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Arsenio Fernández

El día que comenzó a construirse la casa, en una mañana del mes de Octubre de 1964, hacia las nueve menos veinte, el albañil estaba terminando de nivelar los cimientos para poner el primer la ladrillo de lo que iba ser mi casa. Yo tenía que ir al trabajo (entraba a las nueve) y le pregunté al albañil:

-¿Puedes decirme a qué hora pondrás el primer ladrillo?

-Aproximadamente dentro de veinte minutos, más o menos. ¿Por qué lo quieres saber?

-Por curiosidad, se trata de mi casa. Si puedes, hazme una señal al colocarlo. Procuraré estar a esa hora mirando para verlo desde aquella ventana que está al frente.

-Vale.

Me alejé. Me incorporé al trabajo, que estaba muy cerca a solo a unos cincuenta metros aproximadamente. Cuando pasó el tiempo que me dijo fui a la ventana. Al momento el albañil me vio y levantó su brazo derecho con un ladrillo en alto balanceándolo. Me estaba anunciando el momento en el que colocaba el primer ladrillo. Miré mi reloj. Eran las nueve y diez de la mañana de un día del mes de octubre de 1964. Me dije: “Ya debo ese ladrillo y no tengo dinero para pagarlo. Sabe Dios si podré o no. Que la suerte me acompañe”. Volví a mi trabajo pensando que con mucho esfuerzo, si el negocio seguía en progreso, podría pagar la casa. Era algo que no se apartaba de m pensamiento, tenía ciertamente miedo a no salir adelante. Corrían muy malos tiempos.

Diversos y serios problemas al construir nuestra casa. El mismo día que nos casamos ya nos fuimos a vivir juntos, a casa de su madre. Allí vivimos con ella y con los tres hermanos de mi esposa dos años en el pueblín de Carabeo, San Mamés. Fue en este tiempo cuando compré una finca al lado de mi trabajo, donde más tarde se construyó nuestra casa y almacenes para continuar con el almacén de vinos y de abonos químicos.

Después de comprar la finca empecé a hacer la excavación para construir. A pesar de meter una excavadora, ésta no podía quitar todo el escombro. Era peligroso, ya que delante tenía el canal que abastecía de agua a Sama. Por miedo a producir una avería decidí continuar a pico y pala. Contraté a unos hombres, que yo sabía eran buenos trabajadores del exterior del Pozo. Los tres hombres trabajaban muy contentos y yo también. Cuando ya les quedaba poco para terminar, un buen día la Empresa les dio una contrata fuera del horario laboral para cabecear mampostas. A consecuencia de esto tuvieron que dejar mi obra.

Les dio pena dejarme solo y en plena invernada, pero nada pudieron hacer. Les pagué lo que habían trabajado y me dieron las gracias. Al marchar uno de ellos, muy atento, me dijo:

-Vi ayer a uno en el bar El Puente que andaba buscando trabajo. Si lo veo hoy al bajar te lo mando.

Así fue. Al día siguiente a primera hora vino a verme. Le presenté el tajo que se trataba de un cuadrado de tierra de unos treinta metros cúbicos aproximadamente. Lo había medido y cubicado y sabía el tiempo que le llevaría quitarlo y por lo tanto, el dinero que iba costar. Le pregunté si lo quería a contrata o si le interesaba a jornal. Le pagaría lo estipulado para un peón. Él mismo escogió la contrata, que consideró era mejor, ya que ganaría más dinero por día que a jornal. Yo lo había calculado muy bien y puse un poco más por los inconvenientes que pudieran surgir.

Así se lo expliqué y así lo aceptó. Al día siguiente empezó a trabajar. Yo le miraba desde la oficina y parecía que siempre estaba de la misma manera: con el pico en la mano, pero sin hacer nada. La gente que pasaba le miraba y algunos me decían: “Parece que el operario no tiene muchas ganas de trabajar,  Arsenio. ¿De dónde sacaste a ese pollo?” En efecto, siempre le encontraba de la misma forma: mirando a los aires. Pasaron unos cuantos días sin que él diera ni golpe. El viernes al terminar la semana, le dije:

-Esto dura mucho, ¿No le gusta este trabajo?

