Todos estábamos expuestos a encontrarnos con este problema y, dado que en la anterior partida de ganado me robaron en el peso unos cuantos kilos, para la siguiente llamé a otro carnicero. Llegó a mi ganadería acompañado de un ayudante. Era costumbre de estos individuos el traer a uno para ayudarles a machacar al ganadero.
Les presenté los 200 cerdos, los miraron. Les puso un precio por kilo en canal muy bajo, como siempre machacando al que trabaja, le dije:
-Señor, ese precio que usted poner es muy bajo, le propongo un trato que será bueno para los dos.
Saqué de mi bolsillo una libreta con los cálculos de los 200 cerdos y le dije:
-Aquí tengo una relación del peso de los cerdos en canal. Fui calculando el peso uno por uno de los 200 cerdos que estaban de diez en diez. Le dije al mercader: en estos cálculos no hay error, y si lo hubiera será en muy poco cosa. Le puedo asegurar que calculo mi ganado muy bien, en cambio no soy capaz de calcular los de otras ganaderías. No sé por qué razón, con los míos siempre me salió muy bien, soy buen calculador y no le engaño. Todos ellos pesan 15.425 kilos, al precio de 60 pesetas kilo canal, arrojan un total de 925.500 pesetas. Si me los lleva “a tira ramal” (esto es comprarlos todos sin pesarlos) le quito el pico de 25.500 pesetas, esas se las dejo para evitar problemas de peso. Estoy hasta la coronilla de pelear con este problema.
El granuja, con desfachatez y descaro dijo a su compañero, agregando un “feo taco”:
-Este paisano embarca a su madre. Sabe más de gochos que el inventor.
-No le engaño le dije: nada tiene que ver el saber valorar con el engañar. Soy hombre serio, le prometo que no me equivocare en más de mil pesetas. Ya le dije que antes que no puedo valorar otros, en los míos no hay error, y si por casualidad lo hubiera, aquí estoy para subsanarlo abonándole la diferencia que hubiera, pero eso no va ocurrir se lo a seguro.
No me creyó, era un mal psicólogo, no se dio cuenta de quién tenía delante. Aunque no tardaría mucho tiempo en enterarse de que todo era cierto, tal y como se lo había pintado. Una de las cosas más importantes en un hombre a parte de ser serio, es procurar saber a quien tiene al frente. Con un margen de error, en la mayoría de los casos se puede saber con quién estás tratando y eso es importantísimo. Éste solo sabía engañar, robar, pero esta vez le salió rana. Algunas veces se encuentra con el zapato a su medida. Normal mente esta clase de individuos son torpes y de bajo entendimiento, por eso se encuentran con serios problemas. Cuando se encuentran con hombres serios y firmes en sus comportamiento, como debe ser.
Tuve que tragarme el precio que taso, no le pude sacar ni una peseta más. Pero antes de soltarlo al precio que marco le dije:
-Le doy el ganado en ese precio, pero con la condición de que voy a comprobar el peso. A medida que vayan matando el ganado. Mandaré dos hombres con una romana para ir pesando sin molestar el proceso y que no pierdan tiempo, ya que era la escusa de estos trampas para saquear al ganadero.
El individuo no dijo nada al respecto y quedamos para matarlos al lunes siguiente. Se llevaron al matadero. Dado que yo tenía que trabajar y no podía ir, fueron un hermano y un cuñado con la romana. Al ponerse a pesarlos no les dejaron. Cuando estaban en canal los doscientos cerdos, me llamó al teléfono mi hermano y me dijo:
-Ven, porque yo no me arreglo con estos vestías, son como fieras.
Cierto, sabía que algunas veces surgían esta clase de gente y cuando iba a matar con desconocidos, siempre les tuvo miedo, pues los que eran formales estaban atascados de ganado y a todos no podían atender a la vez. Le dije a mi Jefe lo que había y me dijo que fuera tranquilo.
Era la 1 del medio día, nevaba sin cesar. Hace más de 41 años yo aun no tenía coche, saque el carnet el año próximo. Tuve que llamar a un taxi. Cuando llegué al matadero el grupo de matadores y el mismo mercader, todos a la vez, estaban protestando. Que si estaban sin comer y con frío. Formaron un gallinero para intimidarme y robar lo que querían en el peso. Les paré en seco. Con toda mi energía les dije:
-Silencio: si tienen hambre a comer, a mí no me hacen falta para nada, yo con quien tengo que hablar es con el que me compró los cerdos.
Conseguí hacerles callar y al momento. Y dirigiéndome al que me había comprado el ganado, le dije:
-Voy a hacer un trato con usted para que no haya problemas. Yo le echo los cerdos abrazados al camión y usted me echara los billetes al saco, también abrazados. ¡A ver quién gana más!
