Aparte de los múltiples cuidados que necesitan estas madres, algunas veces les salía una hinchazón muy voluminosa en la oreja que había que operar. Hacer un raspado en el interior de la oreja. Había que abrirla en dos. Era como una especie de cáncer, carnosidad con diversas raíces y mucho liquido. Si no se operaban terminaban muriendo. Para hacer este tipo de operación, había que anestesiarlas para poder hacerles un raspado de limpieza total. Se les curaba durante unos días y no pasaba nada. El problema era el coste del estresnil, que era caro y el tiempo que llevaba el trabajo de la operación, que me restaba el tiempo que yo necesitaba para otros trabajos. En todo aquel tiempo solo tuve una baja. Siempre me salían bien las operaciones, pero un día año nuevo y domingo, me ayudaba mi esposa. Cuando ya estábamos terminando de operarla la cerda comenzó a moverse y chillar un poco. Mi esposa dijo que no podía aguantar que le inyectara una dosis más. Le dije que solo era un momento, que lo aguantaría.
– No la hagas sufrir ponle una dosis pequeña. Así lo hice, le puse una pequeña dosis, termine de operarla pero no despertó. No aguantó la pérdida de sangre al durar demasiado la operación ni la dosis. Era una buena hembra y de mucho tamaño de las mejores. Yo, desde luego apuré todo lo que pude, como lo hice siempre. Sabía que la hemorragia era elevada y había que actuar con rapidez, pero esa vez duró un poco más y se quedo muy débil, nada pude hacer. Pasé mucha pena por ella. Tuve que ejercer de cirujano y operar durante varios años tanto a hembras como a machos, a los que había que capar.
Teníamos un ganado seleccionado, Blanco Belga, Landraz Alemán y algún macho Danés para mejorar la largura de las madres al cruzarlas, era una de las buenas ganaderías en porcino de la Región.
Los problemas de una ganadería de esta clase eran muchos y diversos, sobretodo en la reproducción de estos cerditos, que ya por naturaleza son perecederos. No es igual reproducir que cebar. Los principales problemas estaban en los pequeños y en las madres.
El principal problema estaba en aquellas naves que eran muy frías y el calentarlas muy caro, lo que no podía permitir la pequeña rentabilidad de la ganadería en aquel tiempo. Los pequeños no lo soportaban, les daban unas diarreas tan fuertes que había muchas bajas Evitar el frío era de una importancia vital para eliminar las diarreas. El gasto en medicinas para curarlas se disparaba a cotas insostenibles. Ya no sabía ni por donde iba luchar contra esta plaga. Visité laboratorios como el de Jove en Gijón, con dos cerditos con diarreas para que los analizaran y ver si me podían dar algún remedio. El resultado era siempre igual: tenían colí, lastro y otras bacterias. Todo partía de las diarreas que se producían por el frío. Como seguía sin poder resolverlo fui hasta los Laboratorios Syva de León, con otros dos cerditos. El resultado fue el mismo y el gasto enorme.
Después de hacer distintas pruebas ya no me quedaba qué hacer. Como prueba se me ocurrió tratarlos con vino de Toro y funcionó. Les dábamos vino con una jeringa grande, una vez por día durante tres días y los curaba por unos días. El problema era que llevaba mucho tiempo el darlo a uno por uno, porque eran todos los pequeños a los que les atacaba la diarrea y algunas veces había hasta 400 cerditos más o menos, según la época. Este sistema fue provisional hasta que diseñe las 3 calderas que fue lo mejor para curarlos con el calor y el más barato, además de quemar el estiércol que también era importante.
A las dos horas regresamos ya había parido una cerda y por allí deambulaban diez cerditos. Nos cambiamos de ropa y empezamos a cortar dientes y rabos a los recién nacidos.
Los dientes se les cortan para que en la lucha por mamar no desgarren las tetas de la madre y los rabos, por que se los muerden unos a otros y se les infectan las heridas, a veces hasta hay bajas. Las mordeduras entre los cerdos eran como una plaga, daban mucha lata. Son carnívoros, a la vez que fieros y luchan sin parar. Cuando ven sangre en uno de sus compañeros no hay quien los detenga. Si no se toman medidas lo devoran como si fueran lobos y en poco tiempo. Hasta ahí que salarles el pienso para que dejen de morderse, al menos durante algunos días, los que les dura la salitre. Ahí sí que existe la ley del más fuerte. Como uno se quede atrás se muere sin remedio. Cuando llega ya no tiene qué mamar. Yo que siempre he sido amigo de los animales, desde luego me gustan todos, pero sobretodo los cerditos, no sé si por lo listos que son o por lo mucho que sirvieron para darme dinero, pues sin duda fueron el gran motor que levantó mi economía. Aunque tuve que pelear mucho con ellos me gusta mucho, donde quiera que los vea me llaman la atención y voy a verles. A pesar de lo fieros que son, tienen una inteligencia enorme, controlan todo lo que tiene a su alrededor. Saben defenderse como si les aprendieran lucha libre, avilés y brava como rayos.