Se quedó mirándome sin decir nada. Cuando menos me lo esperaba, dijo con un tono amenazador:

-Hijo de puta, yo aquí hago lo que me da la gana. Cobraré lo que yo diga y si no estás a gusto te clavo el pico en el pecho y te entierro aquí mismo.

Cierto es que él tenía el pico y que yo no me podría defender, pero yo estaba a salvo encima de la pila de la tierra y a mi lado tenía el canal para poder correr en caso de que intentara darme con el pico. Me quedé pensando por unos instantes y decidí darle contestación. No se me ocurrió más que decirle:

-¡Es usted un miserable vago! Si no sale de mi finca ahora mismo llamo a la Guardia Civil. En cuanto se aleje de aquí mediré la tierra que cavó y, con toda mi honradez, le pagaré mañana por la mañana en un sobre por debajo de aquella alambrada, señalando con mi brazo el lugar delante de las oficinas del pozo. Si por su mala cabeza intenta darme la lata, basado en que no tengo manos para defenderme, se equivoca. Le aseguro que no soy fácil de combatir. Tengo una escopeta en casa y antes de que me atropelle me defenderé al precio que sea, como si tengo que darle fuego, pero no me dejaré pisar. Le ordeno que salga ya de esta finca y en el acto. 

Rápidamente me di cuenta de que tenía que demostrar más fortaleza que él, ya que su forma de proceder era la de un cobarde y lo mío era defender mis derechos y mi propia integridad. No me quedó más remedio, pensé en el acto, que ponerme fuerte ante aquel malvado. No existía tal escopeta. Nunca se me había pasado por la imaginación ni tenerla. No me quedo más remedio que mentir para evitar un mal peor.

Este tipejo me escuchó y sin pronunciar palabra dejó caer el pico en el suelo, sin molestarse en arrimarlo a un lado, como es norma para quien maneja una herramienta con ganas. Se marchó pero yo aun seguía muy preocupado por lo que acababa de oír, sin saber si habría conseguido meterle el miedo en el cuerpo o se iba con malas intenciones. No tenía con qué defenderme ni nada que hacer. Sólo podía esperar a que pasara el tiempo. Hasta pensé que podría ir de noche a mi casa. No sabía cómo me iba a defender de él, que miraba con tanta maldad. Daba miedo, pues no se le ocurre a cualquiera amenazar a quien le paga y le trata con educación y respeto. Si cogió este trabajo pudo haberlo dejado cuando hubiera querido pero sin atropellar a nadie. Esta clase de gente siempre es de temer y nunca sabes por dónde salen.

Seguramente creyó que al ponerme a construir una casa yo tendría mucho dinero y pensó en hacerme chantaje con sus amenazas. Su equivocación fue doble, primero porque yo no tenía más dinero que para pagar el muro que se iba hacer, pues era muy joven y la vida estaba muy cara y resultaba difícil manejar dinero por aquellos tiempos. Segundo, porque no me iba a dejar chantajear y eso creo que lo pudo observar cuando vio mi postura de hombre duro. Creo con toda sinceridad que no hay nada mejor para ser duro y fuerte que cumplir en la vida, ser realista y respetar a los demás. Eso es lo que te hace ser más valiente ante un problema de esa envergadura. Aquella noche la pasé sin dormir, sin saber qué iba a pasar al día siguiente. Era nervioso por naturaleza y no me gustaban los problemas. En verdad pasé mucho miedo porque me sentía indefenso y sin saber qué hacer para librarme de aquel que por su actuación me pareció un criminal. Además, no solo se trataba de defender mi vida sino que era padre de familia, debía velar por mi esposa y los dos hijos primeros que teníamos Ana y Norberto (Mónica aún no había nacido).

A las nueve en punto llegó el sujeto este a la oficina. Yo le esperaba. Al verle, bajé y por debajo de la alambrada sin pronunciar palabra, ni él ni yo, le di el sobre y se fue. Al poco rato bajé al Cuartel de la Guardia Civil y le conté lo sucedido al Sargento, que era muy buena persona además de amigo. Le pedí que me autorizara un arma, que no quería seguir indefenso. Solo con tirar al aire ya podría poner en fuga a un bandido como el que me salió en la finca. Así se lo hice saber.

Muy atento, el sargento me dijo:

-Claro que sí. Te haces somatén y te damos una pistola y algún otro armamento.