Se quedaron todos sorprendidos, pero seguí:
-Si no acepta, entonces yo pesaré a mis animales y me pagará el kilo al precio contratado de 60 pesetas kilo canal. Si no está de acuerdo llamo a la Guardia Civil y a un Notario. Levantaré un acta notarial. No tengo más que decir.
El gran explotador como si echara fuego por su mala boca, no tuvo más salida que decir:
-Compruébelos, que no le compraré mas cerdos.
-Tranquilo eso no va ocurrir, yo tampoco se los venderé, con una ya basta.
Ese día recordé algo que se le había ocurrido un paisano de mi pueblo. Una mañana estábamos en un lugar del pueblo al que llamábamos el cantú la carretera. Era donde el vecindario paraba en algunas de sus tertulias. En casi todos los pueblos de montaña hay un sitio para este menester. Yo acababa de llegar del hospital hacía unos días, ya sin las manos, y como era normal no podía coger nada ni comer. Allí estábamos el señor Perfecto Fernández, mi vecino y yo cuando llegó una vecina catequista que repartía cartas del Sr. Cura, que pedía 100 pesetas a los jóvenes para arreglar la iglesia. Me dijo:
-Toma la carta del Cura Arsenio.
-¿Cómo la va a acoger si no tiene manos?-Dijo Perfecto, que miraba.
La chica la metió en bolsillo de arriba de mi chaqueta y cuando se disponía a marchar este hombre, que siempre fue muy buena persona pero algo bromista, dijo:
-Eso sí que está bien, te mandan una carta y no la puedes coger. ¿Sabes lo que tienes que hacer? Ponerle en el sobre por atrás: Sr. Cura, la carta que usted me envió, no la recibí. Ya verás cómo no te mandan otra.
Nunca me olvidé del detalle de aquel buen hombre, que además de ser una buena persona se expresaba con facilidad y siempre con mucha gracia. Con una sonrisa que adornada con su bonito y gran bigote. En aquel tiempo se llevaban los bigotes muy grandes. No le gustó la cuestión, pero la razonó con su filosofía humorística, educadamente, sin molestar a nadie y con arte. Es así como hay que actuar en algunas ocasiones de la vida, con tranquilidad pero con energía para demostrar a los demás que estas allí, que sabes defender tus derechos con gallardía y serenidad sin faltar al respeto. Esas cosas dan clase y dejan fuera de combate al adversario, sin lucha y sin más vueltas que dar.
Así actué con aquel miserable que todo le abultaba poco y que, amparado por su equipo de tíos tan brutos e ignorantes como él, se creía que comía al mundo y se equivocó. Tuvo que claudicar ante la verdad de un hombre que supo defenderse y no quedarse inmovilizado como mi hermano y cuñado, a quienes metieron el miedo en el cuerpo. Se quedaron en una esquina sin saber por dónde salir para defenderse con la verdad, igual que dos niños asustados. De esta forma se creía valiente aquel grupo de miserables ladrones, manejados por el más torpe de la cuadrilla de 12 fulanos más torpes y falsos que los mulos.
Seguía nevando y estaba muy frío. Otras veces se les convidaba, pero aquel día se quedaron con el frío y sin invitación y a la altura del barro, como se merecían. Se terminó de pesar y cuando echó las cuentas dijo al que le había acompañado a mi ganadería el día que los compro:
-¿No te dije, este tío sabía más de cerdos que el inventor? Solo falló en 500 pesetas en 200 cerdos y dirigiéndose a mí, dijo:-¿me dejará las 25.500 pesetas? El pico que Vd. dijo.
– Ni hablar, suyas pudieron haber sido si me hubiera comprado a tira ramal como le pedí. No lo acepto, es su problema, no el mío. Me pagará hasta el último céntimo.
Contó el dinero, cobramos y sin palabras nos fuimos. Hasta hoy nunca más le he visto. Aquel día recibió una lección que nunca olvidaría; ni él ni sus compinches, que más bien estaban cuidando cabras que tratando con los ganaderos que trabajamos sin descanso pero con seriedad.
Después de exponer todo esto, hay que valorar, analizar como las pasábamos los ganaderos, para verme obligado a regalarle las 25.500 pesetas que le daba por apartarme de los líos que montaban aquellos miserables. Increíble pero cierto.
Después de terminar aquella nave, en la que la descarga eléctrica casi me manda al suelo desde aquella altura, sin más incidentes, comenzamos a meter y a cebar doscientos cerdos de cada vez, divididos en cochiqueras de diez. Se compró un equipo de fabricación de piensos. Estudié un poco de nutrición animal y empecé a fabricar pienso.
