Después de construir mi casa y vivir en ella, otro problema, no había agua en todo el pueblo. Escavé en distintos lugares para examinar una tubería que sabia había abandonada ya de varios,
Esta fue instalad por la Duro Felguera para subir agua para el servicio del pozo minero y que más tarde abandonó por ser poca. Por lo que puso una gran instalación de bombeo desde el río Nalón.
Pensé que esta tubería se podría aplicar para subir el agua a nuestro pueblo y también al botiquín y a las oficinas de la empresa. Hablé con los ingenieros por si me autorizaban. Ya que esta seguía siendo propiedad de la empresa. Les pareció normal y hasta necesario, pues ellos no sabían de esa tubería, que era muy importante para dar este servicio a las tres partes. Además de darme la autorización. Me prometieron ayuda con el personal del Pozo para realizar las tareas de excavación de 80 metros de longitud de una parte que había que realizar en la entrada del pueblo. Yo me encargaría de dar las vueltas con el Ayuntamiento y dirigir las obras.
Bajé a visitar al Alcalde y le expliqué que ya existía casi toda la instalación de tubería, solo faltaban unos 80 metros, desde la vertical del depósito, frente a las oficinas, hasta delante de las casas. Se trataba de una pequeña obra, pero de una gran importancia, por dar agua a todo el pueblo, además de al botiquín, donde se curaban los mineros las heridas y se lavaban con el agua negra del río Nalón. El señor alcalde, que era muy político, nunca me dijo que no, pero tampoco que sí. Por muchas visitas que le hice durante largo tiempo, siempre regresaba de la misma forma, sin saber nada del tema. Siempre se salía por peteneras. Pasaba el tiempo y después de dos años y medio de lucha y de visitas inútiles, siempre me engañaba y el agua no llegaba. En una de esas visitas salí como entré, sin conseguir nada, pero al salir a la calle me esperaba un señor, una gran persona.
-Arsenio, ya llevas demasiado peleando para dar agua a tu pueblo y nadie se molesta en ayudarte. El Alcalde te engaña. Eres un hombre luchador y lo mereces porque te hace mucha falta, pero este pollo no quiere gastar dinero. Lo malo es que nunca te dará el agua y eso me duele mucho. Lo tienes todo a tu favor, primero, porque ya está la instalación casi hecha, segundo, eres merecedor de ella, tienes una industria por la que pagas tus impuestos y también tienes la ayuda de los ingenieros, que son tus jefes y te aprecian mucho. No me descubras, yo también te aprecio mucho y me da mucha pena que te siga engañando miserablemente. No solo mereces ese agua por el que luchas ya desde hace años, sino mucho más por trabajador y formal que eres.
Lo conseguirás como yo te diré. Llegarás al pueblo y dirás que tienes el agua concedida. Pedirás ayuda a la Empresa, reclutarás a los que puedas del pueblo, que pocos van a ser, pero alguno habrá. Comenzarás la obra, abrirás las excavaciones hasta tu casa y cuando todo esté preparado bajarás a verle y le dirás que ya está todo a punto para meter la tubería. Que el pueblo se puso hacerlo porque creyó que ya estaba autorizado después de tanto tiempo de espera. Nada podrá hacer. Contigo no se meterá, se callara y te mandará todo lo que haga falta, así de fácil.
Este amigo, me dijo que no tuviera miedo a nada, nada me podía hacer. Luchaba por una causa justa como era dar agua a mi pueblo. Si aguantaba en la primera entrevista, luego ya todo estaría resuelto.
Yo no podía entender aquello que me proponía aquel gran hombre. Era superior a mí, nunca serví para esas cosas, pero que me oriento y con toda la razón. No claudiques Arsenio, hace como te dije, me lo prometes, si no te decides nunca lo conseguirás.