-No quiero ser eso. La gente los mira mal y aunque no me meta con nadie, siempre ha de haber alguien que te critique. Imposible, le dije.

-Si no quieres ser somatén, dijo aquel gran hombre, te podemos autorizar a tener una escopeta.

-Pues muy bien, escopeta al canto. No quiero vivir más indefenso. Puede llegar un tipo de esos de noche a casa, atarme, robar y hasta violar a la mujer y a la niña. Oliendo a pólvora ya es otra cosa, el respeto se impone al poder defenderse.

-Te comprendo perfectamente amigo, en tu caso, que no te puedes defender, sí lo necesitas.    

Lo estaba pasando yo muy mal por los problemas de aquel trabajo para hacer el solar de la casa. En el momento que compré la finca, me puse a trabajar. En la parte inferior de esta había un matojo y una pendiente muy considerable del medio de la finca para abajo. Esta se quitó para hacer la base para edificar. Puse una portilla en la entrada. Uno de los dueños (eran dos) de la finca colindante me envió una carta diciendo que tenía que quitar esa portilla porque no tenía entrada por allí. Cierto es que no tenía paso, pero este miserable pensó que yo sería como aquellos que él había pisoteado tiempo atrás, que por ocupar un cargo público y sentirse el más fuerte y con poder ya podría hacer lo que él quisiera. Este sujeto estaba acostumbrado, según me contaron los mayores de la zona, a hacer de las suyas y tenía un historial pésimo entre la gente, por estafador y tramposo. Parece que había atropellado con sus trampas a mucha gente, amparado en la ignorancia de aquellos tiempos y presumiendo de su rango. Todo esto y mucho más era lo que comentaba la gente, que bien conocía sus fechorías y que, al comprar yo la finca, me habían advertido que tenía un mal colindante. Que anduviera vivo porque podía darme problemas porque todo lo quería para él.

Este problema fue muy difícil para mí por lo mucho que me hizo sufrir, pero para él también lo sería, porque esta vez no pudo salirse con la suya. A pesar de lo mucho que lo intentó no pudo conseguir su propósito de dejarme incomunicado en mi finca. Coloqué mi entrada a la finca pareada a la de él, porque no había otra alternativa para entrar a la finca. Otro socio suyo, que fue un gran señor y que era ciertamente intelectual (era abogado) no se metió en nada y jamás me molestó. Era letrado y sabía bien por donde andaba. Bien sabía él que durante la época de producción de la tejera se extrajeron miles de toneladas de tierra para hacer el barro y con ello el camino que esta finca tenía por la parte superior y por el sur.

La entrada de esta finca, que precisamente aun está como la dejaron, con una corta de una altura de unos veinte metros, se había dejado sin servicio de entrada.

El camino que este sujeto quería para mi finca implicaba dar un rodeo de unos mil metros por la parte de atrás del pueblo, más otros trescientos metros por la finca de arriba con bastante pendiente y además limitada a personas, sin acceso para vehículos. Esto haría imposible construir la casa. En cambio, al abrir una entrada por la parte de abajo, había solo seis metros hasta la carretera compartiendo el camino de entrada a su finca y sin extorsión alguna ni para su servicio ni para el mío.

Esta pequeña parcela de seis por siete metros, de ser buen ciudadano, debería haberla dejado para las maniobras de los coches y autocares del servicio del pozo por estar en un punto estratégico para este servicio. La prueba de esto es que después de varios años y de comprarles yo la finca, la dejé para esas maniobras poniendo mi portón a seis metros de la carretera, para así evitar el caos de circulación que había en aquel tiempo de autocares y coches del personal del Pozo donde trabajábamos mil quinientos hombres. La mayoría del tiempo estaba bloqueado y sobre todo a la salida de los relevos.

Si por la parte de arriba era imposible la entrada para ninguna clase de vehículo, por la de abajo el acceso estaba también muy mal. Aunque la distancia era corta, el acceso a mi finca era, de momento, por un sendero muy estrecho. Había una profundidad de tres metros que tuve que rellenar para construir una entrada decente, pero me encontré con la oposición de aquel individuo. A fuerza de darle vueltas y de pasar noches sin dormir, por mi poca experiencia de hombre joven, acompañado del miedo que le tenía, pues tenía muy mala fama, cansado de pensar cómo podía resolver este grave problema, llegué una noche a la conclusión final de que yo tenía toda la razón. Si no me daban un helicóptero, este sujeto tendría que dejar paso. Una prueba era que, además de destruir con su industria el camino que había, nunca se atrevió a plantarme cara. Solo se comunicaba conmigo por carta. Analizando todo eso llegué a una conclusión: nada puede hacer, esta vez la ley está de mi parte.

