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Arsenio Fernández

La diferencia de nacer y vivir en aquel tiempo en la aldea, cultural mente es abismal, en los pueblos de montaña no bajábamos más que a trabajar a la mina. Estábamos muy atrasados, hablábamos aldeano cerrado y desconocíamos muchas cosas por su nombre real. Una mañana en la oficina me mandaron darle material a la señora de la limpieza. El individuo leía en una cartulina los artículos que yo iba sacando de unos apartamentos debajo del mostrador de la oficina: dos gamuzas, tres bayetas, seis pastillas de jabón de lavar, y seis de tocador. Yo no conocía el nombre de este jabón y le pregunté que dónde estaba. El tipo explotó en risas. Con aquello me atormentaron unos cuantos días. No asimilaron ni se dieron cuenta de dónde venía ni por lo que estaba pasando. El mismo sufrimiento te resta posibilidades hasta en la memoria. Vives sumido en tus tristes pensamientos, dándole vueltas a las cosas para ver si encuentras una salida que te libere de tanto dolor. No se dieron cuenta hasta donde se puede llegar con las bulas. Yo estaba reventando del sufrimiento que me invadía y no podía soportar aquellas tontas risas. Eran momentos trágicos y prefería la soledad. Aparte, nunca me gusto hacer de menos a nadie, porque hay gente muy pesada en algunos casos y muy mal tomada en otros. Muchas veces terminan en el trabajo o en cualquier lugar en discusiones fuertes y muy desagradables. Se reían de mí y decían un montón de tonterías. Aunque me callaba, en algún momento pensé que allí había alguno mucho peor que los animalitos del monte, pero con una corbata que ni se la merecían.

Una tarde fuimos al botiquín de la empresa a tallar a los quintos, que por ser mineros libraban de la mili trabajando en las minas. Éramos  un grupo de cinco hombres: el médico de accidentes de la empresa, un practicante y tres que íbamos de la oficina. La misión mía era llamar a los quintos por orden alfabético leyendo los nombres y apellidos en el expediente de cada uno. Al llamar al primero me equivoqué y leí el nombre del médico: Emiliano Fernández Guerra. Lo repetí dos veces y dije:

-¿Dónde andará este pollo?

El médico, que estaba mi lado, dijo:

-Ese soy yo. El nombre del quinto está más abajo. Muy atento, me lo enseñó. Yo no conocía nada de aquello, nervioso y con pocos conocimientos, me equivoque porque nadie me en seño. Todo el mundo se calló, menos el más viejo de toda la oficina que se rió de mí al momento y a lo zorro. Tenía más duro el corazón que una hiena. Como allí no pudo seguir burlándose de mí, de vez en cuando me miraba y se reía por lo bajo cuando los demás no le miraban. Yo, que ya  conocía su maldad, aunque de poco tiempo, me di cuenta de que ya iba tener para largo con aquella burla. En efecto: lo guardó para el día siguiente y no se olvidó.

A primera hora fue a mi aposento y me dijo que pasara por su mesa a firmar el expediente que el médico había hecho contra mí por insulto. Me presentó unos papeles, que ni los mire como tampoco a él. No estaba en condiciones para aguantar un energúmeno como él, que siempre me machacó. Mal tratar a un niño como yo que acababa de perderlas dos manos, es increíble admitir y creer que haya esta clase de gente y encima de traje y corbata presumiendo más que un general de división.

 Algunas veces me ponía a escribir a máquina con el fin de aprender. Nunca ninguno de los jefes me llamó la atención, pero él no me dejaba en paz. Me quitaba la máquina y me echaba la gran bronca, diciendo que las estropeaba. Nunca pudo soportar verme a la máquina, hasta se ponía furioso por la maldad que tenía en su cuerpo. Si quería aprender a escribir, no tenía más remedio que comprarme una máquina, ya era imposible soportarlo. ¿Porque tenía que importarle a él si era otro más de la oficina?