Le di las gracias y sin pensarlo más, pero muy preocupado, subí y hablé con mis jefes para que al día siguiente me dejaran dos hombres y dos martillos de picar. Mande a la gente que se preparara. Se comenzaron las obras y en pocos días se hicieron las excavaciones. Amenazaba con llover muy fuerte. Bajé a ver al Alcalde, que siempre me engañaba, pero esta vez iba a ser él el engañado, porque se la tragó con rabo y todo. Desde luego, yo iba muy nervioso, reconozco que no sirvo para estas cosas, pero esta vez era necesario actuar de verdad. El hombre que me había orientado era muy inteligente y confié en él porque era una gran persona y sabía que no me engañaba. Me di cuenta que tenía toda la razón para aconsejarme de aquella forma y eso me dio fuerzas. Era en favor de la verdad y del derecho de mi pueblo al que, a pesar de estar al lado de la capital del concejo, a una pequeña distancia de 400 metros, tenían abandonado, sin agua, sin alcantarillas. Hasta con poca energía para la luz, era muy pobre, para las casas, las bombillas más bien parecían velas. Pues si ya en ese tiempo teníamos luz en casa había sido gracias a que yo la había pagado. Tampoco teníamos alumbrado en las calles, pues ni siquiera había fuerza en la tensión que alimentaba las casas. Cuando vine a este pueblo y después de hacer la casa, solicite energía industrial. La Empresa ERCA me dijo que si quería energía que tenía que pagar 8.800 pesetas por la diferencia del nuevo transformador. Alegando que el que había no tenía potencia muy pobre, no servía ni para poder leer por las noches.
Parecía como si nuestro pueblo no constara en el mapa. Los de la compañía ERC. Que eran los que cobran el beneficio de más consumo de todo el pueblo, no tenían derecho a cobrar nada sino, a dar un servicio normal al pueblo. Pero si quise dar más energía a mi pueblo yo la tuve que pagar.
En aquellos tiempos hacían lo que querían sin que nadie tuviera derecho a nada más al que ellos imponían. Aquella cantidad de dinero era mucho para esos tiempos y sobre todo para mi débil economía.
Cuando me alejaba, aquel hombre que me apreciaba y que quería ayudarme de verdad, se acercó de nuevo y me dijo:
-No te acobardes, no se trata de una mentira para lucrarte tú, sino de una maniobra un tanto política para defender los derechos de tu pueblo y no te olvides de que tienes toda la razón para exigir ése agua que a todos nos es tan necesaria. Sigue adelante y vencerás. En este caso, me dijo, el único que engaña es él porque es un zorro político. Lo tuyo no es una mentira, solo es una forma de luchar por la verdad y el derecho de un pueblo.
Una vez que todo estaba a punto para meter la tubería, bajé al despacho del Alcalde. Le expliqué que todo estaba en orden para comenzar la instalación de la tubería. Sorprendido me dijo:
-¿Cómo se empezó esa obra sin autorización?
-No lo sé. El pueblo se puso y lo hizo. Lo malo es que si no actúas con rapidez podemos parar el Pozo sin querer. Parece que vine una tormenta que va a llover mucho y es peligroso, pueden hundirse los muros y dejar la carretera bloqueada.
A pesar de su gran sorpresa, dijo:
-Pero, si no tengo el aparejador porque está de vacaciones y además estamos enfadados. Yo no puedo llamarlo.
-Eso no es problema, yo le llamaré. El me debe favores. Somos catorce hermanos y todos le dimos la obra de nuestras casas, acaba de hacer la última de uno de mis hermanos, la que yo mismo lleve su administración técnica con él. Dime donde está de vacaciones y lo busco.
Me dijo donde podía encontrarlo. Yo no tenía carnet de conducir, sí teníamos ya nuestra primera furgoneta, una Seata 600, muy buena, por cierto. Llamé al conductor para que me llevara.
Me costó rodar toda la mañana, pero al medio día dimos con D. Isaac, el aparejador. Le conté lo que había y le dije que sentía mucho el molestarle, pero que se trataba de un apuro y que yo mismo le pagaría. Me dijo que no me preocupara, que al día siguiente, a las 9, llegaría sin falta. Prepara me dijo: todo lo necesario para hacer el presupuesto, incluido la cinta métrica.