Aquella noche decidí comenzar a rellenar con escombro de mina aquel socavón tan enorme que había. El arrendatario de esta misma finca, al ver como metía camiones de escombro, se acercó y me dijo:

-Tienes toda la razón. Sigue rellenando hasta ponerlo a punto para los dos y quedará una entrada perfecta. No puede hacerte nada. Tú no vas a entrar a tu finca por el aire. No sufras más, todo está de tu parte. Seguro que no subirá ni a verlo, no tendrá más remedio que guardar su pico bajo el ala.

Este señor era mayor y me apreciaba. Sabía cómo trabajaba yo y que era un hombre prudente.

El socavón se iba rellenado y yo seguía recibiendo cartas de aquel sujeto que no sé si vendría por las noches a verlo o cómo se enteraba, porque a la obra nunca se presentó. Yo las leía y al archivo con ellas.

Yo seguía esperando su visita para pedirle el helicóptero para entrar y salir a mi finca, pero nunca se atrevió. Nunca llegué a verle.

Solo Dios sabe lo débil que era mi economía. Sin esta finca yo no podría evolucionar. No podría trabajar para traer el pan a casa pues otra finca no podía comprar por falta de medios económicos.

Al terminar las excavaciones, quedó una corta de 3,50 metros de altura de tierra suelta. El tiempo cambió radicalmente y empezó a llover. Se me presentaba así un grave problema, no solo porque bajara todo el talud, sino porque allí estaba el canal que abastecía de agua a Sama de Langreo. Si este canal llegara a romperse inundaría la carretera y hasta podría inundar el Pozo San Mamés, pudiendo incluso causar accidentes al personal. Además dejaría sin agua a todo el Concejo. Si esto hubiera sucedido el pago de las obras de restauración más la multa me hubiera arruinado. No tuve otra opción que buscar a gente urgentemente para tratar de evitarlo. Con una gran mojadura pasamos una tarde y una noche trabajando sin descanso para postearlo y entablarlo para evitar lo que sería para mí la ruina total. Durante el tiempo que duró la obra de posteo no cesó de llover y, como si fuera un castigo, siguió durante varios días. Trabajamos bajo la lluvia todo el tiempo sin poder evitar la mojadura pero lo conseguimos. Cuando pasaron las lluvias con mucha precaución y después de esperar a que no diera agua la tierra, echamos los cimientos con barras de hierro y se hizo el muro, dejando un hueco para más tarde hacer una bodega subterránea para el vino.

Una vez hecho el muro de contención y tras haber comenzado la excavación de los cimientos para la casa, apareció una roca de unos dos metros de largo, uno de ancho y uno de grosor. Esa roca tenía que quitarse de ahí pero no había con que moverla. Con esta tremenda roca atravesada en medio del solar no podía seguir la obra. La única forma de librarme de ella seria volarla con dinamita. Pero había que hacer una voladura controlada porque a un lado tenía la casa de un vecino; al frente, otra casa, y al otro lado, muy cerca, un transformador de alta tensión. Resultaba peligroso y yo tenía mucho miedo a fallar en los cálculos de la detonación a pesar de estar acostumbrado a manejar estas cosas en el trabajo. Sufrí mucho antes de decidirme hasta que un día, después de hacer varios cálculos, un vecino me ayudó y perforamos un tiro en el centro. Yo revolvía la punterola y él daba con la maza. Con la cantidad de dinamita apropiada y bien atacada con arcilla, disparamos y volamos la dichosa piedra sin salir ningún fragmento (ni tampoco nosotros) por los aires. En ese momento me sentí libre de lo que era para mí una pesadilla. Ya se pudieron echar los cimientos sin problemas. En aquel tiempo no había maquinas para manejar tanto peso como el de aquella piadra

Aunque había pasado todas las tardes de la semana con mi hermano Corsino, lo primero que hicimos mi esposa y yo nada más terminar de casarnos fue ir al hospital a verle. Allí pasamos un momento con él y le consolamos diciendo que ya había salido del peligro, que muy pronto regresaría con nosotros a casa. No fuimos de luna de miel porque yo quise seguir a su lado y estar cerca de él para animarle. Yo no podía apartarme de su lado, estábamos muy unidos y lo consideré importante en esos momentos de la vida que es cuando uno más necesita el calor de los suyos. Lo sabía por experiencia.