A pesar de mi pobre economía, no tuve más remedio que comprarme una máquina de escribir de ocasión. Por culpa de aquel individuo que me  atormentaba por escribir con la maquina más vieja de allí. Hasta me insultaba a pesar de ser mayor. Desde luego que hay tipos retorcidos y malos por el mundo algunas veces, pero como aquel yo nunca vi otro. Compré una Olivetti, como las que había en aquella oficina, Yo quería aprender a escribir, a la vez que estudiaba

Aunque el tiempo me era muy escaso entre el trabajo en las Oficinas y el particular mío para poder sustentar los gastos de casa.

Trabajé durante años con aquella maquina y jamás le pasó nada. A pesar de que en aquel tiempo todavía llevaba aparatos sin goma, siempre procuré escribir con una goma redonda en cada aparato, que la había preparado para proteger las teclas y no estropearlas.

 Aunque aquel malvado, que era un fiera, ya no debía decirme nada, ni antes ni después. Primero porque las maquinas no eran de el sino de la empresa y después por ser de mi propiedad. Pues seguía con toda su maldad. Muchas veces se acercaba a mi lugar de trabajo, se ponía delante de mí, largo tiempo, riéndose y burlándose al ver cómo escribía. Solo lo hacía para machacarme y  reírse. A pesar de que su mesa estaba en una oficina y la mía fuera de esta, se desplazaba a mi punto de trabajo, para hacerme daño, porque eso siempre fue lo suyo y con todos los que pudo. Por si fuera poco el daño que hacía, al marchar decía.

-Ésta para la chatarra dentro de poco, ¿para qué quieres tú ninguna máquina? ¿Qué falta te hace si no te va a servir más que para deshacerla?

Así me decía aquel mal hombre, sin darse cuenta de que yo también tenía derecho a la vida y al  progreso, a evolucionar mi vida. ¿Qué pensaría más tarde cundo vio que funde una empresa?, que dio trabajo a mucha gente joven durante años y pagándoles como un banco. Además de respetarles como es debido, lo que aquel sin vergüenza nunca supo hacer, se reía hasta de su sombra, como si fuera superior a los demás, cuando era el más animal, en forma de un humano que conocí.

Me trato con desprecio, no le falto más que decirme, ¿para qué quieres una maquina? si eres un inútil, no vales para nada, porque no tienes manos. Solo se le dio bien criticar a todo el mundo y molestar al más débil. Se pasaba el día fumando y sin hacer nada, mirando por las ventanas. Lo que nuca entendí fue como se puede pagar un salario a un miserable bajo. Seguro estoy que él fue mucho más inútil con las dos manos que yo sin ellas. Eso está muy claro, porque nunca dio golpe ni supo más de trabajos que de una oficina y de ser el más vago de la cuadrilla.

Sin que se confundan mis argumentos, ni tampoco con ánimos de presumir, sino de mostrar la verdad. Pase delante de él, en todos los casos, menos en la maldad. Porque trabaje sin manos en multitud de cosas. En ganadería, en trabajos del campo, en mecánica, en diseño y montaje de muchas maquinas, en trabajos de oficina, conducir y hasta en la fabricación de mis propias manos. Porque para mí sí lo son, aunque de acero. Esa es la gran diferencia del hombre que lucha por una causa. No como vago miserable que por su desdichada forma de ser, atacaba y maltratando a los obreros, que trabajaban para que el viviera del cuento.

Se le daba muy bien abusar de la gente como una alimaña, siempre dando guerra. Pobre de aquel que cayera en sus manos. Había una frase que pronunciaba con mucha frecuencia: Cuando tenía que hacer un expediente a un trabajador. Ese provisionalmente fusilado y después procesado y riéndose ante los compañeros. Siempre fue el que hizo los expedientes de castigo o de despido a los trabadores. Eso sí que lo manejo muy bien.

Si este hombre supiera cómo lo consideraba la gente de la zona, posiblemente hubiera reflexionado acerca de su forma de tratar a los trabajadores, que no le podían ver ni en pintura. Tenía la fama que se merecía. La gente, aunque callaba, bien le conocía.

Un día llegó una señora muy mayor de un pueblo alto de Santa Bárbara, de las ancianas que llevaban el pañuelo en su cabeza. Picó en la taquilla y le abrió la portezuela, le preguntó.

-¡Qué quiere, señora!

-Una libreta para el economato-le dijo ella. 