-Le dije que solo hacía falta su presencia. Le di las gracias y me fui contento y tranquilo, pues la gran nube quedaba atrás. A las nueve, como había prometido, allí estaba, El Señor Isaac Aparejador del Ayuntamiento. Fue un caballero con migo se porto muy bien, aunque quise pagarle no me cobro nada y muy atento hizo todo para ayudarme como tenía que ser. Lo que mucho le agradecí. Medimos, bajamos al Ayuntamiento y mandó al camión a buscar la tubería a Gijón. Me ayudó desinteresadamente y me dijo:
Arsenio, me alegro mucho que hayas conseguido el agua, siempre considere que era una pena que un pueblo tan cerca de la villa no le diera agua. Presta ayudarte me dijo: porque eres muy emprendedor, además de trabajar mucho. Tendió su mano para saludarme y me dijo: en hora buena amigo, bien te lo mereces, ya tienes agua. Si precisas algo me llamas.
Muchas gracias Isaac, Nunca olvidare el gran favor que acabas de hacer.
Es digno de destacar la actuación de este D. Isaac el Aparejador. Siempre lo, recordare con afecto por lo noble y atento que siempre fue con la gente de estos pueblos. Le conocí muchos años trabajando y siempre cumplió con su deber.
Al trasladar el almacén de vinos a la nueva casa necesitaba dos vigas de roble para encantelar los bocoyes de vino. Las compré a un vecino de San Mamés, me pidió por el árbol un pelleyu de vino, y lo acepté. Un sábado lo cortamos y lo labramos para el día siguiente domingo, ir a subirlo a la carretera. Este roble estaba en el reguero del Cuello, San Mames, en lo más profundo de éste. El prado era muy pendiente y húmedo en cantidad. Era el mes de marzo y había mucha agua por todo el prado. Me acompañaban para subirlo nueve chavales, todos éramos jóvenes, el mayor era yo, tenía 29 años, la mayoría, alrededor de los 20. Yo tenía mucho miedo a que por falta de experiencia y por el fuerte peso del árbol pudieran fallar algunos. Una de las vigas era muy pesada y sentía pavor de meternos debajo de ésta. Quise dejarla hasta contar con más gente y que alguno fuera mayor, además de la experiencia, seriamos más. Todos dijeron que no pasaba nada, que había que sacarla y se pusieron a cargarla en los hombros. Les paré y les dije:
-¡Mucho ojo! Escuchadme bien lo que os digo: yo me colocaré el último por abajo, si la gente fallara y doy la voz de alarma, posad la viga por la parte de adelante lo más rápido posible, yo con rodilla en tierra la aguantaré hasta que salgáis todos, no vaya ser que coja debajo a uno, sería muy peligroso.
Nos pusimos de acuerdo y nos dispusimos a subirla. Cargamos aquella pesada viga y cuando ya habíamos subido 40 metros la gente comenzó a fallar. Di la voz de salida y todos lo hicieron muy bien, yo con rodilla en tierra aguante hasta que se quedó libre. Cuando la solté me caí al suelo con unos de dolores insoportables. El tremendo esfuerzo me dejo inmóvil en medio del prado y en una posición de peligro para marchar rodando. Mis compañeros pensaron que me había roto la columna. Nada les deje aunque también lo pensaba. Les dije:
-Procurad no moverme hasta ver lo que pasa. Poneos alguno en la parte de abajo por si echo a rodar.
Pasé en esta posición un buen rato hasta que cesaron un poco los fuertes dolores, aunque intenté moverme, no me fue posible. Todos opinaban que ya no podría seguir más allí por la humedad y el frío. Cierto, un cuerpo lesionado e inmóvil no puede permanecer mucho tiempo en esas condiciones. Pensaron que lo mejor era subirme en una escalera para no lesionar mi columna. Fueron a por una y me sacaron al camino donde estuve como hora y media en el suelo, sin poder moverme, ni las piernas ni brazos. Inmóvil, solo podía ver, respirar y hablar poco. Esperé a ver si me pasaba. En el largo rato de espera pensé que ya era hombre al agua, que me había destrozado para siempre. Me acordaba de mi esposa, de mis pequeños y de mis padres y me decía: “¿tan negra la tendré como para dejar a mi familia sin criar?”. En esos momentos de tanto sufrimiento pedí en el mayor del silencio, que por lo menos me dejara poder dar estudios a mis hijos y verlos criados. Conocía bien el resultado de los que rompían la columna. En la Clínica donde me rehabilite por la pérdida de las manos había varios casos y casi todos duraron poco tiempo. Pensar eso me aterrorizaba.