Al terminar con aquella cerda, se puso de parto otra. Parió al poco tiempo y también aprovechamos para cortarles los dientes y los rabos.
Con setenta madres que había los partos eran muy frecuentes. Era muy sujeto pero muy rentable asistir a los partos porque se evitaban muchas bajas. Algunas veces las hembras, por motivo de los fuertes dolores del parto, se convertían en fieras, había alguna que según va pariendo se va comiendo a los cerditos. Cuando llegas te encuentras una carnicería en lugar de una buena camada atendida por su madre, como normalmente hacen.
Cuando pasa un caso así se ponen como locas y solo hay un remedio, quitarle los pequeños y ponerle una inyección de “estresnil”, un producto que las duerme durante ocho horas. Luego con cuidado te acercas y si ves que los quiere se los dejas y vigilas durante largo rato para observarla. Otras veces hay que repetir la inyección para dormirlas otras ocho horas, pocas veces tienen que dormir las veinticuatro horas. Lo que sí está claro que cuando les pasa ya los quieren y no les hacen ningún daño. Al contrario, los cuidan muy bien. Este problema igual le sale a una hembra buena que ya crió, como a una primeriza. No es frecuente que aparezca este canibalismo. En mi vida de grajero solo ocurrió tres veces. Una de ellas nos hubiera comido hasta a nosotros de no estar bien cerrada. Se tiró a uno de mis hermanos y le cogió por un brazo, si no estoy allí para darle un fuerte golpe no sé lo que hubiera pasado. En cuanto mi hermano se vio libre y, a pesar de sus fuertes dolores, cogió una azada y casi la mata. Le dio unos cuantos porrazos, tuve que impedirle que siguiera dándole. Era como una hiena. Aquella hembra pesaba 400 kilos, ya tenía varios años. Era una de las hembras más grandes, un que el mayor de los machos era un verraco que pesaba 525 kilos, el mayor que tuvimos, solo le superaba en 6 kilos una hembra de su misma familia de Lerma, León, que mi esposa y yo conocimos.
Este verraco era de importación, lo compre con una partida de hembras de pequeñitos y lo bautice con el nombre de “Lumunba” fue muy popular por su gran tamaño y visitado por mucha gente, entre ellos, varios de mis jefes. Recuerdo una frase de uno de ellos que quiso ver todo el proceso: cómo paría una cerda, cómo se le echaba el verraco… Cuando vio el tiempo que echó en cubrir a la hembra y lo bien que lo pasaba dijo:
-Arsenio, eso sí que es gozar. Los hombres ahí fallamos. Este animalito lleva un cuarto de hora encina gozando a toda mecha.
Hasta se le ocurrió mirar el reloj para ver lo que gozaba el animalito. Aquello me causó mucha gracia, porque lo dijo tan serio como si fuera un niño.
Otra expresión muy curiosa fue de una señora que debía de venir por los veranos de afuera. Hacía varios años que la veía pasear por allí con su marido. Solían venir a coger flor de Saúco por las tardes, al cierre de nuestra finca. Desde la carretera miraban cómo atendíamos las hembras que estaban por la pradera. Al segundo o tercer verano se terminó la flor de la parte de la carretera y les llamó la atención la cantidad que había en la parte interior de la finca hacia el río. Una tarde pidieron permiso para pasar a coger más flor. Les acompañé para que los mastines no les molestaran. Cuando ya habían recogido la flor, al machar me dijeron que si podrían ver la ganadería por dentro. Les dije que pasaran y les acompañé para que la vieran.
Después de ver todo aquello, como parecían no tener prisa, les dije que yo iba a comenzar con mi trabajo. La señora que era muy espabilada, me preguntó:
-¿Qué va a hacer primero? Queremos ver como se atiende a tanto ganado.
-Muy fácil, trabajando un poco de cada vez les dije: en este momento toca sacar las hembras al verraco.