-¡Otra que mejor baila¡ ¡Esto no es el economato le dijo el tío sin vergüenza¡ con un despotismo de fiera¡ y le dio un portazo a la taquilla que casi se rompe el cristal, dejando a la pobre señora sin ninguna explicación y trancada al otro lado

Dio pena ver cómo se quedó sin pronunciar palabra la pobre señora. Seguramente que si este miserable supiera que al otro lado de la taquilla había dos hombres que presenciaron su actitud, se habría comportado de otra forma. Estos señores se quedaron sorprendidos, a la vez que indignados de lo que acaban de ver. Sus comentarios, entre otras cosas, fueron:

-¡Qué lástima que no estuviera un hijo de esta mujer!

-Si lo hace a mi madre lo saco por la taquilla. Es un hijo de puta, que no tiene compasión ni de su madre, dijo el otro.

La pobre señora, que seguro estaría muy cansada a su larga edad y del largo camino que había recorrido y que aún le quedaba el regreso, pues en aquel tiempo no había transporte a los pueblos y todos nos desplazábamos andando, se fue sin decir palabra. Me acerqué y le indiqué dónde tenía que ir a por su libreta, me dio las gracias y se quedo mirando para mí con su carita de agradecimiento, como diciendo, menos mal que hay una persona que atiende a la gente.

 

Visita al pabellón sobiético

En aquella visita nos esperaba una intérprete en la estación de Bruselas. Aunque dormíamos en casa de un hermano de Alejandro, la intérprete nos acompañaba por la Exposición todo el día. El primer pabellón que visitamos fue el soviético, por lo de las manos mecánicas que anunciaban.

Como medida de precaución, por si no estuvieran en Bruselas aquellos aparatos que anunciaron, había pedido permiso en Madrid, para sacar pasaporte a Rusia, con el fin de ir a ver las manos en aquel país. Aunque en aquel tiempo las relaciones diplomáticas, políticas y comerciales estaban cerradas y no daban pasaporte para Rusia, ni para ningún país del telón de acero desde España, estaba totalmente prohibido viajar a países del Este.

Lo comenté con el jefe del Ministerio de Trabajo  Don Francisco Lavadíe Otermín, que muy atento dijo que si no estaban en la feria, que fuera a Rusia o a cualquier país del mundo donde tuvieran, que eran más importantes mis manos que el viaje por mucho que éste costara, agregó. La política no debe interferir en tu progreso porque te lo mereces por lo luchador que eres. Vete tranquilo que nadie se meterá contigo, tú vas por una necesaria y justa razón, no por política.

Nunca me cansaré de recordar la bondad de aquel gran hombre, que siempre actuó con nobleza y ánimo de ayudar a sus semejantes con todo lo que pudiera. Fue un político de mucha talla, lástima que no haya muchos como él, porque buena falta nos hacen, hombres luchadores como Don Francisco Lavadíe Otermín.  Nunca lo vi poner mala cara a nadie, ni fallar en sus propósitos, porque era hombre firme y seguro para todo.

Dimos vueltas por el Pabellón Soviético pero no encontramos nada. Pedimos audiencia para visitar al director y al poco rato nos recibió. Íbamos acompañados de la intérprete, como siempre. El Director Soviético, no conocía las manos ni la noticia del periódico que le mostré. Ya no fue necesario viajar a Rusia. 

Es posible que aquella noticia fuera mal interpretada por unos aparatos muy grandes que había  en esa exposición. Una especie de pinza muy parecida pero de muy grandes dimensiones. La presentaron dentro de una vitrina de unos quince metros cuadrados y cerrada herméticamente con una cristalera enorme. Se manejaban en forma de robot, con unos brazos de dos metros de largo. Eran para manejar la radioactividad atómica. Trabajaban automáticamente. Había mucha tecnología.

Tenían distintos prototipos de los artefactos que enviaban al espacio y a la Luna, entre estos, estaban el de la famosa perra Laica y la rueda de camión más grande del mundo, que era mayor que la de una paleadora y al camión había que subir por una escalera.

