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Arsenio Fernández

1.     La odisea de mi mal negocio al abrir un almacén de vinos

No acerté al elegirlo . Hombre muy joven sin experiencia, solo preparado para trabajar. El negocio de almacenista de vinos, que años atrás dió mucho dinero, en aquel tiempo estaba ya en decadencia. Había más vinoteros que bebedores. Era muy grande la competencia.

Se abría el almacén de jueves y el domingo anterior me invitó Laureano Suárez Corte (un corredor de vinos que por cierto fue un gran paisano) junto con otros cuatro vinateros a probar los vinos de las Bodegas de Cándido González en Valdevimbre, León. Bajamos todo el grupo a probar los distintos caldos que en aquel tiempo eran exquisitos. Una vez que recorrimos toda la bodega, nos pusimos a comer un cabritu que salió delicioso con aquel pan tan bueno de hogaza que hoy ya no se hace más que en alguna parte. Bebimos aquel vino, que era de destacar, sentados en la cueva Laureano junto con el Bodeguero y los demás. Entre los cinco vinateros, dos eran hermanos de la Güeria de San Andrés, San Martin. Uno de ellos preguntó a Laureano:

-¿Es Arsenio también de la rama del vino?

-Sí, ya lo es. Abre el próximo jueves.

Éste se dirigió a mí y dijo:

-Muchacho, eres muy joven, yo creo que mejor sería que no abrieras el almacén, la cosa va muy mal y te puedes arruinar. Si económicamente eres fuerte, bien; si no, mejor es que no te aventures en un negocio que ya es ruinoso.

Le dije, como siempre, la verdad:

-Soy pobre. Por eso quiero trabajar en este negocio que ha dado dinero hasta la fecha.

-Cierto que dió dinero pero, como todo, esto también falló. En la actualidad es ruinoso.

Le dijo a Laureano:

-No le mandes el camión, es una pena que se meta en un negocio tan malo y tú lo sabes.

Aquel hombre, que nunca más volví a ver, me dió una opinión honesta y veraz, adviertiéndome de dónde me metía sin saber lo mal que lo iba a pasar.

Laureano le dijo:

-Ya tiene todo preparado, ¿Cómo no se lo voy a mandar?

Tras un momento de silencio pensando en lo que había dicho, le comenté que yo era de un valle minero donde la gente bebía mucho vino y que mi familia, al igual que yo, éramos apreciados por la gente y todos decían que me ayudarían, dada mi precaria situación.

Él mismo, que no le gustaba ya su propio negocio, dijo que ese sería mi mayor error: Los conocidos y los vecinos serían precisamente los que no me comprarían ni un litro de vino. Su hermano y él lo sabían por experiencia y exactamente eso fue lo que les pasó, ya vería yo como no fallaba. Me quedé sorprendido y mirándole fijamente, sin saber que podía hacer, me puse nervioso pensando: ¡Pobre de mí! ¿Adónde voy si ya gasté un montón de dinero para montar el almacén? Me quedé sin habla. A pesar de tener mis dudas al respecto, de parecerme casi imposible que pudiera ser lo que aquel hombre decía y que su hermano afirmó ser cierto, pensaba, mientras seguían con sus conversaciones: “¿Cómo me va fallar tal persona?” Iba pasándolos por mi mente como si de una revista se tratara y no lo podía comprender.

Aquello que yo creí imposible salió como los dos hermanos pintaron. Bien seguros estaban cuando uno dijo: “tú mismo lo has de comprobar”. Tan cierto como sorprendente, en mi pueblo sólo un vecino me pidió un pellejo de vino (así era como se vendía el vino en aquella época). Uno solo en todo aquel tiempo. El resto nunca se acordaron de mí. En todo el valle, muy pocos, una media docena. Aunque esos fueron precisamente buenos clientes y les estoy muy agradecido. Nunca me olvidaré de esa buena gente que supo echarme un cable. Desde luego cada vez que me encuentro con uno de aquellos clientes les miro con agrado con cariño. Me quedaré eternamente agradecido y siempre les recordaré como si fueran algo mío. Algunas veces hasta les comento que todavía sigo recordándoles con el aprecio que se merecen, jamás les olvidaré. Eso es algo que les tendré en cuenta mientras viva.

Respecto a los demás, que recuerden un poco aquella canción Asturiana que dice: No le niegues pan al pobre que a tu puerta pica y llama, éste recorre el camino que tú seguirás mañana. Nunca sabe uno de quién puede necesitar. La vida da muchas vueltas. Lo que hoy nos parece oscuro puede que mañana sea claro. Hay que pensar las cosas muy bien. No vaya ser que cuando queramos dar la vuelta ya no encontremos el camino de regreso al estar cerrado por lo oscuro que lo dejamos al pasar

Se abrió el almacén de vinos y comenzamos a vender por distintos pueblos. Siempre compraba el vino en Baldevimbre, que era de los mejores que había. Lo transportábamos en bocoyes de setecientos litros y con una manguera llenábamos las colambres. El vino se servía directamente sin ninguna manipulación. Un cliente decía que era vino inmejorable, otro que no se podía beber. Cuando llegaba a mi casa mi padre me decía:

-Hijo ¿por dónde andas? Hay gente que se queja diciendo que no es buen vino, en cambio otros dicen que es muy bueno ¿Qué es lo que pasa?

