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Arsenio Fernández

No todo era desprecio por la falta de mis manos. Había gente que me apreciaba mucho y que me querían para sus hijas. Que yo sepa con seguridad hubo cuatro casos: dos en Madrid y dos en Asturias. A pesar de agradecerles muchísimo el valor que me daban y que con cariño quisieran admitirme en el seno de sus familias, no pude complacerles ya que no me gustaron ninguna de aquellas chicas. No podía entender esos arreglos matrimoniales que me quisieron preparar. Una decisión de esa envergadura sólo se puede tomar cuando por amor quieres a una mujer que realmente es cuando no encuentras fronteras. No hay nada tan hermoso como el amor de una mujer o de los hijos, padres y nietos. No podemos olvidar que por el amor de esa mujer que amamos abandonamos nuestro hogar para formar otro con ella. Por ese motivo yo pienso que hay que meditarlo mucho y estar seguro de que la quieres, y ella a ti, porque el amor es cosa de dos.

Siempre tuve las cosas muy claras, cuando no me gustaba una cosa no me apuntaba a ella. La vida tiene subidas y bajadas, hay que saber vivirla, hay que conformarse muchas veces con lo que uno tiene. No todo fueron desprecios. Me hicieron buenas proposiciones pero no me servían. Seguí mi camino buscando lo que a mí me pudiera gustar. Creo que cuando nacemos tenemos un camino trazado por el que caminaremos hasta el fin, sin poder salirnos de él y que dicho camino siempre será distinto al de tus semejantes. Nadie es igual y nadie recorrerá tu camino, ese nació cuando tú y sólo a ti te pertenece, nadie te lo podrá quitar, sea bueno o malo.

Una noche estaba yo cenando con cierto señor que me apreciaba mucho. En una de nuestras charlas me dijo que me veía muy bien enfocado en la vida, que le gustaba mucho la forma en la que yo la entendía y como me comportaba en el trabajo. Decía que consideraba muy importante mi forma de ser y que en plena juventud ya tenía un negocio, a pesar de sufrir un trauma tan grave y que sabía estar y me pregunto:

– ¿Cómo ves el porvenir, Arsenio? ¿Estás a gusto? 

-Muy bien, le dije. Me siento perfectamente. No tengo ningún complejo, ya superé mi problema. Lucho como los demás por la vida. Lo único que siento es que alguna gente me desprecia por mi mala suerte, no aceptan que soy uno más. No asumen la falta de las manos. Las chicas me aceptan muy bien, aunque haya alguna que se asusta. Eso pocas veces ocurre, normalmente me miran con aprecio y se interesan por mí. El problema surge cuando los padres se enteran. Entonces todo se va a la porra. Los hubo que hasta les pegaron porque no querían dejar que las acompañara.

Este hombre me dijo:

-No te preocupes por eso. Esa gente no sabe por dónde anda. Tú serías bien acogido en el seno de cualquier familia de bien. ¿Sabes el valor que tiene un hombre que, como tú, lucha y combate un problema de esa envergadura? Eso tiene mucho mérito pero esa gente que te desprecia no sabe valorarlo. Que todo esto no te quite el sueño. Ya verás cómo te sale una chica de bien.

Le di las gracias. Este era hombre de mucho mundo y yo un joven con poca experiencia. Había sido jefe mío y esto se lo agradecí mucho. Vi que me apreciaba, que sabía fijarse en los méritos de los demás y que conocía bien mi forma de ser.

Al poco tiempo tuve que desplazarme por motivo de mi negocio a León. Él sabía a dónde iba y me dijo que si podía ir por otro lugar, aunque diera un rodeo, con el fin de pasar por el pueblo donde estaba su hija. Me daría una carta para ella y así aprovecharíamos para estar juntos. Yo no la conocía pero ella a mí sí. A juzgar por su forma de hablar, me pareció que la carta era para poner a su hija al corriente. Yo nunca supe si la hija se interesó por mí o no, ni si la carta tenía algún contenido al respecto. Llegué a ese pueblo, la saludé y le entregué la carta. Le dije que tenía prisa, que llevaba un camión para traer vino y no podía perder tiempo.

Hice el viaje y cuando regresé su padre me preguntó:

-¿Qué tal? ¿Estuviste con mi hija?

-No pude parar. Sólo tuve tiempo para entregarle su carta y seguí viaje.

-Bueno, otra vez será, tiempo tienes.

Aquel hombre me quería para su hija y siguió con su empeño durante largo tiempo, pero a mí no me gustó la chica a pesar de ser muy elegante y educada. Ella no era mi tipo y me disculpé como pude, pero sin explicarle mis razones.

Después de esto pasaron dos años. Él no sabía que yo tenía novia. Eran las fiestas de Blimea donde yo tenía mi almacén de vinos. Le dije a mi novia que bajara con un matrimonio amigo y vecino hasta mi almacén hacia las seis y media de la tarde. Yo llegaría de trabajar un poco antes y los cuatro iríamos a la fiesta que estaba justo delante de mi almacén.

Llegaron y les invité a unas cervezas y mientras terminaba de asentar unas facturas para marchar, apareció por sorpresa este señor con su mujer y su hija. Yo no les esperaba y me quedé de piedra. Nos saludamos y les invité a tomar algo. Mientras que aclaraba las jarras, casi no las veía. Yo no sabía cómo iba salir de aquel atolladero. Mientras servía la bebida, les dije:

-Les presento a mi novia y futura esposa.

