peligro que ya había y por estar solo. Aunque me senté en el monte algunas veces para descansar, tuve que obligarme a seguir, porque medí cuenta que cada vez tenía menos fuerza para caminar y que cerca estaría el momento de quedarme inmóvil y en aquella soledad del monte.

Siempre pensé que el motivo de aquello fue la gran comilona de la boda de mi hermano Mino, que desgraciadamente ya se murió. Su vida fue triste y muy dura por un grave accidente que sufrió en la mina y que las secuelas le acompañaron toda su vida. Su suerte tampoco fue muy buena, en su momento describiré alguna de las peripecias que padeció.

Nos faltaba la costumbre de comer lo suficiente, se comía para ir tirando, supongo que tendríamos hasta el estómago menguado y la fartura de aquel día casi me mata. Los médicos dijeron a Marcelo que de haber llegado un poco más tarde no lo aguantaría. De no ser por mi padre, me hubiera quedado en la cama para siempre. En la actualidad la gente va al médico por cualquier cosa. En aquel tiempo no íbamos hasta el final, por eso algunas veces ya fue demasiado tarde, se aguantaba hasta no poder con más. Por ese mismo motivo de aguantar, se murió un hermano de mi madre, del apéndice y otros más.

Esta operación de apéndice fue más dura que la de la hernia. Me pusieron raqui en la columna para dormir mi cuerpo de cintura para abajo. Lo normal era que te dejara paralizado durante algunos días el sistema interno de orina sobretodo, tuvieron que sondearme. Yo, que toda la vida curé muy bien de las heridas, esta vez unos puntos se infectaron por la tremenda infección que tenía. Como el tema había sido grave, tuve que poner corrientes una temporada. Fue duro todo el proceso, dijeron que el asunto era feo, pero tuve la suerte de quedar bien y nunca más me dio molestias ni recaería enfermo, siempre tuve la suerte de tener buena salud.

Tenía 18 años, tuve que desplazarme durante varios días a Sama, al Sanatorio Adaro, a poner las corrientes. Era invierno y para no subir a la montaña, pasé unos días en Blimea, en casa de una de mi hermana Saturna.

Una prueba de lo atrasados que vivíamos es que al bajar a casa de mi hermana, fue donde conocí el cine por primera vez y cuando ya tenía los 18 años. Recuerdo las primeras películas que vi. La primera se titulaba “La Corona de Hierro” y la segunda “Tempestad en Las Nieves”. Esto junto con otros relatos dan una ligera idea de cómo se vivía en los pueblos en aquellos tiempos, con malos caminos, sin teléfono ni agua y algunos no tenían ni luz, ni servicio para asearse y otras necesidades al respecto. Para lavarnos había una “palangana”, colocada en un artefacto de cuatro patas llamado “palanganero”. Para ducharse lo hacíamos al aire libre junto a la casa que estaba en lugar solitario y donde nadie nos podía ver. Con un “Barcal grande” y después de darse jabón con una “jara” se echaba el agua que se traía entre dos personas colgado de una madera desde la fuente que estaba bastante lejos, o las mujeres con el “caldero en la cabeza”.

Seguí trabajando en aquel perrillo del “Ramplón” en la María Teresa, allí derroché mis energias  por cuatro perras. Todavía estaban las cosas muy mal, se comía poco y se trabajaba mucho. En aquel tiempo se casó mi hermano Belarmino, “Mino”en el pueblo de La Cuesta Los Valles de La Bárgana. Allí tuvo lugar la boda. Fue un día grande para todos, lo pasamos muy bien, una buena comida, buen baile con acordeón. Aunque en esos pueblos no había” luz”ni en las casas, se alumbraba con “candiles de carburo”, (Conservo uno de estos candiles por curiosidad) Fue una juerga de categoría, con comida y cena. Todos comimos hasta hartarnos. Mi hermano “Constante” y yo hasta acompañamos una moza. Aquella boda fue la más popular, una de las mejores, creo que por dos razones: una por ser la primera que comí hasta hartarme y la otra porque fue la boda de mi hermano “Mino”, que siempre fue muy apreciado por todos nosotros. Yo soy el que le sigo en edad, nueve años más joven que él y que corrí por el mundo cogido de su mano, con cariño y con gallardía, la que Mino siempre tuvo. La boda de Joaquina y Mino, siempre será recordada entre muchas cosas, el bailar a la luz del carburo y del candil, porque había barios, “el candil” lo hay de de distaintas formas. El mas normal es un recipiente de fundición donde ba el aceite y que por medio de un agugero sale una mecha para quemar el aceite, lleva un gancho para congarlo. Este fue el primitivo, depues ya vino el carburo que es mas potente para alumbrar

La boda fue de sábado y el lunes entré a trabajar a las seis de la mañana. Seguía en el famoso “Ramplón”. Me sentía mal, aquella tarea fue escasa, no me dejaban trabajar los dolores que padecía en mi barriga. Llegué a casa y no pude comer, tampoco había comido el bocadillo de la mina. Me metí en cama. Al día siguiente fui al trabajo pero tampoco pude hacer nada. Así hasta el jueves que llegó el vigilante “Pano” y me encuentro tumbado en el tayu, me dijo:

-Estás malo Arsenio, vete para afuera, tienes que estar muy mal para estar echado y sin trabajar.

