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…/…

Los abuelos estaban desesperados, por tanto tiempo transcurrido pero al fin nos vieron. Estábamos a una distancia que sólo se veía el bulto pero sí oir. Nuestro abuelo supuso que seríamos nosotros porque con aquella nevada y de esa parte nadie iba circular y nos llamó. Le contesté diciéndole:

– ¡Ya llegamos, abuelo, tranquilo!

Lo primero que nos dijo fue:

– ¿Estáis bien?

– Sí que estamos bien y con la castañal a nuestro lado.

– Dejadla para mañana, ya fue bastante por hoy.

– Para lo poco que queda terminaremos de llevarla a su sitio, le dije.

Preguntamos si había llegado nuestro padre.

– No ha llegado todavía, estará al llegar dijo.

Mi padre ya nos había oído desde el camino que venía de la otra parte de la montaña, a poca distancia. Nos escuchó y nos dijo que ya estaba cerca.

Para poder comunicarnos a esa distancia había que hablar fuerte y en el silencio de la noche la voz camina mucho más que por el día. Lo mismo se hacía para hablar de una casa a la otra y por eso nos pudo oír. Nuestro padre se acercaba por el oeste y nosotros por el lado contrario, el este, pero con la diferencia de que nuestra casa estaba justo en el medio de esta distancia y mi padre seguía a casa y nosotros a la de nuestros abuelos. Quedaba ya poco camino y conseguimos llegar con nuestro trofeo que fue un reto para los dos.

De no haberlo conseguido en ese día perdería mérito para nosotros. Así de duros éramos los bravos niños de aquel tiempo que, a pesar de nuestra corta edad, no temíamos ni a la nevada, ni a la noche, ni a las alimañas que había. Los lobos no estarían muy lejos. Los berridos del zorro, el ave quejona o la curuxa se oían con mucha frecuencia y había gente que sentía miedo. Nosotros los escuchábamos con toda la atención por las noches y desde la cama o desde donde estuviéramos porque nos gustaba oírlos, pero sin miedo, ya que todo eso nace de la costumbre de convivir en las montañas con las alimañas a nuestro alrededor, ya fuera invierno o verano, siempre las reconocíamos.

Hace unos cuantos años ya que no siento esas alimañas y cuando las recuerdo las echo de menos, ya que no me olvido de mi juventud en las montañas donde nací y me crie.

Aquella noche, como muchas otras, cenamos con los abuelos mientras nos contaban lo mal que lo habían pasado. Eran más de las once de la noche y ya había oscurecido a las seis. Aunque sólo habían transcurrido unas horas, para ellos fue como un siglo. El abuelo nos pasó revista, quería saber si estábamos bien para su tranquilidad, nos quería tanto como nosotros a él, era cariñoso, le gustaba que lo pasáramos lo mejor posible.

Quiso saber con todo detalle los inconvenientes y las peripecias que habíamos pasado. Le contamos todo y una de las cosas que más le impresionó fue cuando le contamos la primera prueba para saber la cantidad de nieve que había. Le conté que me había tragado la nieve y me había quedado enterrado.

– ¿Cuánto tiempo estuviste bajo la nieve? ¿Cómo saliste y cómo lo pasaste?–me preguntaba casi emocionado.

Tuve que contárselo todo. Le dije que había sido la soga y la fuerza de mi hermano lo que me había salvado.

El gran problema en un caso como este de quedarte enterrado bajo tanta nieve, es el orientarte para salir. Puedes perderte y en poco tiempo te asfixias, pero no en mi caso que estaba atado a la soga y esta me ayudo junto con la fuerza de mi hermano Constante, que era bravo y ágil como un rayo.

Mi gran hermano Constante que siempre va en mi memoria, fue un hombre duro y fuerte, un gran trabajador, hombre valiente y luchador sin igual para su corta edad. Toda la vida estuvimos muy unidos. Además de hermanos éramos amigos inseparables, sin su ayuda es posible que no hubiera conseguido salir de allí. A pesar de ser dos años más joven que yo, se defendía igual, hacía las cosas con arte de mayor, tiraba y bregaba con mucha fuerza, era muy voluntarioso, un pura sangre, fue una gran pena que se haya marchado tan joven y lleno de vida. Su pérdida nos dejó destrozada a toda la familia.

Después de tanta lucha llegó la hora de la cena que fue a base de tocino crudo, sopas de ajo, unos traguinos de vino y tortas de harina de maíz con un poco de centeno. Estas tortas que hacía nuestra abuela sabían como un manjar, nadie en aquel contorno las preparaba mejor que ella. Éstas, el potaje con verduras y la tortilla que también se le daba muy bien. Era una gran cocinera; mujer de pocas bujías, todo lo hacía muy despacio; pero muy trabajadora en la casa. Hacía manteca y buenes “fayueles” por carnaval. El vino que mi abuelo tenía era excelente, vino de Toro con Tierra de León, que él ya podía permitirse el lujo de tener su “pelleyu” de vino en casa. Pocos podían permitirse esto, porque era sólo para gente que se manejara bien. El resto ni soñarlo, por la época de escasez que se vivía durante la posguerra.