El hombre quedó sorprendido. Tenía la jarra de vino en su mano y apuró un trago; las dos mujeres ni probaron la cerveza y, sin decir nada más, salieron. Ni siquiera se despidieron. Nunca más volví a ver a aquella chica. Lo sentí mucho pero no pude corresponder. Era simplemente imposible. Siempre recordé a aquel hombre como una buena persona y con gran afecto por saber valorarme y elegirme para su familia, pero no pudo ser. Yo prefiero la libertad, como los pájaros que no quieren estar en la jaula. Busqué mi propia suerte y hasta hoy estoy muy agradecido del camino que tomé. Sólo pido suerte y que todo siga igual.

Después de aquel día que hablé con mi suegra, cortejamos dos años más y fijamos la fecha de nuestra boda para el 28 de Septiembre de 1963. A los pocos días de esto, era el mes de mayo, tuve que marchar a Francia, a París, a ponerme unas manos mecánicas que, después de dar muchas vueltas, encontramos y que prometían ser muy buenas. Tenían dedos, uñas, y se parecían mucho a una mano normal. Eran realmente bonitas, pero más tarde descubriría que no se podía trabajar con ellas. 

    

Cuando todo parecía ir bien, apareció un demonio. Esta vez el demonio tenía forma de mujer: una vecina. Esta mujer se metía en casa de la que iba ser mi familia política, como lo hizo siempre desde la muerte del padre, para echarle la gran bronca a mi novia y a su madre, diciéndoles que si no les daba vergüenza, a una por quererme y a la otra por dejarla cortejar con un hombre sin manos. Les decía que yo no tenía ni para darle ni de comer, que el Almacén de vinos no era mío, que era de un hermano y me ponía por los suelos.

Esta mujer las insultaba con frecuencia. Hasta pegaba a las niñas pequeñas. Invadía su casa, no tenían intimidad ninguna. Desde la muerte de Arturo (el padre) se había aprovechado de la debilidad de una mujer viuda, madre de cuatro niños y forastera. Ellos eran naturales de Bres, un pueblín cercano a Taramundi, uno de los últimos pueblos de Asturias ya en la raya con la provincia de Lugo. Allí solo vivían del campo y en situación precaria, como todos. Ellos habían intentado huir de la pobreza y la esclavitud para mejorar su situación. Por eso decidieron venir a trabajar a las minas.

Encima de la mala suerte que les acompañó al perder al padre de familia, se quedaron con una mísera pensión debido al poco tiempo que él llevaba trabajando en la mina. Por si esto fuera poco, se encontraron con esta mujer que fué para esta desamparada madre y sus pequeños más mala que una serpiente. Les llamaba “gallegos” como insulto y con desprecio, les decía que no sabían hacer nada, que estaban sin cepillar. Muy curioso, mi suegra era una modista de categoría, hacia todo tipo de ropas para señoras y niños. Hasta mi esposa aprendió con su madre a coser y bordar, pero que muy bien. Mientras que esta intrusa era una señora burra, que hablaba sin sentido por lo mala que era. Una mujer desalmada sin cultura ni vergüenza. Hasta les decía: ¿A qué venís aquí? las minas son para los asturianos.

Aquella ignorante no sabía ni hasta donde llega Asturias ¿Cómo iba a saber ella comportarse con los demás? Esta gente eran tan Asturianos como ella. A mi futura suegra, aturdida por verse atropellada por esa infame mujer, se le presentaba lo que ella creía que iba ser un serio problema: el que su hija mayor se acompañara de mí, por lo de las manos. Hay que darle la importancia que tiene al asunto. Se trataba de un tema demasiado serio para aquella madre. Tuvo la suerte de que yo no le fallé pero ¿Cómo iba ella a adivinar el futuro? Poco podía saber de cómo me iba comportar. Tuvo que pasarlo muy mal pero fue valiente y confió en mí. Nunca le pesaría. Como le prometí al pedirle la mano de su hija, cumplí con mi deber y siempre vivimos muy unidos. Esta mujer, mi suegra, me aprecia hoy como si fuera uno de sus hijos. A cada problema que le surge, viene a mí, segura de que se lo puedo resolver. Siempre la defendí como si fuera mi otra madre, mirando por ella y por sus niños que consideré como mis hermanos. 

Aquella madre, que al principio tenía sus dudas, no pudo imaginar que yo iba a ayudarla a criar a sus hijos. Desde aquel momento, ya nunca más estarían abandonadas y sin defensa. Jamás los dejé solos. A partir de aquella fecha comencé a ir todos los días a su casa para interesarme por los problemas y ayudarles en lo que hiciera falta, además de hacerles compañía y dar cariño a los niños. Comenzamos a convivir como si fuéramos ya de toda la vida de la misma casa, algo que mi suegra mucho agradeció hasta su muerte. Murió bendiciéndome, así me lo dijo mi esposa. Tengo que decir que los hermanos de mi esposa me aprecian como si fuera su propio hermano. Ellos nunca se olvidaron de nuestra buena convivencia y eso es digno de apreciar. Yo también los quiero mucho porque siempre formaron parte de nuestra vida.

Desde el almacén hasta mi pueblo, monte arriba, había cinco kilómetros que yo subía a caballo cuando podía, siempre que no hubiera carga de vino para los pueblos. En tal caso, yo tenía que ir andando pero, aún así, todos los días visitaba a la que iba ser mi esposa y su familia. Llegaba a casa y ataba mi caballo Lucero a un lado, donde no molestara a nadie. Era un bonito animal de raza árabe, con una estrella en la frente, de color castaño brillante, con su larga crin, muy lúcido y bien tratado, ensillado con silla Española totalmente nueva que no todos se podían permitir en aquel tiempo. Aún conservo varias fotografías de Lucero.