-Yo estoy tan sorprendido como tú-Le decía yo a mi padre-No sé la razón. Se sirve el mismo vino a todos. Nadie está más interesado que yo por atender bien a nuestros clientes, que mucho les aprecio. Sólo por confiar en mí les doy el mejor vino que hay en la provincia de León. No puedo saber el porqué de esas quejas que me vuelven loco.

Por mi falta de experiencia (yo era muy joven, tenía veintitrés años y acababa de empezar) lo pasé muy mal, hasta que me dió por comprobar los pellejos que entraban, controlando de dónde venían para ver si encontraba el motivo.

Comencé a comprobar el olor de cada uno y con sorpresa vi que alguno de éstos olian mal por estar mal curtidos. Daban la “carnaza”. Así se llamaba a lo que hacía que el vino tuviera un sabor raro. Se fueron seleccionando y se retiraron del servicio. Tuvimos que quemarlos, puesto que el que los sirvió no quiso saber nada del tema. Eran muy caros y perdí mucho dinero. De entre cien colambres, salieron mal algo más de veinte. Eran demasiados. Además de las pérdidas, me dejaron de comprar varios clientes que no entendieron mis explicaciones, seguramente pensando que eran falsas. Aunque muchos disgustos y dinero me costó todo esto, me di perfecta cuenta de que el cliente tenía razón y, como siempre, pagamos justos por pecadores.

Fue un botero de la Felguera al que le compre todos esos colambres. Me traicionó miserablemente. Tan “oveya” era que no se dió cuenta de que él mismo perdía a un buen cliente.

Aquello fue un duro golpe para mi negocio. Con esa mala suerte, fue como haber firmado la sentencia de cierre. Si al principio el negocio daba poco, después menos. Fue demasiado lo que sufrí por ese motivo. No se puede describir. La vida es tan dura algunas veces que a pesar de procurar hacerlo de la mejor forma y con la mejor idea del mundo las cosas salen mal. La gente algunas veces no se fía de nadie. Yo no les traicioné y lo digo con todo mi corazón porque fue así. Aunque haya quien no lo crea, es tan cierto como mi propia existencia. Si estos clientes que desconfiaron de mí me conocieran como muchos me conocen, no me hubieran dejado y mi negocio podría haber sido, si no muy bueno, por lo menos que no me diera pérdidas. Así son las cosas muchas veces, aunque parezcan imposibles.

Con esto no pretendo hacerme el mejor, ni tampoco disculparme. Agua pasada ya no mueve molino. Lo único afirmar una vez más lo que realmente ocurrió porque yo nunca valí para  traicionar a nadie y menos robar a los que tanto aprecié por ser mis clientes. Así nací y así seré hasta el fin, aunque haya alguno que lo dude. Por mucha picaresca que haya, yo, desde aquí, doy fe de conocer a mucha gente con esa nobleza de no valer para engañar, porque a través de nuestra historia siempre hubo de todo. Eso lo tengo muy claro.

Seguimos trabajando y las cosas no mejoraban nada. De hecho, iban cada vez peor. De los tres que trabajaban en la distribución de vinos, uno de ellos tenía carnet de primera de conducir, pero con muy poca práctica. Él mismo reconoció no haber cogido más vehículo que el de la academia. Al darle la furgoneta dijo que lo mejor sería que antes de comenzar a trabajar con ella hiciera unas prácticas porque ya hacía mucho tiempo que no manejaba un volante.

Decidimos los dos que por las tardes después de mi regreso del trabajo, yo le acompañaría durante esas prácticas que haríamos varios días. Al terminar estas, pensó que ya podría salir con el primer viaje de cajas de vino para los pueblos. Quedamos entonces de acuerdo y aquella tarde y como siempre después de yo llegar del trabajo, saldríamos con este viaje que poco iba durar. Este hombre era una gran persona, noble y callado, pero seguramente algo nervioso. Cuando solo habíamos recorrido poco más de un kilómetro y en un lugar nada difícil y a pesar de ir muy despacio, el siguió hasta darse con una roca. Esta maldita roca era la única que hay en aquella zona y todavía está allí. Fue el lugar perfecto para deshacer el morro de la furgoneta y romperse varias cajas de vino que salieron volando por encima de nosotros. Afortunadamente nada grave sucedió pero terminsmos con varias magulladuras, aparte de la pérdida económica que para mí suponía en este tiempo de tanta pobreza.