Nos casamos en La Iglesia parroquial de Blimea. Nuestros padrinos fueron D. Elviro Martínez, Alcalde de nuestro Concejo y su esposa Laurita. Siempre los recordaré con afecto y la máxima consideración, aparte de la amistad que nos unía, por lo atentos y buenas personas que siempre fueron con una gracia y atención para todos digno de valorar. Por desgracia, D. Elviro Martínez murió siendo joven. Su esposa Laurita sigue con sus hijos y con la gracia que siempre tuvo, algo especial que no se puede comprar, que nació con ella y seguirá hasta el final.    

Fue esta una boda de mucha gente, como se hacía en aquellos tiempos, pero demasiado triste por el accidente de mi hermano Corsino, ya que a pesar de su mejoría no sabíamos como quedaría.

Aunque no tuvimos luna de miel, después de largo tiempo viajamos por distintas partes de nuestro país y también por el Reino Unido y sobre todo por Escocia. Todo esto muchos años después,porque en aquel tiempo no se podía por la mala situación económica.

Esta foto fue tomada el día de nuestra boda. Así estaba mi esposa de guapa y así lo estaría hasta el final de su vida, porque siempre fue una gran mujer que supo atender a los hijos y marido y cuidarse ella, haciéndonos guardar la línea a todos por ser una buena madre, buena esposa además de buena cocinera. La llevaré eternamente en mi memoria porque fue una de las mejores cosas que me encontré en este mundo. La quería más que a mi vida y la desgracia en forma de negligencia humana me la arrebató. Por eso repetiré siempre que al perderla a ella perdí las manos otra vez, porque las de ella también eran mías, además de la alegría que siempre reinó en mi rostro y que se perdió para siempre.     

Mi esposa nos dejó el día 5 de Octubre de 2009, lunes, a consecuencia de las gravísimas complicaciones sufridas como resultado de lesiones iatrogénicas y negligencia de los médicos del Hospital de Jove en Gijón tras una operación de vesícula biliar que se suponía era una intervención preventiva. Así lo recoge la sentencia del Tribunal que juzgó el caso. Tenía 63 años y muy buena salud.

Cuando mi esposa y yo nos conocimos, ya hacía cinco años que yo había perdido las manos y ella sólo tenía catorce años. Nos casamos al cumplir ella los dieciocho y yo los veintinueve años.

Desde este episodio, quiero destacar un poco, de cómo fue mi gran esposa, la madre de mis hijos y la compañera de mi vida, que jamás olvidare. Por haber formado conmigo ese bonito hogar, el que con su cariño y dedicación, compartimos junto con nuestros tres hijos, una feliz convivencia, con todo nuestro cariño y amor, hasta el último momento de su ejemplar vida.

Mientras que yo había sufrido algunos desprecios por parte de otras familias por no tener manos, mi querida esposa, nunca vio en mi nada malo por ese accidente. Todo lo contrario me acogió con todo su cariño y siempre se sintió muy a gusto con migo y muy protegida. Porque siempre me decía que era un hombre muy inteligente además de muy trabajador y bueno para la familia. Que luchaba con ganas y mucho mejor que otros con las manos. Hoy tengo el honor de decir, que siempre confió en mí para todo, sabía que ayudaba a sus hermanitos pequeños y a todo el que pudiera. Por eso me decía algunas veces. Lo tuyo es especial Arsenio, eres incansable y muy amigo de ayudar a la gente. Eso siempre lo tendría muy presente. En los cuarenta y seis años de nuestro matrimonio siempre viviríamos ilusionados uno en el otro y con nuestros buenos hijos y nietos que yo aprecio con todo mi corazón. Mi dulce esposa, nunca tuvo una mala palabra para nadie.  Solo se quejaba de que yo no debía trabajar tanto. Tenía miedo a que me pasara algo en los brazos, muchas veces heridos por el exceso de trabajo. Era cierto tenía toda la razón pero eso del trabajo siempre fue superior a mí. Por si mi afición fuera poco, a esto había que sumar la necesidad de levantar nuestra economía, que buen trabajo me costo. Si, cierto es que trabaje más de lo que hombre puede aguantar, fue por las dificultades de la época y el miedo a no poder estudiar a mis hijos por falta de medios. Eso me quito el sueño mucho tiempo. Nunca me olvide de mi problema al perder las manos y no tener ningún estudio. Solo con pensar que mis hijos pudieran pasar esa falta de cultura me asustaba.