Cuando ya se calmaron un poco los dolores les dije:
-Es muy tarde y a todos nos esperan las familias para comer, ayudadme a levantarme a ver si puedo caminar, creo que ya tengo fuerzas.
Una vez de pie tuve que esperar a recuperarme por un momento no podía caminar, aunque me tenía en pie. Al poco tiempo ya pude marchar a casa, aunque los dolores durarían mucho tiempo.
Seguí trabajando, aguanté hasta que no pude más. La consulta de un buen médico era cara y nuestra economía era débil, por ese motivo soporte tantos dolores largo tiempo. Viendo que no cesaban y que me impedían rendir lo suficiente en los trabajos, no me quedo otro remedio más que ir a consultarlo a un gran especialista, el Dr. Sánchez Juan, un médico excepcional, gozaba de una gran fama entre los mineros de toda Asturias y con mucha razón. En su consulta se informó muy bien, primero de cómo fue el accidente, de cómo vivía, en qué trabajaba, como era mi situación económica y una serie de cosas necesarias para su diagnóstico. Luego me examinó con rayos x y me hizo las correspondientes radiografías. El resultado fue matemático, vio las secuelas de aquel inmenso tirón y también otro problema que padecía. Con su forma de ser, escueto y rotundo, me dijo:
-Amigo Arsenio, lo siento, pero si no haces al pie de la letra lo que te digo no tienes salvación, te mueres en poco tiempo y sin remedio.
Mi esposa se quedó asustada, yo sin habla, esperando a que nos explicara el motivo. Después de su silencio dijo:
-¿Has visto a un gato cuando lo ataca un perro o una fiera cómo pone su lomo curvado y sus pelos de punta?
-Sí, lo he visto.
-Pues ese gato, en esa posición, solo puede durar unos minutos, muy pocos, de seguir sin librarse de la mirada de la fiera, automáticamente se muere. Pues ese problema lo padeces tú. Estás reventado de trabajo, tú misma mujer lo dice. Debes dinero, no duermes, no descansas y sufres más de lo que puede aguantar tu cuerpo.
-¿Y no tiene cura? le preguntó mi esposa.
-Sí que la tiene, si se aleja del trabajo y de toda la lucha que tiene. Sin remedio y contra tu voluntad, cogerás un mes de vacaciones en Castilla, alejado de todo y sin pensar en ello. Al regreso trabajarás lo normal y sin ese estrés que sufres permanentemente, te curarás.
-¿Cómo voy a ir de vacaciones si no tengo dinero? Además, debo una hipoteca de de la casa. Es imposible, no puedo ir y dejar el trabajo.
-No hay otra opción. Si quieres ver a tus hijos criados no tienes otro remedio que dejarlo todo. En poco tiempo caerás y el dinero no te va solucionar nada y mucho menos el trabajo. No le des vueltas, que no hay otra salida a tu caso, es imposible aguantar lo que tú estás aguantando. Tienes que vivir, eres responsable de una familia, ¿qué pretendes, dejarla sola?
Salimos de su consulta que echábamos fuego pensando en la falta de dinero y las dichosas vacaciones, aunque muy agradecido de aquel gran médico, que, además, me pareció un adivino pues enseguida comprendió mi situación. Yo no quería darme de baja pero me encontraba verdaderamente reventado, no solo por el exceso de trabajo, sino por el sufrimiento de deber dinero, me atormentaba. Si cierto es que siempre fui fuerte para el trabajo, débil y pesimista por deber dinero y tener miedo a no poder pagarlo, eso siempre fue superior a mí. Es posible que ese miedo me haya limitado en mis primeros años de empresario y por eso tarde mucho en equilibrar mi economía.
Fuimos a ver a mis padres que esperaban con impaciencia, seguro que sufrían tanto como nosotros. Les contamos lo que pasaba. Yo proponía bajar el trabajo y procurar serenarme un poco, no pensando tanto en la deuda, pero no ir de vacaciones, no lo podía asimilar. Entre mi esposa, que estaba amedrentada por el médico, y mis padres no tuvimos más remedio que marcharnos a León. Cogimos el petate y a tomar el sol en Valencia de don Juan, “como si fuera un potentado económicamente”, decía yo a mi esposa.