Dada la forma de pensar de aquella malvada mujer (me refiero aquí a la intrusa) no le gustaba que dejara allí a mi caballo. Lo interesante para ella sería que yo siguiera en la cuneta pero, al ver lo contrario, seguramente se moría de rabia. Como no se atrevía a decirme nada, esperaba a que me fuera y, sin permiso y con violencia, entraba en la casa y les echaba la gran bronca. Siempre tenía algo para reñirles y humillarles sin razón. Ahora le molestaba mi caballo. Les decía que por qué lo dejaba allí si no era mío y así un sinfín de mentiras. En realidad, mi caballo no molestaba a nadie atado allí. Esta persona parece que tenía que invadir su intimidad, tenía que saber hasta lo que comían, era como una pesadilla para esta familia. Todos los días les atormentaba sin más motivo que el que ella misma inventaba.

Lo más importante para mí en esos momentos era evitar y prohibir la intromisión de aquella intrusa. No me gustaba la idea de encarame con ella. Esta clase de mujer suele abusar de ser mujer. No quise compararme a ella y pensé que lo mejor sería hablar con su marido. En efecto, yo sabía que él paraba todas las tardes en un bar. Decidí ir a verle y le hablé con toda claridad explicándole realmente cómo se comportaba su mujer con aquella familia. Entre otras cosas, le dije:

-¿No te da pena y hasta vergüenza que tu mujer insulte y atropelle a esa familia que tan sola se encuentra? Lo que ha hecho hasta ahora es intolerable. A pesar de los comentarios que hay por el pueblo, que por cierto hablan muy mal de tu mujer, tú ni te enteras Te ruego encarecidamente que tomes cartas en el asunto y que no se acerque más a esa casa. Si hasta ahora se encontraban solas e indefensas, a partir de hoy ya tienen quien las defienda. No voy a permitir que tu mujer viole la intimidad de esa casa nunca más. Todos los días pasaré por allí para saber cómo van las cosas y te haré a ti responsable de lo que ocurra. Por mi parte no hay precio para luchar por la libertad de ésta que ya considero mi familia. Que no tenga que repetirte nunca más lo de esta tarde.

Cierto es que este hombre no era mala persona, todo lo contrario. Yo lo consideré siempre como hombre serio y formal. Él me dijo que nunca se había metido en nada y me aseguró que esto no pasaría más, que hablaría con su mujer.

-Si así lo hicieras y deja de ir a la casa, las cosas se quedarán como están. De lo contrario puede que haya problemas. Que no se engañe. No te olvides decirle, por si aún no lo sabe, que tiene al pueblo asustado del atropello que les hace y no se da cuenta del daño que les causa. Nadie la puede ver porque hasta con la gente habla mal de ellos sin ninguna razón. Sé todo lo que incordió para echarme. Sé que protesta por mi caballo y sé también lo mucho que me desprecia sin ningún motivo más que el de su propia maldad. Yo nunca hice daño a nadie. No tiene porque despreciarme de esa forma.

El marido no era mala persona pero si un gallina que no supo imponer respeto a su fierecilla, que montó a caballo en él. Hasta que yo le advertí no se atrevió a frenarla, a decirle lo mal que lo estaba haciendo. Desde el día siguiente ya no asomó por la casa con sus múltiples visitas de cada día y en cualquier momento.

Había gente en el bar que escuchó lo que yo le decía con tanta energía y, como todos sabían que era cierto y que estaba considerada como una mala persona, fue para él una forma rotunda de sentirse avergonzado ante los vecinos y para mí una forma fácil de acabar con todo aquel atropello. Solo él sabrá lo que le dijo pero a partir de aquella tarde nunca más protestó de nada ni se metió más en casa ajena. Mi familia era seria y respetada y la razón casi siempre vence.

Al día siguiente cuando llegué al oscurecer a casa de mi novia, estaban sorprendidos porque no habían recibido más visitas de aquella que para todos era una pesadilla. Se dieron cuenta de que pasaba por delante de casa pero sin molestarles en nada. Le tenían hasta miedo. Aquel día deambuló por el camino o por los alrededores de su propiedad pero no se acercó. Aunque suponían que yo había intervenido, no se podían ni creer que hubiera ese cambio tan rotundo. Cierto que yo había intervenido y con tanta suerte que nunca más les molestó. Fue un remedio fulminante.

A los pocos meses quedó una vivienda libre en otro lugar que, aparte de estar en mejores condiciones, estaba en un piso soleado. Le propuse a la que iba ser mi suegra que se fueran a vivir allí. Le pareció buena la idea y allí se mudaron. En su nueva casa nadie les molestaría nunca y vivieron muy contentas además de recibir mi visita diaria para hacerles compañía. 

La pequeña pensión de viudedad de mi suegra no alcanzaba para mantener la casa y a cinco personas (cuatro de ellos niños). Mi suegra tenía que trabajar como modista haciendo ropa para la gente del pueblo y se reventaba a trabajar por cuatro pesetas que tampoco eran suficientes para solventar su mala situación económica. Lo pasaban muy mal.

Bonito encuentro con la jovencita que iba ser mi esposa y la madre de mis hijos.