Yo le dije: “No sufras. La furgoneta se arregla. Lo importante es que no nos pasó nada grave”. Esto mucho me lo agradeció. Se acercó a mí y me dió con su mano en el hombro diciendo: “Gracias Arsenio. En lugar de reñirme me calmas. No te puedes imaginar lo que lo siento”. “Tranquilo hombre, que ya pasó todo”. Vi que se emocionó un poco por mi forma de razonar las cosas. Es precisamente en esos momentos donde de verdad se ven las personas. Este hombre era una gran persona y muy trabajador y de toda confianza hasta para cobrar a los clientes. Nunca se olvidó de aquello y me apreció hasta su muerte. Era de mi edad y murió muy joven. Había sido minero. Una enfermedad le atacó y como tenía poca pensión vino a trabajar a nuestro almacén. Lo sentí mucho porque si antes ya nos tratábamos muy bien, después de aquel accidente más todavía. Él quedó muy agradecido por que se sintió culpable de las perdidas. 

No todo es de color de rosa como lo pintan las malas lenguas. Hubo algun boca fría que pensó que por estar con los Ingenieros yo ya podía hacer y deshacer a mi antojo. No era así: los Jefes son Jefes allí y en Sierra Morena. No se movía una paja sin sus órdenes, ponían firme al más bravo.

Aquella obra una estafa que me hizo aquel señor que no tenía ni corazón ni vergüenza y que mejor sería que nunca hubiera conocido. En cambio, algunos lo interpretaron como una forma de apoderarme de aquellos terrenos. No fue así.

Hasta intentaron parar el Pozo como protesta. Es denigrante adonde llegan algunas personas por hacer daño sin saber el porque de las cosas. La prueba está bien clara. ¿Por qué no fueron a la empresa a pedirle explicaciones antes de criticarme y de poner mi conducta en entredicho? Y movilizar mucha gente. Fallaron, metieron la pata hasta el fondo. Yo no merecía eso, era un compañero más, un minero picador de carbón a la puerta de la mina, trabajando de conserje, con un mísero sueldo por haber perdido las dos manos, no por enchufes ni gaitas. De no haberme surgido esta desgracia yo seguiría siendo picador y no otra cosa. Mi historia está a la vista y bien conocida. Que la copien algunos. Que miren hacia atrás y examinen mi esclavitud y lo que tuve que pasar para salir adelante. Que ellos tengan mucha suerte y que no pasen por donde yo tuve que pasar. No les deseo ningún mal pero sí recordarles el daño que me hicieron y que reflexionen sobre lo mal que se portaron con un compañero del mismo Pozo.

Hasta un representante sindical en una reunión en la llamada “Moncloa” de Sotrondio con un Jefe de Sector, el Ingeniero de otro Pozo y un Geólogo, dijo al terminar. “Lo que es una vergüenza es lo que pasa en el Pozo San Mames, manda más el conserje que el Ingeniero”. Con eso dejó bien claro su baja calidad humana y su escasa cultura y ninguna consideración. ¡Vaya representación para los mineros!: ¿Por qué no se informó en lugar de hablar de asuntos que desconocía por completo? Muy fácil: porque era igual que los miserables que le dieron esa falsa información.

 El Geólogo, que era una excelente persona y amigo del Ingeniero y mío, vino a vernos al momento de salir. Reunidos los tres en el despacho de mi Jefe nos dijo: “No me creo lo que está pasando. Siendo personas inteligentes como sois los dos, cómo se os ocurre cerrar esa escombrera y meter las vacas de Arsenio alli Las críticas son monumentales. Sacarlas ya”.

 Fue entonces cuando nos contó lo ocurrido. Nos quedamos de piedra y le dimos las gracias por actuar de aquella forma y avisarnos de lo que estaba pasando.

Le explicamos  entonces lo que en realidad había sucedido y yo mismo le recordé que estando él en una reunión hacia ya casi dos años ese Jefe de Sector me pidió hacer aquella obra a fondo perdido. “Efectivamente que lo recuerdo” me dijo.”Pero no me di cuenta de eso. Lastima fué no acordarme para así informar al representante sindical de la terrible equivocación de estas críticas y también la de él porque debió pedir información a la empresa. Su comportamiento fue denigrante poniendo en duda la conducta del jefe de Pozo y la tuya también”

Lo más grave y triste de esta historia, además de la pérdida económica, es que el jefe que me obligó a realizar esa obra era el mismo que estaba presente en aquella reunión, escuchando la denuncia del representante sindical sin decir nada. De haber sido un caballero le habría preguntado al in dividuo, ¿Por qué motivo dice usted eso? Si se refiere a lo de la escombrera, está usted equivocado. Esa obra ordené hacerla yo y a fondo perdido. No culpen a Arsenio de nada porque le salió muy cara además de las críticas inoportunas que ese hombre sufrió sin ninguna razón”.