Cada vez que se terminaba de cebar a los doscientos cerdos teníamos que lavar muy bien toda la nave y desinfectarla, entre otras cosas con cal viva y esperar unos días para su secado, que precisamente nunca se sabía cuando era bastante. Una noche, a las 12 llegó de Saldaña un camión con 200 cerdos y comenzamos a descargarlos. Yo mismo los dirigía a sus cochiqueras de diez en diez. Había una fuerte helada y estaba muy frío. Estos animalitos tienen la costumbre de que al desembarcarlos del camión y meterlos en su cuadra, orinan y hacen sus deposiciones, por ese motivo mojan el suelo y se rebozan, como gochos que son. Sentí chillar a unos cuantos, me di cuenta de que había mucho vapor, cosa anormal. Me puse a examinar al ganado y con sorpresa vi que era de las quemaduras de la cal, que después de ocho días de haberlo pintado, todavía contenía el ácido propio de la cal viva. Los animalitos se habían quemado en poco tiempo. Tuve que bañarlos con la manguera a presión y con el frío de una de las noches más frías que hubo. No tuve otra alternativa para librarles de las quemaduras. La piel de algunos salía en pedazos como una mano de grandes. También tuve que lavar el suelo hasta que conseguí quitar toda la cal. Aquella noche se murieron 12 cerdos, pero a otros los lavé a tiempo y solo sufrieron algunas quemaduras. Aquello sería una gran experiencia que me enseñó que en lo sucesivo hay que lavar antes de meter al ganado. No pude pensar que aquella cal, que parecía estar seca, nos preparara aquel desaguisado. Aparte de las bajas que mato la cal tuve que pasar casi toda la noche al cuidado de los cerditos.
No todo era criar ganado, surgían duros inconvenientes, había como en todas partes buenas y malas personas. Hubo algún mercader, que no se conformaba con lo que ganaban, todo era poco para él. Además de pagar un precio que muchas veces no cubríamos gastos, lo había que robaba en el peso. Aunque algunos tuvieron problemas seguían haciéndolo de las suyas. Un paisano de nuestra zona, ya cansado de que le robaran, un día llevó diez cerdos que había pesado antes de llegar al matadero. Cuando vio lo que le quitaron en el peso protestó. Recibió muy mal trato, además de quitarle lo que era de él, le insultaron. El paisano, muy enfadado, les dijo:
-Esto lo arreglo yo de una vez.
Sacó un cuchillo de corar cerdos y salió detrás de aquellos, que al verlo con decisión pusieron pies en polvorosa. Así mismo lo contó alguno que lo presenció. Este pobre hombre dejó de cebar, dijo que era peligroso, que prefería dedicarse a otras cosas. Tuvo la mala suerte de topar con uno de esos de aquella época, aunque había lugares serios donde respetaban lo de los demás, eso está muy claro, no todos se dedicaban a apropiarse de lo ajeno.
Se fueron del nido nuestros hijos y nos quedamos los papás solos. Primero se casó Ana y se fue a vivir a un pueblín de Luarca, donde nacieron nuestros primeros nietos: el primero, Jesús, ya tiene 20 años; y Claudia, 14 años.
Luego se casó Norberto y se marchó a curar a castellanos por las tierras del Cid. Allá trabajó por esos pueblos lejanos de Burgos, cerca de la Provincia de Soria, haciendo sustituciones, de cuatro o cinco meses al año, el resto, sin trabajo, aunque aprovechó para seguir estudiando.
La madre y yo pasamos algunas temporadas con ellos, después de que haberme retirado del trabajo. Nos resultó muy agradable ver como la gente lo apreciaba como médico y como buen ciudadano, porque sabía tratar a sus pacientes bien y con amabilidad. Así nos decían muchas veces cuando íbamos de paseo por la villa o por alguno de los pueblos donde trabajaba. Algunos de sus pacientes nos dijeron que sería muy bueno para ellos que se quedara en ese distrito, que les trataba muy bien y que era lástima que se marchara, que hiciera algo para que se quedara, sería muy importante para ellos.
Bueno sería poder quedarse allá y hasta nosotros también, pero eso no fue posible, cada plaza tiene su médico asignado. Nuestro hijo, que después de dos años por esos bonitos pueblos en los que tan bien se encontraba, tuvo que emigrar, no le queda otra alternativa. El trabajo es sagrado y hay que ir donde lo haya. Decidió emigrar al Reino Unido, acompañado de su esposa.