Visitamos distintos pabellones, entre ellos el americano, el francés y alemán, unos de los más importantes. Todos con grandes tecnologías ya en aquellos tiempos. Entre otras cosas mostraban unas vistas de un árbol en América por el que atravesaba una carretera. Había unas maderas redondas de doce metros de diámetro, serradas en forma circular como una  rueda, y unas vigas de roble de veinticinco metros de largo, igual de gordo por arriba que por abajo. Teníamos varias fotografías, entre ellas la de la maqueta que subió a Laica a la Luna, que era una de las que más me gustó.

Realmente lo pasé muy regular, mi objetivo estaba en las manos y luego me di cuenta que todo era tecnología muy avanzada, pero en otros temas, no en manos que era lo mío. Tampoco me gustaban las comidas, estábamos en casa del hermano de Alejandro que, al igual que su mujer, era muy bueno. Nos apreciaron mucho, fueron muy atentos y generosos. Había buena cama, buena casa, pero la comida no me gustaba, no podía comerla, era superior a mis fuerzas. Los dos se interesaron mucho y me preguntaban por qué no comía. Les decía que no lo sabía. Así pasaron los quince días. Me daba vergüenza pero no podía comer. Quise ir a un hotel a probar si podría comer allí pero no me dejaron, diciendo que era muy caro y que cómo iba a estar solo. Tenían toda la razón pero yo nada pude hacer para conseguir comer. Tomaba por las mañanas antes de salir de casa un vaso de leche con galletas y comía en la Feria un bocata con coca cola, que por cierto acababa de salir al mercado en aquel tiempo, allí la conocí, en España no había. El agua sabía mal y el vino era muy caro. Por beber solo coca cola, la repugné durante más de treinta años, y aunque bebo alguna no me acaba de convencer. Sentí mucho lo de aquella familia que tan bién se portó.  Después de irnos de allí no supe más de ellos.

Tenía que ir a Lieja, a visitar a unos amigos: Pepe y su mujer, que además de amigos el era hermano de mí cuñado Juan. Siempre hubo muy buena relación familiar.

Pepe, desde muy joven vivía en Bélgica, pero nos conocíamos desde niños. Siempre fuimos amigos. Como sabían que iba a visitarles, me encargaron el libro de García Lorca que precisamente estaba prohibida su venta. Pero lo busqué y lo conseguí. Fue un regalo para ellos importante y de época, ya que era muy apreciado.

Me acompañó Alejandro y pasamos unos días muy buenos. La mujer de Pepe, una buena cocinera, nos daba de comer a lo grande. Cocinaba a la española, era muy generosa y nos trataron con mucho cariño. Me hubiera gustado estar más tiempo pero éramos dos y no quisieron cobrarnos nada. Alejandro no había querido quedarse en Bruselas, dijo que a dónde iba solo si sus hermanos pasaban el día en el trabajo.

Regresamos a nuestra tierra y a trabajar nuevamente, a luchar por el negocio, los estudios, el diseño y los problemas que surgían cuando la economía andaba mal. Las horas del día eran pocas para mí, aunque trabajaba catorce, hasta dieciséis horas, o más, las que fueran necesarias.

Llegó la hora de irnos a Bruselas. Viajamos en el tren Iberia-Express vía París-Bruselas. Después de viajar un día y una noche, llegamos al amanecer a Bayona. Teníamos que esperar el tren hasta las once de la noche. Dejamos los equipajes en consigna y salimos a pasear. 

Después de comer, otro paseo, éste a orillas del Bidasoa. Había un poco de pradera, estaba nublado y el sol no nos molestaba. Decidimos tumbarnos a dormir la siesta, estábamos cansados del viaje. Cuando desperté me había picado un bicho en la cara y me molestaba mucho. A medida que pasaban las horas mi cara se hinchaba cada vez más. Ya en pleno viaje, a media noche, no se podía ver mi ojo derecho, estaba totalmente tapado por la hinchazón tan enorme que tenía. Cada poco, asustado, me miraba al espejo. Con aquella tremenda inflamación mi cara era como la de un monstruo. Lo mismo pudo ser una víbora que un mosquito infectado, yo no lo sabía ni sabré nunca lo que me atacó. Pensé que al ser tan rápida aquella terrible inflamación y molestarme tanto, creí que sería mi fin, pasé miedo a morir. Le dije: Alejandro, ¿Qué opinas de mi problema?