Desde luego aquello resultó como el médico había dicho: me curé y me serené un poco. No podía dejar el trabajo, era mi medio de vida y en lugar de menguarlo, crecería aun más. El negocio del vino no daba un duro pero me las iba a reglando con la cría de ganado y la venta de muchas toneladas de abono, aunque se ganaba poco también. Mucho movimiento pero poco margen, si subía algo el precio vendía menos y, si no, era muy escaso. Eran tiempos muy difíciles y no conseguía mejorar mi economía, para poder liberarme de la maldita presión por deber el préstamo para la casa. Hasta que no consegui pagar lo que debía no descase.
En aquella misma semana que mi hermano murió, en Madrid, comenzaba otra nueva vida, allí habíamos encargado, sin saberlo, a nuestra primera hija, Ana María. Fue muy importante para nosotros, volvía a crecer la familia. La única que estaba preocupada aunque no decía nada era mi suegra, que sufría en silencio. Años atrás había nacido una criatura sin una mano y como el padre había sufrido un accidente en el que perdió una mano, la gente pensó que era por ese problema. Aquella noticia sirvió para que mucha gente me preguntara si no tendría miedo que cuando me casara me pudiera pasar lo mismo. Mi contestación siempre fue la misma: “no hay relación de un accidente con la naturaleza, no hay por qué temer nada”.
Siempre les dije que cómo podían pensar tamaña barbaridad. Qué tiene que ver la amputación de un dedo o de una mano con eso, si es un accidente. Precisamente en las cuencas mineras hay amputaciones de piernas, manos, dedos y otros, pero nunca salió un caso así.
En esa fecha iba a tomar nota al Sanatorio Adaro de Sama, de los accidentados del Grupo y también al Ambulatorio en la Calle La Lila, de Oviedo, de los que iban al reconocimiento de silicosis y todos los viernes al Botiquín de accidentes de nuestra zona a tomar nota de los accidentados del Grupo. Pasaban la consulta tres Médicos: Dr. D. Alfonso Argüelles, Dr. D. Tobías y Dr. D. Emiliano Fernández Guerra, además de un Practicante. Como todos los días después de terminar la consulta los médicos se reunían alrededor de una mesa grande donde yo trabajaba, siempre salía algún comentario. Aquel día tocó el tema de una niña que nació sin una mano y que además se dio la circunstancia de que a su padre le falta una
El Dr. D. Alfonso Argüelles me preguntó:
-Arsenio, ¿cómo ves tú esta cuestión de las amputaciones?
-Muy clara, nada tiene que ver un accidente con un trauma de esta envergadura, aquí sí que no existe la ley del Talión diente por diente y ojo por ojo le dije: aunque soy profano en medicina tengo claro que no existe relación. La prueba está en la cantidad de amputaciones que hay, y nuca surgió nada. Creo que esto fue una casualidad.
-Es muy bueno que pienses así porque el día que te cases podrás mentalizar a tu esposa de que nada tiene que ver. Nosotros tampoco sabemos ciertamente por qué surgen, pero nos inclinamos a pensar que la mentalidad de la madre puede haber sido la causa. No te olvides de eso, en estos casos la tranquilidad es fundamental y lo mejor. Hay que convencerla de que es totalmente normal.
Pasaron los años y en cuanto comencé con mi esposa le comenté el tema y ella siempre estuvo convencida de que no guardaba relación ninguna. Más tarde, después de casarnos y quedarse embarazada, le daba alguna charla sobre el tema y ella lo comprendía muy bien. Nunca pensó en ese tema. Su embarazo fue normal, pasaron los nueve meses y en la Maternidad de Sotrondio, a las 12 de la noche del 4 de Marzo de 1965, nacía nuestra hija Ana María. En la sala de estar esperábamos mi suegra, mi hermana Araceli y yo. Desde luego estaba nervioso como todos los padres. En el momento de nacer la niña salió el practicante Manolo Carcedo y me dijo:
-Arsenio, enhorabuena, tienes una hermosa niña. Tu mujer está muy bien.
Casi no me dio tiempo a darle las gracias cuando mi suegra, llorando de alegría, le preguntó:
-¿Tiene manos?
-¿Cómo no va tener manos, señora? ¿Por qué lo dice?