Trabajó por distintos condados y varios hospitales. Allá por tierras de Escocia, nació su primera hija, Alejandra, el 20 de Mayo de 1999. Norberto siempre pensó, en el momento de saber que su esposa estaba embarazada, que si fuera niña, le pondría Alejandra, pero lo que no sabíamos es que iba nacer precisamente en Alexandria. Por eso sus compañeros médicos y el director del hospital coincidieron en que se llamara así por haber nacido en aquella bonita villa . El día 4 de mayo de 2001, salimos para allá a festejar con ellos el cumpleaños de nuestra nietina, a la que ya hace tiempo que no vemos.
¡Qué diferentes somos los humanos! Mientras que en aquella maternidad me echaron fuera como si de un animal se tratara, unos cuantos años más tarde, cuando nacieron nuestros nietos, en distinta época, en el Hospital de Jarrio, nos trataron muy bien, con una atención digna de mencionar.
Mi hija Ana vive en Quintana, un hermoso pueblo situado a la misma orilla del Cantábrico, en el centro de una hermosa pradera cerca de Luarca. Allí trepan juntos su marido, Javier, los dos pequeños y Nieves, la madre de Javier, trabajadora incansable, la que les ayuda a criar y cuidar a los pequeños que corretean por esa llanura. Es un bonito lugar, solo que en invierno lo azota algo de más el nordeste y el fuerte viento del mar.
Cuando nos llamaron para decirnos que había ingresado para tener a su primer hijo Jesús, eran las 12 de la noche del domingo 7 de julio, de 1993. Yo no tenía el coche, porque lo había llevado Norberto. Se encontraban aquí de vacaciones y su coche lo tenía en Escocia. Tuvo que acompañar a su mujer, a un examen a Santander. Esperamos toda la noche hasta salir por la mañana con mi suegra y marido Pepe. Cuando llegamos al hospital de Jarrio, nos atendieron de lo mejor. Fue una gente excelente. Nos pasaron a ver a nuestra hija y al nieto Jesús. Allí estuvimos lo necesario y nos trataron con mucha amabilidad, lo mismo a nosotros que a la hija y al nieto. Fue algo que nunca olvidaremos y que consideramos muy importante. Eso es ser muy profesional, es saber apreciar a los semejantes y cumplir con el deber de humanos. Da gusto tratar con esta buena gente, que sin duda dan lección a algunos que se creen de otra galaxia.
El 1 de junio de 1997 nació en este mismo hospital nuestra nietina Claudia, y como la vez anterior, se portaron con nosotros muy bien. Llegamos mi esposa y yo al hospital a la 1 y media de la madrugada. Allí nos recibió una enfermera con una educación y una atención digna de ovacionar. Nos llevó a una sala de estar y al poco tiempo nos trajo a nuestra nietina para que la viéramos mientras atendían a la madre, que acababa de traernos al mundo una hermosa niña. Su marido, Javier, estuvo siempre a su lado y eso es muy importante y positivo para la esposa, que se siente protegida por el ser que ama. Aunque haya un técnico, la presencia de algo tan importante como es el marido, repercute en la paciente para su bienestar. Mientras que en otros lugares al marido le echan, aunque se muera de frío, se moje o le atraquen en medio las tiniebla de la noche. Ese desprecio, esa maldita forma de tratar a un hombre, me lo hizo una mala mujer en maternidad de Oviedo. Que el cielo la perdone para ver si deja de hacer daño a sus semejantes.
En cuanto fue posible nos pasó a visitar a nuestra hija. Ya de nuevo en la salita le pregunte por el servicio, la gran mujer me dijo:
-Está muy lejos y no va a acertar. Venga conmigo, le llevare a donde duerme una de mis compañeras para que no le resulte tan molesto.
En efecto, me acompañó. Le dijo a su compañera:
-Perdona, es que traigo un señor al servicio.
-Nada, tranquila.
Me esperó y me acompañó nuevamente a la habitación de mi hija, donde estaríamos hasta que amaneció, sin que nadie nos echara, todo lo contrario, siempre con atenciones y mucha amabilidad por parte de todos.
Salimos a desayunar y a comprarle un regalo para nuestra nieta. Volvimos y, con la misma facilidad entramos, estuvimos lo necesario con ellos, que también fueron muy bien tratados por todo el servicio del hospital.
En aquel tiempo aumentó la familia, nació nuestra tercera hija Mónica. Este día lo recuerdo por dos razones: por nacer mi hija y por lo mal que lo pasé. Eran las 12 de la noche cuando mi esposa me dijo:
-Creo que vamos a tener que marchar a maternidad, acaban de darme unos fuertes dolores.
Era domingo 29 de Noviembre de 1971, el día que ingresó en maternidad de Oviedo. Llegamos a la una de la madrugada, y la niña nació a las 3. Al momento de nacer una señora más dura que una mula y muy poco educada, me dijo:
-Tiene usted una niña, pase solo cinco minutos a verlas, tiene que marcharse.