-Nada, no sé qué decirte porque esa inflamación es demasiado, nunca vi cosa igual.

Me encontraba muy mal, desconocía lo que había pasado y lo que podía ocurrir. Creo que él también estaría asustado, pero se iba de un lado para otro y nada decía al respecto. No tuve más remedio que aguantar en solitario, ya no me atreví a hacer más comentarios. Pasé miedo al creer estar envenenado por una víbora y pena por mis padres por si pasaba algo, lo mucho que iban a sufrir por mí. Yo pensaba: “si ha de ser, que  llegue lo antes posible para dejar de sufrir y no enterarme”. Me encontraba muy solo, no tenía a nadie que me curara ni me consolara. Pasé una noche muy mala. Alejandro iba y venía al bar del tren y no le decía nada. Yo paseaba, me sentaba: no podía parar. Así hasta que amaneció ya en París.

En cuanto me bajé del tren, en Austerlitz, fui a una farmacia y no me entendieron porque no hablaban español. Una señora me dio una pomada que fue muy cara y no valió para nada. Fue un viaje de perros, lo pasé muy mal. Todo el día de espera hasta las once de la noche para coger el tren a Bruselas, que ya era el tercero en el mismo viaje, además, aquellos trenes eran muy lentos. Después de aguantar dos noches y dos días con aquella cara de monstruo doliéndome bastante, cuando llegamos a Bruselas todavía tenía parte de la inflación, pero ya no me dolía. Me conformaba pensando que ya me encontraba fuera de peligro y al menos ya no sufría. Nunca supe lo que me picó y tampoco olvidaré el miedo que pasé y lo mucho que sufrí en ese largo viaje por no poder dormir. Me parecía que nunca terminaría.

Los sufrimientos y la soledad aunque muy malos de soportar, nos enseñan algunas cosas, por ejemplo lo importante que es la convivencia familiar y también a ser más fuertes ante las adversidades de la vida

Yo considero que el vivir solo es como perder media vida. Por lo menos a mi me ocurre así. El perder a mi querida esposa, a la que yo quería con todo mi corazón, fue una de las peores desgracias que me podían ocurrir. Sin ella no es vivir, sin su compañía y su cariño me siento como perdido en el mundo. Es demasiado lo que sufro por ella. Para darse cuenta de lo que suponía para mi, basta con decir que conseguí asumir todas las adversidades que no fueron muy pocas en mi desdichada vida, pero lo de ella no puedo, es demasiado, la llevo dentro de mi corazón hasta en los sueños. El vacío que dejó en mi vida es imposible de reponer. Uno es cariño de los hijos que tan necesario es y que mucho quiero, pero el de la compañera de mi vida, nadie ni nada lo puede sustituir, porque el lugar que ella ocupaba esta vacío, solo, muy solo y para siempre.  

 Hay un capítulo de nuestra vida muy importante, que en su momento y cuando corresponda  mostraré, porque escribo con la memoria y por orden de tiempo.

Cuado iba ir a la Exposición internacional en Bruselas, Bélgica, en una de mis viajes a Madrid, fui a visityar a D. Francisco Lavadíe Otermín, para saludarle como siempre y pedirle que si era posible mandaran también a Alejandro, le dije: Alejandro sigue dándolo a la bebida y no se acuerda de su hija ni de su novia y dado que solo consigo apartarlo de beber cuando viaja con migo, por eso pensé que sería bueno el mandarlo también a Bruselas. Creo que es un buen medio para ir acostumbrarlo a trabajar y olvidar un poco ese terrible trauma que padece. Perdóname si te parece demasiado, yo creo que se va sentir discriminado al mandarme y dejarlo a él, ya que a partir del accidente, siempre fuimos juntos a todos los lugares que me mandaron. Yo que bien le conocía, sabía que lo iba pasar mal. Lavadíe, con su gran corazón de hombre noble dijo:

-Irá contigo, tienes toda la razón, además esto que me pides va en tu favor de buen ciudadano. Ayudas a tu compañero. Cuando regreses Asturias le visitas y le dices que prepare el pasaporte y cuando tengáis todo preparado y comience la exposición, se ingresa el dinero en vuestra cuenta junto con una carta para el Consulado Español. A parte, yo hablaré con el cónsul para que os espere un intérprete en la estación de Bruselas.