Cuando bajaba de mi pueblo a trabajar, con frecuencia me encontraba con una bonita y joven chica que todos los días me saludaba al cruzarnos. Se llamaba María Práxedes. Ella iba a buscar leche a casa de unos ganaderos cercanos. Algunas veces charlábamos algo porque el tiempo era escaso. Yo iba a trabajar pero no sin dejar de pensar en ella porque me gustaba. El día que no la veía me quedaba mal a gusto. Ya no podía pasar sin verla. Me di cuenta que la quería, sentía ganas de que llegara el día siguiente para estar con ella. Comencé a valorarla como realmente yo la veía: una bonita joven muy educada, muy prudente, con un buen tipo y su bonita y blanca carita que tanto me gustaba contemplar. Por eso, yo procuraba verla todos los días hasta que me di cuenta de que estaba enamorado de aquella niña que solo tenía quince años.

Dado que nunca me gusto engañar a nadie, tenía que pensármelo muy bien porque yo no podía fallarle ni a ella ni a su familia que había sido azotada por la desgracia y la soledad al perder al padre en un accidente de trabajo en la mina. Yo daba vueltas en la cama por las noches, pensando que tenía que tomar una decisión muy importante, pues el amor también quita el sueño. Decidí que si el destino no me lo impedía ella sería la madre de mis hijos. Comenzaría para los dos una nueva vida. Seguimos viéndonos en silencio hasta que su madre se enteró y como era normal, quiso impedirlo.

Aquella madre estaba sufriendo por la desaparición de su marido, que había muerto hacía cuatro años en un accidente de trabajo en el Pozo San Mamés. Ahora se le presentaba un problema importante: su hija era novia de un hombre sin manos. No me extraña que esta pobre mujer aturdida por la pérdida de su marido y sola con sus cuatro niños, no supiera qué hacer. Las madres siempre quieren lo mejor para sus hijos. Ella me conocía y también a toda mi familia, conocía mi forma de comportarme en la vida después de aquel accidente, pero las dudas la atormentaban. No sabía qué camino pudiera tomar yo junto a su hija en la vida.

Como me temía, al enterarse trató de impedirlo. Una mañana me esperaba la chica que, después de saludarnos, muy triste me dijo que su madre se había enterado de lo nuestro y que le había echado la bronca diciéndole que tenía que dejarlo ya.

Recibí esta noticia como si me hubiera caído un rayo encima. Por un momento me quedé sin decir nada. La chica, tan joven y tan guapa, a pesar de su tristeza me miraba con todo su cariño esperando mi respuesta. Porque sabía que yo la quería con toda mi alma. La abracé con todas mis fuerzas y le di un beso, diciéndole: “No sufras cariño mío. Te quiero con todo mi corazón y te pido que aguantes, que no te enfades con tu madre. Ella tiene toda la razón. La pobrecilla bastante sufre con su soledad para que encima se le presente esto que para ella es un gran problema y encima sin saber qué hacer”.

“Ella quiere lo mejor para tí y no sabe cómo me voy a comportar yo contigo. Ten mucha paciencia y aguanta las broncas sin contestarle ni enfadarte con ella. Yo iré a verla para hablarle y decirle lo mucho que nos queremos y que los dos deseamos unir nuestras vidas. Intentaré demostrarle que la falta de mis manos nunca será un obstáculo para que mi vida discurra con normalidad. Por eso creo que cuando le prometa que cuidaré de ti como corresponde a un hombre y que te respetaré como te mereces por lo noble que eres es posible que sepa apreciar las cosas como se las presento y que tenga en cuenta que mi posición me permite ser responsable para formar una familia”.

Aquel día, como algunos más, lo pasé muy mal. Le daba vueltas a las cosas pensando en cómo la podría convencer de mis buenos propósitos. Ni por un momento se me pasó por la imaginación el dejarla. No podía olvidarla. Yo quería a aquella mujer y no quise perderla. El sufrimiento de pensar en dejarlo me atormentaba noche y día. No podía dormir ni comer. Mi disgusto era tan grande que hasta en casa me lo notaron. Me disculpé como pude pero no les dije nada. Una noche, reventado de sufrir por ella y sin poder dormir en todo ese tiempo, cansado y con mucha amargura, me dije: “Tú no eres ningún cobarde ni tratas de hacer daño a nadie. Amas a una mujer y debes hacer lo posible por no perderla”. Era mi deber ir a hablar con su madre y exponerle mis razones, haciéndole ver que yo era un hombre con educación, con capacidad suficiente, moral y material para defenderme en la vida por mis propios medios además de querer a su hija tanto como a mi propia vida. Así lo manifiesto porque es verdad.

Tengo que decir de corazón que en aquel tiempo yo ya tenía dos ofertas de familias que me querían para sus hijas, cosa que mucho les agradecí, pero no pude complacerles porque no me gustaba ninguna de las dos. El amor real es cosa de dos. No se puede comprar ni amañar por nadie más que por la propia pareja. Se trata de una cosa muy seria. Es para toda una vida y no se puede jugar con esas cosas. Yo quería a aquella joven, la consideraba ya parte de mi vida, como lo hice toda mi vida y lucharía por no perderla. Entre esto y otras valoraciones, se acercaba la hora de ir a trabajar. Madrugué más de lo normal, nervioso y disgustado. De no ser porque a aquella hora no la vería, me hubiera marchado al trabajo ya. Esperé como siempre para poder ver a mi novia porque ya no podía pasar sin estar con ella. Bajé y tuve que esperarla impaciente, pero con esperanzas de poder verla. Temía que la madre supiera que la esperaba y que le retrasara la hora de ir a por la leche. Hubo suerte y la vi llegar. Como siempre, le dí un beso y le pregunté por la cuestión. Dijo que su madre seguía en lo mismo, que no quería que siguiéramos más.