-Porque me atormentaban las vecinas diciéndome si no tenía miedo a que naciera sin manos, por lo de su padre. El día antes de ingresar, estando lavando en el lavadero del pueblo, me lo preguntaron y como ya estaba harta de tantas tonterías les dije que no tenía miedo porque él la hizo con lo que tiene de hombre, no con las manos.
La pobre mujer sufría en silencio, nunca nos había dicho nada hasta este día. Su comentario fue que algunas veces hasta no le gustaba salir de casa para no escuchar a aquellas ignorantes mujeres, que sin darse cuenta le hacían sufrir, repitiendo lo mismo con mucha frecuencia. Durante los nueve meses nos veía a los dos muy normales y, a pesar de yo darle alguna charla sobre el particular, no lo comprendió y no fue quien a olvidar, ni a echar de su mente aquella duda que le atormentaba. Mientras que no vio por sus propios ojos el feliz acontecimiento, no se convenció.
Mi esposa, al poco tiempo, se quedó embarazada nuevamente y, como el anterior, con toda normalidad. Mi suegra ya no tuvo ningún miedo, tampoco las que tanto la molestaron le dijeron nada. Sin molestias y todo con normalidad, en la tarde del 7 de Enero de 1966, a mi esposa le pareció sentir alguna molestia. Quise llevarla a maternidad.
-Es muy poca cosa, no va a ser para eso dijo: esperemos un poco más.
No había pasado una hora, cuando la cosa apretó de duro. Se dio cuenta de que ya era tarde para marchar, se metió en cama y comenzó a nacer el niño. Todo fue tan rápido que no dio tiempo a nada. Con la ayuda de mi suegra y una vecina, se arreglo. Yo miraba todo el proceso un poco nervioso. Al momento había nacido nuestro hijo Norberto. Mi suegra, orgullosa de ser abuela, se sentía tranquila. Nos ayudó a cuidar a los niños y todo salió perfecto, se criaron fuertes como robles.
A los cinco años el día 29 de Noviembre de 1.971 nacía nuestra hija Mónica en la maternidad de Oviedo. Nuestros tres hijos nacieron con toda normalidad.
Mi hermano murió a los veintisiete años de edad, casado y con dos niños de corta edad.
La rotura del eje de la máquina de extracción del Pozo San Mames le costó la vida a mi hermano Constante.
Tuvo que surgir una maldita avería en el Pozo para que el destino llevara a mi hermano a la muerte. Constante trabajaba como picador de carbón en el Pozo San Mamés. Se rompió el eje central de la máquina de extracción del Pozo.Una avería de largo tiempo. El eje era de un grosor superior al cuerpo de un hombre y procedía de un portaviones. Cuando menos lo esperábamos, se cree por un tirón de las Jaulas, aparte de que el eje ya tenía una fisura. Su torsión fue lo suficiente como para producir esta avería. El único remedio fue parar el Pozo para cambiarlo,lo que iba suponer el parar el pozo casi dos meses.
La gente se destinó al resto de los Pozos cercanos. Era el mes de Junio de 1964. Todos los picadores querían las vacaciones antes de ser destinados a Pozos desconocidos. El Ingeniero me dijo:
-Arsenio, va a comenzar a desfilar por aquí la gente a pedir las vacaciones. Ya sabes cómo están las cosas, tú les atenderás y les dirás lo que pasa. No hay vacaciones para nadie, sería una pérdida de producción importante y la Empresa no lo autoriza.
Mi hermano, como casi todos, también las pidió. Vino y me dijo: Hermano, necesito que me deis las cavaciones, no me gusta ir a es pozo. Habia sido destinado al pozo Cerezal. Además ,me dijo: ya sabes que tengo que recoger la hieba en uno de los prados más grandes que él recogía, y que daba mucho trabajo, aparte de estar solo él y su mejer para esta gran faena.
-Lo siento de corazón le dije: en este caso no puedo ayudarte, el Jefe acaba de comentarme el problema de toda la gente, si hacemos una excepción contigo de esta clase habrá protestas y con toda la razón. Date cuenta que es un caso extremo y no hay más remedio que tratar a todos igual.
Él mismo se dio cuenta de que no podía y me dijo:
-Es cierto que todos mis compañeros también quieren las vacaciones.
Se marchó muy a disgusto. ¡Pobre hermano! No sabía que aquello iba ser su muerte.