Preguntaron si lo podían ver, les dije que no había problema. Los llevé a lugar seguro para que vieran y comencé con el trabajo. Los dos miraban con mucha atención. El verraco estaba encima de la hembra, era Lumumba. La señora con una sonrisa y mucha gracia, dijo a su marido:
-Si tú tuvieras que soportar esos cojones ¿cómo te las ibas arreglar?
Tuve que reír. De todo lo que vieron lo que más les llamó la atención fueron los testículos del verraco. El marido no dijo nada, la miró como diciendo “¿qué dices mujer?” Y siguieron observando hasta que se terminó de cubrir a varias hembras. ¡Lo que es la imaginación humana! ¡Qué forma de valorar las cosas tiene cada uno! Los dos casos son muy curiosos, porque al igual que el anterior y a pesar de ver toda la ganadería, coinciden en destacar lo del verraco.
Hasta para echar las hembras al verraco hay que llevar un buen control. Hay que saber el ciclo de ovulación para ser cubiertas en su punto clave y así sacar el mayor número de nacimientos, esto es decisivo. Si dejas una hembra mal cubierta, no funciona y en lugar de nacer diez o doce cerditos, pueden nacer tres o cuatro o ninguno, porque la madre se muere al no poder parir. Al quedar mal cubierta y tener pocos cerditos crecen demasiado en el vientre de su madre. Por ser de una raza buena y seleccionada, cuando llega el parto la hembra no puede parirlos por lo desarrollados que están. Hay que sacarlos a fuerza de ganchos y les estropeas todo. Difícilmente sale alguno con vida. La mayoría de las veces hay que matar a la hembra para que no sufra. Al tener fiebre no se puede aprovechar para carne. La pérdida grande. Para ser un buen granjero hay que tener conocimientos del tema, si no más vale estar echado porque las pérdidas serían demasiadas como para poder soportarlas.
Un domingo el veterinario y yo después de pelear casi todo el día con una hembra de las mejores con el fin de salvarla. Intentamos sacarle los dos cerditos que tenía, aunque fueran en pedazos. La cuestión era poder salvarla. Sacamos en pedazos a uno, pero el otro fue imposible. Después de tanta pelea fuimos a comer, ya eran las 5 de la tarde. Hubo que matarla para que no sufriera.
Esta ganadería era modélica en su género por dos razones: una, porque estaba mecanizada para limpiarla exhaustivamente. Al estar al lado de la villa de Sotrondio y otra, porque estaba hecha a todo confort.
Había que evitar los olores y para eso hubo que invertir más dinero en su construcción. Aparte de una buena fosa aséptica, todas las cuadras estaban con agua en el fondo y protegidas con rejillas para sumergir en el agua el estiércol. Así mismo a las mil gallinas les puse debajo del enjaulado una especie de piscina de hormigón, para sumergir la gallinaza. Todos los días se lavaba, se limpiaba con precisión y se empleaban ambientadores por el verano. Todo ello para evitar quejas. Tenía esa ganadería limpia “como un hospital”, esa fue la palabra que empleó el Veterinario D. Daciano en uno de sus informes. Aunque todavía era poco, siempre tenía que aparecer el ignorante de turno que daba la lata nada más que para hacerse notar o para fastidiar al vecino, pensando que se estaba enriqueciendo, cuando lo que hacía era trabajar a reventar para salir adelante
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El maquinista del pozo que quiso ver mi ganaderia. Una tarde de domingo, íbamos mi esposa y yo a dar un paseo para regresar pronto, ya que iban a parir algunas hembras. Al pasar por delante de la casa de máquinas del Pozo, Aquilino González Martino, el maquinista, me dijo:
-Arsenio, tengo muchas ganas de ver tu ganadería. ¿Puedo ir con vosotros? Yo no ando por cuadras.
-Claro que sí hombre tú eres hombre formal.
Aquilino siempre fue un buen hombre muy trabajador y serio, ya llevaba trabajando en el pozo muchos. Además de ser hermano de un gran amigo y compañero mío, Luis, vigilante de primera del exterior. Donde trabajamos varios años juntos
Nos acompañó y le fui presentando todas las instalaciones además de aquel excelente ganado que había y en cantidad, a la vez que le explicaba todo el proceso. Cuando terminó de verlo estaba sorprendido de lo que había y dijo:
-La gente algunas veces es muy tonta, critican sin saber ni por donde andan.
-¿Por qué lo dices?