Los dos nos miramos con tristeza. Mientras la contemplaba, le dije:

-Te quiero y no puedo abandonarte. Ya formas parte de mi vida y no vamos a claudicar. Esta tarde después de que oscurezca iré a hablar con tu madre. Te ruego le digas que deseo hablar con ella. Con su permiso, iré esta tarde a verla a las nueve.

En ese momento afloraron las lágrimas a sus ojos y me dijo:

-Yo también te quiero y tengo fe de que cuando hables con ella la convenzas, porque la he oído alguna vez, cuando no sabía nada de lo nuestro, hablar muy bien de ti. Dijo que eras muy buena persona, muy trabajador además de muy elegante. Que era una pena que te tocara a ti esa mala suerte de perder las manos. Yo sé que eso para ti ya no es ningún obstáculo, me dijo. Todo el mundo habla de ti y dicen que eres un artista que sabes trabajar de todo y con mucho arte y mejor que muchos con manos.

-Muchas gracias cariño mío, te agradezco mucho el que tú valores mi persona tan positivamente además de contarme lo que ella piensa de mi. Por lo menos ya sé que no me desprecia al contrario de otros.

Su madre sabía apreciar el valor de las personas, lo que consideré muy importante. Esto me dió ánimos para ir a verla y exponerle mi decisión de responder por aquella mujer que yo amaba y que sigo amando a pesar de haber transcurrido cuarenta años. Siempre juntos a todas partes, excepto cuando iba al trabajo.

Así fue. A las nueve llamé a su puerta y me recibió la madre. La saludé y le dije que perdonara mi atrevimiento al molestarla. Ella dijo que no era ninguna molestia y con mucha educación me dijo:

-Ya me dijo la niña que vendrías y te lo agradezco porque yo no quiero dejarla. Todavía es muy joven y hay que dejarla que se críe antes de cortejar.

-Ya sé que es muy joven pero yo la quiero mucho y por ese motivo vengo dispuesto a responder por ella. Le prometo que si nos da paso nunca le ha de pesar. Siempre velaré por ella antes que por mi vida. Le aseguro que lo de las manos no va ser ningún obstáculo ni para mí ni para ella. Formaremos un hogar y nada le ha de faltar. Soy hombre noble y con muchas ganas de trabajar y preciso la compañía de su hija que adoro y quiero que sea la compañera de mi vida. Sé que es difícil comprenderme. Usted quiere lo mejor para su hija pero le ruego que tenga en cuenta que los hay con mayores defectos que el mío. Yo lo llevo a la vista y otros lo llevan oculto. No es bueno despreciar a una persona por un defecto físico si éste tiene solución y el mío ya la tiene. Me siento con suficiente capacidad para trabajar y responder en todos los órdenes como si tuviera las dos manos. El tiempo ha de ser testigo y usted también lo será. Le ruego sea paciente y tenga en cuenta mi forma de ser y lo mucho que amo a su hija.

Fué mujer noble y razonable. Decía que su hija era muy joven, que no sabía hacer nada, que adónde iba yo con esa niña. En efecto, sus argumentos eran reales y propios de una madre. Tenía toda la razón. Le dije:

-Eso no es problema ninguno. Yo le daré cariño como esposo y le enseñaré como padre. Irá a cursos de cocina, le compraré libros y siempre seré su fiel compañero. Seguro que en poco tiempo se prepara. No se olvide de que hace más el quiere que el que puede y ella y yo nos queremos mucho. Considero que eso es lo mejor para los dos y fundamental para que ella pueda aprender a ser una buena ama de casa y una gran esposa. Con cariño y amor se consigue. Este es mi proyecto.

Su madre se mostraba en principio dura y dijo que no podía ser. Ví que estaba muy cerrada, con muy buenas palabras pero siempre negativas. Cuando ya me marchaba le dije:

-Le ruego piense mucho en lo que le propongo, que es con toda mi firmeza y le agradecería lo tenga en cuenta. Volveré dentro de unos días.

Me despedí de ella dándole las gracias por recibirme y ser tanta atenta conmigo.

Me fuí muy preocupado pero sin darme por vencido. Por lo menos, me había recibido y escuchado mis proyectos de futuro. Me trató con educación, como lo hacen las buenas personas.

Al bajar para el trabajo nos seguíamos viendo y yo le preguntaba por la reacción de su madre que seguía con la misma idea de que no podía ser, aunque parecía que ya había bajado un poco el tono de las broncas que le echaba y parecía un poco más tranquila. Aquello a los dos nos tranquilizó pero no sin la duda, que aún permanecía, pues faltaba la última palabra de su madre y había que respetarla.

Llegó el fin de semana y volví a visitar a su madre. Al igual que la vez anterior, le dije a su hija que le dijera que aquel sábado al caer la noche volvería a su casa. 

Otra vez llamé a su puerta y salió a recibirme. Le dije que había hablado con mis padres de la decisión que había tomado y que les había parecido muy bien, cosa que me alegró mucho y que esperaba que ella apreciara y, que si nos daba su autorización, a partir de mañana domingo vendría a buscarla a casa y a traerla siempre y también por la semana, después de salir del trabajo, los visitaría algunas veces.