Al describir este pasaje con una pena que me mata y con las lágrimas por mis mejillas, tengo que decir que lo escribo con todo mi corazón. Con realismo y dignidad, jamás tolero fa farsa y la mentira. Todo esto repito: lo corroboran mis propios hijos y mis dos cuñadas y su hermano, que siempre me apreciaron mucho y siguen visitándome con mucha frecuencia para ayudarme a salir del sufrimiento y la soledad sin mi esposa. Yo les aprecio como a mis propios hermanos porque son tan buenas personas como lo fue mi esposa. Siempre todos unidos como una piña.

Un compañero salvó a mi hermano Corsino de morir enterrado en la mina. Gracias a la valentía de aquel hombre que venía de dar fuego de otro filón y que habían quedado de esperarse con él en el cruce, mi hermano se salvó. Al llegar y no estar mi hermano, este hombre se dio cuenta de que ya habían salido los disparos de la pega del transversal donde mi hermano dio fuego. Pensó lo peor y no se equivocó. Con gran peligro para él mismo y sin dudarlo, entró a por mi hermano que ya medio muerto se encontraba bajo los escombros. Además de sus gravísimas heridas, el humo de los disparos podía matar a un hombre en pocos minutos. Tuvo que actuar con la máxima rapidez para no caer él también, pues hasta le resultó difícil encontrarlo al estar enterrado todo su cuerpo hasta la cabeza. No apareció ni su lámpara de seguridad.

Este valiente y gran compañero le salvó de una muerte inminente. En un momento se hubiera muerto desangrado por la pérdida de tanta sangre por las fuertes heridas o asfixiado por la cantidad de maleza que produce la explosión de tanta dinamita a la vez. A través de nuestra historia de mineros siempre hubo hombres bravos y decididos, sin miedo a morir ni al peligro que les acechaba. En esos momentos de tanto peligro, sólo se piensa en salvar una vida que está al borde de la muerte y que se sabe que sin tu ayuda no tiene salvación. Con valentía, arte y rapidez actuó y consiguió salvar dos vidas, porque la de él también estaba en peligro. Como buen minero, lo sabía. No ignoraba que ese gas que había en cantidad mataba casi fulminantemente, pero a pesar de todo, no dudó en luchar. De esta forma y como éste hubo muchos hombres de la mina que murieron por salvar a sus compañeros. A éste poco le faltó, pero lo consiguió y evitó dejar dos hogares destrozados por las garras de la mina, que muchas veces es temible y que no hay quien lo pueda evitar. Así es la vida de los mineros: dura y azarosa. Nunca se sabe cuándo va a llegar la desgracia o la suerte de salir. Mi hermano salió con graves heridas y el segundo ileso.

Este accidente fue como para matar a los que pillara, pero algunas veces la suerte es la que impera. En la voladura de este transversal salieron unas cuarenta toneladas de roca dura, con una potencia de destrucción capaz de deshacer todo lo que encuentra.

La cantidad de barrenos perforados en un frente de esta envergadura es muy numerosa y se dividen en varias partes. Corona en el techo, laterales, centro y fondo y con varios kilos de dinamita. Al ir a dar fuego a estas cargas hay que darlo primero a los del centro para dar salida al resto. En aquel tiempo se daba fuego con mecha. Todavía no había detonadores eléctricos. Cuando ya había dado fuego a todo el frente y mi hermano se disponía a marchar, salió el primer disparo que cogió a mi hermano lanzándolo hacia un lateral ya muy mal herido, pero con la suerte de caer su cuerpo en un bache y su cabeza a lado del poste del último cuadro. Esto fue lo que le salvó de morir en el acto, porque a medida que iban saliendo los otros disparos lo iban enterrando pero no la cabeza que estaba protegida por el poste. Aunque el peso de tantas toneladas le oprimía, podía todavía respirar por un agujero que la detonación le hizo en el pecho, muy cerca de la garganta, entre otras muchas heridas. De haber caído de frente no tendría salvación posible.