Pasé, las vi y al instante me echó fuera. Le dije: señora soy de muy lejos, está nevando y no tengo ni gabardina. ¿Por favor podría esperar en sala de estar hasta que amanezca? Con su brusquedad y despotismos me dijo:
-Aquí no pueden estar hombres. No tuve otro remedio más que salir. Aquella señora me echó, dándome a entender que los hombres éramos como los animales, o algo por el estilo. A juzgar por su forma de comportarse, daba la impresión de que los hombres maltratamos o comemos a las mujeres. Llegué a pensar que aquella fierecilla odiaba a todos los hombres. Me pregunte, si acaso le habría hecho un hombre tanto daño como para odiarnos, y pagarlo con los demás. Nunca me pude explicar la conducta de aquella sin vergüenza mujer, que se creyó superior y, tratándome con severidad y desprecio, me echó sin más. Salí de allí corriendo como un obús. No tenía con qué techarme de la nieve ni el frío. En aquella tormentosa noche, bajando junto al antiguo Campo de maniobras, así se llamaba, salió un individuo de uno de los coches que había aparcados, también corriendo en mi dirección, y me preguntó:
-¿Qué hora es?
-Las 4 le dije.
Yo seguía corriendo y el tío me seguía. Sobre la marcha pensé que porque me seguía. Es un ladrón o qué es, apreté más la marcha y crucé al otro lado, con intención de que si me seguía más le diría “si me sigues te haré frente”, pero no hizo falta, vio cómo me alejaba a gran velocidad. Dejó de perseguirme y no se atrevió a cruzar por segunda vez, seguro que pensó que no me pillaría. Bajé a la Capital y en Jove llanos, llamé al timbre de una pensión. Si no podía dormir por lo menos me libraría del intenso frío que hacía y de la nieve. Llevaba un fuerte disgusto, primero por la mala forma de comportarse de aquella mujer, y luego por encontrarme solo sin mi familia y por pensar que ni en la calle estaba uno seguro.
Cuando nació Mónica, Ana tenía 5 años y Norberto 4. Llevaban un año en el Colegio de las Monjas de Sotrondio. Iban los dos cogidos de la mano por la cuesta del Pozo abajo, yo los contemplaba desde la Oficina. Ellos junto con la madre, siempre fueron los que me dieron fuerzas y ganas de seguir luchando contra las adversidades y lo dura que al principio fue mi vida. Los miraba hasta que los perdía de vista y más tarde al regreso, siempre estaba pendiente de la hora para verlos llegar. Pasaban por delante de la oficina y miraban para la ventana, si no estaba o me retrasaba en llegar marchaban a disgusto, mirando para atrás, porque su padre no estaba, yo también lo sentía mucho, pues no siempre me era posible por motivos de trabajo.
Siempre estuvieron muy unidos y más tarde llevaban a la pequeña en el medio, cogida a la mano de cada uno. La cuidaban y la mimaban. Yo trabajaba con ganas, todo me parecía poco, no me alcanzaban las horas del día y trabajaba hasta por la noche. En mi mente permanecía un compromiso que yo mismo me había prometido: poder dar estudios a mis hijos, tanto si era hombre o mujer, esa siempre fue mi principal meta. No concebía mandarlos a trabajar sin antes haber estudiado una carrera. Y si eso no lo hubiera conseguido, hubiera sido un fracaso total por mi parte. Siempre estuve convencido de que la familia es como se la eduque. Es ahí donde los padres tenemos que actuar con mucho tacto, no pasarse con dureza, pero no flojear demasiado, porque si no, nada se consigue. Los humanos sin duda somos retorcidos y cuesta trabajo enseñarnos, hasta que más tarde ya lo comprendemos y es cuando las cosas empiezan a funcionar.
El gran problema que tenía era el pensar en la hora de mandarlos a la Universidad, por si no tuviera medios económicos para costearlo. Este pensamiento no se apartó de mi mente nunca y me hizo sufrir, temiendo no conseguirlo. Cuando salieron de la escuela para el Instituto, algunos compañeros de trabajo me decían, Arsenio ¿cómo no mandas a los niños a estudiar a los Dominicos de la Felguera?, son muy buenos. Claro que eran buenos, pero eran tres y yo no tenía medios.