El motivo de mi viaje a Bruselas iba ser por unas manos que una agencia Internacional había publicado en la prensa. Todavía recuerdo como era aquel recorte del periódico, alargado, en una hoja de la nueva España y que decía:

Estocolmo doce de abril de 1958. Los científicos Soviéticos han logrado construir un brazo artificial para mutilados que funciona directamente desde el cerebro. Dicho brazo será presentado en la Feria Internacional de Bruselas, que dará comienzo el primero de mayo del año 1958. 

Al incorporarme al nuevo trabajo en las oficinas del Pozo San Mames, Grupo San Martin, después de mi accidente, lo pase muy mal, me costó mucho trabajo el adatarme a un trabajo que no conocía. Todo diferente, distintos jefes, distinto personal, muchas horas cerrado en aquellas oficinas. Aparte de no poder defenderme poco más que para comer y hacer mis necesidades, por que aquellas prótesis eran muy simples, todo se escurría al cogerlos objetos. Fue de tormento, mi vida de trabajador minero era muy diferente, donde trabajaba en lo mío, lo que me gustaba y donde ganaba dinero suficiente para vivir. Había sido craso en aquel ambiente de minero desde niño y eso impone, el resto era desconocido para mí.

Mi horario de trabajo desde las nueve de la mañana hasta las siete u las ocho de la tarde, y sin cobrar nunca ni una hora extra, aunque mi jornada era de 8 horas y la hora de mi salida a las seis, porque había jornada partida. Otro problema, que no me dejaba tiempo para mi trabajo particular, tenía que estudiar, trabajar allí 8 horas, trabajar en mi finca además del tiempo que necesitaba para diseñar y hacer pruebas con mis inventos, lo que tanta falta me hacía. Tan duro me resulto al principio que creí no poder soportarlo. Eran muchos los problemas, pero el más grave, era que mi salario en estas oficinas no me alcanzaba ni para pagar mi pensión, era un mísero sueldo No soportaba el pasar todo el día, no era mi lugar de trabajo, no entendía nada de aquello. Todo me parecía imposible, lo que yo precisaba fundamentalmente, más que el pan de cada día, era trabajar  para ganar lo necesario para vivir y no podía y eso me torturaba. 

Si antes del accidente estaba contento con mi trabajo, y después la desgracia, había conseguido rehacer mi vida en La Clínica de Madrid, la añoraba, sentía pena por dejarla, el no hacerles caso en quedarme a trabajar allá, lo considere un tremendo fallo. Aquí en estas oficinas, muchas horas sujeto, poco dinero, y mucha dictadura, me sentía como cerrado en una jaula y pensado en mi pobre economía.

Alejandro tenía más libertad, iba y venía a su antojo, yo atado como el perro a su estaca, desde que amanecía hasta la noche. Con frecuencia venia a visitarme al trabajo, comentábamos nuestros problemas, pero siempre llegábamos a los mismo, lo poco que ganábamos.

Yo siempre aprovechaba para aconsejarlo que se apartara de los bares y dejara de beber, le decía entre otras cosas. Tú y yo tenemos que andar muy derechos, todo el mundo nos mira, así como vamos bien vestidos, siempre de traje y corbata, lo mismo tenemos que hacer con la bebida, no pasarnos. Ser prudentes y respetar para que seamos respetados, si perdemos el norte, adiós a nuestras ilusiones, perderemos también nuestra capacidad y hasta el mismo crédito personal, ante la gente.

Debemos llevar una conducta intachable, seremos respetados y admitidos en la sociedad. Recuerda que llevamos una tara muy grave, que ésta no sea ningún obstáculo para nosotros. Creo que si nos comportamos podremos formar una familia y ser padres como los demás. El tema está en no perder la cabeza y la bebida es la que nos puede traicionar, hay que largarse de ella sin más.

Hay que trabajar y estudiar porque lo necesitamos. Nuestra vida ha cambiado tanto que es como si cambiáramos de planeta. Trabajamos con gente preparada mientras que nosotros estamos como los animalitos del monte porque es lo único que conocemos. ¿Adónde vamos con esta pobre cultura? Si no luchamos, nada podemos conseguir. No podemos quedarnos a la, orilla lamentando nuestra desdicha, porque así solo agravaremos el problema.

