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A las dos horas regresamos ya había parido una cerda y por allí deambulaban diez cerditos. Nos cambiamos de ropa y empezamos a cortar dientes y rabos a los recién nacidos.

Los dientes se les cortan para que en la lucha por mamar no desgarren las tetas de la madre y los rabos, por que se los muerden unos a otros y se les infectan las heridas, a veces hasta hay bajas. Las mordeduras entre los cerdos eran como una plaga, daban mucha lata. Son carnívoros, a la vez que fieros y luchan sin parar. Cuando ven sangre en uno de sus compañeros no hay quien los detenga. Si no se toman medidas lo devoran como si fueran lobos y en poco tiempo. Hasta ahí que salarles el pienso para que dejen de morderse, al menos durante algunos días, los que les dura la salitre. Ahí sí que existe la ley del más fuerte. Como uno se quede atrás se muere sin remedio. Cuando llega ya no tiene qué mamar. Yo que siempre he sido amigo de los animales, desde luego me gustan todos, pero sobretodo los cerditos, no sé si por lo listos que son o por lo mucho que sirvieron para darme dinero, pues sin duda fueron el gran motor que levantó mi economía. Aunque tuve que pelear mucho con ellos me gusta mucho, donde quiera que los vea me llaman la atención y voy a verles. A pesar de lo fieros que son, tienen una inteligencia enorme, controlan todo lo que tiene a su alrededor. Saben defenderse como si les aprendieran lucha libre, avilés y brava como rayos.

Al terminar con aquella cerda, se puso de parto otra. Parió al poco tiempo y también aprovechamos para cortarles los dientes y los rabos.

Con setenta madres que había los partos eran muy frecuentes. Era muy sujeto pero muy rentable asistir a los partos porque se evitaban muchas bajas. Algunas veces las hembras, por motivo de los fuertes dolores del parto, se convertían en fieras, había alguna que según va pariendo se va comiendo a los cerditos. Cuando llegas te encuentras una carnicería en lugar de una buena camada atendida por su madre, como normalmente hacen.

Cuando pasa un caso así se ponen como locas y solo hay un remedio, quitarle los pequeños y ponerle una inyección de “estresnil”, un producto que las duerme durante ocho horas. Luego con cuidado te acercas y si ves que los quiere se los dejas y vigilas durante largo rato para observarla. Otras veces hay que repetir la inyección para dormirlas otras ocho horas, pocas veces tienen que dormir las veinticuatro horas. Lo que sí está claro que cuando les pasa ya los quieren y no les hacen ningún daño. Al contrario, los cuidan muy bien. Este problema igual le sale a una hembra buena que ya crió, como a una primeriza. No es frecuente que aparezca este canibalismo. En mi vida de grajero solo ocurrió tres veces. Una de ellas nos hubiera comido hasta a nosotros de no estar bien cerrada. Se tiró a uno de mis hermanos y le cogió por un brazo, si no estoy allí para darle un fuerte golpe no sé lo que hubiera pasado. En cuanto mi hermano se vio libre y, a pesar de sus fuertes dolores, cogió una azada y casi la mata. Le dio unos cuantos porrazos, tuve que impedirle que siguiera dándole. Era como una hiena. Aquella hembra pesaba 400 kilos, ya tenía varios años. Era una de las hembras más grandes, un que el mayor de los machos era un verraco que pesaba 525 kilos, el mayor que tuvimos, solo le superaba en 6 kilos una hembra de su misma familia de Lerma, León, que mi esposa y yo conocimos. 

Este verraco era de importación, lo compre con una partida de hembras de pequeñitos y lo bautice con el nombre de “Lumunba” fue muy popular por su gran tamaño y visitado por mucha gente, entre ellos, varios de mis jefes. Recuerdo una frase de uno de ellos que quiso ver todo el proceso: cómo paría una cerda, cómo se le echaba el verraco… Cuando vio el tiempo que echó en cubrir a la hembra y lo bien que lo pasaba dijo:

-Arsenio, eso sí que es gozar. Los hombres ahí fallamos. Este animalito lleva un cuarto de hora encina gozando a toda mecha. 

Hasta se le ocurrió mirar el reloj para ver lo que gozaba el animalito. Aquello me causó mucha gracia, porque lo dijo tan serio como si fuera un niño.