-Porque, aunque tú eres muy popular por lo mucho que trabajas y todo el mundo comenta tu caso. Hay alguno que no se cree que puedas trabajar con tus aparatos. Como vives a lado del pozo La gente cuando te ven pasar, siempre hay comentarios. Unos dicen que eres un artista, que muchos con manos deberían copiar de ti. Que trabajas sin parar y con mucho arte. Alguno dicen que es demasiado que te vas reventar de trabajo y otros que no ye tanto como dicen. Tan inteligente dicen es el de las manos. ¿Dónde está esa inteligencia si no cuida más que cerdos?
-Si vieran esto se caerían del susto. Aquí hay una obra de mucho valor, no solo por los millones que cuesta montarlo, sino por la forma en que está diseñado, todo bajo tu trabajo. Por eso algunos dicen que eres todo un arte, aunque haya otros que no se enteran de nada. Lo considero muy importante y por eso tenía muchas ganas de ver cómo estaba todo esto. Había oído decir que lo tenías todo en orden y que era una maravilla conocerlo. Claro que loes hoy lo pude comprobar.
Te aseguro que yo nunca dudé de lo que decían, te conozco y sé que eres muy hábil y que se te dan todos los trabajos. Lo mismo montas un techo en vigueta de hierro que haces una obra de fontanería o albañilería. Lo que no sabía es lo bien que está todo esto y la cantidad de trabajo que aquí hay hecho. Solo se puede creer después de verte trabajar y contemplar la obra. No debe extrañarte que la gente comente un caso como éste y que siempre aparezca algún incrédulo, que por no saber hacerlo él, le parezca imposible que en tu situación lo puedas hacer como realmente está. Me dejas asustado de la moral que tienes y de cómo trabajas. Lo que aquí has montado está a punto y como a ti te gusta. Te felicito y te deseo mucha suerte. Sé que eres amigo y compañero de trabajo de mi hermano Luis, te aprecia mucho, por algo él no se cansa de hablar de cómo trabajas y con qué vista lo haces. Nos despedimos y me dio las gracias.
Recuerdo el último camión de ganado que sacamos para cerrar aquella ganaderia. El camionero que siempre los transporto y que conocía bien lo que allí se trabajo, me dijo:
-Arsenio esto el día que te retires, se quedará para ratones porque no hay quien pague este capital que tú fuiste haciendo en varios años. De tener que pagarlo todo de un golpe no habrá quien se atreva hacer esta inversión, es de muchos millones.
¡Qué razón tenía! Conocía mis esfuerzos y lo años de mucho trabajo que había llevado su construcción, aparte de que había que saber manejar una ganadería de esa envergadura.
Las rejillas para la sala de partos y de desete de los cerdos las hice de hierro, de redondo de 10 milímetros, que venía en rollo de 100 kilos. Para poder estirarlo mejor, sujetaba la punta de éste en un árbol que había en el alto de la finca y, desde la nave, tiraba con un tracter. Lo cogía con un estrobo y conseguí estirarlo. Solo había que medir cortar a la medida y con un toque de martillo en el yunque, quedaba perfecto para trabajarlo. Era una obra de soldadura de órdago, pero no había más remedio que hacerlo, las compradas eran muy caras y no Ls podía pagar.
Para las naves de cebo las rejillas las hice de ormigon. Con un molde que prepare, salieron muy bien, resistentes y duraderas. Solo tenían un inconveniente, que me resultaban demasiado pesadas de manejar. Me rendían los brazos No solo al manejarlas cuando las fabricaba, también cuando había que moverlas para limpiar las fosas. Terminaba con los brazos reventados pero había que hacer la limpieza, si no, me echarían de allí, había que conservarlo totalmente limpio para no producir olores.
Fue una buena ganadería con ganado selecto. Había mucho movimiento. Cebar a toda la granja, mirar las hembras en celo, echarlas al verraco, controlar las que iban a parideras, cuidar las que ya nacieron, cortar los dientes y rabos a los pequeños, ponerles hierro y alguna vitamina si lo necesitaban, curar las diarreas que con mucha frecuencia había, fabricar el pienso, atender a las gallinas y los pollos, realizar las obras que se necesitaban para ir aumentando. Por mucho que trate de explicarlo es imposible hacerse una idea de lo que allí trabaje. Tampoco se puede describir lo que luché a causa de los inconvenientes que siempre surgían. Sobretodo con el tema de limpieza, por estar situada cerca de la villa de Sotrondio.





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