La gente pensaba que por tener un almacén de vinos tenía dinero bastante. Todo eso era un engaño, aquel negocio no funciono. Hubo épocas que no cubría ni los gastos que el mismo negocio generaba. Por ese motivo trabajé recogiendo grasas por las plazas de abasto con el coche, trabajé con gallinas, cerdos, terneros, vacas y abonos, pero mi economía no despegaba. Era como una tortura para mí. Sabía cómo me encontraba al haberme accidentado y pasar a trabajar en la oficina. Había sido criado en el mundo del trabajo, sin conocer lo necesario que era estar preparado con estudios adecuados. Eso sí que lo aprendí en cuanto llegué a la oficina. Por ese mismo motivo cogí los libros y los comía para salir de las tinieblas en las que me encontraba. Había sido un trabajador de primera, pero sin conocimientos de lo que era el mundo real. Me encontraba aturdido por no saber por dónde entraba ni por donde salía. Fuera de mis trabajos habituales de minero y del campo, me sentía forastero y despistado de todo.
Allí vi la necesidad de la cultura, aprendí que era tan importante como el pan de cada día, y no podía soportar que mis hijos pasaran lo que yo tuve que pasar. Hasta esa fecha había vivido sumido en el trabajo y en la ignorancia, pero al encontrarme entre aquella gente preparada y ver su cultura, su forma de razonar las cosas y, sobretodo, con los Ingenieros, que me trataron con cariño y me apreciaron mucho, pues dentro de mi ignorancia procuraba cumplir lo mejor que sabía y creo que eso fue valorado por esos señores muy positiva mente.
Después de pasar largo tiempo, cuando ya me estaba preparando, un Ingeniero me dijo:
-Arsenio, usted no para en todo el día, siempre está haciendo algo, no pierde el tiempo, o trabaja o estudia. Siendo como es usted no me extrañaría que dentro de poco tiempo vaya a conducir un Dodge dart, el coche de la época.
Aquel Ingeniero siempre fue muy observador. Vio que a pesar de mi escasa cultura había posibilidades. Aquello fue como una profecía. Más tarde pasé a ser conductor, nuca lo olvidé. Me gustaría encontrarle para saludarle, darle las gracias y decirle que fue muy inteligente al descubrir mis cualidades, a pesar de mi juventud y de lo asustado que me encontraba por las circunstancias que atravesaba. Hay que valorar lo que supone el quedarse sin manos.
Doy mil gracias por haberlo conseguido que mis hijos estudiaran. Hoy los tres tienen carrera: Ana estudió Filología Española; Norberto especialista en psiquiatría; y Mónica, licenciada en ciencias empresariales. Si cuando eran niños estaba orgulloso de ellos por ser nobles y obedientes, hoy lo estoy porque fueron estudiantes modélicos y supieron entender a su padre. Me ayudaron y me dieron ánimos al cumplir con su deber, al no mal gastar el tiempo que tan necesario era en esos casos. Yo doy mucho valor a las cosas reales como son el cumplimiento en el trabajo y en la sociedad, pero no me olvido del que estudia, que mucho tiene que luchar. Es más duro que trabajar. El que saca una carrera no fue por estar de paseo, tuvo que sacrificarse y aguantar lo suyo. Eso tiene un mérito incalculable. Estos supieron estudiar, pero tampoco no se olvidaron del trabajo para ayudar en casa cuando pudieron, saben de todo. Lo mismo se revisaba una lavadora, que un lavavajillas, que un cuadro eléctrico, que un coche o se curaba un animal, hasta se rectificaron en nuestra nave algunos motores para las máquinas.
Conseguí enderezar nuestra economía y que ellos salieran, con lo que siempre soñé, a base de trabajo. Cada uno de los tres estudió lo que le gustó. Eso forma parte de nuestra historia familiar, no hay dinero que lo pague. Sin lugar a duda creo que es la mejor herencia que unos padres pueden dejar a sus hijos es una carrera; el dinero se termina y la carrera permanece mientras vivas.
Se portaron como hijos modelo, no tengo palabras adecuadas para valorarles ni agradecerles lo mucho que me ayudaron. Trabajaron cuando pudieron y estudiaron al máximo. Sé que fue muy duro. Norberto aun sigue estudiando y trabajando, lleva muchos años, primero, el bachiller, después la carera de medicina, y, al no haber trabajo, tuvo que emigrar al extranjero a estudiar otros nueve años para sacar Psiquiatría. Aunque hoy está muy bien las pasó duras. Además de los estudios tuvo que aprender inglés y trabajar gratis para perfeccionar la lengua y adaptarse a las costumbres de aquel país. Tuvo que rotar por varios hospitales para trabajar en una especialidad distinta en cada uno, antes de incorporarse a su especialidad en psiquiatría. Fue muy largo y muy duro, pero importante.