Seguidamente debería haber llamado a los representantes de los obreros del pozo y poner las cosas claras explicándoles el porqué de la obra y el pufo que me metió, como realmente fue. Sin embargo se calló como el traidor que era.

La pregunta que hay que hacer es, ¿Qué sentiría ese sujeto si leyera este artículo? Porque el todavía vive y seguro que no se olvidó de todo aquello. Pues va tener que aguantarlo porque yo ni pongo ni quita nada, lo describo como ocurrió. Y lo mismo les digo a los que me criticaron, claro.

Ni siquiera me llamó para pedirme disculpas, aunque no me pagara nada. Que tuviera por lo menos un poco de conciencia. Pero ni eso.

Esta clase de individuos se sienten rebajados de categoría si tuvieran que disculparse a un subordinado, ¿Cómo va a pedir el perdón a un inferior .aunque lo haya machacado?

Estos individuos que me criticaron y me hicieron sufrir fueron tan ignorantes como malos. No analizaron mi situación porque no tenían capacidad ni vergüenza. Yo era un picador que cuando me accidenté ganaba 4.500 pesetas de sueldo al mes. Repito: 4.500 pesetas frente a las  550 pesetas que pasé a cobrar como conserje. Mi sueldo era exactamente de 315 pesetas más las 200 de prima de producción de aquel tiempo

¿Que podía hacer yo más que trabajar a brazo partido?. Esa tremenda diferencia de salario que no alcanzaba ni para comer se juntó con la pérdida de las dos manos y con mi escasa cultura, por lo que tuve que casi reventar de trabajo para salir adelante. Crié cerdos, vacas, gallinas… un esclavo. Y eso todos los que protestaron y quisieron parar el Pozo lo vieron día tras día. Porque no deben olvidar que hasta por lo mucho que me vieron trabajar me criticaron diciendo que iba reventar y morir de muy joven por no lo poder soportar y por lo avaro que era, según algunos.  Avaro por trabajar y si no trabajas vago.

La pregunta que les hago a esos energúmenos es, si conocen a alguien en el mundo que reviente de trabajo como fue mi caso por amor al arte. Lo mío fue por pura necesidad y para poder dar de comer a mis hijos. ¿Qué les parece eso? ¡Aun tendrán cara para envidiar la esclavitud y la desgracia!

Así son muchas cosas. Así machacan algunas veces a inocentes que trabajan y no se meten con nadie. Ese Jefe no tuvo ni corazón ni vergüenza. Después de cometer esa estafa conmigo tuvo que salir en defensa de la realidad y no lo hizo. No hay derecho a hacer tanto daño y abusar del mando para pisotear al más débil.

Pensándolo fríamente, lo del gran Jefe no debe extrañarme. Siempre hubo y habrá por el mundo quien abuse de su poder. Lo que si me extraña es la actuación de algunos de los compañeros del Pozo, que traicionaron a un trabajador que luchó por una causa justa y que además hizo todo el bien que pudo, actuando con respeto a todo el mundo y con seriedad.

Yo, con aquel monumental disgusto, saqué las vacas del prado inmediatamente y dejé de atenderlo. La gente, que aunque la hay muy mala, también la hay buena, quisieron saber el motivo y se interesaron por lo ocurrido y se volcaron en mi defensa, diciendo que volviera seguir como antes y que aparte de ser un problema para nuestro pozo si lo dejaba, me correspondía sacar la poca producción de hierba de allí, porque bastante fue la perdida de las 944.000 pesetas que costó la restauración además de lo que sufrí sin motivo ni culpa.

Que quede bien claro: Presenté la libreta de jornales del personal, los gastos de abonos químicos y orgánicos, semillas, matgerial para la instalación de riego« varios rollos de alambre de púas para el cierre. Hasta un cable de cien metros para la alimentación eléctrica que no había en el Grupo y que tampoco se podía pedir, lo tuve que pagar. Increíble pero cierto.

Además habría que añadir otros gastos e impuestos, además del margen comercial y todo ello sin contar lo que trabajó mi familia ayudando.

De haber encargado esta obra a una empresa habrían tenido que pagar casi el doble y no pagaron nada. Así son muchas cosas.

La envidia de alguna gente les lleva a cualquier cosa. Todos esos comentarios en el trabajo y en los bares al momento me los contaban mis compañeros de mina. Algunos no soportaban verme con los Ingenieros porque me llevaban con ellos a ver obras o a alguna comida que hacían seguramente pensando que era yo el que me arrastraba para eso. Nada más lejos de la verdad. Estos señores Ingenieros eran lo mismo que otros gremios: en aquel tiempo no entraba en esa sociedad ni el más pintado. Si me apreciaron y me admitieron con ellos fue por mi forma seria de ser. Por no me pasar en ningún orden de la vida. El arrastrado, el cuentista no lo toleran y con mucha razón. Porque esa clase de individuos no los quiere nadie pero mucho menos entre estos señores, que eran muy respetuosos y hasta un poco dictadores, porque el puesto que tenían no era para menos.