-Me siento muy mal, saldré cuando el relevo.

Permanecí allí, ya no faltaba mucho para la hora de salida. Pano estuvo conmigo observando lo mal que me encontraba. Se acercó y puso su mano en mi frente, que a pesar de estar parado, estaba sudorosa por lo que sufría. Pano dijo:

-Estás muy mal, tienes una fiebre de espanto.

Ya no me dejó solo, llegó la hora y me ayudó a bajar el contraataque. Se quedó en la galería y yo seguí con el resto de los compañeros. Nos despedimos y me deseó suerte diciendo:

-No dejes de ir al médico, que estas muy fastidiau, no vaya ser que te pase algo malo.

-Gracias amigo.

Ya nunca volvería a la María Teresa de tercera planta a trabajar con “Pano” a quien recordaré mientras viva por lo buena persona que fue, y a la Rampla, por ser muy buena y donde se picaba muy bien, excepto en el Ramplón, donde comencé mi oficio de picador de carbón.

Llegue a casa y fui a la cama de frente, mi madre me dijo:

-Llevas sin comer varios días ¿no te pasan los dolores?

-No solo no me pasan madre, ya no puedo con más.

Llegó mi padre, que también venía de la mina, trabaja en el Pozo Cerezal. Mi madre le puso al tanto de lo que me pasaba. Subió a mi cama, me palpó un poco la barriga y dijo:

-Levantate y vete al médico, seguro que será el apéndice, puede ser peligroso, ya llevas días aguantando y estas sudando.

No me gustaba salir de la cama, no me sentía con fuerzas para caminar tan largo camino. Mi padre me ayudó a levantarme y me fui. Bajé hasta el cargadero Santa Bárbara, que llamábamos “la hullera” porque allí estaba el botiquín de accidentes y el consultorio médico. Eran las 5 de la tarde, había gente esperando, pero al verme tan mal me dijeron: ¿Pasa al  medico, estas muy mal?.

Él médico era Dr. José Roca, muy buen profesional, agradable y muy buena persona. Sabía tratar muy bien a sus pacientes y fue muy apreciado por todos.

Debía notarse mucho mi mal estado porque al verme, dijo:

Es posible que sea el apéndice ¿dónde te duele?

Le indiqué y dijo a la vez  que me ayudaba a subir a la mesilla para reconocerme.

-Estás muy grave ¿Tienes algún conocido en la consulta? Sí, hay un vecino, Marcelino Suárez. Abrió la puerta y preguntó por él.-Pase ¿viene usted a mi consulta?-le preguntó. Sí, vengo a por él parte, estoy de baja. Se lo daré al momento ¿Puede acompañar usted a Arsenio al hospital? Es muy urgente y no puede ir solo en el autobús.

-Sí, dijo Marcelino. El médico le rogó que por favor no nos detuviéramos por nada, estaba en un estado de máxima gravedad. Salimos de allí a coger el autobús, tan mal me sentía que ya no era a caminar. Iba con la mano in la barriga sujetando y agachado sin poder ponerme derecho, la gente miraba y preguntaba ¿qué le pasa que tan mal esta? Llegamos al Sanatorio Adaro de Sama, le dimos la carta al médico y sin mirarme dijo:

-¡Al quirófano rápidamente! ¡A la mesa de operaciones! 

“Marcelo”, que era amigo mío y habíamos trabajado juntos en el Rimadero, hoy es mi cuñado. Más tarde se casó con mi hermana Laudina

Mientras me operaban esperó a la puerta del quirófano.

Salió el médico que me operaba con una tripa en la mano y le preguntó

-¿Qué tiene usted con el enfermo?

Marcelo, casi no era capaz a contestarle, creyó que había muerto. Cuando reaccionó, le dijo:

-Somos amigos y vecinos, ¿es que murió?

-No murió, se salvó por poco. Ya tenía el apéndice cubierto de pus, para salir la gangrena. Creemos que puede salvarse porque es joven y fuerte como un mulo, no todos aguantan tanto, es increíble que haya podido llegar por sus pies. 

Marcelo le dijo, si, se ve bien lo mal que esta, ya no podía ni caminar para llegar, además de que tenía mucha fiebre, su frente quemaba.