Desde luego que dura sí que estaba, pero me pareció que al ver que ya había hablado con mis padres, aquello sirvió de algo. Creo que su madre apreció en mí seriedad y ánimo para seguir y, aunque no dijo que sí y parecía seguir con sus argumentos, al marchar le dije que mañana llegaría a buscarla a las seis de la tarde. Así fue y ya nunca más me separé de mi novia. Cumplíamos con la hora de llegada que ella marcaba y todo fue bien.

Casi todas las explotaciones mineras de esta zona pertenecían a la Empresa Duro Felguera. Fue la que revolucionó la economía de la región. Era también la primera productora del carbón del país

Se portaron muy bien conmigo además de trasladarme del interior de la mina a las oficinas tras sufrir el accidente, como describo en párrafo anterior

Recuerdo una tarde en Madrid. Yo paseaba por las aceras del Palacio de las Cortes para asistir a una reunión y sin darme cuenta llegó por mi espalda D. Agustín García, Jefe de Minas de Duro Felguera. Extendió su mano para saludarme y me dijo:

-¡Hombre, Arsenio! ¿Cómo por aquí tan solo?

Después de saludarle le expliqué:

-Vamos a una reunión con D. José Redondo, el Jefe Nacional del Sindicato del Combustible. Mientras que paseo espero por Alejandro que se quedó en un taller de bicicletas a poner un cable que se le acaba de romper en una de sus manos metálicas. Aunque tenemos hora para la reunión procuro llegar un poco antes porque no me gusta llegar tarde.

-Ya sé que eres un gran cumplidor, aunque hace tiempo que no te veo. Estoy bien informado de tu vida. Sé que no sólo cumples muy bien en tu trabajo, sino que también estudias y vas muy bien. Tus Jefes directos te aprecian mucho y eso es muy bueno. Me alegro mucho de que seas tan valiente y hayas superado el trauma tan fuerte que acabas de sufrir.

Le conté el motivo de la reunión. Íbamos a la Exposición Internacional de Bruselas, por lo de las manos que anunciaban. Me preguntó cuánto dinero precisaba.

-Muchas gracias, D. Agustín. No preciso dinero. Va con cargo al Ministerio de Trabajo.

-Para ti lo que haga falta, dijo. Bien te lo mereces por ser como eres y pertenecer a una familia trabajadora como la tuya. Ya sabes dónde me tienes.

En ese momento llegó un señor que yo no conocía que le dijo a D. Agustín:

-Buenas tardes ¡Cuánto me alegro de verle! Tenía que hablar con usted a ver si me echa un cable para mandarme de vuelta con mi familia a Asturias. Estoy aquí deportado y muy aburrido.

El jefe de Minas le dijo:

-Oiga, yo no puedo hacer nada por usted. Está usted bajo arresto político del Gobierno y yo nada puedo hacer. Además, usted en el Pozo María Luisa fue como Sara Montiel para los obreros. Yo sólo ayudo a hombres como Arsenio que por su grado de cumplimiento y su personalidad, lo merecen. Usted se olvida de que hay que sembrar antes de recoger.

Después de marcharse aquel hombre, D. Agustín me contó que era un barrenista del Pozo María Luisa que se metió en líos demasiado serios y que ese no era su problema. Dijo que sólo al interesado le tocaba resolverlos. Yo ni le conocía no le volví a ver nunca más. D. Agustín se mostró duro con aquel hombre pero amable y bueno conmigo. La diferencia fue notable.

Nos despedimos y seguí paseando hasta que llegó Alejandro y, al poco tiempo, el Jefe, D. José Redondo. Nos saludamos y pasamos con él al interior. Después de aquella reunión, sólo tardamos en marchar diez o doce días. La espera fue en Madrid.

Anteriormente y a mi regreso de uno de los viajes a Madrid yo le había comunicado a Alejandro la noticia de este viaje que los dos considerábamos muy importante por tratarse de nuestras manos. Le dije que teníamos que preparar los pasaportes y esperar a que llegara la fecha de partida y el dinero para los gastos a nuestra cuenta en la Caja de Ahorros.

Alejandro nunca creyó que haríamos ese viaje.

Se prepararon los pasaportes pero el dinero seguía sin llegar. Él venía algunas veces por la oficina y siempre me decía que no se acordaban de nosotros, que ellos estaban bien fartucos. Yo le decía:

-No seas desconfiado. Tu bien sabes que Lavadíe es una gran persona y no fallará. Él me lo prometió y así será, como todo lo demás que hizo por nosotros.

Pasaron unos cuantos días más. Una tarde de jueves, estaba yo sentado en el banco al lado de la centralita charlando con Libertad, la telefonista, cuando llegó Alejandro. Nos saludó y comenzó otra vez con lo del dichoso dinero. Puso el brazo sobre mi hombro y dijo: “Socio, ¿Por qué no llega el dinero? ¿Todavía sigues con fe en que venga?

-¡Claro que llegará! Respondí.

-Mira, amigo, la leche que nos van a dar esos tipos ya la mamamos. Ni se acuerdan de nosotros y lo peor no es eso para ti, es que vas a tener que abonarme los viajes y gastos del pasaporte que me hiciste gastar por creerles.

-Tranquilo, eso poco es si tuviera que abonártelo. Además, sé que no va a ocurrir porque ya no ha de tardar en llegar. Puedes estar tranquilo. ¿Por qué iba llegar antes si no empieza la feria hasta el primero de Mayo? le dije. Seguro que en estos días lo ingresarán.