Si primero tuve la desgracia de perder las dos manos, después tuve la capacidad de salir adelante a base de lucha y también por la suerte que tuve de saber de toda clase de trabajos, de mina, de la construcción, de artesanía y diseño además de una gran memoria para estudiar. Y porque no decirlo y con la cabeza bien sentada en su lugar, algo importante para un hombre. Porque afortuna da mente no nos podemos pintar para despistar lo que somos. Esa es la bonita realidad, que, sin darnos cuenta, mostramos lo que somos, lo mismo en el trabajo que donde vayamos y eso creo que es muy bueno, porque al final recibimos el trato que nos merecemos. No hay otra cosa

Abuso de autoridad de un jefe y duras consecuencias para mí.

El Ingeniero que mandó que hiciera aquella obra de restauración de dicha escombrera había sido anteriormente mi jefe directo. Cuando llegó al Pozo, el jefe que marchaba nos presentó y como siempre cada vez que había un cambio le habló al que llegaba de mi forma de cumplir como hombre de confianza y de ser serio, porque siempre me gusto trabajar y tener las cosas al día. El que llegaba era duro y desconfiado, un dictador de esos que solo vale lo que él piensa. En cuarenta años que trabajé allí fue el único que no me trató bien. Ya me di cuenta en la presentación y no me equivoqué. Al día siguiente y al poco de incorporarse al trabajo me llamó y sin más me dijo:

-Oiga, lo que gusta a uno puede no gustar a otro. ¿Me ha entendido?

Todo esto lo dijo con un tono agresivo e imponiendo su dictadura como si yo fuera un maleante rebelde

-Si, perfectamente señor. Le dije.

Debo decir que en aquel momento me dieron ganas de cuadrarme y saludar al estilo militar pero por respeto me marché sin pronunciar palabra.

Salí del despacho y a lo mío pero disgustado porque no tenía motivo ninguno para decirme aquello que considere sin razón ni sentido. Sólo por el hecho de que el jefe me haya valorado ante él. Este señor podría no entenderlo así pero eso era su problema. A mi no tenía que decirme nada. Aquella actuación por más vueltas que le di nunca la entendí. Hay que tener en cuenta que acababa de incorporarse y yo nunca me metí donde no me llaman. Tiempo tendría de llamarme la atención si mas tarde me propasara en alguna cosa, pero eso nunca ocurriría porque yo siempre supe estar en mi sitio y ésto el mismo lo pudo comprobar más tarde. Porque yo nunca me olvidé de donde soy y de donde vengo, siempre supe estar en mi punto de trabajador. Nunca cambié la chaqueta, seguí mi rumbo de minero a la puerta de la mina y sin traicionar a nadie pero menos a mi propia sangre de familia minera

Este señor que más tarde ascendió a Jefe de Sector, fué el que me mandó restaurar aquella escombrera,teniendo yo que invertir un dinero que nunca pude recuperar, aparte de los disgustos que me dió ya antes de comenzar porque vi venir las consecuencias. Bien sabía que saldría muy caro restaurarlo para lo poco que iba producir y luego las criticas que erróneamente iban a salir.

Yo era un trabajador del Pozo y bien conocía lo que había. Entre 1500 hombres que trabajábamos allí, todos conocemos a los que nunca están a gusto con nada. Solo con media docena que haya de estos eternos descontentos que normalmente son los vagos del grupo, son también los que revuelven el gallinero y lo malo de esto, es que la buena gente los deja a su rumbo por no meterse en líos y por eso casi siempre la arman aunque sea sin razón alguna. 

Cuando este señor me habló de aquella obra estaba el Ingeniero Jefe de Pozo que le dijo: “Es muy importante limpiar y restaurar esa escombrera, además de mantenerla por la gran cantidad de maleza y de finos de carbón que tiene. Podría haber un incendio y nos pararía el Pozo. Lo más probable es que cuando menos lo pensamos se prenda y podría tardar años en apagarse, como ocurrió en otras escombreras, siendo un peligro. Hasta podría parar los compresores”.

En efecto, todo esto era cierto. .El como profesional bien lo conocía. Todos sabemos la cantidad de estas escombreras que se quemaron por la cantidad de finos de carbón que en la antigüedad dejaban en todas las escombreras.por falta de medios para lavarlos y poder separarlos de los escombros. También por la abundancia del carbón que había. Hasta en minas de montaña hubo incendios que duraron varios años. En mi pueblo se quemó una montaña quedando hasta la pradera arrasada por el calor y sin vegetación ninguna durante años.

La escombrera de Barredos sigue quemado desde hace años. Por esa razón era muy necesario el restaurarla. Pero no emplumarme a mí el coste de toda la obra. Este señor, el mismo que me había hablado de aquella forma al llegar tiempo atrás, dijo: “Arsenio, usted que es hombre polifacético tiene que restaurarla a fondo perdido y aproveche el verde para su ganadería”.