De estas cosas le hablé multitud de veces, lo que sentía de corazón que él no lo entendiera. Le salieron mal las cosas porque no pudo con tanto peso, tanto dolor. Yo seguí por el camino que había trazado: el camino del trajo y de la lucha y que quise que él también siguiera, pero no pudo, fue más fuerte su pasión por la bebida que el camino de la lucha y de la recuperación.

Yo le disculpo, sé que fue muy duro, es muy difícil recuperarse de un trauma tan grave como lo fue el nuestro accidente. Muy pocos hubo que lo superaran. Si la vida ya es por sí dura para hombres en nuestro estado es peor. Alejandro, se quejaba de que nos pagaban muy poco y tenía razón. En la mina se ganaba un sueldo bueno, un barrenista y un picador medio, salían por las 4.500 pesetas al mes, mientras que el sueldo que nos pagaban a nosotros era de 315 pts.de salario, más las primas de producción que suponían un total de 550 pesetas al mes. Estas primas de producción eran variables, unas veces de 250 y otras de más o menos.

Así que pocas veces cobrábamos las 600 ptas. Aunque Alejandro podía arreglárselas con ese sueldo porque vivía en la residencia de la empresa. Yo también porque estaba con mis padres. De haber tenido que pagar la pensión no nos alcanzaría ni para medio mes. Todo esto se sumaba a nuestra dura situación.  Eso era una de las cosas que nos atormentaba a los dos. Muchas veces le dije:

-Tenemos que poner un negocio de algo, hay que estudiar muy bien las cosas. Le gustaba mi opinión, comenzamos a pensar cuál podría ser el mejor negocio. A él le pareció que sería buena una carnicería en El Entrego. La colocaría en un pequeño edificio que había, junto al cruce de la carretera a las Cubas, a la entrada del Entrego, donde cobraban los arbitrios municipales y que al eliminar estos se había quedado libre.

Lo valoraba como muy apropiado por quedarle cerca de su trabajo para poder a tenderlo. Pondría un carnicero a trabajar y él lo controlaría. A partir de aquel día cada uno comenzamos a pensar en lo que podría ser su negocio. Yo pensé en abrir un almacén de vinos, le di vueltas y en unos pocos meses me decidí. Tenía un poco de dinero que había ahorrado mientras trabajaba. Mis padres nos dejaban lo que podían para ir juntado para el día de mañana, bien que me valió. En aquel tiempo ya había comenzado a mejorar un poco las economías familiares. En el bajo de la casa de mi hermano Corsino, en Blimea, se puso este almacén. Alejandro no se decidió, lo fue dejando y no abriría nunca la que pudo ser su carnicería, además de su salvación porque el trabajo le ocuparía  y lo apartaría de los bares y de la bebida, pero no dejo su equivocado camino y eso lo llevarla a su perdición. Nunca levanto cabeza.

Alejandro era inteligente, y en la mina trabajador, su accidente le dio un giro total a su vida. Le parecía muy difícil el poder trabajar con sus aparatos, no pudo con ello. Muchas veces cuando charlábamos de esta cuestión me decía:

-No seas tan optimista Arsenio, porque con estas pinzas no hay quien trabaje, ni tú, que eres el que mejor los manejas bien. Yo, que encima de ser más torpe las tengo más cortas ¿qué quieres, que haga milagros? Cuando me hablaba de aquella forma sentía pena por él, porque era muy noble y realista, valoraba las cosas con inteligencia y no dudaba en decir la verdad. Pero yo bien veía que su moral estaba por los suelos y que ya nunca iba ser capaz de superarse, perdió la moral por completo.

Cierto era que él no podía trabajar con la misma facilidad que yo por que le quedaron más cortos sus brazos y eso fue un grave problema. 