Los que siempre fuimos trabajadores, algunas veces pensamos que el que tiene una carrera ya lo tiene todo, pero no es cierto, también tienen que bregar. Ellos también son algunas veces esclavos. Por mucho que queramos pintar las normas de la sociedad, el extranjero siempre será extranjero, hasta que no consigues integrarte dando el máximo de rendimiento, reventando de trabajo y ser casi modélico, no te admiten de buen grado; así de claras son las cosas. Te machacan como si fueras un animalito de carga, lo mismo en Europa que en Sierra Morena; si lo quieres lo tragas y si no, ahí te quedas.
El tío mas vago del pozo quiso hacerme daño y le salió rana. Este trabajo en la fundición de grasas yo lo hacía por las tardes y esporádicamente, porque no era necesario todos los días. Hubo épocas en que se tardaba hasta diez o quince días. Dependiendo siempre de la clase de fabricación de pienso necesaria, una con grasas y otro si ellas.
Una tarde cuando me encontraba trabajando en esta caldera, llegó este vigilante de seguridad del pozo. Nunca había tenido nada con este hombre. Siempre nos tratamos como era debido en el trabajo. En lugar de entrar a mi finca y preguntarme qué hacía, si es que le interesaba, pasó por delante, por la finca colindante, a husmear lo que no debía de importarle y a lo zorro, para que yo no le viera. Pero no fue así, aunque estaba alimentando la caldera le vi. Salí pensando que venía a visitarme por alguna razón del trabajo y le saludé, pero él no me contestó. Se fue sin darme ninguna explicación al respeto, ni me saludo. Me quedé sorprendido. ¿A qué había venido y por qué no me había saludado? No encontré respuesta hasta el día siguiente, cuando me llevé una gran sorpresa. Este sinvergüenza y con la maldad de un rabioso, y sin decirme nada, me había denunciado a la Dirección del Pozo, Con un parte por escrito. Diciendo que la tarde anterior en el Pozo había unos olores que atormentan y molestaban hasta en cuarta planta, a 600 metros de profundidad. Agregando que había que prohibirme ese trabajo porque un día, como aquella tarde, el olor podía echar a la gente de la mina, y que vaya en el lío que me iba meter.
Dio parte a uno de los dos ingenieros, creyendo que estaba haciendo una obra de caridad, y presumiendo ante el jefe de tamaña barbaridad. Sin darse cuenta de lo mal que lo iba pasar. El ingeniero le escuchó y le dejó descargar su maldad. Cansado de escuchar tantas barbaridades le dijo:
-¿Terminó ya de decir eso que usted mismo denominó como barbaridad?
-Por el momento sí.
-Bueno, entonces llamaremos a Arsenio para despedirle.
El mal intencionado guardó silencio
Yo me encontraba trabajando en el despacho a lado y dado que la puerta estaba medio abierta, sin querer, pude oír toldo lo ocurrido.
El Ingeniero se acerco a la puerta del despacho y me dijo riéndose:
-Arsenio el vigilante de seguridad acaba de dar parte por escrito de usted, por lo de la fundición de la grasa y según lo pinta es como para despedirle. ¿Usted qué dice? Todo esto delante del vigilante.
-Bueno jefe le dije: todos los días sale a la calle un tarasca, hoy le tocó a éste, ¿qué vamos hacer más que reírnos? No comprendo cómo puede tener tanta maldad este hombre contra mí, si nunca le he hecho ningún daño. Él sabrá por qué me trata tan mal. Espero que lo explique aquí y ahora.
-Posiblemente esté usted muy acertado en lo que dice, dijo el Ingeniero, -otra cosa no se explica. Según lo pinta, hasta puede echar a la gente de la mina. Cualquier día habrá que prohibir a los vecinos de aquí cerca que derritan sebo porque eso que usted tiene es como lo que hacía mi abuela cuando lo derretía para el chocolate. Seguidamente el ingeniero se levanto de su sillón y le dijo
-Acaba Vd. de meter la pata hasta el fondo, ¿cómo se atreve a poner las cosas tan mal, a exagerar de esa forma tan absurda? ¿El jefe de sector Don Manuel Ordoñez y yo conocemos todo el proceso? Estuvimos allí viendo cómo funcionaba, y se me ocurre decirle que hasta es digno de ver cómo este hombre lo planificó, y precisamente pensando en evitar el olor en sus alrededores, porque él sabe que con esa poca cantidad de sebo y grasa fresca del día, no pueden llegar muy lejos. El jefe de sector y yo lo habíamos examinado porque nos llamaba la atención cómo lo bien que funcionaba. Además, aunque hubiera pequeños olores, serían en casa de Arsenio, no creo que llegaran ni hasta la del vecino, por eso es imposible que llegue a las corrientes del pozo como usted dice. Todo esto es ridículo, no veo ninguna razón para que usted pueda pensar esas tonterías. Procure fijarse en otras cosas más importantes porque esto es como este hombre bien dijo, para reírse. Ya puede marcharse.