-¿Qué dice? Señor, lo que cuesta esa obra no se saca en toda una vida. No hay escombrera que sea rentable y menos esa que tiene mucho carbón y un calor enorme. Es precisamente el lugar donde anidan las víboras en cantidad por ese calor. No hay planta que pueda desarrollarse con normalidad en ese lugar, aparte de que precisa de un gasto de mantenimiento muy caro, agua en cantidad, energía eléctrica para bombearla, instalación de riego y mantener el riego, abono mineral y vegetal, cal y semilla de las más caras para que puedan aguantar el calor. Con todo eso no hay quien lo aguante. “Imposible” le dije. Además de madera y alambrada para cerrarlo. Sería una hipoteca para mí.

-No es imposible. Le daremos agua y energía y madera para cerrarla. Usted es contratista y la empresa le está dando buenas obras en cielo abierto y debe colaborar. La empresa no tiene dinero para esa obra.

Así de canalla fue el individuo conmigo.

-Eso no es colaborar, señor, es una ruina que tendrá mientras exista. Mucha obra, mucha inversión, mantenimiento excesivo. Se precisan cantidad de jornales y materiales. Cierto es que hace falta eliminar esas malezas por el bien del pozo pero eso no es un negocio para un particular. Lo único que puedo hacer es ponerle un precio muy bajo, solo para cubrir gastos y de esa forma ayudar a la empresa, pero no me meta en un problema de esa envergadura. Además hay otro problema, la gente va a pensar que me hago rico a costa de esta escombrera. Usted como jefe sabe muy bien la clase de gente que hay y que busca esquinas para todo.

Eso siempre es cosa de algún boca fría. Usted dice que no tiene ninguna importancia. Para mí sí que la tiene y mucha. No me gusta quedar mal pero menos por cosas que me van a salir muy caras y dar lugar a críticas por los cuatro hastiales.

Procuré apartarme de ese tema pero después de pasar justo un año justo, volvió a salir. Un día me llamo a su despacho y no tuve otra opción más que poner manos a la obra. Aunque bien sabía lo que iba a pasar, no lo pude dejar. El trabajo que tenia con mi gente en cielo abierto, a pesar de ganar poco por el bajo precio que les cobraba para poder permanecer, me era muy importante, para dar a conocer a los ganaderos de nuestra región mi forma de trabajar y de hacer buenas praderas. La gente iba a visitar estas obras de las minas a cielo abierto y me pedían hacerles para ellos esa clase de trabajos. Por ese motivo tuve que tragar tamaño desaguisado que este individuo me preparó sin pensar el daño que me iba producir económicamente y también personal.

Desde luego que sabía que esto era una hipoteca, pero lo que no sabía era de las malas lenguas que algunas veces hay metiéndose en lo que no conocen, ni saben de qué va y con desconocimiento total de las cosas llegando a pensar que quise hacerme dueño de todo. Allí se quedaron 944.000 pesetas de aquel tiempo, que se enterraron allá para la eternidad, sin contar los trabajos de la familia en los fines de semana para cerrar todo aquel terreno que nunca valió dos pesetas. Hasta es posible que hayan salido menos yerbas que pesetas gastadas allí.

Lo que hay que soportar algunas veces en la vida por hombres sin corazón ni vergüenza. Recuerdo un pasaje durante mi época oprimida por lo que estaba atravesando: un miserable que trabajaba como jefe de mantenimiento en el Grupo, y que era malo de profesión, se metía con todos como si en su cerebro retorcido no hubiera más que maldad. Solo le faltaba meterse conmigo para que terminara de cansar al Ingeniero jefe del Sector. Nunca habíamos tenido ningún problema, todo lo contrario, siempre nos tratamos como con todo el mundo en el trabajo. Como muchas veces más hizo con otros, esta vez me toco a mí. Se le ocurrió ir a mi jefe nada menos que con cinco denuncias, tantas como mentiras. Le dijo que la gente del pozo se estaba lavando con el agua manchada con el estiércol de mi ganadería, porque lo echaba al río y en el mismo lugar donde las bombas recogían el agua para el pozo. Cosa incierta, porque había unas fosas sépticas con arreglo a las normas vigentes y en toda regla, que mi jefe conocía y que habían sido controladas por los técnicos del Ayuntamiento. Para dar de alta la ganadería, entre otros muchos requisitos más, hasta fue publicada en el boletín oficial de la provincia. Como para estar fuera de lo legal

Dijo que yo había metido un cable subterráneo de energía eléctrica desde la empresa para mi ganadería, que gastaba una cantidad de agua excesiva para regar la finca y también de la empresa, y que estaba llevando madera para cerrar la finca. Pero lo que no tuvo en cuenta esta mala persona fue la cantidad de dinero que yo había gastado para restaurar aquella escombrera, finca que era de la empresa y que uno de los altos jefes me había pedido que lo hiciera a fondo perdido, sin cobrar ni un céntimo por aquel maldito trabajo, que me emplumó abusando de su alto poder en la empresa.