A la Telefonista, que seguía a nuestro lado, no le gustó que Alejandro dijera aquello. Me guiñó un ojo y cuando se marchó dijo:

-Este hombre es tonto ¡Con lo que tú le ayudas y se porta así contigo!

-Es broma, ¿Cómo me va cobrar los gastos, mujer? Alejandro no hace eso, nunca se colgó de nadie. Él paga como es debido cuando le toca.

-A mí no me perece que lo que dijo fuera broma, dijo ella, y aunque así fuera, me parece muy mal que hable de esos señores así. Es muy mal hablado. Tú confías en ellos y él no. Eso es muy importante. Yo lo mandaría a la porra.

-¡Qué dices! ¡Cómo voy a hacerle eso si somos compañeros! Es su carácter ¿Qué vas a hacer? Yo le entiendo y no hay ningún problema, sólo es un poco desconfiado y algunas veces algo brusco pero no es mala persona. Siempre nos parecen más fuertes las palabras de las personas que no conocemos y eso es lo que te ocurre a ti en este caso. Puedes estar segura de que en el caso de que no llegara, cosa no probable, él no me lo reclamaría, de eso estoy seguro. 

Esto ocurrió un jueves por la tarde y al día siguiente por la mañana llamaron de la Caja de Ahorros. Libertad me llamó al teléfono. Bajé y me comunicaron que había llegado una cantidad de dinero a mi cuenta procedente del Ministerio de Trabajo de Madrid. Les di las gracias y colgué. Le dije a la Telefonista que me pusiera con Alejandro en el pozo Sotón. Ella escuchó mi conversación con los de la Caja y después con Alejandro, porque estaba a mi lado. Ésta se quedó de piedra y me dijo:

-Arsenio, si yo fuera tu compañero metía la cabeza en un saco. Hay que ver lo que te dijo ayer por la tarde y hoy mismo llega el dinero. Si me lo dice a mí lo mando a paseo mil veces. Siempre vino por aquí con el mismo rollo del dichoso dinero. ¡Vaya aguante que tienes, amigo!

-No pasa nada. Lo está esperando como agua de mayo y yo también. Llámalo otra vez, que me quedó decirle la hora para que suba a firmar conmigo la recogida de ese dinero. Aunque está en mi cuenta él debe firmar lo que le corresponda.

Al momento se puso y quedamos para vernos en la Caja.

Si analizamos este párrafo veremos la diferencia de criterio de cada persona. Libertad era una gran mujer, buena persona, amable y servicial. Siempre nos apreciamos mucho, pero ella no comprendía la forma de ser de Alejandro, no le gustaba su forma de comportarse. En cambio, yo le entendía aunque no me gustaba que hablara mal de los que fueron nuestros protectores. Alejandro  tenía sus rarezas pero a mí siempre me respetó. Yo no le dejaba beber y le indicaba cómo tenía que ser y no me reprochaba nada, sabía que yo no admitía tonterías, sino las cosas como son.

Llegó el día siguiente. Bajamos a la Caja y sacamos el dinero para salir a Madrid el lunes, donde pasaríamos unos días esperando para poder marchar.

En los días que estuvimos allí salíamos a pasear por la Capital. Una tarde entramos en una cervecería a tomar unas cañas. Al poco tiempo entraron dos chavales poco más que nosotros en edad y nos dijeron:

-¡Mira a los dos que salieron en el Nodo!

Pidieron cerveza para los cuatro, tomamos aquella ronda y pedimos otra. Mientras que conversábamos observé que uno se apartó con Alejandro a un lado y el otro conmigo. Me tocaba en todo momento por distintas partes. Miraba para el otro y hacía lo mismo con Alejandro. Me puse un poco nervioso y pensé que eran homosexuales o carteristas. Le dije a Alejandro que saliera un momento, que quería hablar con él. Este seguía su conversación y no salía. Esperé un momento y le repetí que si no salía yo marchaba solo. Se dio cuenta de que algo pasaba y salió a la puerta donde yo le esperaba.

-¿No te das cuenta de que tenemos un problema? ¿No te fijaste en que estos tipos no hacen más que tocarnos y se apartaron uno para cada lado con nosotros? O son de la acera de enfrente o son carteristas. Yo estoy muy nervioso. No vaya ser que en lugar de salir mañana tengamos un problema con estos tíos, que haya que darles un porrazo y terminemos todos en comisaría.

-Puede que tengas razón. Yo notaba algo raro. Hay que largarse. Apuramos el último trago y nos vamos.

Eso hicimos y al día siguiente iniciamos viaje a París como estaba previsto. Nunca supimos de qué se trató todo aquello.

Los primeros cinco años de mi destino en oficinas los pasé en la oficina de una sección del grupo, el Lavadero de carbon de Santa Bárbara situado en el Pontón, Sotrondio. Allí trabajaba un gran amigo mio, ya desde la infancia, Aquilino Fernández de la Cerezal. Su madre Ángela, una gran mujer, también era amiga de mi familia, además de buena cliente mía ya que nos compraba vino y abonos. Esta mujer siempre nos apreció mucho, igual que nosotros a ella. Mujer viuda, trabajó mucho. Crió a dos hijos con mucho cariño y, a pesar de los malos tiempos que atravesábamos, pudo dar estudios a su hijo Aquilino que se licenció en Derecho mientras trabajaba en la mina. Cuando terminó la carrera lo pasaron a la oficina y allí estuvimos cinco años juntos. Era un buen compañero, una persona excelente, muy trabajador y servicial. Más tarde, él fue destinado a fábrica en la Felguera y yo a las oficinas centrales del Grupo. Aunque nos veíamos poco, no perdimos la amistad de toda la vida. Murió siendo joven y lo sentí mucho. Fue un gran hombre.