Mientras comíamos nuestro abuelo le dijo a la abuela:

– Trae más tortas y más tocino, si trabajaron como chinos también tienen que comer o ¿crees que son gallinas? Estos dos son como el acero de duros, ni pasado el río habrá otros igual. Son trabajadores de marca y hay que atenderles como se merecen.

Nuestra abuela, que le escuchaba, dijo:

– ¡Me cago en infierno, paisano! Primero casi lus revientis trabayando y ahora quieris reventalus comiendo. 

– Estos dos comen lo que les deas, deja que se fartuquen que bien lo merecen, no les pasa nada por comer.

Los abuelos nos daban con mucha frecuencia de comer, se manejaban mejor que el resto de la familia, tenían mejor economía pues eran sólo dos y cobraban la paga por su retiro. Cosechaban trigo, centeno, maíz, patatas verduras y también tenían una vaca, la Pastora, para la producción de leche. Mi abuelo la tenía tan mimada que se iba a donde él se fuera, como si de un perrito se tratara, hasta intentaba entrar con él a la casa. El abuelo era una persona excelente. La abuela era muy católica, iba rezando siempre por los caminos o por donde fuera, pero era menos generosa que el abuelo. Algunas veces le decía, hay que darles de comer a los niños, o crees que se mantienen del aire, eres muy apurada, (poco generosa) ¡que fácilmente te olvidas de lo mucho que nos ayudan! Son trabajadores y listos como rayos. Son tan nietos nuestros como el que más y precisamente son los únicos que nos ayudan. Debes tratarlos mejor. ¿Quién nos trae leña y el agua de lejos? Llevan nuestro ganado con el de ellos a pastar y lo cuidan, nos ayudan en todo lo que pueden, son dignos de apreciar y tú no te preocupas de ellos.

Así de claro reconocía nuestro abuelo las cosas, siempre valorándolas por su propio mérito. Hombre honrado y con muy buen corazón. Bien claro se veía que le daba pena de nosotros, por el hambre que pasábamos y por la forma de tratarnos de nuestra abuela, muchas veces con brusquedad, sin darse cuenta de lo mal que lo pasábamos.

El abuelo era cariñoso, generoso, muy espléndido y comprensivo. Era muy culto, fue uno de los más ilustres de su época en nuestra zona. Estaba muy preparado, su afición además del trabajo, era leer mucho. Sabía de todo, tenía fama de ser muy inteligente. Nos enseñaba a comportarnos, cómo había que estudiar, a ser educados y respetar a los demás, y cómo se trabajaba. Nos contaba historias de los antiguos cuando estábamos caleciendo en el fuego por el invierno. El fuego lo atizaban en el suelo encima de las “llábanas” unas piedras planas que se ponían como baldosa en el suelo de la casa. Para dar salida al humo hay una gran chimenea estratégicamente colocada en la esquina de la casa, destinada a este menester, y que aún se conserva como estaba.

La chimenea comienza a una altura de dos metros aproximadamente, donde se colocado el “Sardu ” una base de “cebatu” construido de varas de castaño. Lo utilizaban para varias cosas, curar las castañas encima, colgar el tocino y los chorizos a curar y les “calamiyeres” para enganchar el pote y cocinar en mayor cantidad, también para calentar el agua para bañarse. Este fuego, además de calentar el gran pote fue donde se cocinó toda la vida. También hacían las comidas, cuando era poca cantidad, encima de unas “trébedes”. La leña para atizar la buscaban por bosques y montes y se transportaba al hombro, al “llombu” como lo llamamos en bable. Se preparaban unas cargas atadas con una cuerda para poder manejarlas con más facilidad. Aunque más tarde ya tuvieron cocina de carbón, el fuego en el suelo nunca se dejó de atizar por el invierno ya que era la única calefacción que había.

Aun conservamos toda la casa como ellos la dejaron. Las paredes fueron construidas de piedra y barro amasado, los tabiques se hacían con ladrillo cocido de barro macizo, y se colocaban con pasta de arena de río y cal, porque no había cemento. También se blanqueaba con cal. La casa de mis abuelos fue construida en el año 1.905, mi padre nació en esa casa.

Mientras comíamos, al lado del fuego, mi abuelo nos decía:

– Esta nevada es muy mala, va a tardar mucho tiempo en marcharse y es de temer que vuelva a caer otra nevada. Tenemos poca leña para atizar, no sé cómo lo pasaremos con tanto frío.

– ¿Por qué lo sabes, abuelo, le pregunte? 

– Por las “chovas” que llevan por aquí varios días y no se marchan, estas son las que anuncian las nevadas, es la señal para saber que va haber un mal invierno, decía con seguridad.

Así fue. No se equivocó. Aquel invierno fue uno de los más crudos de la época, aunque en aquel tiempo, todos eran muy malos. Caían fuertes nevadas, muchas heladas, se veían colgando de los techos de las casas los carámbanos de hielo largo tiempo y los fríos eran mucho más duros que hoy. Nunca más hubo una nevada tan grande y que durase tanto tiempo hasta el día de hoy.

 

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