Esa energía eléctrica era precisamente para el bombeo del agua que era para mantener el riego de aquella estéril escombrera que la empresa quiso restaurar por motivo de seguridad para el pozo ya que con el calor de la escombrera y la cantidad de maleza que había, podría incendiarse y parar el pozo. Pues muchas veces hubo pequeños incendios que pudimos controlar precisamente con ese agua, la que había que controlar al máximo en pleno verano por que andaba muy escasa, ya que el grupo de bomba que subía el agua para el abastecimiento del Pozo se quedaba corto en verano para atender la refrigeración de compresores y el abastecimiento de la casa de aseo. Se gastaba mucho más que en el invierno, viéndonos obligados a regar sólo los fines de semana.

Todo lo que aquel individuo alegó en mi contra estaba en orden y completamente de acuerdo con la empresa, que fué la que lo ordenó y bajo sus directrices de seguridad. Lo que no sabía aquel oveya era el pufo que me metió el gran Jefe por aquella maldita obra que aunque necesaria, sirvió para darme un montón de disgustos y un gasto de dinero desorbitado para mi economía.

  Este maldito gasto fue considerado por algún boca fría como un lucro. Así piensan algunas mentes retorcidas.

¡Cómo sería su maldad y cómo puso de enfadado al Jefe de Sector que nada más salir de su despacho me llamó y me dijo!

-Usted es un hombre de arte y de cojones. Dígale a ese miserable que le espere, que tiene que hablarle.

El tipo escuchaba lo que mi jefe decía. Le dije: “ya oyes al jefe, espera” y cerré la puerta del despacho. El jefe me dijo: “a ese sinvergüenza solo le faltaba meterse con usted. Es una mala persona, no merece otro calificativo. Se mete en todo y con todos los de su alrededor. Por algo la gente no le quiere ni ver. Vino a denunciar lo que la empresa había mandado hacer. Cinco mentiras como cinco casas”. Me comentó el disparate que le había dicho y me dijo:

-Salga y échele una bronca como se merece. Usted sabe hacerlo. Si lo niega dígale que yo estoy aquí para comprobar su desastre y que lo dije yo y que va a misa.

Me esperaba ya nervioso, porque se había dado cuenta de su metedura de pata, pero ya tarde. Sabía que el jefe era hombre muy noble pero bravo cuando se enfadaba.

-¿Cómo se te ocurre decir tantas mentiras a mi jefe? ¿Qué daño te hice yo para meterte conmigo? Eres peor que una serpiente, ¿No ves que nadie te quiere porque eres mala persona? Intentas hacer daño a la gente y pasa lo contrario, el daño te lo estás haciendo a ti. ¿Acaso no sabes más que pensar mal? La gente de aquí no te quiere ni ver, aléjate de aquí y no vuelvas, es lo mejor para ti.

Trataba de incorporarse pero le dije:

-Si lo niegas pasamos al jefe y él mismo te dirá la falta tan grave que acabas de cometer, denunciando algo tan tonto como injusto. Esta vez has encontrado el zapato a tu medida, como muchas veces más y no espabilas. ¿Qué clase de cerebro tienes?. ¿Cómo no despiertas o es que tu veneno no te deja más que ser así de malo? Metió el pico debajo del ala y se fue.

No pasó mucho tiempo y se metió con otro de los hombres más cumplidores y trabajadores que había que había en el grupo, un capataz que ascendió de puesto. Esta mala persona por envidia quiso darle la cama, así decía el mismo. Fue con falsas denuncias al jefe y este lo echó del despacho, nos llamó al capataz y a mí y nos contó lo ocurrido. Nos dijo: “Debí echarlo cuando se metió con Arsenio, pero a este hombre no le gustó y me pidió que por esta vez lo dejara, pero de esta no se libra A partir del lunes será destinado a otro Grupo porque aquí ya nadie le tolera. A ver si allá lo espabilan o lo echan también”.

Esta vez le salió peor y lo echaron de nuestro grupo por no despedirle y dejarle sin trabajo. Lo largaron al Pozo Soton y con los malos informes que tenía por delante para que tuvieran cuidado con él. Pasaron dos años y se le dió el retiro.

Una tarde llegamos mi esposa y yo a una sidrería donde él estaba. En cuanto tuvo ocasión me dijo: “Ese Ingeniero fue para mi un hijo de puta. Me debe una muy gorda y me la va a pagar. Ya estoy retirado y con buena paga. Que se prepare porque cualquier día voy a por él. En la cárcel con dinero puedo vivir muy bien”.