En cuanto sacaron a mi hermano nos llamaron a la oficina. En el acto salimos para el Pozo los dos ingenieros y yo. El Pozo Cerezal pertenecía a nuestro Grupo y mis jefes lo eran también de este pozo. Cuando llegamos, tenían a mi hermano en una camilla en el botiquín del pozo Cerezal después hacerle la primera cura de urgencia para evitar la pérdida de sangre, esperando por la ambulancia para trasladarlo al Sanatorio Adaro. Estaba muy negro por el polvo de la mina mezclado con sangre, acribillado de metralla por todas partes. Tenía toda la cara desguazada, quemada y respiraba por un agujero que tenía cerca de la garganta en la parte superior del pecho. No era capaz a pronunciar casi nada. Me agaché para ver si podía escuchar algo de lo que intentaba pronunciar pero me costó mucho poder saber lo que me decía. Me cogió con sus manos llenas de sangre y acercándome a él pude entender que me decía:

-Acompáñame, hermano. No me abandones. Tienes que hacer lo que puedas para salvarme. No quiero morir y dejar a mis hijos. No puedo soportar tanto dolor.

-Tranquilízate porque seguro que te vas a recuperar y nunca estarás solo. Yo estaré contigo en la ambulancia y también en el hospital. Allí hay un buen equipo de médicos y te curan muy luego.

Los mismos Ingenieros (D. Francisco Martín Diego y su ayudante) lloraron conmigo temiendo por su vida. Mi hermano era muy apreciado. Fue un gran minero y buen vigilante. Nunca podré olvidar aquel triste día.

Le acompañé en la ambulancia y no le dejé nunca solo. Todos los días iba a ver a los médicos. Yo estaba muy relacionado en ese hospital. Aparte de haber estado cuatro veces hospitalizado, todas las semanas iba a tomar la relación de accidentados de nuestro Grupo. Eso para él suponía mucha tranquilidad. Aunque iba la familia a visitarlo cada día, yo no podía fallar. Así hasta que salió fuera de peligro. Aunque fue un proceso largo se curó, pero le quedaron en la parte derecha de su cara gran cantidad de marcas negras producidas por las quemaduras de las rocas incrustadas y “queloides” que nunca se pudieron quitar. Por muchas vueltas que dimos nada se pudo hacer para librarle de la negrura de las rocas de la mina que permanecerían en él para el resto de su vida. Le acompañé a la Clínica en Madrid para que el Director lo viera y nos aconsejara lo que se podía hacer. Después de varias consultas y pruebas nada se pudo hacer para liberarlo de aquellas quemaduras negras. Este grave accidente ocurrió el día 23 de Septiembre de 1.963, lunes, y mi esposa y yo nos casábamos el sábado siguiente.

Por fin conseguimos nuestras manos y regresamos a Madrid. Después de presentarnos a las Autoridades, nos llevaron a televisión. Sólo había un canal instalado en un bajo de la Castellana y hacia muy poco tiempo que funcionaba. Aquí en Asturias no se veía por casi ninguna parte. Era el comienzo de la era de la televisión. Por nuestra zona se hacían pruebas para localizar las señales. Unas de las primeras que se hicieron fue en la Campeta y en otras montañas más altas y cercanas a nuestro valle. Hasta a ese momento la televisión sólo se podía ver en Sama y con mucha dificultad.

La llegada de la televisión fue una novedad muy importante para todos y sobre todo para mi familia, que me iba a ver por primera vez con mis nuevas manos en ella. Bajaron todos a Sama y llevaron a mi esposa que en ese tiempo era mi novia. Más tarde, a mi regreso me contaron que les había resultado muy emocionante y que no pudieron evitar las lágrimas por la alegría del momento. Se trataba de dos acontecimientos históricos para ellos: la llegada de la tele y la llegada de un hermano, lo mismo que mi novia que también se emociono. Fue algo que nunca olvidaron. Mis padres no verían la televisión hasta que llegó al pueblo y mis manos hasta que regresé a casa.