Fue destinado al Pozo Cerezal, a una de las primeras generalas. Era una capa de gran potencia, de mucho trabajo, con grisú y muy calurosa, una de las ramplas mas malas del pozo. Salían pingando de sudor producido por el trabajo y el exceso de calor. Las galerías eran muy largas. Bajaban andando hasta el desanche, donde les esperaba un tren de seis vagones para bajar al personal. Había mucha agua y se mojaban los pies al pasar. Mi hermano llegaba algo tarde y al coger el tren que ya había arrancado, pego con su cabeza en el cable de la corriente en la catenaria, que alimentaba las locomotoras. En este triste y aciago día 29 de junio por ser el casco metálico y llevar el pecho semidesnudo, pues solo vestía una simple camisa y la llevaba desabotonada por el calor. Al pasar en entre los topes de los vagones su cuerpo rozó en el vagón a su vez que el casco en la línea de alimentación y, dado que iba mojado, le sobrevino una fuerte descarga eléctrica. Solo pudo decir: “¡Ay, madre!” Se cayó fulminado. Entre sus compañeros se encontraba nuestro cuñado Anselmo y el hermano de su mujer. Quisieron auxiliarlo pero nada pudieron hacer. Mi hermano ya era cadáver. La potencian de la energía era de 500 W lo suficiente para dejarlo en el sitio.
El Pozo Cerezal está situado en la falda de una montaña que divide los dos valles, el de San Mames y Santa barbará. En lo más alto de ésta montaña está situado el prado donde tenían la faena de la recogida de la hierba y que daba vista al mismo Pozo. A la espalda de ésta está nuestro pueblo de La Bobia, también casi en la cúspide. Desde este prado se divisaba a la gente deambular delante del Pozo. Allí estaban sus dos hijos de corta edad, José Ramón y Constantino, con su madre, Enedina, a la hierba. Eran las 2 de la tarde y miraban cómo salía el camión con los mineros que los transportaría hasta el pueblo. Enedina dijo a sus hijos:
-Vamos para casa, ya sale el camión y viene papá a comer.
Cierto, el camión sí salió, pero su padre no. Allí se quedó esperado su último viaje, pero en la carroza. En lugar de llegar el papá, en el camión llegó un enviado a buscar la ropa, con la triste noticia de su muerte.
Cuando aquella tarde del 29 de Junio de 1.964, observábamos las fieras del parque zoológico en Madrid, frente a la jaula de los lobos, vimos a uno que dormía junto a la alambrada. Con su hocico metido entre las patas delanteras. Yo, sin decir nada, me agaché y metí mi mano, le cogí el hocico y éste dio un fuerte rugido. Se asusto tanto el lobo como mi esposa, quien dio un salto atrás. También un señor se asustó y al momento dijo:
-Sí que resulta curioso que usted pueda decir que cogió a un lobo vivo por el hocico.
Cierto que cogí el hocico al lobo, pero lo que yo no sabía era que al poco tiempo, menos de dos horas, vería las orejas al lobo de verdad. Eso sí que sería grave. Terminamos de ver las fieras, salimos y nos sentamos en un banco en el parque del retiro. Hacía varios años que no fumaba, pero no sé por qué razón me apeteció y dije a mi esposa que me apetecía fumar y compré una caja de camel en un puesto de golosinas que había muy cerca. Me senté de nuevo a su lado, saqué un pitillo, pero no me dio tiempo a prenderlo cuando me acordé de que teníamos que llamar a Blimea, para que el lunes me enviaran un camión a León para cargar un viaje de vino al regresar a casa, para no perder otro día de trabajo.
Eran las siete, el repartidor de vinos, se marchaba para los pueblos con el último viaje y no había teléfono. Salimos a toda prisa, bajamos a la Castellana hacia la telefónica y pedí una conferencia. Aun no era automático el teléfono y me salió la centralita de Sotrondio. Era Conchita, una chica conocida de siempre de la familia. Cuando me contestó me dijo, creo que llorando:
-¡Ay, Arsenio, hijo! Te busca hasta la policía y no te encuentran. Sal para acá rápido.
No me dio ninguna explicación, solo me dijo que me ponía con el bar Montes. Me asusté y dije a mi esposa:
-Uno que cayó en la mina, ¿a quién le tocaría?