Otra expresión muy curiosa fue de una señora que debía de venir por los veranos de afuera. Hacía varios años que la veía pasear por allí con su marido. Solían venir a coger flor de Saúco por las tardes, al cierre de nuestra finca. Desde la carretera miraban cómo atendíamos las hembras que estaban por la pradera. Al segundo o tercer verano se terminó la flor de la parte de la carretera y les llamó la atención la cantidad que había en la parte interior de la finca hacia el río. Una tarde pidieron permiso para pasar a coger más flor. Les acompañé para que los mastines no les molestaran. Cuando ya habían recogido la flor, al machar me dijeron que si podrían ver la ganadería por dentro. Les dije que pasaran y les acompañé para que la vieran.

Después de ver todo aquello, como parecían no tener prisa, les dije que yo iba a comenzar con mi trabajo. La señora que era muy espabilada, me preguntó:

-¿Qué va a hacer primero? Queremos ver como se atiende a tanto ganado.

-Muy fácil, trabajando un poco de cada vez les dije: en este momento toca sacar las hembras al verraco.

Preguntaron si lo podían ver, les dije que no había problema. Los llevé a lugar seguro para que vieran y comencé con el trabajo. Los dos miraban con mucha atención. El verraco estaba encima de la hembra, era Lumumba. La señora con una sonrisa y mucha gracia, dijo a su marido:

-Si tú tuvieras que soportar esos cojones ¿cómo te las ibas arreglar?

Tuve que reír. De todo lo que vieron lo que más les llamó la atención fueron los testículos del verraco. El marido no dijo nada, la miró como diciendo “¿qué dices mujer?” Y siguieron observando hasta que se terminó de cubrir a varias hembras. ¡Lo que es la imaginación humana! ¡Qué forma de valorar las cosas tiene cada uno! Los dos casos son muy curiosos, porque al igual que el anterior y a pesar de ver toda la ganadería, coinciden en destacar lo del verraco.

Hasta para echar las hembras al verraco hay que llevar un buen control. Hay que saber el ciclo de ovulación para ser cubiertas en su punto clave y así sacar el mayor número de nacimientos, esto es decisivo. Si dejas una hembra mal cubierta, no funciona y en lugar de nacer diez o doce cerditos, pueden nacer tres o cuatro o ninguno, porque la madre se muere al no poder parir. Al quedar mal cubierta y tener pocos cerditos crecen demasiado en el vientre de su madre. Por ser de una raza buena y seleccionada, cuando llega el parto la hembra no puede parirlos por lo desarrollados que están. Hay que sacarlos a fuerza de ganchos y les estropeas todo. Difícilmente sale alguno con vida. La mayoría de las veces hay que matar a la hembra para que no sufra. Al tener fiebre no se puede aprovechar para carne. La pérdida grande. Para ser un buen granjero hay que tener conocimientos del tema, si no más vale estar echado porque las pérdidas serían demasiadas como para poder soportarlas.

Un domingo el veterinario y yo después de pelear casi todo el día con una hembra de las mejores con el fin de salvarla. Intentamos sacarle los dos cerditos que tenía, aunque fueran en pedazos. La cuestión era poder salvarla. Sacamos en pedazos a uno, pero el otro fue imposible. Después de tanta pelea fuimos a comer, ya eran las 5 de la tarde. Hubo que matarla para que no sufriera.

Esta ganadería era modélica en su género por dos razones: una, porque estaba mecanizada para limpiarla exhaustivamente. Al estar al lado de la villa de Sotrondio y otra, porque estaba hecha a todo confort.

Había que evitar los olores y para eso hubo que invertir más dinero en su construcción. Aparte de una buena fosa aséptica, todas las cuadras estaban con agua en el fondo y protegidas con rejillas para sumergir en el agua el estiércol. Así mismo a las mil gallinas les puse debajo del enjaulado una especie de piscina de hormigón, para sumergir la gallinaza. Todos los días se lavaba, se limpiaba con precisión y se empleaban ambientadores por el verano. Todo ello para evitar quejas. Tenía esa ganadería limpia “como un hospital”, esa fue la palabra que empleó el Veterinario D. Daciano en uno de sus informes. Aunque todavía era poco, siempre tenía que aparecer el ignorante de turno que daba la lata nada más que para hacerse notar o para fastidiar al vecino, pensando que se estaba enriqueciendo, cuando lo que hacía era trabajar a reventar para salir adelante

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