Salió de allí con las orejas más gachas que un conejillo y seguramente avergonzado por lo mal que se portó conmigo. Haciendo el ridículo, sin razón ni sentido alguno. Además, se llevó una regañina del jefe. De haber sido el jefe de sector seguro que lo hubiera pasado un poco peor. Era muy buena persona pero bravo con las chorradas de estos que no dan el peso, y que se creen superiores a los demás actuando con ignorancia y maldad, sin pensar en el daño que pueden causar al que trabaja en su finca particular sin molestar a nadie.
Cuando más tarde el ingeniero se lo comentó al jefe de sector, éste se echó a reí y me dijo:
-Arsenio, ¿qué pasa? ¿Te llevas mal con este imbécil? No merece otro calificativo. Hay que ser borrego para dar cuenta de una cosa tan tonta y sin conocerla.
-Nunca hemos tenido una palabra fuera de lo normal, eso es lo que me extraña mucho. Me gustaría saber por qué quiso hacerme ese daño. Ya le preguntamos ayer en la entrevista, el motivo que tenía, pero agachó su zorra cabeza y calló como un tonto que es. Tengo que decir que si todos usáramos su método de denunciar a la gente con razón o sin ella, el lo iba pasar muy mal. A quien hay que denunciar es a él, porque todas las tardes pasa parte de estas despistado por el exterior y sin ir a la mina donde es su puesto de trabajo, visitando los puntos de trabajo peligrosos como le corresponde por ser vigilante de seguridad , en lugar de pasarlos en el bar bebiendo y abandonado el trabajo.
-Esté individuo dijo el otro jefe, es un tío con cierta tendencia a desvirtuar las cosas y un presumido de esos que no sabe por dónde va. La mayoría de las veces parece que le da demasiado al tinto.
-Hay veces que viene oliendo a vino y muy colorado dijo el otro. ¡Menudo vigilante de seguridad que tenemos! Cualquier día va decir que tenemos el gas hasta en la planta. Este tío está como un venao.
-La suerte tuve les dije: es que ustedes conocen cómo es el sistema, de no ser así, pudo haberme pasado lo mismo que con lo de la ganadería, que por algún ignorante como éste, me machacaron de duro largo tiempo, hasta que se demostró que mi ganadería nada tenía que ver con aquellos olores que había por Sotrondio, a la orilla del rio. Lo que me costó muchos disgustos, entrevistas con los del Ayuntamiento y largo tiempo para buscar, de donde venían aquellos tres olores que atormentaban a la gente y también a mí por las denuncias sin razón. La verdad es que no entiendo cómo puede haber gente de esta clase. Deberían de sentirse avergonzados de meter la pezuña de esta forma y de hacer sufrir a las personas y sin conocer la razón.
La prueba de tanta ignorancia y maldad de algunos, queda reflejada en el momento que echan la culpa a una persona directa mente, en lugar de presentar la reclamación al Ayuntamiento y que este lo averigüe. Eso sería lo correcto.
El Jefe, que era muy bromista, dijo:
-Tenías que haber salido con la estaca como aquel paisano que lo encontró con la vieja y le dio unos cuantos estacazos.
Durante tantos años en aquellas oficinas tuve muchos jefes y todos me trataron muy bien, pero con la diferencia de que algunos se interesaron por mi gran problema. Don Manuel Ordoñez, Jefe de sector, Siempre me trató muy bien. Era un señor muy educado, muy inteligente además de trabajador y muy comprensivo para tratar con los trabajadores. Recuerdo que me dijo algunas veces: “eres de mi edad y pereces a mi lado un chaval. Tienes estampa y arte, eres un relaciones públicas incomparable y eso te dará marcha en tus negocios”. Así me pintaba el porvenir. Siempre se interesó por mis proyectos. Cada vez que terminaba uno de mis diseños, me preguntaba cómo iba a ser el próximo. “Arsenio, seguro que ya has pensado en otro, porque tú no terminas uno cuando ya sacas otro, no dejas que tu mente descase”.
Cierto, eran tiempos muy duros por los que yo atravesaba y él lo sabía, era hombre noble y amigo de ayudar. Ese merito se nace con él, no se puede comprar. Así de bueno fue Don Manuel Ordoñez y por eso quiero rendirle este pequeño homenaje como recuerdo y en su memoria. No conozco a sus hijos pero si me gustaría el poder saludarles y decirles lo agradecido que estoy de su bien padre.





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