-¿Cómo dices eso?
-Sí, sí, aquí hay algo muy grave, Conchita estaba llorando y no me quiso dar explicaciones.
Se puso María Jesús, la chigrera del bar Montes, al teléfono, yo no tenía teléfono aunque me habían dado número, se retrasaron unos días. María Jesús dijo:
-Hola Arsenio.
-¿Quién se mató en la mina? Le dije.
– Tu hermano Constante. No ha muerto, está muy grave.
Casi me caigo porque comprendí que estaba muerto a juzgar por la forma en que me habló Conchita. Cogimos el primer taxi que llegó. Llorando los dos amargamente le pedí al taxista que nos llevara a Asturias. Dijo que tenía que ir al jefe, para que le acompañara. Subimos al taxi, se dirigió hasta donde estaba el dueño. Fuimos al Hotel a por el equipaje, dejé una nota para Alejandro y salimos.
Fue un viaje que jamás olvidaré. Con el disgusto me atacaron los nervios al estómago y pasé todo el recorrido vomitando. Los dolores fueron de terror, bebía agua para apagarlos los bonitos y al momento, fuera de nuevo. Quise morir de dolores, todo eso resultaba tan doloroso como cuando da una congestión, es terrorífico lo que se pasa.
Cuando pasamos por Valladolid, dijeron que si podían parar a comprarse unos bocadillos. Les pedí que me dieran una cerveza a ver si me pasan los vómitos y no me valió, seguí mal todo el viaje.
Cuando comenzamos a bajar el puerto de Pajares dije a mi esposa:
-Desde Blimea ya sabremos si está muerto o no.
-¿Por qué lo sabes?
-Desde allí se divisa todo el valle y nuestra casa se ve muy bien por estar sola en una finca. Si no se ven luces en casa es que esta en el hospital, si hay luces lo están velando.
Cuando llegamos a Blimea no se vieron las luces. Eran las 5 de la madrugada, había neblina en la montaña y no lo pude ver hasta que ya subíamos por San Mamés. Vi la luz en la casa, entonces perdí mis esperanzas. ¡Pobre de mi hermano! Ya nunca más le vería. Al igual que otras veces donde se describen cosas extremas, al escribir este pasaje tan triste, tengo que parar, las lágrimas afloran a mis ojos y no me dejan ver para seguir escribiendo. Aunque ya se cumplieron 45 años de su muerte, nunca olvidé el recuerdo de mi hermano Constante. Me invade una tristeza que no puedo remediar, no solo era hermano, sino también mi mejor amigo. Los dos luchamos a brazo partido peleando con los ganados y en diversos trabajos. Era como un roble. Nos criamos a la vez y eso supone un aprecio diferente, aunque quieras mucho al resto de la familia, la convivencia de la infancia nunca se olvida.
Llegamos a casa a las 5 de la mañana, nuestra casa distaba de la carretera unos 500 metros. Al ver subir un coche en aquellas horas pensaron que seríamos nosotros. Mi pariente Sócrates y algunos más fueron a buscarnos al taxi. Cogieron el equipaje, pagué al taxista y para casa. Allí nos encontramos con aquel terrible cuadro: mi hermano yacía en el ataúd. Fue algo que no se puede describir. La pérdida de uno de tus seres queridos es tan fuerte como para morirse de pena.
¿Cómo sería el disgusto, que las manos que había traído de Francia, se quedaron en el taxi? No las ponía y por vivir en un pueblo cercano iba a casa de mis padres solo los domingos y no todos porque tenía que trabajar hasta de domingo. En aquel tiempo para mí no había días de fiesta ni descanso. Tenía que forjar mi vida y resultaba difícil, no disponía de tiempo para nada más que para el trabajo. Mi padre me decía muchas veces, “vas a reventar de tanto trabajo y después ya verás cómo lo tienes que dejar”.
Pasaron nueve meses y un día pregunté a mis padres por aquellas manos, pensando que estaban allí desde aquel día, pero se habían quedado en el taxi. La sorpresa fue que el maldito taxista no se molestó en buscar mi dirección a través del cuartel de la Guardia Civil o del Ayuntamiento y se perdieron.





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