Desde luego que razón no le faltaba. La cosa andaba muy medida, resultaba muy duro. Se trataba de un largo proceso de adaptación, no de meses sino de años. Se necesitaba experiencia y no la había. Trabajabas pero te hacías heridas, a parte estaba el peso de los aparatos, que nos rendía los brazos y dolían en cantidad. Nuestra duda siempre era ¿a dónde podremos llegar? ¿Qué clase de trabajos llegaríamos a poder hacer? Resultaba casi imposible pensar que se conseguiría poder trabajar. Había que ser más fuerte que un mulo, para soportarlo al principio y también para el resto de nuestras vidas. “Lo que está a la vista no necesita candil”, así lo decían los antiguos. Por esa dureza, por ese sacrificio tan enorme que hubo que soportar, él no pudo, le resultó demasiado duro y su vida se perdió entre sus tristes pensamientos y la bebida. Lástima fue que no haya podido soportarlo. Murió siendo muy joven. La bebida lo destrozo, le salió una cirrosis y en poco tiempo lo mato. Sentí mucho su desaparición porque éramos como hermanos. Habíamos convivido mucho tiempo junto y siempre nos apreciamos. Era muy buen compañero por eso sentí las críticas de algunos que por desconocer lo duro y triste que es verse así, dijeron: “¿porqué no hace como el de La Bobia que estudia y trabaja, en lugar de darle al tanque? ¡Qué trabaje!”

Lo primero que tienen que saber los que acostumbran a dar demasiado la mojada, es lo que sufriría aquel hombre, que quería a su novia y a su hija y las abandono por el dolor y la desesperación, atrofiado y cansado de vivir. No debemos olvidar que a la semana de poder las manos me invito a que nos pusiéramos al tren, los dos a la vez para no tener tanto miedo a morir. Está muy claro que aunque de momento conseguí aparte de aquellos malos pensamientos, no fe lo suficiente y siguió padeciendo hasta el final, sin encontrar remedio para liberarse del tremendo trauma.  

-¡Qué fácil es criticar desconociendo las cosas y dar opiniones que ni saben ni quieren saber! También podían decir: “¿por qué el de La Bobia no juega al fútbol como Raúl el del Madrid?” Todos los hombres tenemos cualidades y limitaciones. Todos somos distintos, a uno se le da bien la mecánica y a otro la pintura, por ejemplo, cosas distintas que para uno son imposibles y para otro son fáciles. Esa es la gran diferencia, Alejandro sabía trabajar y era una gran persona, pero le resultó imposible lo duro de su accidente y no pudo superarlo, fue superior a sus fuerzas. No terminó de asimilarlo, no se le puede criticar, hay que pasar por ese trauma para después opinar.

Nunca olvide un proverbio que dice: “lo que uno adora otro lo detesta”, así somos los hombres y seguiremos siendo, con fallos o aciertos. Si pudiéramos adivinar el futuro creo que sería la gloria para muchos, pero seguro que la perdición para otros, por eso cuando hicieron el mundo, lo hicieron así, para que no podamos conocer el futuro. Creo que si fuera así, perderíamos las fuerzas para luchar y seguir adelante. Hasta es posible que no pudiéramos recorrer el camino que al nacer nuestro destino nos trazó.

Lo que sí nos sirve es el pasado y el presente, que a través de él podemos analizar nuestros aciertos, pero también nuestros errores. Si los aprovechamos nos podrán servir para corregirnos y no caer de nuevo en ellos. Todos somos muy valientes hasta que nos vemos en uno de esos problemas que nos deja fuera de combate y envuelto en las tinieblas.

Ahí es cuando hay que reaccionar y emplear toda la energía, luchar y aguantar. Pero eso pocos lo conseguimos, fallamos sin querer y sin darnos  cuenta, caemos al precipicio sin poder remediarlo. Así de simples somos los hombres, algunas veces sucumbimos ante una adversidad que podríamos combatir y superar. Es ahí donde está el problema: la duda nos traiciona y nos aleja de la realidad.

Pasé pena porque no pude convencerle, también por su hija y su novia. Los tres juntos pudieron formar una familia y vivir con toda normalidad fuera de la bebida. Quizá hoy podría ser abuelo y sus nietos, hija y mujer serían su orgullo, como lo son los míos para mí. Le darían ganas de vivir y de estar en este mundo aún después de pasar por la tragedia y los sufrimientos que al principio padecimos. Fue una lástima, se perdió una vida que hacía falta para formar esa familia que él mismo rechazó.