Le miré con pena y le dije: “¿Todavía sigues tan retorcido? Tú no vas a ninguna parte por dos razones: una, porque sabes que no tuvo más remedio que echarte y otra, porque no te atreves a meterte con él ¿Que te crees que se va a dormir en los laureles?”

Como toda su vida, cuentos. Ni se movió para nada

Cuando tenía veinticinco años, cinco después de mi accidente y trabajando en las oficinas de nuestro Grupo, conocí a un compañero de mi padre en la guerra. Este buen hombre también había sido minero. De mayor pasó a guarda jurado de la misma empresa Duro Felguera. Una tarde llegó a la oficina, tendió su mano para saludarme y se presentó:

Soy Manolo, del Molín de La Estaca de Santa Bárbara. Tú no me conoces pero yo a ti sí. A pesar de no haberte visto nunca te conozco de oír hablar a tu padre de ti cuando solo tenías un año. Nos encontrábamos en la guerra en Teruel.

Me recordó que un poco antes de mi accidente se encontró con mi padre, y después de saludarse y hablar un poco del pasado le preguntó por mí, y que si todavía seguía queriendo tanto a su hijo, Arsenio.

-Claro que si hombre es un trabajador de marca, esta picando en el Pozo Villar y muy contento, gana mucho dinero y está a gusto.

Manolo le dijo que tenía mucha gana de conocerme.

Algún día sería, va algunas veces por Santa Bárbara al baile, aun que tenía que pasar por delante de su casa. ¿Quién conoce a los jóvenes que pasaban por allí? No me conoció hasta ya después de perder las manos.

Manolo me contó lo mal que lo pasaron en aquel frente, donde los compañeros caían muertos como pajarillos. Pero sobretodo aquel día, que como muchos otros, les atacó la aviación, y en una de las pasadas un obús dejó enterrado a uno de los compañeros de la trinchera. A punto estuvo de caer mi padre por estar cerca y enterrarle parte de la tierra que levantó la explosión. Aunque no le hirió de gravedad si le produjo golpes. Todos permanecieron agachados en el fondo de la trinchera esperando ser enterrados de un momento a otro, ya que los aviones no cesaban de dar pasadas soltando sus terribles cañonazos. Sabían que uno de los compañeros estaba enterrado pero no podían moverse para auxiliarlo.

Cuando cesó el ataque fueron a socorrerle pero nada pudieron hacer. Estaba hecho pedazos. Su cuerpo había sido alcanzado por el medio. Aquel triste día fue una carnicería, cayó mucha gente por otras posiciones cercanas. Mientras que sacaban al cuerpo sin vida y llorando de pena por él y temiendo correr la misma suerte que ellos, mi padre le dijo:

-Manolo, hoy la tuve muy cerca, si caigo y tú tienes la suerte de salvarte, te ruego que digas a mi familia lo mucho que los quiero, y que sentiría mucho no poder estar con ellos para criar a mi hijo de un año que deje allá y que tanto quiero. 

Manolo le prometió que así sería si eso sucediera, pero que había que seguir adelante.

Al escribir este episodio recordé un recorte de la Nueva España, que aún conservo, donde se describe un incendio en los montes de Teruel, ocurrido los días anteriores al 18 de Septiembre de 2000, fecha de su publicación en el periódico:

Decía oí, los bomberos y cuadrillas forestales no podían acercarse a sofocar el incendio que había ya arrasado un gran bosque. Zona donde habían tenido lugar de los crueles combates durante la guerra. El fuego explosionaba la munición enterrada superficialmente. Proyectiles, bombas, minas, y cintas de ametralladora, sesenta y tres años después de aquella batalla se ha removido la bestia de la guerra.

La batalla de Teruel, la única durante la contienda en la que el Ejército Republicano tomó una capital de provincia al enemigo. Se desarrolló, como se sabe, en condiciones climatológicas espantosas. La mitad de las bajas, de las muchas habidas en los dos bandos, lo fueron por congelación y pulmonías. Fue el del 37 el invierno más riguroso del siglo XX en España y la zona de Teruel, donde esa  extremosidad del frío sacudió con más violencia. Las tropas iban muy mal pertrechadas. Tanto, que muchos soldados calzaban alpargatas y otros se abrigaban con hojas de periódico ante la carencia de abrigos y capotes.

La ciudad de Teruel, en manos del Ejército sublevado, cayó en diciembre en poder de los gubernamentales, y luego de una feroz contra ofensiva que obligó a Franco a retraer importantes efectivos de otros escenarios, volvió a ser tomada por las tropas de éste.

Miles de hombres jóvenes perdieron la vida en esa batalla, miles de esposas, de padres, de hijos de hermanos lloraron su muerte, y hace unos días,  63 años después  de la carnicería, volvió a encenderse, fantasmal, su fragor inhumano.

Las guerras, en efecto, se sabe cuándo  empiezan, pero no cuándo se terminan.