La gente se desplazaba para ver las pruebas que los técnicos iban haciendo por las montañas. No les importaban los malos caminos de los montes ni la lluvia o los fríos del invierno. Lo importante era ver la televisión. Nos parecía casi imposible que la imagen pasara a través de esa pequeña pantalla que nos resultaba misteriosa y que fue noticia de la época.

En aquel tiempo los preparativos para emitir un programa llevaban tiempo y cuando salimos era muy tarde. Sólo nos quedó tiempo para comer deprisa y coger el tren para casa. Esta vez no pudimos visitar ni despedirnos de nadie en la Capital. Cogimos el Metro para ir al hotel a comer y recoger el equipaje. Yo, que siempre anduve rápido, salí a la puerta de Sol. Alejandro, siempre iba más atrasado. Al subir tantas escaleras aquel día, tardaba demasiado. Yo no sabía por qué motivo no subía. Bajé a buscarlo y lo encontré llorando en la boca del metro. Me sorprendí y le pregunté:

-¿Qué te pasa? ¿Cómo estas llorando?

-Es que no soporto quedarme solo. Creo que éste será el último viaje que haremos juntos. Tú vas a casarte y ya no me llevarás más a ningún viaje. Sé que te molesté mucho, que tuviste que ser duro conmigo para sacarme de los bares. Reconozco que te portaste muy bien conmigo y voy a sentir mucho tu falta.

A mí me dio pena de cómo razonó las cosas. Nunca me había hablado con tanta franqueza. Era hombre duro y ciertamente reservado. Le tranquilicé diciéndole:

-Aunque yo me vaya a casar, nada va a cambiar. Cuando haya que hacer algún viaje tú irás como fuiste siempre, no pasa nada.

Cierto es que le aparté de muchas borracheras. El hombre no tenía fuerza de voluntad para dejar la bebida. Algunas veces tuve que enfadarme con él y hasta decirle que me iba y que nunca más viajaríamos juntos. Eso para él era darle de baja y tenía su amor propio, pero era mi única arma para sacarlo del mal camino de la bebida que nunca pudo dejar. Mientras que a mí me gustaba mirar a las chicas, los escaparates, pasear y leer revistas y periódicos, a él solo le gustaban los bares. Nunca pude saber el porqué del cambio tan brusco que tuvo después de la experiencia de tener novia y una hija. Su accidente le cambio total mente. Muy pocas veces le oí hablar de mujeres y eso me extrañó mucho. No sé si sería porque sentía un fuerte complejo pensando que ya ninguna le haría caso. 

Él sabía que yo tenía que ir a Madrid con cierta frecuencia y no le gustaba quedarse atrás. Siempre le gustó mucho viajar.

-No te preocupes, le dije. Vendrás a los viajes y te ayudaremos como lo hice siempre. Será mi esposa la que te abrochará los botones de la camisa y yo te afeitaré. No pasa nada.

Siempre que viajábamos juntos yo le afeitaba con su máquina eléctrica y le abrochaba los botones de la camisa, que era lo más difícil para él. Con su accidente le había tocado peor suerte. La amputación de sus manos era ligeramente más corta y eso le repercutió mucho a la hora de trabajar. Aparte de que él no lo cogió con la afición que se necesita para esos trabajos tan difíciles. El movimiento del cúbito y el radio sin duda es una de las cosas más importantes para el manejo de nuestras prótesis.

Muchas veces lo llevaríamos con nosotros y le ayudaríamos como le había prometido, pero esto no iba ser suficiente para apartarlo de la bebida. Aunque lo sentí, yo tenía mucho que trabajar y no podía desplazarme tan a menudo. Dejé los viajes. Al encontrarse sólo y con tiempo libre, Alejandro no podía apartarse de los bares. Le daba por seguir bebiendo. No consiguió dejarlo y en pocos años se estropeó. El alcohol no perdona. En cuanto se pasa uno del límite, ya es difícil salir. Yo sigo creyendo que lo mejor para él hubiera sido haberse casado. Sinceramente creo que ese fue su mayor error. Nunca se decidió por ello. Murió siendo muy joven hacia 1968 o 1969 de cirrosis hepática. Lo sentí muchísimo. No pude asistir a su entierro porque me encontraba fuera y cuando me localizaron ya era tarde. La bebida terminó con la vida de un hombre que pudo haber formado una familia pero que él mismo rechazó.