Mientras estuve en esta oficina, el capataz Vidal me destinó a cubrir faltas de algún vigilante que por enfermedad se quedaba de baja. Una mañana me dijo:

-Arsenio, tienes que ir a cubrir la plaza del vigilante que está enfermo. Hay un stock de quince mil toneladas de menudo (finos de carbón) que se están cargando para la Central Térmica de Lada.

Como no había palas cargadoras todo se hacía con los peones y las carboneras. Había un grupo de quince personas para cargar este camión y apilar lo que salía del lavadero. Llegamos junto al grupo de gente que trabajaba. El capataz les dijo:

-Arsenio va ser vuestro jefe. El vigilante está enfermo. A ver si procuráis trabajar un poco más. Es muy bajo el rendimiento que dais y hay que cargar más toneladas.

La gente no dijo nada y se marchó. Al poco tiempo llegaba el camión a cargar. Precisamente acababa de salir de fábrica. Fue el primer camión Pegaso de tres ejes que se conoció. Era una novedad. La gente estaba apilando el carbón y les mandé parar. Pensé que dado lo poco que rendía algo había que hacer para estimularles y conseguir más tonelaje para la Central Eléctrica de Lada. Les dije:

-Sé que es poco lo que pagan, lo mismo me ocurre a mí que a todos los del exterior. Por eso quiero hacer un trato con ustedes. Es muy poco lo que se trabaja aquí y por eso les doy a tarea cargar el stock diario para la Central. Este es el segundo viaje. Si se ponen con gracia pueden cargar la tarea para la 1, aunque hoy terminen un poco más tarde por no comenzar la tarea a principio de jornada. Aun así todavía ganan tiempo. Y en cuanto terminen se marcharán con el día ganado.

Una de las carboneras, María, preguntó: “Arsenio, a ver si lo entiendo bien ¿Es que podemos marchar para casa a la hora que terminemos? “Así es, María, y con el día ganado completo”.” Lo aceptamos” dijo María que era muy trabajadora y formal pero un poco jefa de aquel grupo. Cuando no estaba el vigilante y sin que nadie se lo mandara, ella los dirigía.

“Pues manos a la obra, a trabajar” dije. Hablé con el camionero para que se diera tanta prisa como pudiera y aceptaron la tarea que iba durar mientras que yo estuviera de encargado.

En este grupo de trabajadores había más mujeres que hombres. Dos de éstas eran María y su hermana Andrea. Eran muy trabajadoras, muy buenas personas y cumplidoras que trabajaban más y mejor que alguno de los hombres que había allí. En aquel tiempo había otros dos grupos, uno a cada relevo, en la cinta de escogidos. Un relevo empezaba a las ocho de la mañana y el otro a las cuatro y media de la tarde. Entre estas mujeres las había de pueblos lejanos, que tenían que desplazarse andando por la noche y por caminos muy malos llenos de barro llevando para poder transitar una lámpara de gasolina muy pequeña. A mí me daba mucha pena verlas marchar con su pequeña luz a las once de la noche por lugares tan solitarios y solas, ya que casi nunca había dos del mismo pueblo.

Aceptaron la tarea que les propuse. A la una y media, cuando terminaron de cargar toda la tarea, se marcharon. Yo fui entonces a la oficina para hacer el parte. Al momento llegó Vidal, el capataz, sorprendido de que estuviera allí pues no era normal. Me preguntó

-¿Dónde tienes al personal que no está en la pila del menudo?

-Camino de sus casas, le dije. Ya estoy haciendo el parte. Acaban de terminar la tarea para hoy.

-¿Qué terminaron la tarea ya? ¿Cómo es posible? ¿Cómo te arreglaste?

-Muy fácil: les puse a tarea y ellos aceptaron.

-Me dejas asombrado. Tienes un arte para mandar a la gente extraordinario. Nunca habían cargado más de la mitad. Hoy mismo te voy a proponer al Ingeniero para hacerte vigilante, me dijo el Capataz.

-¡No se te ocurra! repliqué. No quiero ser vigilante. Te lo agradezco mucho pero no me gusta mandar a gente que gana tan poco. Solo podría ser vigilante si pagaran más para entonces poder exigir más. Ya sabes que hasta el mismo vigilante gana muy poco. ¿Cómo voy a cambiar mi corbata por una funda y unas botas para correr toda una jornada por esa trinchera arriba y abajo para ganar “el jornal de la sallaora”? Ni hablar. No tengo fuerza moral para exigir a personal con tan poco sueldo y por los cuatro duros más que me van a pagar, lloviendo, nevando o con calor, mientras que ahora yo paso las inclemencias del tiempo detrás de los cristales de la oficina. No me interesa. Lo único es que pueda echarte un cable si te falta un vigilante. Eso sí lo haría, pero de ninguna manera para seguir de forma permanente. Yo gano muy poco pero un vigilante de exterior gana muy poco más. Lo siento mucho pero no puedo aceptarlo.

-Más lo siento yo. Es una pena: serías un vigilante como la copa de un pino. No todos valen y tú, siempre que te destino, lo manejas muy bien.

-Gracias por valorarme de esa forma, Vidal. Te aseguro que siento el no poder complacerte pero no lo considero nada fácil por el sueldo tan pequeño que se les paga. Siento pena y sobre todo de esas mujeres.